Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 35
No parecía mal el maestro de azúcar. Era mozo arriscado y despierto, bastante joven y de apuesta persona, aunque vestía el traje puro de los guajiros, el cual no contribuye por cierto al bien parecer de todos los que le llevan. Llamábase Isidro Bolmey y había nacido en Guanajay, de padres pobres, quienes careciendo de letras y no habiendo escuelas en el pueblo, mal pudieron dejar al hijo, al morir, ni la más común educación. Apenas si sabía leer y escribir su nombre. No profesaba religión ninguna, aun cuando le habían bautizado y confirmado en la católica, apostólica, romana, durante la visita que giró por el lugar de su nacimiento el señor Obispo Espada y Landa el año de 1818. Lo cierto es que, a los 26 de su vida no recordaba haber entrado en una iglesia a oír misa, menos haber rezado alguna vez, por no saber ni la más breve de las oraciones cristianas: el Padre nuestro. Pues este mozo ignorante, demasiado joven para haber aprendido algo por la práctica, era, hacía algún tiempo, el maestro de azúcar del famoso ingenio de _La Tinaja_, finca que representaba en aquella época un capital cuando menos de medio millón de duros.
El estallido repentino del látigo en la parte opuesta de la casa de calderas, en el acto de llevarse Isabel la bebida a la boca, la hizo estremecer de pies a cabeza, y, perdido el tino, se le deslizó la taza de las manos.
--Se ha manchado la niña el túnico, dijo el maestro de azúcar como pesaroso.
--No le hace, dijo Isabel sacudiéndose la falda.
--Diga Vd. al contramayoral, dijo Leonardo serio, que no vuelva a sonar el látigo.
--Si la niña quisiera otra taza, agregó Bolmey con acento en que se revelaba un gran fondo de tierna solicitud. _Entodavía_ está el guarapo en estado de beberse.
--No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me gusta, que digamos, esa bebida.
Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque murmuró en tono que pudo oírsele:
--Parece que los cuerazos le han _queitado_ las ganas a la niña. Vea Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.
Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo que Leonardo, picado ahora, se propuso _quinar_ y poner en ridículo al maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el arte de fabricar ese dulce.
Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales, con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de educación que su estado social y caudales le habían procurado a Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía, jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del ingenio de _La Tinaja_.
--¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de improviso y con cierto tono arrogante.
--En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.
Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.
--Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar. ¿No es eso?
--Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo lo que él hacía.
--¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar? Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el brazo de Isabel.
--Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven amo. Si vale decir verdad, no se necesita _cencia_ para hacer la azúcar; basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la torre, lo dejaba _sentar_ un poco y le quitaba la basura; que después lo bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.
Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible trasegaron el guarapo _desfecado_ de la segunda paila de la izquierda a otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:
--¿Ve el niño? Ahora quito la basura y _vaceo_ el guarapo de este tacho en este otro y le echo un poco de cal viva...
--Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?--le interrumpió preguntándole Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio ridículo.
--Eso sí que no sabré decir al niño, contestó el mozo con naturalidad. (Y como se sonriera Leonardo, agregó)--Yo no sé por qué se le echa cal, sólo sé que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios solamente sabe eso. La azúcar se pone agria, no se hace cuando le falta la cal. Así hacía mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo _mesmo_, aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte más que en otra cosa, el hacer o no la azúcar. Lo que puedo decir al niño es que parece que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y ésta será la quinta, y está por la primera vez que se me _hayga_ perdido una templa. También yo conozco los cañaverales de _La Tinaja_.
--¿Qué diferencia encuentra Vd. entre un cañaveral y otro cañaveral? La caña es la misma en todos.
--Le parece al niño, pero no es así; y perdone que le contradiga.
--¡Cómo! exclamó Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues no estaba seguro de que sabía sobre este punto más que su maestro de azúcar. ¡Si querrá Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la naturaleza y calidades de las cañas de azúcar! Las hay de varias especies, y aquí las tenemos de Otahití, de la cinta o morada, de la cristalina, que es la última introducción en el país y de la criolla o de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan más o menos jugo sacarino, y ésta es la única diferencia digna de notar entre ellas. La más recia y menos a propósito para moler es la morada o de la cinta, porque contiene más parte leñosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por supuesto, lo que estos términos significan, pero tengo que usarlos, a falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda más la de Otahití que las otras pues se ha probado que es todo jugo sacarino, todo dulce, y es, además, la que mejor se da en la tierra negra. Cada carretada de esta caña da pan y medio o dos arrobas y media de azúcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningún otro ingenio de la Vuelta Abajo.
--Dice mucha verdad el niño, tiene muchísima razón el señor don Leonardito... pero... yo no hablaba de las cañas, hablaba de los cañaverales.
--Esa sí que está mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos delante de su maestro de azúcar, esperando oírle tan solemne disparate, que hiciese reír a Isabel, la cual mantenía una extraña imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los cañaverales...
--La _diferiencia_ que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo), mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los cañaverales, era ésta: que los de tierra baja y pantanosa son más agrios y salados que los de lometicas, y mientras más agrio el cañaveral más cal necesita para que no se revenga el azúcar.
Sin más volvió Leonardo la espalda, y así que se puso a buena distancia de Bolmey, dijo:
--Será buen sastre, pero a mí no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que cuando yo mande aquí, que será pronto, no es ese zopenco el que me hace el azúcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.
En su rápida excursión tuvieron también su aventura Adela, Rosa y Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en una de las refriaderas, a tiempo que se les acercó por la espalda una negra desconocida, que les preguntó con mucho misterio:
--¿Quién de las niñas es la niña Adelita?
--Yo, contestó la misma precipitadamente y algo asustada.
--Pues ahí fuera, detrás de aquel horcón, aguarda por su merced su madre...
--¡Mi madre! repitió Adela sorprendida. Señorita, querrás decir...
--No, niña, digo la enfermera.
--¡Ah! Dile que se acerque, que entre.
--Ella no quiere que la vean los amos. No se atreve a _dentrar_.
--Ve, Dolores. Mira qué quiere tu madre. Si ella tiene miedo de entrar, más miedo tengo yo de salir. ¡Qué! ¡Si eso está tan oscuro! Como boca de lobo. Ni pensarlo.
A la vuelta dijo Dolores que su madre sólo deseaba darle un abrazo muy apretado a la niña Adela y decirle una cosa que no podía comunicársela por una tercera persona. Entonces la joven dio cita a la antigua nodriza para más tarde de la noche en su aposento de la casa de vivienda. Dolores quedó encargada de esperar a su madre en la puerta falsa para descorrer el cerrojo con que cerraba por dentro y conducirla a presencia de su joven ama e hija de leche.
Efectivamente, entre once y doce de la noche mencionada, las dos señoritas más jóvenes de Gamboa se hallaban reunidas con las dos hermanas Ilincheta y su tía doña Juana Bohorques, en el cuarto de la casa de vivienda, asignado a éstas desde el principio. A medida que se acercaba la hora de la cita aumentaba la inquietud de Adela; de modo que, cuando llamaron a la puerta, arrastrando las yemas de los dedos en uno de sus tableros, de un salto se puso en pie y acudió a abrir. Dolores se presentó tan asustada como su ama, y dijo:--Ahí está.
--Que entre, repuso ésta; y en busca de conhorte por la falta que al parecer cometía, hablando con Isabel agregó:--Mía no es la culpa si doy este paso... No veo otro medio de averiguar por qué mamá está tan brava con la mujer que me crió...
En este momento entró María de Regla conducida de la mano por su hija Dolores, e interrumpió Adela un acto de contrición. Una sola vela de esperma dentro de su guardabrisa alumbraba a medias el cuarto, que si bien espacioso, reducían bastante los diversos muebles de que se hallaba atestado. Las señoras, sentadas en un medio círculo, aguardaban con bastante ansiedad la entrada de la enfermera. Venía vestida del modo como la describimos la última vez en la enfermería. Pasando de un medio oscuro a otro relativamente claro, quedó por un instante como deslumbrada y confusa ante el improvisado congreso femenil. Examinó uno a uno los rostros, y de pronto se lanzó sobre la señorita que ocupaba el centro del medio círculo, Adela, y diciendo:--Esta es mi hija, la levantó en sus robustos brazos, y mientras la estrechaba en ellos y giraba como loca, la cubría de besos y repetía:--¡Mi cielo! ¡mi lindura! ¡mi pimpollo! ¡mi hija idolatrada!
Después la volvió a la silla, se arrodilló a sus pies, la rodeó con los brazos por la cintura, dobló la cabeza sobre sus rodillas y lloró a sollozos sin consuelo por largo rato.
--¿Qué haces, María de Regla? le dijo Adela conmovida a la vista de tanto sentimiento y tan afectuosamente expresado. Cálmate, mujer. Ni hagas bulla, porque puede oírte mamá y entonces sí que la habremos hecho buena. Levántate, tranquilízate...
--¡Ay, niña del alma!, exclamó la negra enjugándose las lágrimas con la palma de las manos. Déjeme llorar, déjeme desahogar el corazón dolorido a los pies de mi adorada hija. No creo que si me ve Señorita se ponga brava conmigo y me eche de aquí. ¡Ah! ¡Y cómo deseaba este momento, justo Dios del cielo y de la tierra! ¡Hacía tanto tiempo que no veía a su merced y he pasado tantos trabajos en este destierro, que ha sido mi verdadero valle de lágrimas... que si me matasen ahora me dejaría matar con la sonrisa en los labios! ¿Qué vale la vida en medio de tantas penas? Y esto no es vivir, esto es morir todos los días y a cada hora. Su merced no comprende la causa de mi llanto. Su merced es muy joven, es blanca, es libre, es la niña bonita de la casa. Si su merced se casa y tiene hijos, ¿quién se atreverá a quebrar su gusto ni a separarla de su marido, ni de sus hijos? Su merced no sabe, ni Dios quiera que sepa nunca lo que pasa por una esclava. Si es soltera porque es soltera; si es casada porque es casada; si madre porque es madre, no tiene voluntad propia. No le dejan hacer su gusto en ningún caso. Parta su merced del principio que no le permiten casarse con el hombre que le gusta o que quiere. Los amos le dan y le quitan el marido. Tampoco está segura de que podrá vivir siempre a su lado, ni de que criará a los hijos. Cuando menos lo espera, los amos la divorcian, le venden el marido, y a los hijos también, y separan la familia para no volver a juntarse en este mundo. Luego, si la mujer es joven y busca a otro hombre y no se muere de dolor por la pérdida de los hijos, entonces dicen los amos que la mujer no siente, ni padece, ni le tiene cariño a nadie. Piense su merced en lo que pasa por mí. Hace más de doce años, como quien dice la vida de un cristiano, que no veo a mi marido, y casi otro tiempo que he estado separada de mis hijos. ¿No ve su merced la injusticia, niña? Está bien que se me castigue si he pecado; pero, ¿por qué han de castigar también a mi marido y a mis hijos? Y no digan que no es castigo esta larga separación; lo es, niña y de los más duros. Sé que el objeto no ha sido castigar en mi esposo, ni en los hijos de mis entrañas la culpa que yo haya podido cometer. No; mis señores no son tan malos; pero Dionisio es un buen cocinero y hacía falta en La Habana; Tirso y Dolores son buenos criados de mano, y se necesitaban también allá. No me quejo porque sirven a los amos, son esclavos y tienen que servir. ¿A dónde irá el buey que no are? Y, servir por servir, mejor lo pasarán allá que acá. Me quejo porque estamos separados. La ausencia mata. Unidos, las penas son menos. Además, yo y Dionisio nos queríamos...
--Dionisio, Dionisio, repitió Adela con énfasis, cortándole la palabra a su nodriza. Buen pájaro es Dionisio. El no te quiere, te ha olvidado. Mira lo que acaba de hacer. Don Melitón le escribe a papá que Dionisio se huyó de casa desde la víspera de Nochebuena, y no se ha sabido más de él. Dicen que tuvo una tragedia y salió mal herido.
--Lo sabía, niña, dijo María de Regla con sentimiento. Dolores estaba presente cuando Señorita leyó la carta y me lo contó todo. Mas, ¿quién tiene la culpa de eso? ¿Por qué Dionisio parece que no me quiere y que me ha olvidado? Por nuestra separación. A mi lado él no hubiera cometido esa locura. Siempre fue tierno y fiel esposo para conmigo. ¡Tan querendón...! Yo fui cariñosísima esposa para con él. Mientras vivimos juntos, mientras pudimos decir que éramos casados, no tuvimos un sí ni un no. Porque ha de ver la niña que nosotros nos casamos por amor. Nuestro casamiento se celebró con un gran baile en el mismo palacio de los señores conde de Santa Cruz en Jaruco. Se hizo venir al cura para casarnos. La señora Condesa se miraba en mí y se empeñó en que me casara... para quitarme con tiempo de los peligros... Aquí internós, niñas (agregó la enfermera con aire malicioso), aunque me esté mal el decirlo, yo, para mujer de color, cuando muchacha, era bien parecida, bonita, y la señora Condesa sospechó que le caía en gracia a mi amo el señor Conde... ¡Era tan enamorado! ¡Vaya que si lo era...! Más enamorado que Cupido... Hizo bien la señora Condesa en casarme con Dionisio. Pero ¿qué me dicen las niñas del condecito? Ese parecía que decía a su señor padre, que en paz descanse: aparta, que aquí estoy yo. No podía negar la casta. Estaba que se bebía los vientos por mí. No me dejaba ni a sol ni a sombra.
«Pero, en fin, nos casamos y fuimos los más felices esposos del mundo. Murió de repente al salir del baño mi amo, el señor Conde; hubo pleito por la herencia; se hicieron costas por castigo, y para pagarlas se sacaron a remate varios esclavos, y a mí y a Dionisio nos tocó en suerte el ser vendidos juntos. Desde ese momento se nubló nuestra felicidad. Si mi amo el señor Conde no se muere de repente, estoy persuadida que nos deja libres en su testamento, a mí y a Dionisio. Pasamos a poder de mi amo el señor don Cándido y de Señorita, yo para servir a la mano y peinarla, Dionisio para cocinero. Su merced no había nacido. Todo fue bien hasta que tuve un hijo, el cual se me murió del mal de los siete días...
«Mi amo el señor don Cándido me alquiló con el médico don Tomás Montes de Oca para criar a una niña de una persona que jamás pude averiguar quién fuese, cómo se llamaba... nada. Y aquí está, niña mía, el origen y el principio de todos nuestros males, quiero decir, míos y de Dionisio.
«Tendría yo a todo tirar veinte años y Dionisio veinticuatro cuando nos separaron. Éramos dos muchachos sin juicio ni experiencia del mundo. Por mucho que nos quisiéramos, y cuente, niña, que nos queríamos muchísimo, si no nos veíamos, si nos hallábamos muy lejos uno de otro, si parecía eterna nuestra separación, si estábamos destinados a morir, yo de enfermera en este ingenio de mis culpas, él de cocinero en La Habana; si Dionisio era joven y bien parecido, según decían las mujeres, yo joven y bonita, según decían los hombres, ¿qué querían que hiciéramos? ¿Echarnos a morir o pasarnos la vida llorando la ausencia? Preciso era ser santo, o hecho de palo, para haber sido consecuente. Supongo que Dionisio, perseguido por mujeres bonitas, no ha podido imitar al casto José. Yo, aquí donde sus mercedes me ven, hecha una vieja antes de tiempo, lidiando con enfermos y con muertos, yo, he sido solicitada por cuantos han llevado calzones en este infernal ingenio.
«El Mayoral que me recibió a mi llegada de La Habana no fue don Liborio Sánchez, sino don Anacleto Puñales. Alto él, flaco, prieto, patilludo, con una voz de campana mayor que parecía que iba a tragarse el mundo. Estaba armado de machete, puñal y cuero, y recostado contra un horcón del colgadizo de su casa, fumando un tabaco, y con el sombrero puesto. Lo rodeaban sus perros, y a la puerta se hallaba su mujer sentada en una silla de cuero. Me pareció bonita y fina para guajira. En cuanto me columbró el Mayoral, se enderezó y le brillaron los ojos como al gato cuando siente ratón. Hasta sus perros se levantaron del suelo. Yo me dejé rodar por el aparejo a bajo, temblando de pies a cabeza, porque me dio en el corazón lo que iba a pasar.--Acerqúese, mamá, me dijo; y sin más, con la punta del palo me voló el pañuelo de la cabeza. ¡Moños! ¡moños! gritó furioso. ¡Ah! ¡Perra! A ver. Sacó el puñal, me agarró las trenzas, y ¡tras! de un viaje me las cortó _arrente_ del pellejo. Hasta aquí no parecía tan mal; pero me vio los zapatos y las medias y se puso más furioso.--¡Oiga! gritó de nuevo casi sin poder hablar. ¿Tú con zapatos? ¿Quién ha visto negra con zapatos y medias? ¿Venías a bailar, no? Yo te daré baile. Apuradamente la señora dice que tú no vienes aquí de paseo, sino para que te enderecen y aprendas a obedecer. Vamos, quítate pronto todos esos féferes. Aquí no se se necesitan zapatos para bailar. Despacha.
«¡Ay, niñas! no quisiera acordarme. Se me erizan las carnes cada vez que me acuerdo. Nadie, ninguno de mis amos me había puesto la mano encima todavía. El Mayoral me tumbó en el suelo de un galletazo, hizo que dos morenos me sujetasen por los pies y las manos y me estuvo dando cuero hasta cansarse, creo yo, porque a los pocos cuerazos me desmayé y no supe más de mí. Ni volví en mi acuerdo hasta la noche en la tarima de la enfermería, donde estuve sin poder moverme como dos semanas. Pues para que vean las niñas, ese mismo Mayoral que me había recibido tan mal, después me llevó a su casa para que sirviera de criada de mano, y me echaba unos ojitos... Se puso celosa su mujer y entonces me mandó don Anacleto de enfermera a la enfermería, habiéndose muerto la vieja que era antes que yo. Después me solicitó y me solicitó con instancia, mas yo no podía quererlo. ¡Qué quererlo, si me había desollado viva! Se me revestía el demonio cada vez que lo veía. No me le negué por lo claro, me zafé de él con diferentes pretextos, pues temía que se pusiera bravo y me diera otro bocabajo. La mujer me ayudó mucho en este caso sin saberlo. Le dio tal fraterna de celos conmigo, que el hombre, aburrido, pidió su cuenta y se colocó de Mayoral en otro ingenio.
«¡Qué lucha, niñas! Se la doy a la más pintada. Aquí quisiera haber visto a la mujer más virtuosa del mundo. Ningún hombre se ha acercado a mí sino para hablarme de amores. Lo primerito que me ha dicho es:--Tú no mereces pasar tu juventud en esta soledad, quiéreme y te liberto. Así me habló Sierra, el patrón de la goleta en que vine de La Habana; así me habló el mandadero zarrapastroso que me trajo delante del aparejo del caballo desde el muelle; así me hablaron el tejero, el maestro de azúcar, el Mayordomo, todos. Parecía que no habían visto mujer en su vida y que ninguno era casado ni tenía hijos.
«Mas, ¿qué me dicen las niñas del señor don José, el médico del ingenio? Ese también me ha enamorado y sigue enamorándome con otra música. No se rían, niñas, es la pura verdad. Ahí donde sus mercedes lo ven tan blanco, andando siempre en puntillas, creído que es un real mozo, y que todas las mujeres se mueren por él..., pues está que se le cae la baba por mí. No lo he querido nunca. ¡Es más agarrado...! Don Alejandro en puño.[52] No le dará una sed de agua ni a la paloma del Espíritu Santo. ¡Yo! Ni saber de él.
--Luego, dijo Adela enfadada, ¿tú quieres a los hombres por dinero?
--No, niñita, no me haga su merced esa injusticia. Yo no podía querer; no me salía de adentro el querer a nadie. No se quiere más que una vez en la vida. Mi corazón se había secado. Tampoco quería dinero para echar lujo, lo quería para libertarme. Resistí, resistí...; pero la juventud, el deseo de mejorar de suerte, de salir de este infierno; el diablo que pone el fuego junto a la estopa y luego sopla. ¡Qué sé yo! Lo cierto fue, niña... Se me cae la cara de vergüenza. Entre todos mis pretendientes, el carpintero vizcaíno que estaba aquí a mi llegada, creí que me cumpliría la palabra de libertarme; y en mal hora le fui infiel a Dionisio. Entonces nació Tirso, ese cuervo que todavía me ha de sacar los ojos.
Las señoras del auditorio, escandalizadas del descoco de la negra, manifestaron su desaprobación con un murmullo general y marcado. La nodriza, tirando a enmendar la falta, añadió a la carrera: