Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 39

Chapter 394,192 wordsPublic domain

Después de titubear por breve rato, contestó Cecilia conocidamente confusa:

--Entiendo que mi madre de leche se halla desterrada en el campo por sus amos. Al menos así me lo dijo un negro con quien tuve anoche unas palabras en el baile de la gente de color, allá afuera.

--Otro cuento tenemos. Mentira. Tu criandera no es esclava de los condes de Jaruco. El que alquiló a esa negra para que te diera de mamar en la Casa Cuna y en casa de tu abuela, ése es tu padre. ¡Míralo!

Aprovechose doña Agueda del momento en que Cecilia buscaba el objeto que ella le había indicado con la palabra y la mano, para levantarse y desaparecer en el cuarto más próximo, empujando la puerta que daba al patio. Perpleja y azorada la muchacha, giró en torno y casi se le escapa un grito del susto, cuando reparó que un hombre de cara larga y pálida, sin pelo de barba, cual si fuera de la raza india, cuya cabeza cubría hasta las orejas un gorro mugriento de seda, la miraba fijamente con ojicos de mono, a través de la reja de hierro, medianera entre el aposento y el comedor.

--¿Qué traes?, la preguntó el hombre en voz gangosa de falsete.

--Caballero, repuso Cecilia dudosa, vengo por el señor don Tomás Montes...

--Yo soy, la interrumpió él. ¿Qué se ofrece?

--¡Ay! ¿Es el caballero? ¿Pues no decía la señora...?

--No hagas caso. La señora está... (e hizo un movimiento rotatorio con el índice de la mano derecha, apuntando para su propia cabeza) ¿Para quién?

--Para mi abuela.

--¿Qué tiene tu abuela?

--¡Ay! señor doctor, está muy mala. Se muere... Si el señor doctor tuviera la bondad de ir ahora mismo...

--¿Quién es tu abuela?

--Creía que el señor doctor me había conocido... Josefa Alarcón, criada del señor doctor...

--¡Ah! La madre de... Sí, sí, ya, protegida por el señor don... ¡Qué! ¡tengo la cabeza!... ¡Ah! y tú eres su hija... ¡Toma! Tu nombre es... Cecilia. Yo bien decía. Cecilia, Cecilia Gam... Pues, Cecilia Valdés. No era posible que yo me olvidase. Sólo que como tengo la cabeza hecha un güiro, se me habían trabucado las especies. Tu abuela y tú me están muy recomendadas. Pero aquí entrenós (añadió en tono más bajo), no hagas caso de lo que ha ensartado mi mujer de mí, de ti, de tu madre, de tu padre, de tu criandera, etcétera, porque todas ésas son cosas de su cabeza. Ella está... (y volvió a barrenarse las sienes con el dedo índice de la mano derecha). Tú no entiendes. No creas nada. Cecilia Gam... quiero decir, Valdés. Te pareces bastante, te pareces mucho... ¡Ah! Dile a tu abuela que para allá iré así que me pongan la volante. El calesero debe haber ido a bañar los caballos al muelle de Luz... Si no ha tomado un trago por el camino, ahorita está de vuelta; y detrás de ti... Ve. Di a tu abuela que para allá voy. El señor don, don, don... digo, que paga bien los servicios... Es generoso, espléndido... Ve pronto.

Al retirarse Cecilia despechada y firmemente persuadida de que aquélla era una casa de orates en toda la acepción de la palabra, echole el médico una mirada intensa y escudriñadora, y se quedó clavado a la reja, repitiendo a media voz:--¡Se parece bastante, mucho, muchísimo! Estaba por decir que es su vivo retrato. No creía yo que fuese tan linda como me la pintaban. ¡Guapa muchacha! Sí, guapa, ¡muy guapa! ¡Mira! Si la mandamos con su madre al ingenio _Jaimanita_, allá con los padres de Belén... ¡Qué belén no se habría formado! ¡Ja, ja, ja!--Y rió como un verdadero loco.

Puntual fue Montes de Oca a la promesa hecha a Cecilia, presentándose en su casa a las nueve de la mañana; con lo cual dio, además, prueba palmaria de que sabía llenar los compromisos que contraía con sus amigos.

Para asistir a la enferma, pues que no entendían de eso Cecilia ni Nemesia, ya se había constituido en la casita _seña_ Clara, la mujer de Uribe, a quien no tuvo empacho Montes de Oca de comunicar en secreto el juicio que había formado acerca de la enfermedad, según el breve examen hecho. En una palabra, pronosticó adversamente. Y aunque no dio las razones en que se fundara para pronosticar con la franqueza y certidumbre que solía, era claro que, dados los años, las desventuras y la rigurosa vida ascética y de mortificación de la enferma, debía esperarse un fin próximo y fatal. En tales sujetos adquiere, además, carácter grave cualquier dolencia, por ligera que sea en su origen.

Lo único que dijo en general Montes de Oca fue, que ante todo y sobre todo era preciso combatir con mano fuerte el síntoma comatoso que presentaba la enfermedad (con cuya palabra es seguro que dejó completamente a oscuras a sus oyentes), y, en consecuencia, siguiendo al pie de la letra el método antiflogístico de curar, muy en boga entonces, recetó al exterior tres vejigatorios bien cargados de cantáridas, una a la nuca y los otros dos a las pantorrillas; al interior una opiota para calmar los nervios y ver de provocar el sueño restaurador, y nada de alimento hasta que no declinase el estado inflamatorio de la calentura cerebral.

Cecilia, anegada en llanto, acompañó al médico hasta la puerta de la calle, esperando sin duda una palabra suya de consuelo antes de marcharse, pero él, o no la entendió, o estaba embebida su mente en cosas muy ajenas a la enfermedad de la abuela y al dolor de la nieta. Ello es, que sólo se ocupó de decirla que no la sentaba tamaña aflicción, que _su amigo_ (con énfasis en esta frase de doble sentido) la tenía muy presente, y que volvería por la tarde para ver qué tal seguía la enferma.

La tomó una mano, puso en ella, sin explicar de quien procedía, una onza de oro, y a tiempo de partir le dio un apretón que podía traducirse de diversos modos. En nada de eso paró la atención Cecilia; pero hecho todo a ciencia y paciencia del malicioso calesero, aunque al parecer no veía, oía ni entendía, podía apostarse cualquier cosa a que le fue con el canutazo a su ama doña Agueda Valdés de Montes de Oca.

Menudeó el médico las visitas profesionales. ¿Y cómo no? Nada temía por lo que respectaba a la paga de su trabajo ni por el monto tampoco, que podía ser cuantioso; y luego las lágrimas de Cecilia, realzando sus naturales encantos, eran capaces de ablandar las piedras, cuanto y más que el corazón de Montes de Oca no tenía nada de duro ni de piedra. Pero si de veras se propuso acertar esta vez y curar al enfermo, la erró, y muy probablemente por carta de más. Recordó infinidad de casos parecidos e iguales que había tratado felizmente en su larga práctica; registró todos sus libros de medicina, entre otros el publicado últimamente en París por Broussais, padre del método antiflogístico, titulado «La irritación y la locura», que había hecho tanto eco en el mundo; probó las tisanas más aceptadas, las cataplasmas, las unturas, las ventosas, los vomitivos, los purgantes, las sanguijuelas; como último recurso propinó la píldora de Ugarte, con cuyo heroico remedio había salvado más de un moribundo de las garras de la muerte. No cabe duda ninguna que si hubiese habido más resistencia y jugo vital en el cuerpo descarnado de la triste _seña_ Josefa, más pruebas y experimentos habría hecho en él Montes de Oca. A los doce o quince días de lucha incesante y fiera, al menos por su parte, convencido de que el momento final se acercaba al galope, entregó la enferma en brazos de la religión y se retiró con sus honores.

Su retirada repentina naturalmente causó sorpresa, con mayoría de razón que en las primeras horas de la noche del 12 de enero, noche nublada y fría por cierto, había abierto los ojos la enferma y dado otras señales de vida. Con todo, habiendo ordenado que se dispusiese _seña_ Josefa, pues que había vuelto en su acuerdo, no había mas que obedecerle. Cecilia, en tal virtud, rogó a José Dolores Pimienta, que velaba con ella mientras dormían Nemesia y _seña_ Clara Uribe, fuese por los santos óleos a la iglesia de San Juan de Dios. Entretanto la joven, sin pérdida de tiempo, ni de valor, improvisó un altar de su propia cómoda en el cuarto de la enferma, poniendo sobre la empolvada tabla un lienzo blanco, a falta de mejor mantel, y un crucifijo entre dos velas de cera en sus respectivos candeleros de cobre.

Como advirtiese la abuela los preparativos de la nieta, le preguntó en tono de voz casi inaudible:

--¿Qué haces ahí, niña?

--¿No lo ve su merced?, contestó ella temblando del susto y de la pesadumbre. Compongo el altar.

--¿Para qué?

--Para el padre.

--¿Han llamado a misa?

--Todavía. Mas el padre ha de venir pronto...

--¿Por qué no me has _dispertado_ en tiempo? Yo no estoy vestida.

--Su merced puede confesarse como está.

--¡Confesarme!

--Sí, mamita, confesarse. ¿No se acuerda su merced que me pidió el confesor?

--¡Ah! Sí, ¡es verdad! Ya me acuerdo. Bien, niña, échame una _manta_ por encima. ¿Qué hora es?

--Son las siete o las ocho.

--¿Tan tarde?

En esto se oyó el sonido peculiar de la campanilla tocada por un muchacho, anunciando desde lejos la aproximación de los santos óleos. Conducíalos el padre Llópiz en las manos juntas y altas, caminando a pie entre José Dolores y el sacristán de la iglesia, cada cual con un farol encendido para hacer reverencia al Sacramento y alumbrar la vía. A su paso por las calles se asomaban los vecinos a la puerta de sus casas, se postraban en tierra y alumbraban también con una vela en la mano. Todos estos ruidos y rumores llegaron a los oídos de Cecilia, a tiempo que la procesión desembocó en la calle de O'Reilly, viniendo por la de Compostela. Aún las monjas en el convento de Santa Catalina, enteradas de lo que pasaba en su vecindario, hicieron tocar agonías, y en sus fervientes oraciones encomendaron el alma del moribundo a la merced de su munífico creador.

Puede afirmarse con verdad que _seña_ Josefa no estaba en su cabal juicio y sentidos cuando se confesó, comulgó y recibió la extremaunción. A haber vivido horas no más después de esos actos solemnes e imponentes, de nada de ello habría sabido darse cuenta. Fue todo para ella el resultado de un hábito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro que se ofreció en torno de su lecho de agonía, mientras el padre la auxiliaba a bien morir, habría sido bastante conmovedor para apresurarle la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, _seña_ Clara y José Dolores del otro, un oficial de la sastrería de Uribe que llegó en aquellos momentos y el sacristán a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una bujía, formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado artista.

A la conclusión de la tristísima ceremonia, todos los circunstantes, que más que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareció reanimada, en vista de que sacó el brazo derecho de debajo de las sábanas y empezó a tentar por varias partes del lecho, como si buscase algo que se le había perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y preguntó:

--¿Qué buscas, mamita?

--A ti, mi corazón, respondió la abuela con mucho trabajo.

Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lágrimas de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvió el rostro a otro lado.

--Pues aquí me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.

--No te veía, agregó ella con sentimiento. ¡Está esto tan _escuro_...!

--Apagué las luces por su merced.

--¿Estás sola?, preguntó la anciana después de largo silencio.

--Sí, mamita.

Dijo verdad, porque en oyéndola, prudentemente se retiraron a la sala las otras dos mujeres; y los hombres aún no habían vuelto de la iglesia, a donde habían ido para acompañar al viático.

--Querría... decirte una... cosa, dijo _seña_ Josefa muy despacio, después de otra larga pausa.

--Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.

--Acércate. ¿Por qué te alejas, mi vida?

--Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.

--¡Pobre Charito! ¿Qué será de ella? Me voy primero... me voy.

--¡Jesús, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace daño, mucho daño. Sosiéguese.

--¡Pobrecita! Pero tú... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es tu...

--¿Mi qué, mamita?, preguntó Cecilia sobresaltada y con instancia, pues la abuela tardaba en terminar la frase. ¿Mi qué, mamita del alma? Hable, diga; por la Virgen Santísima, no me deje en esta terrible indecisión. ¿Es mi enemigo? ¿Mi tormento? ¿Mi infiel amante? ¿Mi que?

--Es tu... tu... tu... t..., continuó repitiendo _seña_ Josefa, cada vez a más largos intervalos y más bajo tono, hasta que el ruido de la sílaba misteriosa se convirtió en lúgubre murmullo y el murmullo en un mero movimiento de los labios, que no duró mucho tampoco. La enfermedad tuvo su crisis. Había expirado.

No había visto Cecilia morir a nadie, así que, al convencerse por el tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la creía más viva, el horror más bien que el pesar le arrancó un grito terrible y le privó del sentido. Acudieron _seña_ Clara y Nemesia, y la encontraron en la cama abrazada con el cadáver, del cual les costó trabajo separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron de una vez su protectora, su compañera, su tierna amiga, su pariente, su madre adorada; y para mayor desesperación, quedole siempre después el remordimiento de que en la confusión había olvidado poner en la mano de la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipación para ese mismo caso.

Mientras duró la enfermedad de la Josefa Alarcón, fue entregando el médico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedían, diversas cantidades de dinero, las mismas que ella recibía con una mano y con la otra pasaba a las de José Dolores Pimienta, creado de hecho su mayordomo y cajero. Corrió él, en efecto por ese breve tiempo (brevísimo para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y de prestarle cada día nuevos servicios), con todos los gastos que ocasionó la enferma; y muerta, ajustó con el conocido muñidor Barroso los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendrían a dar el pésame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se trasladara el cadáver a la sala de la casa en que él y su hermana vivían, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente día. No se erigió catafalco: vestida de muerta con el hábito mercedario, color de pajuela, que ceñía la correa negra usual de la Orden de la Merced, y metida en su caja forrada de paño negro, se depositó en unas andas comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.

El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las andas a hombro, relevándose de cuatro en cuatro hasta el cementerio, situado en el pequeño arrabal de San Lázaro, al extremo de la calzada de este nombre.

El único incidente que en cierto modo marró la solemnidad del acto, fue el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del cementerio sobre media legua, y la vía más corta no conducía por las calles de la población, sino por veredas tortuosas, sombreadas del lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el área toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.

Allí donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se unió de repente a la fúnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro desconocido y de mala catadura, que parecía cansado de mucho correr. Tras éste se apareció a poco otro a caballo en traje militar, de chaqueta de paño, con dos charreteras de oro y sable de caballería. Era joven y de ademán bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipitó sobre el fugitivo, y, apuntándole con el arma al pecho, gritó:--Date, Malanga, o te mato.

--¡Tondá! ¡Tondá! exclamaron los de la comitiva que le conocían de vista o de trato.

Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la difunta, no tuvo más remedio que entregarse a merced del captor; el cual, sin desmontarse, le amarró codo con codo, le echó por delante, y saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del duelo:--Señores, espero me dispensen el mal rato. Tenía orden de Su Excelencia el Capitán General, de coger a este pícaro, vivo o muerto, y la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, señores.

La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja grande que mira al azulado mar Atlántico de la casa de la Beneficencia, a fin de que los niños hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de limosna.

La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio, debajo del gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese la aspersión del ataúd con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompañantes, en actitud reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno de la huesa.

José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puñado de tierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa Alarcón y Alconado, no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente amor de madre y prácticas religiosas de sus últimos años; y el primero, que hacía de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de Nemesia.

CAPÍTULO III

_¿Qué es la vida? Por perdida Ya la di, Cuando el yugo Del esclavo, Como un bravo Sacudí._

J. DE ESPRONCEDA

A mediados de enero volvió del campo la familia de Gamboa: los criados por mar, los amos por tierra. Leonardo llegó algunos días después.

Lo primero que hizo doña Rosa en la ciudad fue darle licencia o papel a María de Regla para buscar acomodo o amo. El papel (así se le llama por antonomasia en Cuba) en cuestión, firmado por don Cándido, rezaba poco más o menos como sigue: «Concedo papel a mi esclava María de Regla, para que en el término de diez días de la fecha busque acomodo o amo en la ciudad. Es criolla, racional, inteligente y ágil, sana, robusta, no ha padecido nunca enfermedad, no tiene tacha conocida, sabe coser de llano, entiende de lavar y aplanchar, de cuidar niños y enfermos. Se le da papel porque ella lo ha pedido. No ha conocido más amos que aquél donde nació y el que ahora la vende. Habana, etc.»

Despachado este asunto, que doña Rosa juzgaba de mucha importancia, se ocupó del negro fugado. Achacaba toda la culpa del suceso al Mayordomo, motivo por el cual en la primera oportunidad se le fue a las barbas con la irónica inquisición de:

--Supongo que Vd. ha hecho muchas diligencias para averiguar el paradero de Dionisio.

--Sí, mi señora doña Rosa, varias, muchas diligencias, contestó él embarazado, pues mentía como un turco. Sólo que estos negros... vamos, son el mismo dianche. Saben agazaparse... ¡Vaya que si saben!

--Veamos qué ha sacado Vd. en limpio.

--Poca cosa, mi señora, casi nada. Se dijo que le habían muerto de una puñalada, y... pare Vd. de contar. Porque no habiéndose levantado sumaria del hecho, que yo sepa, ni aprehendido al hechor, ni enterrado al muerto, he supuesto, suposición bien fundada, me parece, que lo de la puñalada ha sido mero rumor, una farsa, esparcido quizás por el mismo Dionisio para desorientar y evitar que le sigan la pista. Digo a Vd., mi señora doña Rosa, que saben mucho estos negros, mucho...

--Quedo enterada, dijo la señora en su despecho. Luego añadió: Pues es preciso que aparezca ese negro.

--Preciso, repitió don Melitón.

--Muerto o vivo ha de estar en alguna parte, agregó doña Rosa.

--Eso digo yo, dijo el Mayordomo.

--Nada ha dicho Vd. de provecho, exclamó doña Rosa incomodada. ¿Cómo es que no se le ha ocurrido poner un avisito en el _Diario_?

--Vaya que sí se me ha ocurrido, señora doña Rosa, replicó el hombre, contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido más de una vez, muchas. Sí, señora, se me ha ocurrido.

--Entonces, ¿por qué no lo ha puesto en planta?

--Pues ahí está el ajo de la dificultad, mi señora doña Rosa. Es que no sé como redactar esos avisos. Jamás las he visto más gordas. Cosa natural; en mi pueblo no había gacetas.

--La cosa es lo más fácil del mundo. ¿No recuerda Vd. las señas de Dionisio? ¿Su figura? ¿Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho, marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrático, oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de sus amos desde _tal_ fecha; se dará una buena gratificación al que lo capture y entregue en _tal_ parte, haciendo responsable a daños y perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada día en el _Diario_, bajo el epígrafe o como se llame, de... _Esclavos prófugos._

--Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, señora doña Rosa. Suena lindamente de palabra, mas cójase la pluma y póngase en el papel... Declaro sin vergüenza, mi señora, que no me da el naipe en achaque de escritos para gacetas. Claro, yo no nací para gacetillero, y el que no nació para casado, dice el refrán, que no engañe a la mujer.

--En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitón. ¿Se atrevería Vd. a repetir lo que acabo de decirle?

--Creo que sí. Talento me falta, memoria no, me sobra.

--Está bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del Rosario, una casa de zaguán, con dos ventanas de espejo, donde antes se jugaba a la lotería de cartones... Ahí. Entra Vd. y busca a don Toribio Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha ordinaria, gordiflón, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se ríe con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a ése le relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que él sabe cómo se redactan los avisos sobre esclavos prófugos.

Apenas salió don Melitón, doña Rosa levantó los ojos y las manos juntas al cielo, y exclamó:--¡Ah! ¡Qué Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por milagro anda en dos pies.

A la vuelta de éste de la imprenta, le despachó el ama en una volante de alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya había sido conducido Dionisio al depósito de negros cimarrones que tenía establecido el Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba, contiguo al elegante sitio de recreo de los señores condes de Fernandina. No se hallaba allí el prófugo, por la sencilla razón de que sólo se remitían a ese depósito general aquellos negros de las fincas rurales que, alzados a los montes, se cogían vivos con perros, y que, por su ignorancia o malicia, no podía averiguarse de pronto el nombre de sus legítimos dueños.

Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el ánimo de doña Rosa, cuando se presentó en su casa un negro en traje militar para pedirla con la mayor cortesía una audiencia de pocos minutos. Le midió ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:

--¿Tondá?

--Muy humilde criado de la señora, contestó él haciendo un arco de su esbelto cuerpo.

--¿Qué se ofrece? preguntó seria doña Rosa.

--¿No es de la señora un aviso sobre un moreno huido?...

--Sí.

--¿Cómo se llama el moreno? y perdone la señora...

--Dionisio.

--¿Dionisio Jaruco?

--No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no es extraño que pretenda pasar por ese apellido.

--El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de color allá afuera la antevíspera de Nochebuena, conocí a un moreno que se decía Dionisio Jaruco. Sus señas corresponden fielmente con las que le dan en el _Diario_, y creo no me será difícil cogerlo, si la señora me concede el permiso para buscarlo.