Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 4
Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino que se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario. En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta, para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, el tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Para la protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia, frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa al caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para vergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros, ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los que arriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familia el día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana, podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propio decoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitos de estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado, las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la mano izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en el punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma serenidad de ánimo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía el gasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas de esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del juego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, por supuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, no admitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la moneda fuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menuda escaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotes columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y de algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.
Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no más que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una contribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? La publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla principalmente durante la última época del mando del capitán general don Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política de éste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico de corromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano: _divide et impera_. Porque equivalía a dividir los ánimos, el corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su degradación.
Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado un tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto, ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona, los búcaros, de una especie de _terra cotta_ y las pálidas alcarrazas de Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro, quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.
Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones, que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Sólo sabemos que se daban en tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba, que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al mayor lustre e interés de la reunión.
Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que, según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.
Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase, cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que, mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.
Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres, sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:--Así parece, mi capitán.
Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.
CAPÍTULO V
_--¿Habéis visto en vuestra vida_ _Mujer más airosa?_ _--No._ _Ni al Parque jamás salió_ _Más aseada y bien prendida_
CALDERÓN
Mañanas de Abril y Mayo
Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver, y sin más dilación dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.
--¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.
--¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.
--¿El aquel mío o tuyo?
--El de los dos, señor, para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho; aunque, apartándole con ambas manos, repuso:
--Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo ya... Cátela Vd.
Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado, bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica. Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.
Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso, le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorrió de un extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo, acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora, sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta. No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.
También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho, la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la música.
Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el sombrero en señal de respeto, y diciendo,--sí, señor,--al punto echó a escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los circunstantes:
--¿Lo has visto, Nene?
--¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.
--No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?
--Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.
Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón. Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!
La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con más viveza que gracia:
--Ahí se podía estar el señor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el señor.
--Ni yo hablaba contigo, poca sal.
--Ni se necesita, cristiano.
--¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.
Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas, ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía, dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile. ¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido? Empezaba a creer que había habido novedad.
--Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por nosotras media hora por lo menos.
--Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus _mantas_.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto, calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:
--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
--Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con mucha risa.
--No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además, que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el baile; con más que es su natalicio.
--Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en todas partes.
--Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo. ¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en busca de su aprobación.
Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción, manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal, la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus fiestas.
Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora, comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella, sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente audible exclamación:
--¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.
--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.
--¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una tercera.
--¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?
--No entiendo cómo la perdió si vive.
--No me ha dejado Vd. explicar, _seña_ Caridad. Perdió a su hija a los pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.
--Ha contado Vd. una historia, _seña_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.
--Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni quito ni pongo de mi caudal.