Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 37
«Por fin, una madrugada nos pilló _seña_ Chepilla a mí y a Dionisio conversando en la sala, y se puso tan brava que me quitó la niña y me prohibió darle de mamar. Por fortuna esto fue como a los nueve o diez meses de estarla criando, en que ya caminaba y podía mantenerse con mascaditos... A los pocos días _seña_ Chepilla me dijo que ya no me necesitaba más y que podía irme para mi casa. Yo le contesté que no sabía las calles de La Habana y temía perderme. Admírense, niñas, al día siguiente vino Pío por mí. ¿Quién le avisó? El me dijo que el amo había mandado a buscarme. Pero, ¿cómo supo el amo que me habían botado?
«En casa me aguardaba Señorita con espada en mano. Yo, sin embargo, no temía nada, porque esperaba que me defendería el amo. ¡Qué había de defenderme! Al contrario, me pareció que se puso en contra mía y que atizó a Señorita para que me mandara al ingenio, sin hacer ninguna averiguación. Dionisio me había contado que Señorita y el amo habían tenido muchas pendencias por mi causa, por la niña que yo criaba, por haberme llevado el amo en la calesa a la Casa Cuna, porque no creía que el médico Montes de Oca me había alquilado; en fin, por otras mil cosas. Lo cierto es, que apenas entré por la puerta del zaguán, me llevó Señorita al cuarto escritorio donde estaba el amo sacando cuentas, y allí me puso en confesión. No recuerdo todo lo que me preguntó, ni lo que yo le contesté; lo que yo recuerdo bien es que le dije muchas mentiras y que me amenazó con mandarme al ingenio. El amo no dijo ni jí, ni já.
«Pero ya estaba yo embarazada de Dolores y Señorita de su merced. Ella se enfermó de estas resultas, y cuando nació su merced, como estaba delicada y yo había salido felizmente de mi cuidado, tuve que criar a su merced para que la vieja Mamerta criara a Dolores con leche de vaca y migas.
«Vean ahora, niñas, mi mala suerte. Yo, madre querendona, obligada a criar la hija de mi señora, mientras a la hija de mis entrañas, la primera que se me lograba, no podía darle de mamar, tan siquiera cogerla en mis brazos para besarla y calentarla en mi seno. Bien sabe Dios que a mí siempre me han gustado los niños; que si crié bien a Cecilia, con más veras la crié a su merced y la quise y la quiero como si la hubier aparido. Pero póngase en mi lugar, niña Adela, y considere cómo no sufriría yo cuando veía a su merced sanita, sonrosada, rolliza, limpia, con mucho birrete de punto, mucha faja bordada, mucha camisita de holán, faldellines con encajes, mediecitas de hilo y zapaticos de seda, durmiendo en cuna de caoba que la mandaron al amo de regalo desde el Norte, siempre en mis brazos o en los de Señorita, en los de la niña Antoñica, hasta en los del amo, porque su merced era muy chiqueada por todas las personas; porque su merced lloraba, o se quejaba de algo, se venía la casa abajo y eran pocos los amos, los amigos y los criados para correr por el médico, para ir a la botica y atender a la niña, hasta que se le pasaba el dolorcito y se ponía buena. La mayor parte de las veces yo tenía la culpa, según decía Señorita, del llanto de su merced, porque la había pellizcado al fajarla, porque el agua del lebrillo en que la bañé estaba muy fría o muy caliente, porque le prendí mal un alfiler y le arañaba, y por otras mil cosas. E intertanto ¿qué era de mi hija Dolores? Figúrese su merced cómo no me partiría el corazón de verla flaca, enfermiza, mocosa, sucia, casi desnuda, arrastrándose por el suelo, entre las gallinas del patio o entre las patas de los caballos en la caballeriza, o al lado del anafe de las planchadoras, o en la cocina salpicada de manteca caliente; chupando en una muñequita el pan o el arroz mojado en leche que para entretener el hambre le envolvía en un trapo sucio la mujer que la criaba. Si lloraba... ¡Jesús! En vez de consolarla, Señorita era la primera que decía:--¡Llévense esa negrita para la cocina! Me atormentan sus chillidos. Dionisio no sabía manejar niños, ni podía tampoco abandonar sus obligaciones. Mamerta, la encargada, era una solterona vieja que tampoco sabía cuidar niños, que no había tenido hijos en su vida y... no conocía el amor de madre.
«Yo me pasaba los días y las noches llorando. Me quedé en la espina. No me faltó por eso la leche, al contrario, luego que Señorita me hacía comer más de lo regular, se me derramaba en el seno. Podía haber criado a las dos niñas con descanso si me hubieran dejado. Pero ¡qué había de consentirlo Señorita! Ni pensarlo. Viendo Mamerta mi aflicción y mi tristeza, me trajo una noche a Dolores al cuarto donde yo dormía junto a la cuna de su merced. ¡Ah! ¡Con qué gusto le di de mamar! ¡No he sentido en mi vida mayor delicia! Aquella noche salió bien la trampa. Luego, Dolores se engrió conmigo; como que conoció la diferencia que había de chupar arroz mojado en la muñequita de trapo, a chupar leche en el seno de su madre. Para librarse Mamerta del llanto de Dolores y que la dejara dormir, me la trajo otras noches, cuando creía que todos dormían en casa. Mas tanto va el jarro al pozo hasta que se rompe. Una noche, estando conmigo en la tarima, despertó su merced, y fue preciso sacarla de la cuna para que no oyera Señorita y nos pillara a todos juntos. Coloqué a su merced a mi derecha, y a Dolores a mi izquierda y acostada boca arriba entre las dos, dejé que, como dos alacrancitos me chuparan hasta la última gota de leche. Pero sucedió, supongo, porque yo me dormí pronto, que Dolores se cansó de mamar por un lado, trató de chupar por el otro, y de buenas a primeras tropezó con las manos y la cabeza de su merced, abrazada con su parte. Allí fue Troya. Armaron las dos tal pelotera, que dispertó Señorita, vino al cuarto con una vela en la mano y nos pilló en el acto.
«Mamerta fue la que pagó el pato, porque le dio una de chuchos el Mayordomo, por mandato de Señorita, que no le quedaron más ganas de traerme a Dolores a la tarima. A mí no me dijeron nada; pero al mes siguiente o por ahí, Señorita consultó con el amo lo que había de hacerse conmigo; dio orden de embarcarme en la goleta de _señó_ Pancho Sierra y me soplaron en el ingenio de _La Tinaja_ el día menos pensado, para que purgara mis culpas y pecados.»
_Ellos en aquesto estando, Su marido que llegó._
Pasadas las doce de la noche, entreoyó doña Rosa un murmullo de voces en el interior de la casa, y no creyendo menos sino que ocurría alguna novedad entre sus hijas, se levantó, y empujando puerta tras puerta por toda la crujía de los cuartos, no paró hasta el tercero, donde se celebraba el congreso femenil. Su primer impulso fue reprender a sus hijas, pero se contuvo a la vista de las señoritas Ilincheta y de su respetable tía doña Juana Bohorques. Entonces trató de averiguar el motivo de la velada.
Todas las señoras, más que menos asustadas, no acertaron a decir palabra en justificación de la desusada escena. No así Adela. Lejos de turbarse, salió con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras la explicó el objeto de la reunión y sus resultas. Enseguida agregó:--Aquí tienes a María de Regla. Te pide perdón (se había echado a los pies de su señora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.
Cogida de sorpresa doña Rosa entre los brazos de su hija y la esclava a los pies, no supo qué responder; mas luego dijo con sentimiento.
--¡Ay, hija! ¡qué me pides! Eso es más, mucho más de lo que yo puedo concederte si he de cumplir con mi deber y mirar por mi tranquilidad y la de algún otro de la familia.
--¡Mamá! repuso Adela, ella nos ha contado su historia y la creemos inocente de todo cuanto la acusan. Oyéndola hemos llorado como unas niñas.
--Inocente, tú, dijo doña Rosa con sarcasmo, que has creído en sus cuentos y lágrimas de cocodrilo. No ha nacido negra más hipócrita y maligna que ésta. Me ha causado más disgustos que pasas tiene en la cabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad; ha tratado siempre de engañarme y me ha desobedecido muchas veces. Sí, aquí está donde merece. En ninguna otra parte podrían aguantarla, y me da lástima cuando te empeñas por semejante negra. Lo peor es, niña, que ella no te quiere, porque es incapaz de querer a nadie.
--Pero yo la quiero, mamá. Ella me crió y siempre me llora y me pide que le sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas para resistir sus lágrimas y sus ruegos.
--Está bien, Adela, replicó doña Rosa después de breve rato de reflexión. Por ti y por Isabelita (que no podía reprimir el llanto) perdono a María de Regla. Que vuelva a La Habana, pero no a servirme, ni a vivir en casa, sino para que se alquile por su cuenta. Yo le daré papel. Con eso, el jornal que gane será para que tú y Carmen tengan todos los meses algún dinerito con que comprar alfileres.
CUARTA PARTE
CAPÍTULO I
_Del contrario el pecho roto Lanza ya de sangre un río..._
EL DUQUE DE RIVAS
Por necesidad mortal no resultó la herida que en riña al cuchillo con el músico José Dolores Pimienta, recibió Dionisio Jaruco o Gamboa. No le asestaron el golpe de punta, sino de corte, y aunque el hierro dividió diagonalmente los músculos del lado izquierdo del pecho, a la altura de la tetilla, no lastimó parte ninguna delicada en su largo trayecto. De manera que, si cayó de espaldas, no fue porque la herida le privó de hecho de las fuerzas. Tropezó con una piedra de la calle al esquivar el golpe, abatiéndole el susto y el fluir de la sangre.
Postrado y lamentoso, oprimiéndose la herida con ambas manos, se hallaba en medio de la calle Ancha cuando acertó a pasar un hombre de color, de formas atléticas. Iba descalzo y llevaba una correa de cuero crudo que, pasándole por el hombro derecho, se unía por las dos gazas de las extremidades en el costado izquierdo, a manera de tahalí. Era aguador o carretillero, como dicen en La Habana. Se acercó al oír los quejidos y se retiró luego de prisa, murmurando:--_¡Matá! Dio mi libra._
Enseguida pasó otro, también hombre de color, aunque más civilizado que el precedente, si hemos de juzgar por el traje. Traía al brazo algo que parecía un instrumento músico, envainado en una funda de bayeta. Paró la atención en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia, y, cerciorado de lo que pasaba, exclamó compadecido:--¡Pobre! _¡Qué mojáa le han dao!_ No se ha _muelto entuavía_. Pero ¿quién me mete a mi en honduras? ¡La justicia!... _¡Allá su arma su parma!_
Este siguió camino a toda prisa, volviendo la cara atrás de cuando en cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas para achacarle el homicidio mañana o esotro día.
El tercero de los transeúntes, hombre así mismo de color, era un tipo _sui generis_; marcado, tanto por el traje que vestía como por sus acciones y su aspecto. Componíase aquél de pantalones llamados de campana, anchotes por la parte de la pierna, estrechos a la garganta del pie, lo mismo que hacia el muslo y las caderas; camisa blanca con cuello ancho y dientes de perro en vez de borde; pañuelo de algodón tendido en ángulo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan escotados de pala y talón, que apenas le cubrían los dedos ni le abrigaban el calcañar, de modo que los arrastraba cual si fueran chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de trenzas de pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado, afectaban la forma de los cuernos retorcidos de un borrego padre. Pendían del lóbulo de sus orejas dos lunas menguantes que parecían de oro, pero que, tocadas en la piedra de toque, estamos seguros, el más inexperto platero las habría declarado de ordinaria tumbaga.
Trazamos ahora aquí con brocha gorda la vera efigie de un _curro_ del Manglar, en las afueras de la culta Habana, por aquella época memorable de nuestra historia. No es nuestro original el majo que viste traje andaluz. Es, ni más ni menos, el negro o mulato joven, oriundo del barrio dicho o de otros dos o tres de la misma ciudad, matón perdulario, sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y por hábito, ladronzuelo de profesión, que se cría en la calle, que vive de la rapiña, y que desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una muerte violenta.
Si hubiera cabido en la naturaleza del que nació curro, el aplicarse a alguna cosa buena o de provecho, no cabe duda que el de que hablamos ahora habría aprendido cuando menos las primeras letras; pues es un hecho histórico que en la época de su muchachez había en La Habana más escuelas de ese grado servidas por maestros de color que por blancos, y su padre, bien intencionado africano, tuvo siempre particular empeño en que recibiera alguna educación su callejero hijo.
Ahí cerca de la calle de los Corrales, donde nació y se crió nuestro curro, estaba la escuela de Lorenzo Meléndez, Teniente de granaderos de la milicia de color, concurrida de niños pardos, negros y blancos, donde se distribuía la enseñanza casi de balde, como que la pensión consistía, por la mayor parte, en legumbres, aves, huevos y velas de cera. Pero en vano el padre le condujo muchas veces en persona; en vano recomendó al maestro que le sentara la mano, porque el rapaz era de mala cabeza; en vano él por propia cuenta le propinó castigos atroces; no aprendió ni el _cristus_,[54] en las poquísimas visitas que hizo a la escuela del venerable maestro Meléndez.
Prefirió siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Peñalver, o el de mates en la plazuela de San Nicolás, o el del picado en las paredes de la iglesia de Jesús María. Esto, en el lenguaje vulgar de los chicos de la escuela, se llamaba _fugitivarse_. La fuga de ella traía consigo la necesidad de pasarse los días enteros al sol y al agua en las calles, hecho la piedra de escándalo de todo transeúnte pacífico, cuando no había oportunidad para guarecerse de algún cobertizo, como el del matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en una, ya en otra parte, lo más cierto era que sacaba siempre la cabeza descalabrada, bien a manos del compañero curro con quien jugaba, bien a las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la defensa y amparo de su propiedad.
Así aprendía él a fuerte, así se curtía desde pequeño, en la pillería y la maldad. Y como no era el único curro, pues abundaba la especie en la época mencionada, acontecía muchas veces el reunirse con otros varios de su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correrías tomaban carácter más agresivo y malévolo. Formaba, en efecto, partido o bando con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solían arrojarles a la calle después del bautizo; para atarle mazas de lata a la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios más concurridos de paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas cuyos moradores les eran antipáticos: para hurgar con pinchos y embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza; en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta arañarse y sacarse sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo de esa arma traidora.
Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengañado de que las letras no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro zapatero Gabriel Sosa, que tenía su obrador en la calle de Manrique esquina a la de la Maloja, dándole carta blanca para tratar al mozo en todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa hombre duro de carácter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes con las hormas, de correazos con el tirapié y de atarle con cadena de hierro, cual animal indómito y montaraz, para quebrantarle la propensión a la fuga, al cabo de cuatro años logró que aprendiese siquiera a hacer zapatos de mujer. Después de cumplido el término del aprendizaje, solía concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatería con el objeto de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las ocasiones de ganársela por medios, si no más honrosos, a lo menos más cómodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.
La zapatería del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca cavada por las aguas llovedizas. Descendían por la calle de Manrique, y, después de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de las casas de más abajo, formando arroyo caudaloso. Había, pues, un desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y, consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.
Al entrar en la calle Ancha, traía nuestro curro la vuelta del Campo de Marte. Venía a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse ambas manos a las orejas, por si permanecían en su sitio las dos menguantes de tumbaga, diciendo para sí:--_no están rompía, no me va a sucedel náa_, resueltamente se dirigió al herido.
--¡Anjá! Paisano, le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares, ¿quién es _usté_?
--Yo soy Dionisio Jaruco, contestó él con voz apagada así que se cercioró que se las había con un moro de paz.
--_Yo no ha oído ese nombre en mi vía._
--No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y ¿cuál es su gracia de Vd.?
-¿Qué?
--Que cómo se llama Vd.
--_Me ñaman Malanga._
--¿Malanga? repitió Dionisio cual si no hubiese oído bien.
--Malanga. Aunque éste no es mi nombre, sino Polanco. _Er_ amo de mi _paire_ era un _tar_ Polanco. Pero _asina_ me _ñaman_ en el _Manglal_, _polque_ mi _paire_ es de nación, y mi _maire tambié_, y yo soy _crioyo_. _Dende_ chiquito me _ñaman asina_.
Mentía el bellaco. Dábanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga por ser él desmalazado de porte y de carácter, por tener las zancas y brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo los pies grandes y gruesos.
--_¿Y que hace el señol ahí tendió pansa arriba?_ ¿Se le ha _subió el aseite a la chola_?
--Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.
--_¡Jerío!_ ¿Y quién le ha hecho ese flaco _selvisio_?
--Un pardito que no vale una guayaba. Mire aquí.
--_¡Güeña jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. ¿Pero aónde ha estao el señol?_ ¿En un entierro?
--No he estado en ningún entierro. Yo venía de un baile, cuando me topé con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hirió a traición. Mas ¿por qué me hace Vd., esa pregunta?
--_Pol náa._ Como lo veo _vestío de sacateca_...
--Mi traje no es de zacateca, es traje de corte.
--Si es de _colte arto_ o _colte bajo_, yo no sé, _ma_ estoy mirando que si no es _pol_ la bota, digo, la casaca, le _coltan_ al _señol_ la pata, digo, lo viran como cangrejo. _Dispué_, me _paese_ que el _señol_ es _argo goldo pa pelial_ con _cuchiyo_. _Dispué_, es _mu fatible_ que el _señol hayga aprendió_ ya grande, y ése es un _alte_ que debe de _aprendeise dende_ que uno es chiquito. _Dispué_, _usté_ tiene _mu colto_ el brazo y no _pué defendeise_ de los _goipes_ de arriba. _Dispué_...
--¡Hombre!, le interrumpió el herido con voz desmayada. ¡Por el amor de Dios y la Virgen Santísima! no hablemos más de eso. Si Vd. es una persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en sangre.
--Le amarraré un pañuelo _pa_ que no _saiga_ la sangre.
--No, es preciso lavar primero la herida.
--_¡Laval!_ ¿Está loco _er señol_? ¿Y si se pasma? ¿Y si se muere? _Dispué_ dirá el _señol_ que _pol mor de mí_.
--No, no lo diré, esté Vd. seguro de ello. Si muero, no será por culpa de Vd., sino porque me llegó la hora. Vaya, señor Malanga, corra a la taberna de la esquina y tráigame una botella de vino seco y un vaso de aguardiente.
--Sí, _señol_, yo _diré_ corriendo, _ma_ el _tabelnero_ ha _serrao_. Ya es _mu talde_. _Dispué_ está él más _escamao colmigo quel_ diablo, _polque_ me _conose_ y sabe que, _anque mestá mar_ en _desislo_, he _birao_ más de uno de esos cangrejos. Yo no _pueo miral pa_ un catalán sin que _me se_ suba la sangre...
--Bien, hombre, vaya, haga la diligencia. Tal vez abre. Toque recio.
--Es que... paisano, ¿_el señol_ no entiende? digo que... que siel _señol no pinta_, le hago _sabel_ que no tengo ni _Jilacha_. No he hecho ni la cruz esta noche.
--Vamos, amigo, ¿por qué no me lo dijo antes con antes? Aquí hay dinero. Meta Vd., la mano en esta _faldriquera_ del chaleco. Ahí debe haber una amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el más chico y corra, que se me va la cabeza... no veo nada.
Y se desmayó el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello. Sólo se ocupó de registrar el sitio designado y de coger en la mano la moneda de oro que rara vez, si alguna había poseído en su vida, con permiso del dueño. Enseguida partió para la taberna que, cual esperaba, encontró cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de los dedos, al principio a la sordina, luego con el puño a golpes recios y repetidos. De suerte que así fuera sordo de cañón el tabernero, hubo de oír y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la puerta abajo. No había de ser un ladrón quien le sacaba de la cama de aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaución, sin embargo, no abrió ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la voz con acento puro catalán por el ojo de la llave, preguntando:
--_¡Oya! ¿Qui ets?_
--_Yo, ño Juan._
--_Ma, ¿qui est jo?_
--_Malanga, ño Juan, ¿no me conose?_ Abra la _puelta_.
--_¡Abrit le porta! ¡Vota va Deus! ¿y per questa embajat m'ha fet salir del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. ¡Qué cinich descaro!_
--Abra, _ño_ Juan, pol _er amol de su maire_. Ahí está un _probe_ moreno _jerío_.
--_¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡la justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy._
--Oiga, oiga, _ño_ Juan. Yo no _dentraré_. Abra la gatera. Aquí hay _mejengue_.
--_¡Ah! Ese's altre contare. Vinga lo diné._
--Dando y dando, _ño_ Juan. Deme una _boteya_ de _bino_ seco. No _mojao_. ¿Entiende? Y un _baso_ del que quema.
--_Done, done._
--¿Cuánto?
--_Un pese fort et mitje._
--Tenga una _amariya_ chiquita.
--_Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve esta vegada, noy._
Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibió por el ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el tabernero, acudió en socorro del cocinero. Luego que le lavó la herida, es decir, que se la empapó por encima de la camisa, que se la vendó lo mejor que supo y pudo con dos pañuelos, que le dio a beber el aguardiente, le ayudó a levantarse y por la mano le condujo hasta un cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que había a la puerta inmediata del teatro de Jesús María. Por fortuna, mientras duró esta cómico-trágica escena, no pasó por allí alma viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de emprenderla con nuestros personajes, o huyó despavorido, o se retiró ladrando.