Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 40

Chapter 403,999 wordsPublic domain

--Regalaría dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro, cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual merece. Temo que se resista. El la echa de guapetón.

--No tenga la señora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con codo.

--Mi regalía es segura.

--No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe que la pague. Cumplo con las órdenes de mi jefe, el Excelentísimo señor don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobación de S. M. el Rey, que Dios guarde muchos años, me ha comisionado para prender a los delincuentes de color.

Salía temprano María de Regla de la casa en la calle de San Ignacio; llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la señora, y sentada en el umbral, mientras descansaba venía la respuesta, reducida invariablemente a que el ama tenía bastantes criados y no necesitaba ninguna de alquiler. Teníase por denigrativo entre la gente de color el servir a otra persona que el amo, género de idiosincrasia de que no tuvo María de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y desengaños parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no abrigaba ella intención ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la mayor desgracia que podría sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espíritu, el más miope habría podido observar cómo se enrojecía de la vergüenza cada vez que sacaba el papel del seno para darlo al criado que venía a abrirla la puerta.

Su intención, su esperanza, el deseo más vehemente de su alma al solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a él si estaba vivo, o quitarse la vida si había muerto. Por eso, lejos de sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la devolvían el papel acompañado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo que la habían concedido era, sobre corto, fijo; ya habían cursado varios días en vanas diligencias; si se cumplía y no presentaba alquilador ni amo, ¿qué haría su señora, mujer de carácter tan firme y severo con sus esclavos? En estos críticos momentos su hija Dolores la reveló la substancia de la conversación que doña Rosa acababa de tener con Tondá, cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvió dedicar los pocos días que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era el único objeto de su existencia.

Tomando lengua, se dirigió una mañana temprano al mercado de la Plaza Vieja, uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro; recinto harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío, circunscrito por cuatro hileras de casas, quizás las más alterosas de la población; todas, o la mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal, que sostenían balcones corridos de madera.

Al pie de uno de los pilares de aquéllos se apoyó María de Regla y se estuvo largo rato contemplando en melancólico silencio el abigarrado y revuelto cuadro del mercado. Todo allí era nuevo para ella. En el centro se alzaba una fuente de piedra, compuesta de un tazón y cuatro delfines que vertían con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa que, sin embargo, recogían afanosos los aguadores negros en barriles para venderla por la ciudad a razón de medio real de plata uno. De ese centro partían radios o senderos, nada rectos por cierto, en varias direcciones, marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso, en la apariencia sin orden ni clasificación ninguna, pues al lado de uno donde se vendían verduras u hortalizas, había otro de aves vivas, o de frutas, o de caza, o de raíces comestibles, o de pájaros de jaula, o de legumbres, o de pescados de río y de mar, todavía en la cesta o nasa del bote pescador; o de carnes frescas servidas en tablas ordinarias montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles; y todo respirando humedad; sembrado de hojas, cascaras de frutas y de maíz verde, plumas y barro; sin un cobertizo ni un toldo, ni una cara decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros; vaharadas de varios olores por todas partes; un guirigay chillón y desapacible, y encima el cielo azul, visto como a través de una claraboya, en que aparecía uno que otro volador celaje, imitando, ya transparente cendal, ora las alas de ángeles invisibles.

Entraban en la plaza y salían de ella negros y negras; éstas con el propósito de hacer la provisión diaria de casa de sus amos, aquéllos con el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas que revendían al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios extramuros: tráfico éste, de paso sea dicho, bastante lucrativo en no pocos casos.

Había algo en el traje nuevo de prusiana que vestía María de Regla; en el modo de llevar el pañuelo de seda con que se velaba a medias los mórbidos hombros y el de Bayajá con que se cubría las pasas; en el color negro lustroso de la cara y brazos desnudos y torneados, anunciando salud y robustez; en su aspecto general de forastera; en la tristeza o timidez que su semblante y actitud revelaban, había algo, decimos, en todo esto, que no podía menos de llamar la atención, aún de las personas indiferentes y muy ocupadas de sus propios quehaceres.

Pero todas, quier curiosas, quier compasivas o naturalmente observadoras, ya entrando en la plaza, ya saliendo de ella, le echaban una mirada de través a la ex enfermera, y seguían de largo. Su actitud aparentemente contemplativa (de ningún modo su traje) hacía sospechar a primera vista que la aquejaba una dolencia extraña, o que, siendo demasiado novicia o corta de genio, no acababa de tender la mano y pedir una limosna por el amor de Dios al transeúnte. Cualquiera de estos motivos era bastante para enfriar la compasión y apagar la curiosidad en la clase de gente que acudía al mercado. Solamente una negra gruesa, con tendencia a la obesidad, y de fisonomía franca y alegre, que salía con un tablero lleno de carne a la cabeza, tuvo suficiente resolución para detenerse delante de la cuitada forastera, preguntándole de un modo brusco, mas benévola expresión:

--¡Ah! _¡Critiana!_ ¿Qué hace ahí _pará_? ¿Qué ha _perdió_?

--Mi marido, contestó de plano María de Regla.

Lo inopinado de la pregunta no la dio tiempo a ocultar aquello que más fijo tenía en el pensamiento.

--¡Su _marío_! replicó asombrada la carnicera. _Pué échatelo a buscá._

Remedó con esto el dicho de los muchachos en el juego de la gallina ciega.

--En eso ando (repuso la ex enfermera con un suspiro lastimero) hace mucho tiempo.

--¿Cómo _cuanta_?

--¡Uf! Como doce años.

--_¡Ojó! La vía de un critiana. ¿Cómo ñama su marío?_

--Dionisio.

--_¡Dionisia! ¡Dionisia! No mi ricorda. ¿Aónde viva?_

--Yo no sé. Por eso lo busco.

--_¿Uté no e de la suidá?_

--No, no soy de la ciudad. He vivido en el campo más de doce años.

--_¡Anjá! ¿Uté deja su marío atrá?_

--Yo no lo dejé, mis amos me separaron de él.

--_Uté e cravo, ¿no?_

--Sí, esclava soy por desgracia. Me han tenido desterrada en la Vuelta Bajo por todo el tiempo que le he dicho, y hace pocos días que me trajeron a la ciudad para buscar amo o una persona que me alquile. Aquí en el seno tengo el papel. De tanto guardarlo ya está sucio. He andado de ceca en meca y no he encontrado quien me compre, ni me tome en alquiler. Estoy cansada, aburrida, y ahora busco a mi marido que desapareció de casa en los días de Pascuas.

--Venga _colmíga_, dijo la carnicera; y mientras subían por la calle del Teniente Rey o Santa Teresa, preguntó:--_¿Cómo ñama uté?_

--Yo soy María de Regla Santa Cruz, para servir a usted.

--_¡Ah! ¿Uté e sija de Dolore Santacrú?_

--No. Dolores y yo fuimos esclavas de los señores condes de Jaruco. A la muerte del señor Conde, viejo, nos vendieron en pública subasta para pagar las costas de la testamentaría y las deudas. Yo estaba recién casada con Dionisio, y por fortuna nos compró juntos don Cándido Gamboa, comerciante de esclavos de África. Desde entonces no sé de Dolores. ¿La conoce Vd.?

--_La conoca bien, bien. Dolore vende carne, vende fruta, vende tóo, y Dolore se liberta. Depué, Dolore me saca del barracó. Aquí tiene la jierre entoavía._ (Sobre el homóplato derecho se le veían las iniciales G. B. marcadas con un hierro candente) _Dolore compra un casite y yo vende carne, vende duse y vende tóo pa elle. Yo trabaja, trabaja y mi liberta tambié. Lo branco mete pleito con Dolore, Dolore mete pleito con lo branco y le ecribán, y le ajobá, y le procuraó y se jué se come le dinero, la casite, tóo que Dolore tien. Dolore se pone loco y ahora elle etá serrá a San Dionisia._

--¡Pobrecita! No sabía su triste suerte. ¡Loca! ¿Qué llama Vd. San Dionisio?

--_La casa de lo loca que ha jecho la gobernaó._

--Me parece que si las cosas siguen como van, un día de éstos voy a hacerle compañía a Dolores en la nueva casa de San Dionisio.

--_Si uté quiée trabajá, yo le da trabaja pa jace dinera._

--Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar dinero y ver si puedo libertarme con mi marido y mis hijos. ¿Dónde vive Vd.?

--_Vive ne la calle Ancho._

--¿Dónde es eso?

--_Allá fuer. Yo tien marío. Mosotro no son casá por le iglese. Elle e carretiller, que vende agua, y yo vende carne, mantec, güeve, frute, tóo que pué._

--¿Cómo se llama Vd.?

--_Me ñama Ginoveve Santa Crú. Mi marío e Tribusio Polanca. Elle tien uno sijo ñamao Malanga que ha sacao mala cabesa. ¡Ha matao ma branco!... Tondá lo coge como ratón con quesa le dominga depué de Niño perdío, cuando diba nel entierre de ña Chepa Alarcó._

--¿Chepilla Alarcón? repitió preguntando María de Regla.

--_Sí, sí, agrego Genoveva. Le meme. Asín se ñamaba. Ha perdío un güen caserite._

--¿Tenía una nieta?

--_Sí, tube un. ¡Ma linde! ¡Ah! ¡qué bunite! No la ha vito ma bunite en la vía._

En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron la de O'Reilly, e indicó de paso Genoveva, con el dedo, a María de Regla la casita, entonces cerrada, donde había fallecido la anciana de que hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la guía torció a la izquierda y llamó a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado pregón de: _¡Caserite! ¿No mi toma na hoy?_

Respondió al llamado nada menos que Nemesia Pimienta, sólo conocida de la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la ex enfermera del ingenio de _La Tinaja_. Mientras aquella servía la carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, ésta que se había quedado algo atrás, cosida al batiente cerrado, registró a su sabor una buena porción de la sala. Arrimada a la testera de frente para la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el travesaño de la silla que tenía delante, una joven que a María de Regla le pareció blanca. De este color era su vestido; pero negro el del pañuelo de batista que ceñía su torneado cuello; negro el del copioso cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vestía luto en el cuerpo y en el corazón, según la honda tristeza que anunciaban, tanto su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se veían en el suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver que cosía; de cuya labor no levantó los ojos sino en los momentos en que su compañera, que se ocupaba del mismo modo, abría la puerta de la calle y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.

Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria de María de Regla, no pudo ser más propicia la ocasión; y de tal modo fue así, que luego repetía a media voz, paso a paso detrás de su protectora:--¡La niña Adela! ¡la niña Adela!, comparando allá en su mente la fisonomía de aquélla con la de la más joven de sus amas.

Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represión:

--_¡Ah! Ese niñe no ñama Adel, ñama Sesil._

Más vale callar, pensó María de Regla, y no replicó palabra; pero se quedó en sus trece, por cuanto siguió creyendo en que había singular semejanza entre su niña y la enlutada de la casa en la calle de la Bomba, cuyas señas guardó para la primera oportunidad.

Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles de la ciudad; y en el medio tiempo logró la carnicera reducir a plata los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un asiento de piedra, protegido por un árbol frondoso, entre el antiguo café de Atenas y la estatua de Carlos III.

De una mugrienta bolsita de cañamazo cuya boca se recogía con un bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sacó y contó hasta doce pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales, deducidos los siete, poco más o menos, costo de las mercancías negociadas, restó una ganancia neta de cinco duros. No se requería conocimiento de los números para hacer la cuenta, ni de más convincente argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida de ello, se decidió a adoptarla María de Regla.

Hablaba después ella de lo que se decía respecto de su marido, de la herida que había recibido en riña, por aquel mismo barrio, y de su desaparición desde la víspera de Nochebuena. Entonces recordó Genoveva haber oído decir a Malanga, que por esa fecha había amparado a un moreno que encontró mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la había corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien momentos antes que su malévolo hijo, según se recordará, pasó por allí y no se detuvo porque juzgó muerto al herido. Preso en la cárcel Malanga, no era fácil averiguar de pronto quién fuese, ni qué se había hecho el moreno herido; pero María de Regla se convenció que no podía ser otro que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan preciosos.

En este punto de la conversación de las dos mujeres, pasó a caballo por delante de ellas, y atravesó el centro del Campo de Marte, en dirección de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos hablado varias veces.

--¡Tondá!, dijo Genoveva indicándoselo a su compañera.

Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazón a María de Regla. Es que creyó ver a Dionisio en las garras de aquel joven intrépido que portaba sable, que la ley protegía, y que el prestigio de sus muchos actos de valor heroico hacía casi invulnerable. Se puso en pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la dirección que llevaba cuando le perdió de vista tras la nube de polvo que levantaban las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedió al asiento y se desplomó sin habla junto a su asombrada amiga.

Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran todavía algún tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitación y extraño movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corrían como desatentados en opuestas direcciones. Los más se refugiaban en sus casas, cerraban las puertas con estrépito y se asomaban a los postigos de las ventanas para preguntar al vecino o al transeúnte el motivo de aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este contestaba:--Un fuego en Jesús del Monte; el otro:--Un levantamiento de negros en la tenería de Xifré; aquél:--Un robo en la calle de las Figuras; quién:--Un _matado_.

El último en hablar fue el único que se acercó a la verdad, confirmando la noticia algo después de las tres de la tarde, con muchos aspavientos y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en el barrio, su aparición en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel trabajo, porque él de _motu propio_ venía anunciando la muerte alevosa de Tondá, delante de la zapatería de la calle de Manrique esquina a la de la Maloja.

Por Malanga, preso en la cárcel pública, había averiguado Tondá el asilo de Dionisio Gamboa, y corrió a prenderlo con aquella confianza y descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tondá, no pudo Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, formó su resolución. Se levantó del banco en que trabajaba, y se acercó con las manos a la espalda, en ademán de entregarse.

El movimiento de avance por parte del prófugo determinó otro opuesto por parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era el desnivel de la calle, y había además detenida entonces a la puerta de la zapatería una volante alquilona que obstruía el paso. Para hacer campo, Tondá, ya desmontado, retrocedió corto trecho; descuido éste de que se aprovechó en el instante el astuto cocinero, para metérsele dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que se servía para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y todo el heroico Tondá, persiguió al asesino, cayendo exánime a poco andar en medio de la honda calle.

El hecho es histórico en casi todos sus pormenores.

CAPÍTULO IV

_¿Qué soñar con el que adora, y qué sufrir cuando tarda, y qué temer cuando llega, y qué llorar si se marcha?_

J. VELARDE

En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y dijo entre sí:--¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.

De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada. Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos amantes.

--¿Estás sola? la preguntó él.

--Sola, contestó ella con lánguida expresión.

--¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la cintura.

--Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.

--¿Quién te dijo que yo venía hoy?

--¡El corazón!

La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió:

--Te hallo pálida y más delgada que a mi partida para el campo.

--¿Le parecen poco las noches y los días que he pasado sin pegar los ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...

--¿Cuándo se enfermó tu abuela?

--Desde el año pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se puede decir que principió la víspera de Nochebuena. Cuando yo llegué, a eso de las dos de la madrugada, la encontré con una calentura que volaba... No se levantó más.

--¿Dónde habías estado tú hasta esa hora?, preguntó el joven sorprendido.

--En una parte.

--¿En qué parte?

--¡Oh! En una parte.

--¿Me dirás dónde?, la preguntó Leonardo poniéndose serio.

--Espero que me diga Vd., antes dónde ha estado todo ese tiempo, replicó ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.

--Yo he estado donde tú sabes.

--Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, ¿pero se fue Vd. por mi voluntad?

--¡Ah! ¡Vengativa! ¿Esas teniendo? Según eso, tú has estado en _una parte_ por pique conmigo.

--Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a divertirse con sus amigas en el campo, ¿había de quedarme en casa encerrada como monja? No faltaría más.

--Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mamá se propuso llevarme... ¿No te lo dije así?

--Me lo dijo con la lengua.

--Yo no digo mentira.

--¿No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los demás hombres? Va que sí. Ninguno dice mentira. ¡Qué! Sería un pecado. ¿Pero cuál de Vds., si se ofrece, no engaña a la mujer más buena del mundo?

--¿Qué sabes tú de eso?

--Mucho más de lo que Vd. se figura. Muy lépero ha de ser el que se burle de mí.

--No hables boberías y dejémonos de cosas que no tienen fundamento. Es gana que busques motivos de quejas. Tú no puedes ponerte _brava_ conmigo. Dime, ¿en dónde estuviste la víspera de Nochebuena?

--¿De mal a mal?

--De bien a bien, cielo mío. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.

--Eso sí. Pues venía del baile de etiqueta que dio la gente de color en la casa de Soto, allá afuera.

--¿Cómo fuiste?

--A pie.

--No quiero decir eso. ¿Quién te convidó? ¿Con quién fuiste al baile?

--Me convidó Uribe el sastre, que fue uno de la comisión, y fui al baile con Clara su mujer, con Nemesia y con José Dolores su hermano...

Leonardo torció el ceño y no supo ni pudo ocultar su disgusto.

--El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. ¿Qué diré yo cuando recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?

--Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre con tal de darme _caritate_.

--No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de mi corazón.

--Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.

--Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más vengativa y celosa nacida.

--Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes ligarte.

--¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.

--¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?

--¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?

--Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.