Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 42

Chapter 424,268 wordsPublic domain

--Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia en el país, ya se ha _aplatanado_, habrá tenido mejores oportunidades de observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito, que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de justicia.

«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga. Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.

--Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los merezco ni por cien leguas.

--Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria, obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd. mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia, abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por supuesto, para proceder en justicia.

Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:

--Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio. Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.

--Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.

--¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos, señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras, y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da un corte al negocio y me saca del atolladero?

--Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd. Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las consecuencias?

--¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a menos que haya un tonto que salga a su defensa.

--Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que digo.

--Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida, huérfana, sola en el mundo...?

--También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero, el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el mundo.

--Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los pájaros.

--Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista. Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste más. ¿Qué sabemos?

--Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.

--¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión, en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?

--¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la Valdés.

--¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?

--Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el diablo.

--¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas, por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres. Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y voluntarioso, el enredarse con una _negrita_. Esa sí que sería una desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa. Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del victimario.

--El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.

--¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?

--Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos amores.

--¿Por medio de quién se la avisó?

--Por medio de la abuela.

--¿En nombre de quién?

--En... mi nombre.

--¿Y ella no hizo caso?

--¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

--La ha hecho divinamente.

--¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?

--No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no más visitas a la Valdés, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cándido.

--¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas preguntas que yo esperaba;--«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

--Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad, pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja no... puede hacerse...

--¿No sería impertinencia el preguntar?...

--Me expongo a que me desobedezca el muchacho.

--¿Es posible?

--Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie, incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad, oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada, hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre, no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S., en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la felicidad de mi familia?

--Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último, sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?

Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato, incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.

Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con mayor énfasis.

--No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho; pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?

--Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida en toda forma.

--¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?

--Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por escrito.

--¿Pues no ha oído V. S. mi queja en toda forma?

--No basta eso, es preciso reducirla a escrito.

--¿Y tendría que firmarse?

--Por supuesto.

--Que me emplumen si me había pasado por la mente que se exigían tantos requisitos... ¿No podría hacerse la cosa de otra manera, extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.

--En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd. vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.

--Veamos. V. S. sabe de estas cosas más que yo.

--¿En qué barrio reside la Valdés?

--En el del Ángel.

--¿Conoce Vd. al Comisario?

--Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.

--El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos documentos.

--Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera mi nombre?

--No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se tiene que al buen callar llaman Sancho.

--Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?

--Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

--No será en la cárcel.

--No, de seguro que ahí no.

--Menos en Paula.

--Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.

--Está bien. Ahí no entran mozuelos, supongo.

--No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, ¿por cuánto tiempo se la encierra?

--Por seis meses.

--Corriente: por seis meses.

--A ver. Pienso que será mejor un año. Largo tiempo es; pero mi hijo no se recibirá de Bachiller hasta abril y no se casará hasta noviembre. Sí, por un año...

--Hecho. En cuanto a mí, concluyó diciendo el Alcalde con solemnidad, lo de menos es el término del encierro, lo demás es la sinrazón, la tropelía, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entiéndalo Vd., don Cándido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya amistad me honro, hágolo por respeto a las frases finales de su anterior peroración, «por la paz y la felicidad de la familia», cosas para mí sagradas.

CAPÍTULO VI

_Querer estorbar el paso a dos que se quieren bien, es echarle leña al fuego y sentarse a verlo arder._

Canción popular

A pretexto de tener que sacar a cierto amigo de un compromiso de honor, logró Leonardo que su bonísima madre le hiciese un préstamo irredimible de cincuenta onzas de oro, de su caja particular.

Con este dinerillo se apresuró el joven a tomar en alquiler una pequeña casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocupó del ajuar. Nada olvidó; ni se hizo de las cosas que creyó necesarias en un solo establecimiento central, que no los había entonces en La Habana. Para ello visitó los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreterías de la calle de Mercaderes; las hojalaterías de la de San Ignacio; las locerías de la de Riela o Muralla; una mueblería de segunda mano de la de San Isidro y otros más cercanos a su nueva casa.

Cosa extraña en verdad que este mozo, viva encarnación de la pereza, la volubilidad y el egoísmo, en un momento dado desplegase la actividad, la delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y más consumada ama de llaves. Pero era que le movía una pasión desaforada y que le inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina había decidido en los recesos más oscuros de su corazón salaz.

Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, salió una tardecita del ventoso marzo, cerró la puerta, se metió la ponderosa llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero, palpitándole el corazón más de lo usual, fue en busca del ave rara que decía adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un paraíso con sus trinos de amor.

Pero en vez del ave rara, tras la cual corría en alas del deseo, se encontró con una especie de arpía, con Nemesia, parada y fría en medio de la sala de la casa, en el callejón de la Bomba, cual estatua de llorona en el cementerio. Reprimió él cuanto le fue dable su disgusto, y se esforzó en ser más amable y fino con la compañera y amiga de Cecilia.

--¿Qué dice mi mulata santa?, la preguntó haciéndola una rendida cortesía.

--Esta mulata no dice nada porque no es santa, contestó ella sin moverse.

--Entonces diré yo, agregó Leonardo risueño.

--El caballero puede decir lo que guste.

--¿Tienes tú hoy el moño tuerto?, preguntó el joven examinándole la cara de cerca.

--No más que ayer ni que otras veces.

--Nene, ésa es grilla, y si la pisan chilla. Tienes la cara más seria que un _chico_ de especias.[58]

--Alabo la penetración del caballero.

--Sobre que pasa de castaño oscuro.

--No siempre está la marea para tafetanes. (Quiso decir la Magdalena).

--Habla, canta claro, mulata de mis culpas, añadió alto Leonardo para que le oyese Cecilia si estaba en el aposento inmediato. No me gustan los tapujos.

--Ni a mí tampoco, repuso Nemesia.

--En fin, Nene, si tu enfurruñamiento es conmigo, desembucha, desembucha. Mientras más pronto mejor, porque temo más tu enojo que a una espada desnuda.

--No se le conoce al caballero, pues hace lo que hace.

--¿Y qué hago yo?

--¿Me lo pregunta a mí? Meta la mano en su pecho.

--La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.

--Contra mí no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el cielo.

--¿Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin saberlo.

--Así parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera _rompido_ un plato.

--¿Pues no voy entrando en cuidado?

--Menos lo da a entender el caballero.

--Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama a Celia.

--¿Qué la llame, eh?, exclamó Nemesia con sarcástica sonrisa. ¡Qué valor tiene el caballero!

--¿Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridísima amiga?

--Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar por Celia la persona que sabe donde está ella.

--¿Y yo lo sé mejor que tú? Vamos, doña Josefa o doña Nemesia, no me haga eso. Tú te burlas.

--Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.

--Pues si no está aquí Celia, ¿dónde se halla? preguntó Leonardo verdaderamente alarmado.

--Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nací ayer, ni me mamo el dedo.

--Por Dios bendito, Nene, te juro que no sé de Celia desde hace cuatro días. ¿Se han peleado Vds.? ¿La ha mortificado tu hermano? ¡Ah! Dime, dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué ha pasado entre Vds.? ¿Qué sabes tú?

Empezó Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras angustiosas del joven, y dijo llorando:

--No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no sé qué hubiera hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.

--¡Qué se la llevaran! repitió Leonardo aterrado y colérico. ¿Quién ha podido llevársela contra su voluntad?

--_Me se_ figura que ella del susto perdió las fuerzas.

--¡Susto! ¿Por qué? ¿De quién?

--Del Comisario.

--¿Qué tenía que ver el Comisario con Celia?

--Vino a prenderla.

--¿A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... ¡Ah! Aquí ha habido un engaño, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi Celia. Cuéntame lo sucedido, todo.

--No me hallaba presente, repitió, pero una mujer de la casa, que vio cómo pasó la cosa, me contó que ayer por la tarde entró de repente Cantalapiedra, preguntó por Celia, y en cuanto ella salió, le dijo que estaba presa, la cogió por un brazo, y sin más se la llevó para no se sabe donde.

--Lo extraño es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin averiguar el motivo de la prisión. ¡Ni que hubiera estado ella de acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. ¡Ay del miserable esbirro que le puso la mano encima! ¿No sabes a donde la llevaron?

--Nada hemos podido averiguar yo y José Dolores. El Comisario se llevó a Celia en una volante.

--¡Qué intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguaré la verdad, y sea el que fuere el autor del ultraje, me la pagará con las setenas.

Sin más, partió Leonardo a la carrera en busca del comisario Cantalapiedra, quien, según hemos dicho, vivía en el recuesto de la loma del Ángel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y la querida informó al joven que era posible estuviese en el palacio de Gobierno recibiendo órdenes.

Yendo, pues, Leonardo en esa dirección, ocurriole que, si Cecilia había sido presa por mandamiento del juez, no podían haberla conducido a otro lugar que a la cárcel (situada entonces en el ángulo sudoeste del palacio de la Capitanía General) y se detuvo delante de la reja.

Detrás de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro, había de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener una respuesta categórica, se encaró con él Leonardo y le preguntó con aire y tono de autoridad:

--¿Sabe Vd. si han traído ayer presa a esta Real Cárcel a una muchacha blanca, bonita, vestida de luto...?

--No sé, contestó el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de guardia. Vea el señor en el libro del Alcaide.

--La alcaidía está cerrada.

--Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendrá el señor que esperar hasta mañana. Porque yo sólo aguardo por el campanazo de la Fuerza para entregar la cárcel al oficial del retén y guiñarme.

--¿Quién es aquel negro que sostiene una viva conversación con otros presos en medio del patio?

--¿Cuál dice el señor? ¿El de la chupa blanca?

--Sí, ese mismo.

--A ése lo denominan Jaruco.

--¿Nombre supuesto, no?