Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 32
--¿Cómo que no? pregúntale a tu hijo que estudia leyes, qué se entiende por hacer justicia. Recuerda, si no, cómo rezan los edictos de los fiscales de la comisión militar permanente que publica con frecuencia _El Diario_. «Yo, Fulano de tal, capitán del ejército por S. M., etc., cito, llamo y emplazo por éste mi primer edicto, a Zutano de Cual, para que se presente en la cárcel pública de esta ciudad dentro del improrrogable plazo de tantos días, a descargarse de la culpa que le resulta en la causa que le sigo por asalto y robo en despoblado o por infidencia; cierto y seguro de que si compareciere dentro del término señalado, _se le hará cumplida justicia_...» ¿Oíste? Cumplida justicia. Me le sé de memoria.
--No creo yo que la comisión militar, o como se llame, castigue a todo el que cita para hacerle justicia.
--Tienes que creerlo, porque por fas o por nefas, así sucede. ¿Cómo es que por más que le citen, llamen y emplacen, nadie se presenta de _motu proprio_? Claro, porque lo de _hacer justicia_ no pasa de ser jarabe de pico. Puede ser el emplazado tan inocente como un recién nacido; con todo, si le pillan, de seguro que mamá cárcel por tres o cuatro años, y ya esto es un castigo... que de buena gana le daría a todos los que me quieren mal.
--Bien, Cándido, está bien todo eso; el caso es que yo no hablé en el sentido que dices. En resumidas cuentas, prometí el perdón que Goyo vino a pedirme para sus compañeros.
--Pues ahí está el engaño tuyo, Rosa. Tú no has prometido tal perdón ni calabazas. Ni si hubieras prometido era posible cumplir...
--Pero es que mi palabra está empeñada.
--Ese es el ajo, mi cara Rosa. En pocas palabras, tú no has prometido nada y tal fue lo que me propuse probarte para evitar mayores males. Por el mero hecho de decir _se les hará justicia_ no se deduce que prometiste el perdón, lisa y llanamente... sin condiciones.
--Sí, pero Goyo creerá otra cosa, creerá que le he engañado.
--¿Y qué importa el quedar mal con el negro en la apariencia? Nadie tampoco guardó lealtad con los desleales _a nativitate_.[47]
--Tal vez no importe mucho por Goyo, que al fin es un negro viejo e ignorante, y de seguro no me entendió. Pero, ¿y mi conciencia, Cándido? Mi intención fue...
--Tu intención fue perdonar, la interrumpió don Cándido. Lo sé. Por lo que respecta a tu conciencia, añadió con exquisita ironía, debe estar más tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay en ello alguna culpa, échala sobre mí. Tú sabes que el diablo las carga. Quien sintió alguna vez escrúpulos de conciencia respecto de lo que dijo o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varón, o esa santa mujer no ha debido tener esclavos jamás. ¡Escrúpulos de conciencia por semejantes bestias! ¡Ja! ¡Ja!
A este tiempo volvieron de la enfermería las señoritas y caballeros. El médico dijo que el negro había recibido varias mordeduras de carácter grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las manos y de los pies. Parecía desgarrada la epidermis de algunos de los dedos de la mano derecha.--Pero por fortuna, agregó en su lenguaje peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para romper ningún vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha presentado la hemalopia consiguiente a la exasperación física y moral, bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de paso sea dicho, habrá que traer del pueblo, pues faltan en el botiquín de la finca. Por lo que hace al tétano, fácil es que se presente mediante a que el negro se ha mojado después de recibir las heridas. Con este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta ahora no aparece dañado ningún nervio...
Leonardo fue más conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo oyese su padre: que Pedro apenas le había reconocido a él como su amo; que estaba negado a declarar; que nada sabía de sus compañeros; que, como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que ahora sí no se escaparía del cepo y que ahí le tendría hasta que doblase el cogote, contestó riendo que no había nacido el hombre capaz de sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de indignación, le había vuelto la espalda; y, cosa extraña, agregó éste, luego que nos retirábamos, me llamó para decirme que deseaba ver a su amo, a papá.
--Lo esperaba, murmuró don Cándido alejándose. Hay tiempo mañana; no me molestaré ahora por su señoría.
Si se hubiera pedido informe a las señoritas sobre lo que habían visto en la enfermería, habrían referido muy diferente historia de la relatada por el médico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hércules africano tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con los hoyos cónicos de los dientes de los perros aún abiertos en sus carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de ébano en la cruz, como alguna de ellas observó, era espectáculo digno de conmiseración y de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no podía compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la piadosa Isabel, cuando se desengañaron que no podían hacer nada en alivio de esta otra víctima de la tiranía civil en su desventurada patria.
CAPÍTULO VI
_Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste A formular de su miseria el nombre!_
D. V. TEJERA
Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio de _La Tinaja_, en la mañana de Pascua, puso la _gente_ en pie mucho más temprano de lo acostumbrado.
Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave, llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué _demongo_! dijo para sí. Aquí han _andao_. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a juicio.
Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero del cerrojo.--¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he _sío_ tan caballo que la he _cerrao_. ¡Va que la dejé abierta anoche! ¿Estaba yo _bebió_, o loco, o _trastornao_? ¿O ha _habío_ aquí brujería? ¿Qué pasa, Liborio?
Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro, pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara. Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama, prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta, apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.
Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla. Seguidamente empezó el interrogatorio:
--Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por _vía_ suyita, ¿de _aónde_ viene la niña ahora?
--_De la monte_, contestó ella imperturbable.
--¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?
--_¿Siñó...?_
--No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a _pajariar_. Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa suama?
--_Venga a presentarse a la suamos._
--¡Bueno! _Asina_ se hace. Pero ¿por _aónde dentraron_ ustedes en el barracón?
--_Po la pueta._
--¿Quién abrió la puerta a la niña?
--_Naide._ Tenía la _pueta abieta_.
Aquí se remató la paciencia del cómitre.
--Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!
Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o menos idénticas respuestas.
--¡_Vírate_!,[48] dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el objeto de derribarla de bruces.
Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:
--_Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina._
--¡Ja! ¡Ja! déjame reír. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás, vírate o te mato...
--_¡Mata!_ repuso ella con arrogancia.
--Agárrala tú. Túmbala tú, gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la ira, a los compañeros de la esclava.
Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y dar con ella en tierra boca abajo.
De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico. Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que nunca:
--¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo... (soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor expletivo).
Acompañó, además, las palabras con tan fuerte garrotazo con el mango del látigo en la cabeza del esclavo, que le hizo titubear y caer luego de rodillas a los pies de Tomasa. Aun allí, abatido y todo, no dio muestras Julián de que iba a obedecer; antes temiendo el Mayoral que se recobrara del golpe y se pusiera de nuevo en pie, agregó:
--Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a palos.
Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida. Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su compañera, y... empezó el bocabajo.
Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias, habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.
Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven, atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?
Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte, comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa: luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.
Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto, asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad, como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.
Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba. Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la _pajuela_ o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse los labios.
Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo, como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin de evitar el _pasmo_ o tétano, ordenando que los herreros les pusieran los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca. Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los restantes negros, en el _chapeo_ de las guardarrayas alrededor del _caserío_ del ingenio, que fue la _fajina_ que desde el principio se propuso sacar don Liborio.
--¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.
Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo, contestó luego con esta otra:
--¿Qué tengo de oír, Rosa?
--El _cuero_ del Mayoral. Ni que fueras sordo.
--Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?
--Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.
--¿Y qué querías que hiciera el hombre?
--Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.
--Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.
--¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de madrugada?
--La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le cayeron de las uñas al diablo.
--Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular, la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica vivos a los negros.
--Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...
--¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...
--No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los latigazos...
--Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado? Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás tan empeñado en que se casen...
--Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.
--¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?
--¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.
--Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él. Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo, que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable, quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las has cometido después de casado, y sabe Dios...
--En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en paz a don Liborio.
--Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...
--Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el prestigio de la autoridad lo primero.
--¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar que acabe con los negros?
--¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.
--Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de los ingleses.
--Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les pasamos por los bigotes los de la última partida del _Veloz_, haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.
--Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.
--Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.
Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su ama se asomó a un postigo y dijo:
--Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.
--Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno! ¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don Liborio!
Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había matado a Julián porque no había querido _virarse_.
--¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les servía de madrina.
--Probable es que él no lo supiera.
--Ellos han debido decírselo.
--No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone una cosa en la cabeza, eso ha de ser.
--Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no corres. ¡Cómo si no costaran dinero!
--Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al pórtico.
Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de _La Tinaja_. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.
Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien, sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato, si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el relato parcial de lo sucedido por la madrugada.