Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 38
¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase, sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las _mataduras_; y a la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo, encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien, tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda, dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.
Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la gráfica relación de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le ocultó: sus trabajos de muchacho; sus raterías de mayorcito; sus puñaladas dadas y recibidas en riñas desiguales; por último, sus maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia. Especialmente refirió, por cierto con feroz complacencia, llevando la cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el número de los _cangrejos_ (según llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayoría catalanes), que había _birado_ en sus pocos años de vida; esto es, asesinado a sangre fría.
Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos Dionisio y aún Jaruco, prevínole éste no le diera ninguno de estos dictados, exponiéndole las razones que tenía para aquella precaución.
--Llámame paisano, prosiguió. Así me dirigió Vd. la palabra cuando me encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy esclavo, amigo mío, y no me hallo aquí con licencia de mis amos. Yo me aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahí _tomé_ también el dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos días no queda ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y eso con mucho riesgo. Así, es necesario pensar en salir a la calle y ver cómo se hace por la vida.
--No se aflija _er señol_, dijo Malanga en confianza, que _entuavía_ tengo yo una prenda con que se _puée haseil_ plata.
--Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.
Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo. Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió:
--_Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre las manos y mos dio toas las prendas que tenía arriba de su cueipo. Misamigos se cogieron la plata y yo me cogí esta prenda. Dispué se la yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni un cabo de tabaco. Míe, paisano, cogí piche, y dende ese día la tengo enterráa. Es factible quer señol puea vendesta._
--Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.
Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:
--¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!
--_¿Beldá? dijo Malanga, ¡míe que caso!_
Era de oro, y de la argolla pendía, doblada en dos, en vez de cadena o cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogía una hebilla, así mismo de oro.
--Conozco este reloj, repitió Dionisio. Señorita, quiero decir, mi señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe tener una marca.
Abierta la contratapa, el ex-cocinero leyó: L. G. S., oct. 24-1830; Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el campo.
--Y ¿qué _endivíos_ son ésos?, preguntó Malanga desconcertado.
--Mis amos, contestó Dionisio. La señora chiquea mucho a su hijo y le hace cada día un regalo.
--_Pue me ha de peidoná er señol_, agregó el curro apesarado. _Yo no sabía que esos endivíos eran conosíos der señol._
--No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy seguro, prosiguió Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el _Diario_. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo. Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión... No le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance, porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros. Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara, estoy seguro.
--_Pa_ eso que a mí no me vale _er_ que me _ñamen_ Polanco o Malanga, dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. _Tóos_ me _conosen pol_ los dos nombres. Yo soy más _conosío_ en esta _suidá_ que los perros. Y _míe er_ caso, yo _tambié_ estoy _pregonao_. _Mes capé_ de las uñas de Tondá _pol_ un milagro. _Pue, señol, dentré_ yo una noche _der_ año _pasao_ con dos amigos, _argo talde_, en la _tabelna_ que está en la esquina de Manrique y la _Estreya_. Pedimos un poco _der_ que quema, _bebinos_ y _salinos_ de rengue liso, cuando _er tabelnero_ va y me coge _pol_ la camisa _pa_ que le _pagáranos_ la _bebía_. _Míe_, paisano, _me se_ subió el diablo: metí mano _ar jierro_ y le di una _mojáa na_ más aquí (pasándose el índice por la garganta) _sarva_ sea la _paite_. _Der_ viaje _sortó_ un caño de sangre como un toro _jerío_, y _pa_ que vea _er señol_, _sartó_ el _mostraól_ y nos corrió atrás hasta la esquina, donde _tubo_ que _agarraise_, cayó y dejó _maicaos_ los _deos_ con sangre en la _paré_.[55] _Dispué_, Tondá se olió que _habíanos_ sido nosotros, y tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá _pol lo_ Sitios. Yo salí _safando_, _ma_ mis dos amigos cayeron en _er laso_, y _entuavía maman cáisel_. _Dende entonce_ ando sin sombra, _polque_ Tondá es _mú júbilo_. ¿No ve? _Sargo_ solo de noche y _a pena_ ni paso _pol_ la tienda.
--¿Qué tienda?
--La tienda _der_ maestro Sosa.
--¿Maestro de qué?
--De _sapatos_.
--¿Zapatos de hombre?
--De _tóo_. Yo trabajo ahí cuando no _pueo ganai_ la _vía_ de otra manera. Yo hago _sapatos_ de _mujé_.
--Y yo también los hago, dijo Dionisio animándosele el semblante. Aprendí a hacerlos con el calesero Pío, de mi casa. No soy un chambón en el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle al maestro Sosa, quizás me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No podrá sospechar siquiera Tondá, que me he refugiado en una zapatería.
--_Güeno_, si _er señol quié_ lo _yebaré_ una _talde destas_, _mejol_, una mañanita, _polque_ como Tondá anda siempre en _cabayo_, no sale nunca temprano a la calle.
Efectivamente, Malanga, así que su amigo recobró la salud y se halló en disposición de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa y se lo recomendó de todas veras, no ya sólo como oficial experto en zapatos de señora, sino como persona distinguida y hombre honrado a carta cabal; que había caído en desgracia y apelaba al oficio para no morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aquí el cuento, algo parecido, del león herido a quien recogió un esclavo prófugo en las soledades del África, para que después el animal alimentara al hombre y le protegiera contra las demás fieras, cuando al cabo de muchos años se encontraron los dos en el circo de Roma.
CAPÍTULO II
_Ille dolet tere qui sine teste dolet Verdadero es el dolor del que sin testigos llora._
MARCIAL
Hasta la puerta de la casita en la calle del Aguacate, acompañaron a Cecilia el sastre Uribe, Clara su mujer, Pimienta y su hermana Nemesia.
Así que llamó Cecilia del modo particular convenido, rodó la tranca y se abrió por sí misma la puerta. Es que la abuela, muy enferma para esperar en pie a la nieta, había atado el cabo de una cuerdecita al extremo de la tranca, cerca de su punto de apoyo, y el otro cabo a uno de los pilares de la cama, al alcance de su mano. Por lo pronto no se hablaron una palabra.
Mientras Cecilia se desnudaba casi a tientas, por la poca claridad de la mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y hondos suspiros. Esos eran los amarguísimos dejos de la fiesta. Allá había corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonías de la música y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto de las vastas y heterogénea reunión el recuerdo del amante ausente, desdeñoso y quizás olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud, para probar, en fin, si podría olvidarle en caso de más indefinida y seria separación.
Todo le salió al revés. Repasó en la mente las peripecias de la diversión, y halló que había sido demasiado prolongada, la música ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres petulantes y necios, la reunión harto vulgar e insípida para haberla alegrado y entretenido. Comparó esa fiesta con la del 24 de setiembre en casa de la Ayala, donde gozó como reina del amor y de la hermosura en brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimió el corazón y estuvo a punto de que la ahogara el sentimiento. Pensó en su suerte, deduciendo, por necesaria consecuencia, que peor había sido el remedio que la enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o para la vida terrenal.
Tan triste y miserable se sentía Cecilia, que hasta el momento de meterse en la cama no advirtió que la abuela era presa de una desazón terrible. La pobre anciana se retorcía y gemía sordamente, cual si estuviera a punto de acabársele la vida. Buscó entonces su frente, y no bien le puso la mano encima, la retiró exclamando:
--¡Ay, mamita! Su merced tiene calentura.
--¿Ya viniste? replicó la anciana con voz moribunda. Si tardas un poquito más no me encuentras viva.
--Su merced no estaba así cuando yo salí para el baile. Véase qué disparate ha hecho en mi ausencia.
--Ninguno. Me pasé la prima rezándole a la Virgen; pero desde por la mañana me siento malísima. Me ha dado en el corazón que se acerca mi fin. ¿Qué hora es?
--Son las dos. Acabo de oír el reloj del convento.
--¿Crees tú que está levantado el padre Aparicio?
--No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que es cuando principian los maitines. Pero ¿para qué quiere su merced el padre a estas horas?
--¡Hija mía!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no quiero morir como un perro.
--¿Su merced no se confesó y comulgó ayer por la mañana?
--Sí, niña. ¿Y qué?
--Bien. Pues eso basta.
--No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante su Divina Majestad, limpia como una patena.
--No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho ¿cómo hubiera ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qué se ha puesto su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.
--De la salud a la enfermedad no hay más que un paso, y lo mismo se vive que se muere.
--¿Podría su merced explicar lo que siente ahora?
--Es imposible, mi vida. Lo único que te diré es que se me arranca el alma, y que mientras más pronto vayas por el padre...
--El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa. Es muy aprensiva su merced. Mejor será que vaya por el médico. Si iré por él en cuanto amanezca. Entretanto le daré un baño de pies y le pondré unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Verá, verá su merced cómo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede estar tan mala que no tenga cura. Todavía su merced me entierra a mí.
--Nuestro ángel custodio San Rafael y la Virgen Santísima te oigan, hija mía. Sentiría morir por ti, no por mí. Tú principias a vivir, ya yo terminé la jornada... Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios quiera... Se me parte la cabeza, agregó, oprimiéndose con ambas manos la frente...
Con esto se apresuró Cecilia a hacer lumbre en el fogón, debajo del cobertizo en el patio, valiéndose de la usual pajuela y de unos pocos carbones. Así, en minutos quedó listo el baño y puesto en un lebrillo grande. Enseguida procedió a darle el baño a la abuela con no menos fe y cariñosa humildad que la mujer que le lavó los pies a Jesucristo en casa de Simón. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugándoselos, se los sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprimía un ardiente beso, o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que ardía en sus venas.
Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y dijo:--¡Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que tú misma conoces que mis horas están contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis minutos, mis segundos... y me preparas para la cena antes de emprender...
No prosiguió; la emoción o el dolor le ahogó la voz en la garganta. Por su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza, experimentó una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando recibimos una descarga eléctrica, y sus lágrimas, hasta entonces contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas, aumentando el agua del lebrillo.
Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele decirse, agregó:
--No llores, alma mía, que me afliges más de lo que estoy. Consuélate. Tú eres una niña todavía: tienes delante un porvenir risueño. Aunque no te cases nunca, todo te sobrará. Siempre habrá quien mire por ti y te proteja. Y si no, allá está Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya siento algún alivio. Tal vez el mal da tiempo... ¿Qué sabemos? Vamos, hijita, cálmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo, de aquí al día tienes dos horas de sueño para recuperar las fuerzas... Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: cátala muerta, cátala viva. Ven, dame un beso, y... hasta mañana. El ángel de la guarda te proteja con sus amorosas alas.
¡Qué había de dormir ni de reposar Cecilia! No bien abrieron las puertas de la ciudad y comenzó a oírse, en las calles el cencerro desconchado de los arrieros de carbón, dejó furtivamente la cama y corrió en demanda de su cara amiga Nemesia, para que se quedara al cuidado de la enferma mientras ella iba por el médico en la calle de la Merced. Días antes le había dado la abuela, a prevención, las señas de la morada del galeno con estas palabras: casa de azotea con una ventana de reja de hierro, puerta colorada de zaguán, en medio de la cuadra, acera del Sur. No se equivocó la nieta, pero estaba cerrada y en silencio. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? El caso urgía y se decidió a llamar. Pegó un aldabazo y esperó en grande ansiedad el resultado.
Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abrió un postiguillo de la ventana y asomó por él el rostro de una dama tan por extremo hermoso y sonrosado, que se quedó Cecilia estupefacta. Figúrese el lector unos ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una boca pequeña de labios encendidos, una nariz aguileña y muy expresiva, una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina de batista, «cual la nieve blanca», guarnecida de un vuelo menudo de tiras bordadas. Tales eran los rasgos fisonómicos que más sobresalían en doña Agueda Valdés, joven esposa del célebre cirujano don Tomás Montes de Oca.
Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al óleo de esa dama, hecho por el pintor Escobar,[56] que cuando jóvenes pudimos contemplar extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonomía moral, el rasgo más prominente, a lo menos aquél de que nos es dado hablar en estas páginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no embargante que su marido carecía de aquellas prendas físicas que hacen atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era médico, célebre y rico, y ella tenía muy pobre opinión de las hembras, diciendo a menudo que no había hombre feo para la enamorada y ambiciosa.
Movida por los malditos celos, ejercía una vigilancia constante sobre su marido, sobre los clientes que él visitaba y sobre los que acudían en demanda de sus profundos conocimientos médico-quirúrgicos, especialmente si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no podía adquirir informes por sí misma, cometía la debilidad de poner en confesión al estúpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la llenaba la cabeza de un centón de cuentos de brujas.
Es de suponer cuál no sería el regocijo interior de doña Agueda al descubrir que la que había llamado a la puerta era una moza de medio pelo que, pues se recataba bajo la _manta_ de burato bordada de colores y, por supuesto, costosa, de lujo, no podía menos de ser alguna de sus amigas con el disfraz de paciente.
--¿Qué quieres?, le preguntó la celosa señora con cierta aspereza y precipitación, no fuera que volviese a tocar.
--Vengo por el señor doctor, contestó tímidamente Cecilia, acercandóse a la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida señora.
--¡Tate! dijo ella entre sí, luego que notó el buen parecer de la muchacha. Aquí hay gato encerrado. El médico, añadió alto, ha pasado mala noche, y duerme...
--¡Qué lo siento! exclamó Cecilia dando un suspiro desgarrador.
--¿Qué médico es el que buscas, muchacha? preguntó la señora sonriendo maliciosamente. Porque podría ser que estuvieses equivocada.
--Vengo por el señor doctor don Tomás Montes de Oca, repuso Cecilia en voz alta, aunque temblosa. ¿No vive aquí el caballero?
--Sí, aquí vive Montes de Oca. ¿Tú le conoces?
--Lo he visto muy pocas veces.
--¿Dónde vives tú?
--En la calle del Aguacate, al costado del convento de Santa Catalina.
--¿Eres tú la enferma?
--No, señora, mi abuela.
--¿Es él su médico?
--No, señora.
--Entonces, ¿por qué vienes por este médico en vez de solicitar cualquiera otro que quizás vive más cerca de tu casa?
--Porque mi abuela conoce al señor don Tomás y el señor don Tomás la conoce a ella.
--¿Dónde se han visto?
--En casa y aquí también.
--¿Tú vives con tu abuela?
--Sí, señora.
--¿Tú abuela es casada?
--Viuda. Enviudó mucho antes de que yo naciera.
--¿Cuántas veces ha estado Montes de Oca en casa de tu abuela?
--Yo no las he contado. Pocas veces.
--Ni más claro ni más turbio. ¿Te conoce a ti Montes de Oca?
--No lo creo. Es decir a la señora, no creo que me haya visto nunca cara a cara.
--¿Dónde has estado tú cuando él ha ido a visitarlas?
--En casa, pero mi abuela es quien siempre le ha recibido, yo no me le he presentado...
--¡Cosa extraña! ¿Qué motivo has tenido para esconderte de él?
--Ninguno, señora, sólo que ha dado la casualidad de no estar yo bien vestida cuando él ha ido a ver a mi abuela.
--¡Oiga! ¿Conque pretendías coquetear con él? ¿Tú no sabes que es feo y viejo para ti?
--Yo no he pretendido coquetear con el señor doctor.
--¿Qué tratos y contratos tiene Montes de Oca con tu abuela?
--Yo no sé, señora. Nada malo.
--¿Eres casada?
--No, señora.
--Pero tendrás novio y te casarás pronto, ¿no es así?
--No tengo novio ni me voy a casar pronto. En fin, tendrá la señora la bondad de decirme si el señor doctor...
--Ya te he dicho, interrumpió doña Agueda, que Montes de Oca ha pasado mala noche y dio orden de que no lo despertaran hasta las diez.
--¡Ay de mí! exclamó Cecilia profundamente afligida. ¡Qué desgracia!
Tocado con esto a lo vivo el corazón amoroso de doña Agueda, preguntó con intención:
--¿Y tú quién eres?
--Yo soy Cecilia Valdés, contestó la joven llorando.
--¡Cecilia Valdés! repitió doña Agueda entre sorprendida y cavilosa. Después añadió con vivacidad: Ven, entra.
Sin aguardar respuesta ni esperar objeción ninguna de parte de la muchacha, fue por sí misma a correr el cerrojo de te con que se cerraba el postigo de la puerta, y la dio franca y amable entrada en su casa.
En medio de su aflicción creyó notar Cecilia algo extraño en la hermosa señora, algo que tenía semejas con la locura. Pero no la inspiró eso el más leve temor, antes se sintió fuertemente atraída hacia ella, no ya sólo por la naturalidad de sus palabras, sino también por la gracia de sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como dominada por una poderosa fuerza magnética, callada y sumisa se dejó llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su inmediación al patio, y donde su conductora tomó asiento de espaldas contra una mesa grande de bruñida caoba. Allí, teniendo a la joven (que se conservó en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no entendía su idioma, repetía con énfasis: ¡No se parece! ¡Qué! Nada, no se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es la cierta.
--¿Sabes quién es tu padre? le preguntó de repente.
--No, señora, contestó Cecilia con la mansedumbre de antes.
--¿No te lo ha dicho nunca tu madre?
--No, señora. Yo no conocí a mi madre. Ella se murió poco tiempo después de nacer yo.
--¿Quién te ha contado ese cuento?
--¿Qué cuento?
--Pues, el de que murió tu madre después de nacer tú.
--No es cuento, señora, lo de la muerte de mi madre. No tengo ni el más mínimo recuerdo de ella.
--¿Qué edad tienes tú ahora?
--Yo nací, según me ha dicho mi abuela, en el mes de octubre de 1812. Haga la señora la cuenta.
--Y ¿cómo es que tu abuela no te ha dicho quién es tu padre? ¿No lo conoce ella? ¿Sabes que te echaron a la Casa Cuna?
--Sí, señora. Me pusieron en la Casa Cuna para que me bautizaran con el apellido de Valdés.
--Pues yo no soy inclusera y también llevo ese apellido. De suerte que tu padre, aun sin pasarte por la Casa Cuna bien pudo bautizarte, poniéndote en la fe de bautismo «de padres no conocidos», como es costumbre. Se conoce que tenía malas entrañas. ¿Te crió tu madre?, esto es, te dio el pecho?
--Creo que no. A mí me crió una negra.
--¿Dónde te crió? ¿En la Casa Cuna?
--No, señora, en casa de mi abuela.
--¿Cómo se llamaba tu criandera?
--Me parece que María de Regla Santacruz.
--¿Vive? ¿En dónde está ahora?