Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 33
Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio, cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.
--¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.
Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.
--¿Tienen bastante comida?
--Sí, _siñora_, contestaron a una sin titubear.
--¿Mucho trabajo?
--No, _siñora_.
--¿Están Vds. contentos?
Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.
Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia, pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que en lenguaje marino de Cuba se entendía por la _esquifación_ de los negros que trabajan en el campo.
Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando, como le estaba ordenado:--Aquí va Chilala, cimarrón.
Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran humildad en su peculiar lenguaje, dijo:
--_La bendició, mi suama sumecé._
--Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente. Levántate.
--_Asi ta mijó mi suama sumecé._
--¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.
Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.
--_¡Ah, mi suama sumecé!_ exclamó dando un suspiro. _Tlabaja, tlabaja; poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera..._
--De modo, replicó doña Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?
--Si, _siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja; Chilala fino, fino_.
--Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?
--_Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente._
--Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar. Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los grillos a este negro.
La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella había hollado.
En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros. En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas. Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra, guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su desnudez.
Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.
¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente? Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia, destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la mujer: la caridad.
Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y en el batey, la ocurrió preguntarse:--¿Por qué quiero yo a Leonardo? ¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros? Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole, ¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias que aquí se cometen día y noche impunemente?...
En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:--Contra mi voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!, quítenle los grillos a estos negros.
Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir _coram populi_[49] la autoridad domínica en su ingenio de _La Tinaja_, los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su agradecimiento.
--¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.
--¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.
--No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones generosas y caritativas con los ojos enjutos.
--Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si continuase en el ingenio.
--No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.
--Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción: veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.
--No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más llevadera la vida de la víctima que la del victimario.
Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos, imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:
--Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz alta.
--¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.
Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre reprobado.
Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.
--No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.
--Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.
--No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he estado haciendo. No, que no se me presente.
Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.
Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la expedición del bergantín _Veloz_ que le tocaron en suerte a don Cándido Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.
Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón, quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de _La Tinaja_.
CAPÍTULO VII
_15. ¿En dónde, pues, está ahora mi esperanza?_
_16. A lo más profundo del sepulcro descenderán mis cosas, ¿crees tú que siquiera allí tendré yo reposo?_
JOB. XVII
Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.
Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.
El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél, dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa fatal de las pérdidas de fuerza.
Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas mulas ni de los cachazudos bueyes.
Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados. Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche, murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de _La Tinaja_.
Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:
--¿Novedad, Mateu?
--Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo laconismo.
--Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda su calma. Afuera con el embuchado.
--Acaba Vd. de perder su mejor negro.
--Sea todo por Dios. ¿Cuál?
--Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.
--¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?
--Ninguna.
--¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.
--Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la lengua.
--¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!
--Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por causa mecánica.
--¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!
--Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que, doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro, lo mismo el pulmón y el cerebro.
--A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos a la enfermería.
En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo, ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o dominios era _ipso jure_ señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.
Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista, habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas en girones.
Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.
--¡Lástima de negro!, dijo Cocco.
--Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador de _Valvanera_.
--He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga piedad de su alma.
--Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con aire sentencioso.
--Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha _salío_ de la Guinea.
--Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le tome en cuenta sus muchos pecados.
--Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno a la cara de la enfermera.
Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:
--Le contaré a mi señor lo que ha pasado.
La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.
--Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le quitan la silla después de un largo viaje.
«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron. Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo, entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo. Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él a cada rato para darle un bocabajo.
«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta, no con la lengua:--_Lamo._ ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo? Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: _Lamo, lamo... su mercea_, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin levantar la vista para don Cándido.»
Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su gráfica narración.