Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 41

Chapter 414,276 wordsPublic domain

--No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad. Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el _non plus ultra_ de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo; pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con buenos ojos.

--Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna contra _tu amigo_. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más mínimo.

--A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la muerte...

En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:

--Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a la muerte.

--¿Con qué motivo sacó la cara por ti?

--Con motivo de haberme ofendido un negro.

--¿Por qué te ofendió?

--Porque me negué a bailar con él.

--¿Le desairaste?

--No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él? Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por compromiso.

--El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...

--Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece que le apresuró la muerte a mamita.

Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile, la preguntó:

--¿Qué casta de negro era el que te ofendió?

--No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por mi causa.

--¿Quién le hizo el agravio?

--No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera separado de su mujer.

--Debía estar loco o borracho.

--Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre como a sus manos.

--Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso, siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!

--¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.

--¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?

--Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe. Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se llamaba así, sino Dionisio Jaruco.

--¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio, pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán. Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!

Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido, cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus pasos, aunque tarde, añadió el joven:

--Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por escandalosa y desobediente, en el ingenio de _La Tinaja_. Y si no habías nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo que no podías devolverle el insulto.

--Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros golpes...

--¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.

--Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?

--No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo. No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?

--Montes de Oca.

--¿Cómo vino él a curarla?

--Yo fui por él.

--¿Le conocías?

--De vista.

--¿Le conocía tu abuela?

--Ella sí. Mamita fue a verlo a su casa y él venía a verla todos los meses.

--¿Para curarla?

--No. Mamita no había estado casi nunca enferma de médico.

--¿Qué dares o tomares se traían ellos?

--Mamita recibía una mesada por conducto de Montes de Oca.

--¡Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le tomó a papá en alquiler esa misma María de Regla, mujer del cocinero, para criar a una niña, hija ilegítima de un amigo suyo. Y he aquí descifrado el por qué de la equivocación de Dionisio. Seguro, se figuró que tú eres la tal niña. Por supuesto, tú no fuiste, pero ¿quién saca al muy bestia del error? Ni habías nacido entonces. Mira tú, después de eso María de Regla crió a Adela por cerca de dos años. Lo que te sé decir es que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mamá. Montes de Oca se comprometió a pagarle dos onzas de oro a papá por el precio del alquiler de María de Regla. Sospecho que nunca cumplió, porque él es mal pagador. Hallo, pues, extraño, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una mesada a Vds. ¿No sabes tú su origen?

--No entiendo, contestó Cecilia dudosa.

--Quiero decir, repuso Leonardo, que si tú sabes el motivo, la razón, o como se llame, del por qué le pasaban la mesada a tu abuela.

--No lo sé; mejor dicho, no me he puesto jamás a averiguarlo.

--Tú lo sabes y no quieres decírmelo. Lo leo en tus ojos.

--Mal lector es Vd. entonces.

--Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta propia.

--También lo niego yo.

--¡Ah! ¿Ves? Tú sabías y me lo negabas.

--Vd. no me preguntó eso. Vd. me preguntó que si yo sabía el origen o el motivo de la mesada, y todavía estoy en ayunas. Lo único que sé es que Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...

--Que tú conoces. ¿No? la interrumpió Leonardo.

--De vista, contestó Cecilia a medias.

Su nombre.

--¡Ay! Ese se queda para el curioso lector.

--Dilo, dilo, la instó el joven cogiéndole la mano. No deseo saberlo por mera curiosidad, sino por algo que te diré después.

--Vd. lo conoce como a sus manos.

--¿Quién, pues?

--Su padre de Vd.

--¡Mi padre! exclamó Leonardo asombrado de la revelación. ¡Será posible que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agregó luego:) ¿Estás segura?

--Segurísima.

--¿Desde cuándo le conoces tú?

--¡Uf! Desde que yo era chiquitica.

--¿Cómo le conocías?

--De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo esperaba lo tenía encima. Se ponía _bravo_ y me decía muchas cosas: que estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que me prendieran los soldados.

--¿Sabías tú su nombre entonces?

--No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer. Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan, solía hablarle por la ventana, siempre de mí.

--¿Qué la decía?

--Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.; que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de Bachiller en Leyes.

--Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...

--Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.

--Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven apasionadamente.

--Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a mamita.

--Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...

--Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.

--No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.

--Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.

--¿Cómo cuánto te dio?

--Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.

--Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.

--¿Qué tienes?

Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.

Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!

--Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.

--¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano alarmado.

--Me fundo en que _él_ ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como uña y carne.

--¿A dónde?

--En esta sala. Solitos...

--Luego _él_ no fue al campo para casarse.

--¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.

--¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?

--Cuando menos... Para ponerle casa.

--Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.

--No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor; porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No es _él_ hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en mi camino. ¿Dónde está ella?

--Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.

--Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una tragedia le causaría más pesar a ella que a él.

--Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa. Mientras la vida dura, hay esperanza.

--¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.

--Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? _Naiden._ Ten por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca. Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la muchacha blanca..., sabrías quién es ella.--¡No lo _quedré_ más en mi vida! No volverá a verme la cara. Aunque _me se_ arrodille, aunque me bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay muchos, _me se_ sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él o yo.

CAPÍTULO V

_El que excusa la vara, quiere mal a su hijo; y el que lo ama, con muchas varas lo corrige._

Proverbios, XIV, v. 24

Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.

La muerte de _seña_ Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba, con achaque de ampararla.

Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal. Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien él tenía bastante amistad.

Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor. Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó a decir:--que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.

Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada condescendencia, y dijo:

--¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado, sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante? No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares; es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas, pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto, lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es reprehensible!

«Saco, en su _Memoria sobre la Vagancia_, que acaba de premiar la Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.

«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?

--¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a Tondá?

--Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

--¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

--No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro, extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a quien él trató de prender.

--Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...

--No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

--¿A la qué señor don Fernando?

--A la noxa, digo.

--Estamos. ¿Mas quién es esa dama?

--Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta 500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el juez, con el asesor, etcétera, etcétera.

--¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor colgarse de un farol.

--Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?

--Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño, que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

--Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la seductora?

--Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.

--Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?

--No entiendo.

--Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena que en justicia le quepa.

--Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular, dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad. No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre, pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no conozcan sus antecedentes...

--Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera persona?

--Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.

--Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la joven.

--Ahora, supongo que con alguna amiga suya.

--Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?

--No, señor, no me consta, lo infiero.

--Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?

--Con la abuela.

--¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma, alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es saber todo eso, averiguarlo en tiempo.

--Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna. ¿Está V. S.?

--Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?

--Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos con mozuelos ni cortejos de ventana.

--Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no ha dado aún qué decir.

--Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.