Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 36

Chapter 364,374 wordsPublic domain

--Las niñas me han de dispensar si he dicho algo malo. Pero pónganse en mi lugar por un momento. Vamos a ver: si por una desgracia impensada, por un trastorno de la naturaleza cualquiera de las niñas que me escuchan se vuelve mujer de color, y cuando más dura le parece la esclavitud viene un individuo, sea blanco, mulato o negro, feo o bonito, y le dice: no llores más, consuélate, anímate, te compadezco, voy a libertarte. ¿Pensaría como piensa ahora de mí? ¡A que no! ¡Qué dulce no le parecería la palabra! ¡Qué buena, qué amable, qué angelical no le parecería a la persona! ¡Te voy a libertar! ¡Ay, niñas! Yo no he oído nunca esas palabras sin estremecerme, sin un regocijo interior inexplicable, como si me entraran calofríos... ¡La libertad! ¿Qué esclavo no la desea? Cada vez que la oigo pierdo el juicio, sueño con ella de día y de noche, formo castillos, me veo en La Habana rodeada de mi marido y de mis hijos, que voy a los bailes vestida de ringo rango, con manillas de oro, aretes de coral, zapatos de raso y medias de seda; todo como hacía cuando muchacha en el palacio de los señores condes de Jaruco.

«Pero, siguiendo mi cuento, niñas, lo peor de todo era que si yo me sonreía con el maestro de azúcar se ponía bravo el boyero, o el tejero, o el Mayordomo, o el médico, o el Mayoral, don Liborio Sánchez quiero decir, ése que acaba de botar Señorita por fiera con los negros, y que entró cuando salió don Anacleto Puñales. Ese era el más temible de mis enamorados. Quería que le quisieran a la fuerza, y si me negaba, allá iba el cuerazo. Por celos y piques me ha dado dos bocabajos y me ha crucificado las espaldas con el cuero. No saben sus mercedes cuánto me he alegrado de que lo botara Señorita. Tiente, niña, tiente aquí en los hombros y las paletas. Meta la mano.

La deslizó Adela, con cierto recelo, por entre la piel y las ropas de la negra y las retiró precipitadamente porque sus dedos de rosa fueron tropezando con verdugón tras verdugón, trazados en todos los sentidos, a la manera de los camellones del terreno recién arado, por la punta del látigo del celoso capataz. Entonces comprendió la joven una parte del martirio de su ama de leche. Doña Juana e Isabel se horrorizaron y vertieron más de una lágrima de simpatía por la martirizada esclava.

«Y de contra, niñas, prosiguió ella su interesante relación, don Liborio hacía que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le decía mil cosas de mí; que yo era una tal por cual; que traía revuelta la finca con mis enamoramientos; que por mí tenía que cambiar de operarios a cada rato. En efecto, botaba a los que suponía que me gustaban. También decía que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte para _vajearlo_, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme. En fin, que yo sonsacaba a los hombres. ¡Yo sonsacadora! ¿Qué culpa tenía de que los blancos se enamoraran de mí? Si les correspondía, malo; si los rechazaba, peor. ¡Vaya mirando, niña, qué triste era mi situación!

«La _contesta_ a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra. Por supuesto, él se vengaba a su gusto de los desaires que yo le hacía. ¡Pobre de mí! ¡No tenía ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el amo y el niño Leonardo, más ninguno de los dos quiso oírme ni verme tampoco. Otra vez le dije al patrón Sierra lo que me pasaba: fue a La Habana, volvió y me contó que no pudo hablar con Señorita ni con su merced; sólo logró decir algo a Dolores.» Confirmó Adela en todos sus detalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la escena con su madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda parte.

CAPÍTULO IX

_Por sorda y ciega haber sido Aquellos breves instantes, La mitad diera gustosa De sus días miserables._

EL DUQUE DE RIVAS

Enseguida, la antigua nodriza continuó diciendo:

--Verá ahora la niña la causa verdadera del rigor con que he sido tratada. Un día... no me acuerdo bien, sólo sé que hace mucho tiempo, después de la tormenta grande de Santa Teresa, o el año en que ahorcaron a Aponte,[53] me llamó el amo al comedor. Estaba solo, y me dijo:

--María de Regla, como has perdido al chico y tienes buena y abundante leche, he pensado que debe aprovecharse. En tal virtud, te he alquilado por medio del señor doctor don Tomás Montes de Oca, con un amigo suyo para dar de mamar a una niña de algunos días de nacida. ¡Ea! con que estar lista para después de almuerzo.

«Después de almorzar, el amo salió y se metió en la calesa. Yo seguí detrás de él para ir a pie. Pero me hizo subir y me sentó a su lado. Me quedé sorprendida. ¡Sentarme el amo en los cojines de la calesa, cuando los negros sólo se sientan en el pesebrón! Luego ordenó a Pío que arreara para allá fuera. ¿Qué será? ¿qué será? pensaba yo. Salimos por la puerta de Tierra, cogimos la calzada de San Luis Gonzaga todo derecho, y no paramos hasta unas pocas casas de esquina del Campanario Viejo. Delante de una de dos ventanas de hierro y zaguán, mandó parar el amo junto a otra calesa vacía que se hallaba a la puerta. Creí que allí vivía el médico o el padre de la niña a quien iba a criar. El amo se apeó y me dijo:--Apéate. Entró en el zaguán y yo atrás de él. Entonces vi que había un torno grande, como para meter niños, en la pared de la derecha y que la vista del patio la ocultaba un cancel alto, con una puerta en medio.

«Se paró el amo y me dijo bajito y muy serio:--María de Regla, llamarás a esa puerta, preguntarás por el señor doctor Montes de Oca, y harás al pie de la letra cuanto él te ordenare. Oye bien lo que voy a decirte. Cuidado como hablas palabra con alma viviente de lo que aquí vieres, oyeres o entendieres. Tampoco, mientras dure la lactancia (sí, lactancia dijo) de la niña, pienses en ver a Dionisio ni a ningún otro de casa. Sobre todo, nadie ha de saber por tu boca quiénes son tus amos ni quien te trajo a esta casa. Para todo el mundo, ¿lo oyes? vas a ser de aquí adelante sorda, muda y tonta respecto de mí, de Señorita, de la niña que has de criar y de las personas que la rodearán en esta casa y en cualquiera otra a donde la llevaren, ¿me has oído? ¿Me has entendido? ¡Eh! No te digo más. Llama.

«Allí me dejó el amo hecha un mar de confusiones. Aunque el amo se retiró de prisa, no subió a la calesa hasta que vio que yo soné el aldabón y abrieron la puerta. ¡Si se figuraría que me iba a huir! Me abrió una morena vieja, y en cuanto que puse el pie dentro, conocí donde me hallaba. De todas partes oí llantos y chillidos de muchos niños. Me hallaba en la Casa Cuna. Había de todo en ella, quiero decir, niños blancos y mulatos y crianderas casi todas negras como yo. No tuve que preguntar por el señor de Montes de Oca, pues estaba en el comedor examinando un niño enfermo en los brazos de su criandera, y, sin más ni más, me dijo:--María de Regla Santa Cruz, ¿eh? Antes que yo pudiera contestarle sí, señor, o no, señor, me cogió por la muñeca, me tomó el pulso, me hizo sacar la lengua y me abrió los párpados con dos dedos para ver el color de los ojos. Todo esto callado o por señas. Luego me llevó al primer aposento. En el medio había una camita de caoba tapada con un mantón o velo grande de punto blanco, que el médico levantó con una mano, mientras que con la otra me señalaba para una niña blanca dormida entre pañales de holán batista, bordados o con encajes anchos. ¡Qué lujos, niñas, qué lujos! Me quedé boba. Debían ser muy ricos sus padres, más ricos que el Buey de Oro. El médico, con su vocecita fañosa, me dijo:--Esta es la niña que vas a criar. Cuídala como si fuera hija tuya, que no te pesará. Tú eres joven, eres buena y sana y debes tener mucha leche. Ve la marca azul que tiene en el hombro izquierdo. No se ha bautizado todavía.

«Me hice cargo de la niñita y me propuse criarla como si fuera mi hija, no tanto por la amenaza del amo como por la promesa del médico y porque me pareció una divinidad. Me encantó. Mejorando los presentes, no había visto niña más linda en la vida. Sólo podía compararse con su merced cuando nació. Se parecía tanto a su merced entonces, que si vive y no se ha descompuesto, es el mismo retrato de su merced. Ni jimaguas se hubieran parecido más.

«¡Qué blanca! añadió la nodriza, trazando a grandes rasgos el retrato de la chica en la Casa Cuna. «Blanca como coco, niñas: la cara redonda, la barba puntiaguda, la nariz afilada, la boca un botón de rosa, chiquita y colorada. ¿Y los ojos? No me diga nada: hermosísimos; las pestañas tamañas. No me cansaba de mirarla. Lo primero que hice en cuanto _dispertó_ fue registrarle los hombros para verle la marca. Tenía una media luna pintada con aguja, salva sea la parte (sentando María de Regla la mano abierta en el omóplato izquierdo) aquí...

«Al principio la niña no quería darse conmigo: extrañaba el olor de la madre o de la primera mujer que le dio de mamar. Los días que estuve en la Casa me trataron como una princesa... ¡Ah! ¡Qué cuidado tenían conmigo! Eso sí, no me dejaban salir a la calle. El médico estuvo tres o cuatro veces a ver a la niñita y él fue quien trajo al padre Manjón, cura de la Salud, para que la bautizara. Le pusieron por nombre Cecilia María del Rosario, de padres no conocidos, y, por supuesto, Valdés.»

--¡Cecilia Valdés! repitió asombrada Carmen. Ese nombre no suena en mis oídos por la primera vez.

Confirmó Adela el parecer de su hermana, si bien ninguna de las dos pudo recordar la época precisa, la ocasión ni el lugar. Con esto se despertó más vivamente la curiosidad y el interés de las señoras.

«Por todas estas cosas, dijo la enfermera, me pasó más de una vez por la idea que podía ser el médico el padre de la niñita. Pero era tan feo, que me convencí que de él no podía nacer niña tan preciosa, aunque la hubiese tenido con la misma diosa Venus. Unos pocos días después de bautizada la niña vinieron a buscarla en un carruaje muy lujoso, de orden del médico. Entramos en La Habana por la puerta de la Muralla, dimos muchas vueltas y fuimos a parar a una casita del callejón de San Juan de Dios. Al apearme le pregunté al calesero de quién era, y me contestó:--De Montes de Oca. Pero cuando le pregunté quién vivía en aquella casita, echando a correr dijo:--Yo no sé.

«Me recibió a la puerta una mulata gorda, bien vestida y hermosa. Diciéndome:--Entra, María de Regla (sabía mi nombre), me arrebató la niña de los brazos y por poco se la come a besos. Esta es la madre, pensé yo. Mas luego me desengañé que no lo era, pues siguió con la niña hasta el segundo cuarto y se la presentó a otra mulata más joven, más bonita que ella, que se hallaba en una cama.--¡Charito! ¡Charito! le dijo. _¡Dispierta!_ Alégrate. Mira a quien tienes aquí, a tu Cecilita. ¡Mira qué linda está!

«Aunque estaba pálida como muerta, casi desnuda, flaca, con el pelo alborotado, se me dio aire a Cecilia, sí, se me pareció mucho a ella, me convencí de que era su madre.

«Tardó mucho en _dispertar_ la tal Charito, pero más valía que no, porque se armó allí la San Francia. Abrió los ojos, miró para todas partes como azorada y se sentó en la cama. Me pareció que hacía como si estuviera loca; y lo estaba, niñas, no me quedó duda. Cuando la mulata gorda, que la llamaban Chepilla, le metió la niña por los ojos, ella empujó a las dos y se echó fuera de la cama furiosa. Agarró a Cecilita por el pezcuezo con las dos manos y trató de ahogarla, y la hubiera ahogado si Chepilla no echa a correr para la sala con la niña y cierra la puerta del primer aposento. También entre una negra vieja, alta, que parecía un esqueleto andando que se apareció de repente por la puerta de la cocina, y yo, logramos sujetar a la loca y tumbarla en la cama. Tumbada y todo peleaba con nosotras, valiéndose de las uñas y de los pies, sin decir palabra, hasta que la negra esqueleto, hecha un mar de lágrimas, me dijo por señas que la amarrara con una sábana en el catre. Así lo hice y... remedio santo; la loca se quedó como en misa. Por eso, bien decía mi amo el señor Conde, que el loco por la pena es cuerdo.

«Quieta por aquí la gente, fui a coger la niña, pues la oí llorar; y encontré las puertas cerradas por dentro con la aldaba de garabato, y aunque toqué varias veces, no vino _seña_ Chepilla a abrirme. Supuse que por miedo de la loca, y traté de _aguaitar_ por un agujero, por si veía lo que estaba haciendo. La vi efectivamente de espaldas, asomada a un postigo de la ventana, presentándole la niña a un caballero que se hallaba en la calle y del cual sólo alcancé a verle el sombrero negro de ala angosta y copa como campana. Era de los llamados del _situayén_, que estaba de moda y me pareció haberlo visto antes.

«Sin duda con ese caballero hizo _seña_ Chepilla venir al médico Rosaín, pues se apareció en la casa de buenas a primeras y derecho pasó al cuarto de la enferma y la estuvo examinando despacio. Su _pronóstico_ fue fatal. Charito está loca de cepo, le dijo sin rodeos a _seña_ Chepilla; y lo que es peor, hay que separar cuanto antes la hija de la madre o la madre de la hija. Ha tomado con ella el tema de su locura y es muy fácil que la ahogue en uno de sus arrebatos. _Seña_ Chepilla, afligidísima, como deben figurarse sus mercedes, dijo que aunque veía el riesgo de que durmieran bajo el mismo techo la madre y la hija, no se atrevía a tomar una determinación hasta consultar a un caballero con quien ella consultaba todas sus cosas.--¿Será ese sujeto con quien Vd. me mandó a llamar? preguntó el médico.

«--El mismo, contestó la mulata gorda.

«--Pues me espera en la esquina, agregó el señor de Rosaín, para oír de mi boca el pronóstico del estado de la enfermedad de la doliente, y como el caso urge y no hay tiempo que perder, le haré venir para que Vd. le consulte...--No, no señor, repuso _seña_ Chepilla asustada. Se perderá más tiempo. El no vendría ahora aquí. Mejor será que si Vd. tiene la bondad le haga por mí la consulta allá mismo y me diga después su resolución. Fue a la esquina el médico, a poco volvió y comenzó a decir:--Don Cán...--Calle, señor doctor, le atajó más azorada que nunca _seña_ Chepilla. Calle, por vida suya, no diga más, yo sé su nombre y basta.

«--Bien está, continuó el médico con toda su calma; el caballero de la esquina es de opinión que se lleve a Charito a Paula, ahora mismo dispondrá que la conduzcan en una litera. ¡Ah! También es de opinión que se quede la niña con su criandera en esta casa.

--¿Quién era el caballero de la esquina? preguntaron a una Carmen y Adela.

--Yo no lo sé verdaderamente, niñas mías; contestó titubeante la antigua nodriza. No me atrevería a jurar que el médico dijo don Cán. Bien pudo decir en vez de don Cán, don Juan, don San u otra palabra acabada en an. Me hallaba distante, temía que me sintieran, y luego la niña continuaba llorando. Me pusieron en sospechas, lo confieso, los aspavientos de _seña_ Chepilla, y el recuerdo del sombrero de moda que vi por el postigo de la ventana.

--¡Anjá! exclamó Carmen. Según eso, si no sabes de cierto quién fue el caballero que no acabó de nombrar Rosaín, lo sospechas. ¿Cómo crees tú que se llamaba?

--Yo no creo ninguna cosa, niña Carmita, contestó María de Regla turbada. Tampoco me atreveré a decir esta boca es mía.

--¿Qué temes? le preguntó Adela en tono blando.

--¡Ay, niña Adelita! Temo mucho, temo todo. Los negros han de mirar primero cómo hablan.

--Tu temor es vano. ¿Qué puede sucederte? Tanto tiempo hace de lo que vas a referir, que ya casi se ha olvidado. Además, el sospechar no es malo, la sospecha es natural algunas veces.

--Pero, niña, su merced parece que se olvida que lleva siempre la de perder el esclavo que sospecha de sus amos.

--¡Cómo! ¡Qué! interrumpió a la negra, Carmen, visiblemente enojada. ¿Acaso sospechas que fue papá?

--Yo no, niña de mi corazón, se apresuró a decir la antigua nodriza. Dios me libre de sospechar nada malo del amo. Me equivoqué, niña Carmita, se me trabucó la lengua. Yo no quise decir amos, yo quise decir blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos. ¿Entiende ahora la niña lo que quise decir?

--No, repuso Carmen con marcada seriedad. No quiero creer lo que dices ahora para disculparte y no referir lisa y llanamente lo que sucedió. Te haces la mosquita muerta cuando te conviene, y crees que sabes más que nosotras. Pero te engañas, y lo peor es que te contradices a las claras. Voy a probártelo. No te pareció malo contar que al médico don José Mateu se le caía la baba por ti, que lo mismo o poco menos le sucedió al Conde de Jaruco y a su hijo, y que la Condesa, por celos, se apresuró a casarte con Dionisio. ¿Qué más podías decir de unos caballeros blancos?

Hubo un momento de silencio, si penoso para la narradora, mucho más para Isabel, cuya viva imaginación traspasaba los límites del presente, junto con los del lugar; y, atando cabos, veía, como a través de un cristal, el cuadro nada limpio ni edificante de la familia con la cual iba a contraer lazos que no se rompen sino con la existencia. Nada preguntó, no desplegó los labios para hacer una exclamación o exhalar un suspiro; con lo que había referido la negra tuvo bastante para adivinar lo demás. En el mismo caso no se hallaban Carmen y Adela. Estas no poseían el talento, la edad ni la experiencia de su amiga, y fue natural que, lejos de asustarse, disgustarse o darse por satisfechas, sintieran mayor curiosidad y desearan averiguar hasta los más menudos incidentes de una historia que tenía todos los visos de escandalosa, si no de altamente inmoral.

--Vamos a ver, volvió a la carga Adela con su voz melosa y persuasiva expresión. Di de una vez, ¿quién te figuras que fue el caballero que viste por el postigo de la ventana?

--Voy a decirlo porque sus mercedes me lo exigen, no porque me sale de adentro. Dios me castigue si digo mentira, y no me tome en cuenta mis palabras si levanto un falso testimonio. Pero me figuré, niñas, que el caballero que vi al postigo de la ventana besando a la niña era... el amo. Se parecía mucho.

--¡Papá! exclamaron a una, ahora indignadas, Carmen y Adela. Eso no puede ser. Te engañaron tus ojos. Papá no ha tenido que ver nunca con mulatas y gente sucia.

--¡Mentira! recalcó Carmen, que no sentía ningún género de consideración por María de Regla. No fue papá. No, no, no. ¡Papá, tan serio, tan caballeroso, noble por nacimiento y por carácter, papá besar a hurtadillas, desvivirse por una muchachuela de la Cuna, una mulatica quizás! ¡Es imposible! Lo niego, lo rechazo con indignación. Si me lo juran por todos los santos del cielo no lo creo.

--Me engañé, niñas, dijo la negra compungida. Sus mercedes no deben dar crédito a mis palabras. Me engañé, vi mal. Tomé a otro caballero por el amo. Me confundía. Háganse cargo sus mercedes que yo estaba sofocada por la pelea con la loca, y de contra, que vi lo que pasaba en la ventana de la sala, por un agujerito en la puerta del aposento. No es mi culpa que yo haya guardado esa figuración tanto tiempo en el pecho. ¿Qué culpa tuve yo de que el amo me alquilara para criar la niñita? ¿qué culpa tuve yo de que el amo me llevara en su calesa a la Casa Cuna? ¿qué culpa tuve yo de que el amo me encargara el mayor silencio sobre lo que iba a ver y oír en la Cuna y en toda otra parte a donde llevarían la cría? ¿Sus mercedes no ven el misterio? Luego, ¿quién era el padre legítimo y verdadero de Cecilia? El médico Montes de Oca no era; el médico Rosaín no era; el amo no era, porque estaba casado con Señorita. ¿Quién era? Claro, el hombre que venía a menudo a ver la niñita, siempre escondiéndose de mí. ¿Por qué se escondía de la criandera de su hija y no de la ama de la casa? Yo cavilaba en esto, y luego daba la casualidad que ese hombre se parecía tanto al amo, que muchas veces me tragué que los dos eran uno. Pero sus mercedes me han sacado de la duda.

--Por supuesto, dijo Carmen, en quien la diplomacia de ama empezaba a ejercer su imperio sobre la pasión de hija. Por supuesto, tú estabas equivocada. Papá no ha tenido más arte ni parte en ese enredo que el buen deseo de sacar al médico Montes de Oca de un compromiso con un amigo suyo que necesitaba una negra para criar a una niña ilegítima. Tan claro se ve esto como la luz del día. Lo extraño es, muy extraño, agregó dirigiendo la palabra a sus amigas, que esta negra, la más despierta y resabida de las negras, no hubiese procurado averiguar quiénes eran las mujeres de la casita en el callejón de San Juan de Dios; ni cómo se llamaba el caballero que solía venir a ver la muchachita por el postigo de la ventana. He aquí la cosa más incomprensible para mí.

--¡Ah! exclamó la taimada enfermera. ¿Conque su merced cree eso? Pues mire la niña que trabajé todo el tiempo lo que fue bueno para averiguar lo más mínimo; y unas cosas supe y otras cosas no logré saberlas. ¡Vaya que si metí los dedos! ¡Vaya que si _escarbaté_! Más que una gallina con pollitos. Pero nada, no había modo de sacarles una palabra. Las dos mujeres, o eran muy sabichosas, o las habían _alicionado_ gentes que sabían más que nosotras. Lo único que logré averiguar de cierto fue que la morena esqueleto se llamaba Madalena Morales y era madre de _seña_ Chepilla, que _seña_ Chepilla Alarcón era madre de _seña_ Charito, y _seña_ Charito era madre de Cecilia Valdés. Es querer decir, que Madalena, negra como yo, tuvo con un blanco a _seña_ Chepilla, parda; que _seña_ Chepilla tuvo con otro blanco a _seña_ Charito Alarcón, parda clara, y que _seña_ Charito tuvo con otro blanco a Cecilia Valdés, blanca. Ahora, ¿quién mantenía a esas mujeres? ¿quién pagaba la casa, la comida, el médico y el lujo? ¿Quién era el padre de la niña? Nunca pude averiguar lo cierto. No me valía meter los dedos con mucho disimulo. _Seña_ Chepilla siempre estaba alerta. Porque si yo le hacía una pregunta, por inocente que fuera, de seguro que me salía con otra pregunta:--¿A dónde aprendiste esa labia?

«Una vez le pregunté a Madalena cómo se volvió loca Charito. En mala hora. No habló ni una palabra; se _dimudó_, se puso ceniza; resopló como un animal espantado; soltó muchos ufs y afs y salió disparada y se metió en la cocina. Otra vez le pregunté quién metió a Cecilita en la Casa Cuna. ¡Jesús! acabó de rematarse. No pudo hablar. Le pregunté otra vez: ¿cómo es la gracia del padre de Cecilita? Pareció que le pegaron candela; materialmente echó chispas por todo el cuerpo; se le pararon como culebras los moñitos de pasas en la cabeza; dijo:--¡oh! ¡ah! ¡abrió los brazos, uno para acá, otro para allá, formó dos cruces con los dedos cual si hubiera visto al diablo y me dejó con tamaña boca abierta. Le digo a las niñas que no me descuidaba.

«Lo malo es que yo, partiendo por la primera, creí que el caballero blanco, que venía casi todas las semanas a ver la niñita a escondidas mías, era el amo, y se lo dije a Dionisio en cuanto nos vimos. Por Pío supo él que el amo se apeaba a menudo en al callejón de San Juan de Dios, y que seguía luego a tomar el carruaje, o en la calle del Empedrado, o enfrente de la casa de don Joaquín Gómez, donde jugaba todas las noches al tresillo. Con estas señas, tanto hizo Dionisio hasta que dio conmigo. _Seña_ Chepilla no me dejaba salir a la calle ni para hacer los mandados; pero yo y Dionisio nos veíamos, o de madrugada cuando él iba a la plaza, o tarde de la noche mientras todos dormían en la casa. Entonces conoció Dionisio a Cecilia y le tomó un odio... mortal, porque ella era la causante de nuestra separación. Para salir Dionisio de casa tarde de la noche, hacía que la vieja Mamerta robara la llave de la puerta de la calle, que se guardaba en el aposento de Señorita.