Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 34

Chapter 344,162 wordsPublic domain

«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo. Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante, cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto me ha causado tanto horror.»

--Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la enfermería.

--No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera estaría quizás más contenta con su suerte.

--Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?

--¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café. Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la muerte del negro.

Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera de su ingenio de _La Tinaja_ por lazos que, no por invisibles eran menos fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.

El día siguiente armose en _La Tinaja_ divertida cabalgata, compuesta de las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.

Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza, mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio de _La Tinaja_. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo, su espíritu y su corazón.

El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia, hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas por las tendidas ramas de los robles.

--¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.

--Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó Gamboa.

--¿Cómo que hondo? preguntó la joven.

--Tapa a un hombre.

--Entonces se podrá nadar con desembarazo.

--Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había atrapado un caimán.

Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito, irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.

En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez, expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.

--No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta. Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.

--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».

--¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.

--Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra fácilmente la munición.

Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.

Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso que servía de línea divisoria entre el ingenio de _La Tinaja_ y el de _La Angosta_ del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido, les propuso acometer la ardua empresa.

Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la sonrisa a sus labios, exclamó:--¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.

Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta congregación de _auras tiñosas_, rindiendo con su peso las ramas de los árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes, no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín, manifestaban su indignación de la manera dicha.

En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón con sus encorvados picos.

--¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a punto de tropezar.

--¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.

Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el orden de la marcha.

Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién desprendida de la palma.

Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.

La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del ingenio de _La Tinaja_, encuentro no menos desagradable que el anterior. Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo, costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que morían en el ingenio de _La Tinaja_. El señor Obispo Espada había concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a la salud pública la conducción de los cadáveres.

Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado, nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la naturaleza de la carga.

Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano, asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas. Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección, preparados para abrir una sepultura.

Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba las ancas con los calcañales de los pies desnudos.

La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo, vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud, como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: _homo sum; humani nihil a me alienum puto_.[51]

Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:

--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado. Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se han divertido mucho.

Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las señoritas se habían portado en el largo paseo.

--Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)

--Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.

--Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O tú le has hecho algo?

--¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro de Pedro.

--Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por semejantes andurriales?

--¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.

--¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.

--Ella no se ha quejado.

--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente, sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito. Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a menudo a _La Tinaja_ a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer se quedase en La Habana...

--¿Han arreglado ya Vds. el plan?

--¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?

--¿El plan o la novia?

--La novia y el plan, hijo.

--La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?

--No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche. ¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso, más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte. Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas, dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad, tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella. ¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!

CAPÍTULO VIII

_¡Ay del señor, que sus vasallos deja Al cielo remitir su justa queja!_

LOPE DE VEGA

La familia de Gamboa, en unión de sus huéspedes, pasó la mayor parte de la noche del segundo día de Pascuas en la casa de calderas.

Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro. En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas, así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que la mayoría de los obreros se entrega al sueño.

En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.

El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en que suelen representar a las ánimas del purgatorio.

Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses, modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo. Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en los rincones muy oscuros.