Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 31

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_9. Limpio soy yo, y sin delito..._

_10. Por cuanto ha hallado achaques contra mí, por eso me ha tenido por enemigo suyo._

_11. Ha puesto en un cepo mis pies, ha guardado todas mis sendas._

JOB, XXXIV

Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, tenía lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado e interesante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes de Gamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que las galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las señoras apoyadas de espaldas en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión, describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte del camino, y sus propias impresiones.

Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas de gusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto los admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos, escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela por el lado de fuera del pórtico. Volvió ella el rostro con viveza y vio a una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las demás esclavas de la finca.

--¿Qué quieres?--preguntó Adela bastante asustada.

--Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por la oscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)

--Y ¿quién eres tú?

--Soy la enfermera, criada de su merced.

--¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.

--Sí, niña, la enfermera María Regla. ¿Y su merced no es la niña Adelita?

--La misma que viste y calza.

--¡Ah! exclamó la esclava, apretándole suavemente los pies a la joven, ya que no podía otra parte de su cuerpo. Me lo decía el corazón. Ayer la vi pasar por el batey desde la ventana de la enfermería. Quedé en dudas de cuál sería mi niña, si la niña Carmen o su merced. ¡Cuánto ha cambiado! ¡Qué linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!

--Me lo decía el corazón, linda, mi hija, remedó Adela. Si soy tu hija, si me quieres tanto, ¿por qué no has venido a verme? Te avisé con Dolores. ¿Por qué no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.

--¡Ay! exclamó la negra. No me diga eso, niña, que me mata... Su merced no iba sola.

--No. Iba con mamá, Carmen, la mujer de Moya y su cuñada Panchita. ¿Qué tenía eso de particular?

--Bastante, niña de mis ojos.

--Habla, explícate.

--No puedo ahora, niña mía.

--¡Qué! ¿Tú no piensas pedirle la bendición a mamá?

--Sí, niña. Debo, lo deseo en el alma, venía... Desde el punto que llegó Señorita de La Habana, pensé correr y echarme a sus pies...

--¿Por qué no lo has hecho así? ¿Quién te lo ha impedido?

--Señorita misma.

--¿Mamá? No, no puede ser. Te engañas, sueñas, María de Regla.

--Ni me engaño, ni sueño, niña Adelita. ¡Ojalá! Señorita ha prohibido que ponga los pies en esta casa.

--¿Cómo es que yo no sé nada de eso? ¿Quién te ha ido con semejante cuento?

--No ha sido cuento, niña Adelita. Dolores me refirió una conversación que Señorita tuvo con el amo sobre mí...

--¿Ya lo ves? Dolores entendió mal. Mamá no está brava contigo. Y si no, ahora mismo voy a averiguarlo.

--No lo haga, niña Adelita, no, por el amor de Dios, replicó la esclava muy asustada, deteniendo a la joven por un canto del vestido. Por sí, o por no, será mejor que Señorita no me vea ahora. ¿Está ahí el médico?

--Pues yo quiero verte a solas. Arreglaremos el modo. Con Dolores te avisaré. ¿Y para qué quieres al médico?

--Para un moreno que han traído del monte mordido por los perros.

--¡Mordido por los perros! repitió Adela. ¡Ay! Debe de ser muy serio el caso cuando llaman al médico. ¡Si le habrán despedazado! Es probable. Esos perros son como fieras. ¡Qué horror, Dios mío! Mateu, añadió en alta voz, ahí le buscan.

Cosas bien extrañas en verdad empezaba Isabel a averiguar respecto de la familia bajo cuyo techo se hallaba hospedada y del ingenio tan ponderado de _La Tinaja_. Interesada vivamente en la suerte de la enfermera, antigua nodriza de su tierna amiga, ahora desterrada de la casa solariega, y conmovida, horrorizada con lo que había oído respecto del esclavo, mordido por perros feroces, cosas todas inauditas para ella, no pudo ocultar Isabel de Leonardo, ni su intenso disgusto ni sus hondas emociones.

--¿Qué tienes? ¿Qué te ha dado? le preguntó él.

--No sé, contestó ella. Me siento mal.

--Me pareció, continuó Leonardo, que te había afectado el cuento del negro herido. No seas boba. ¿Qué apostamos a que no ha sido mayor la cosa? ¿A que no pasa de unos cuantos rasguños? Si conocieras a la enfermera pensarías como yo. Mamá no la puede ver por escandalosa. Ni hay que dar nunca entero crédito a lo que dicen los negros. Todo lo exageran y abultan.

--¿Qué fue, Adela? preguntó doña Rosa desde su asiento oyéndola llamar al médico.

La enfermera desapareció en un instante, y antes que Adela contestase a su madre se apareció el Mayoral a caballo, precedido por sus dos hermosos alanos, para dar cuenta en voz campanuda de todo lo que había pasado. Era éste hombre alto, enjuto de carnes, mas de recios miembros, muy moreno de rostro, ojinegro, el cabello crespo y poblado de barba, cuyas grandes patillas le cubrían ambos lados de la cara hasta tocar en los ángulos de la boca, que por esto parecía más chica. A pesar del sombrero de ala ancha que llevaba siempre puesto, lo mismo en el campo que en la casa, al aire libre que bajo techo, pues muchas veces hacía uso de él como de gorro de dormir, cuando se lo quitó para hablar con don Cándido viose que mientras la parte superior de su frente parecía de un hombre blanco, la nariz, las mejillas y las manos nadie diría sino que eran de un mulato; tan quemadas estaban del sol. Venía armado, como suele decirse, hasta los dientes, de machete de cinta, puñal con cabo de plata o que brillaba como tal, y el ponderoso látigo, cuyo mango, hecho de un gajo de naranjo silvestre, no era arma menos terrible por ser sólo contundente.

Comenzó diciendo:

--Santas tardes tenga el señor don Cándido con _toa la compaña_. Yo soy _venío a participasle_ que han _traío_ a Pedro brichi con algunas _mordías_. Se _arresistió_ y fue preciso atojarle los perros.

--¿Quién le ha capturado? preguntó el amo con mucha calma.

--La _partía_ de don Francisco Estévez, _nombráa pa_ coger negros cimarrones.

--¿Sabe Vd. dónde le han capturado?

--En los cañaverales de _La Begoña_, cerquitica de las sierras.

--¿Estaba él solo? ¿Y los compañeros?

--_Náa_ se sabe de ellos, señor don Cándido, ni Pedro _quie decislo_ tampoco. _Me se_ figura que será preciso _biraslo pa que cante_. Por eso vengo a donde el señor don Cándido _pa_ que me diga qué hago con Pedro. Está muy _emperrao_...

¿Dónde le tiene Vd. don Liborio? preguntó el amo después de larga pausa.

--En la enfermería.

--¿Qué, tan estropeado está?

--No por eso, señor don Cándido. Lo tengo en el cepo de la enfermería _pa_ mayor _seguriá_, y no he _querío ponesle_ grillos por las _herías_; y luego _dispués me se_ figura que tiene malas intenciones. Sus ojos son dos tomates _maúros_, y he _reparao_ que cuando se le ponen _asina_ los ojos a los negros es que _quieen_ hacer una _fechuría_. Yo le digo al señor que está _mu emperrao_ ese negro. Mire el señor si es perro, que cuando lo metí en el cepo me dijo:--el hombre no muere más que una vez, y que «ya estaba _cansao_ de trabajar _pa_ su amo». El señor debe de saber que luego que los negros cogen y hablan _asina_ es porque, como dice mi compadre Moya, que está presente, se les ha _metío_ la Guinea en la cabeza. _Apuráamente_ ellos se tienen _tragáo_ que cuando se _ajorcan_ aquí van derechitos a su tierra.

--¡Aberraciones de la ignorancia! exclamó el Cura.

--Sí, señor don Cándido, continuó el Mayoral, ese negro está pidiendo cuero como los muertos misa.

Se sonrieron el Cura y don Cándido, y éste dijo:

--A su tiempo, don Liborio, a su tiempo se maduran las uvas. Por lo pronto no me parece conveniente azotarle. Se pondrá bueno de las mordidas, y entonces habrá lugar de castigarle por su falta, una de las más graves que pueden cometerse en estas fincas. Alzarse, fugarse el esclavo, privar al amo de sus servicios sin causa poderosa y bastante, por más o menos tiempo, es imperdonable; no sólo por él mismo, sino por el mal ejemplo a sus compañeros. Se le castigará, no lo dude. No habrá quien le apadrine. En otro negro cualquiera esa misma falta aparecería leve. A bien que Pedro puede resistir un novenario... Tiene buenos jarretes. A otra cosa. ¿No sabía la partida de Estévez que ese negro era mío? ¿No la informó Vd. que estaba yo aquí?

--Sí, señor, sabía _toito_ y yo le dije que viniera a la casa de vivienda _pa_ entregar el cimarrón y _recebir_ la captura, que es un doblón de a cuatro. Mas me contestaba y dice que prefería dormir en el monte. Además, que no quería que lo viesen los negros mansos, porque _le_ daban el soplo a los cimarrones; además que tenía que _dir_ donde _La Angosta_ a ver si cogía los cuarenta negros que se le _juyeron_ a _suescelencia_ el señor Conde la Fernandina la semana _pasáa_ arriba, y el Mayoral lo había _mandao_ a _ñamar_...

En aquel punto desfilaban en el batey del ingenio de _La Tinaja_, entre la casa de vivienda y la de calderas, los 300 y más esclavos de su dotación, y el Mayoral diciendo, «con licencia», fue a ponerse a su cabeza para pasarles revista y darles las últimas órdenes por medio de los contramayorales, que eran también esclavos. Desde buena distancia les había precedido el rumor de sus conversaciones y el sonido de las prisiones de los penados. Dos de ellos llevaban grillos, con barra atravesada y cadena de dos ramales suspendida a la cintura, y caminaban con mucho trabajo, pues para avanzar tenían que describir medios círculos, ya con un pie, ya con el otro. Uno llevaba grillete, del cual pendía una cadena como de unos seis pies de largo, cuyo extremo inferior iba engarzado al anillo de una masa férrea como pesa de reloj, la que, al caminar, era fuerza que llevara al brazo, so pena de que el roce de la argolla moliera el hueso de la canilla, aunque se lo había abrigado con un trapo. Este mismo se detenía de cuando en cuando y alzaba la voz en tono melancólico y timbre argentino, que resonaba por todas partes diciendo:--«Aquí va Chilala, cimarrón».

Penados o no, varones o hembras, todos traían algo a la cabeza, ya haces de cogollo, ya de ramas de ramón de que tanto gustan las caballerías en Cuba, ora racimos de plátanos verdes o maduros, ora de _palmiche_ para los cerdos; éste una calabaza, aquel un brazado de leña. Unos pocos, quince o veinte, llevaban camisa y calzón de cañamazo nuevos o de pocos meses de uso y estaban enteros; el traje de los restantes se componía de harapos, a través de cuyos agujeros se les veían las carnes negras y sin lustre. Ninguno calzaba zapatos, uno que otro, abarcas de cuero sin curtir, ajustadas al pie por cordones de majagua, bien de arique de yagua que no son menos resistentes. Las hembras, de treinta a treinta y cinco por todas, sobre andar revueltas entre los hombres, apenas se distinguían por otra cosa que por la especie de saco talar de cañamazo con que se cubrían el cuerpo desde los hombros hasta un poco más abajo de las rodillas, sin mangas; para que no faltase nada a la tosca imitación de la túnica romana.

--_¡Ajilar!_ gritó don Liborio con su voz de trueno, recorriendo a caballo las desordenadas filas como un general que ordena una evolución. Con lo cual, sin tropiezo, por el mero hábito, la mayor parte formó; pero los perezosos, los torpes, los impedidos por las prisiones, por la demasiada carga o por la prisa que se dieron los delanteros a cerrar las filas, ésos se quedaron detrás, menos visibles que los otros. Contra estos infelices estalló la cólera del Mayoral. Enarboló el látigo y empezó a repartir latigazos a diestro y a siniestro, sin distinguir inocente de culpable, hasta lograr la formación deseada.

Si así es como se ha razonado con el esclavo en todos tiempos y países, ¿podría esperarse que fuesen una excepción a esta regla general los señores del ingenio de _La Tinaja_? De ninguna manera. En su opinión, como en la de la mayoría de los amos, no era el negro la _cosa_ de que habla el derecho romano. Había bastante diferencia. Para ellos, que entendían por derecho únicamente aquello que no torcía el cumplimiento de sus pasiones y caprichos, el hombre-cosa de la antigua Roma tal vez no pensaba, era una máquina de trabajo; al paso que el hombre-cosa actual, estaban plenamente convencidos, pensaba al menos en tres cosas: en el modo de sustraerse al trabajo, en quemarle la sangre a su detentor, y en obrar siempre en oposición a sus miras, deseos e intereses.

Para el amo en general, el negro es un compuesto monstruoso de estupidez, de cinismo, de hipocresía, de bajeza y de maldad; y el solo medio de hacerle llenar sin murmuración, reparo ni retraso la tarea que tiene a bien imponerle, es el de la fuerza, la violencia, el látigo. El negro quiere por mal, es dicho común entre los amos. Por eso, en concepto de éstos, aquel Mayoral que no disimula ni perdona falta, que como rayo hiere al que delinque, que en todas ocasiones tiene entereza bastante y valor para «meter en cintura» a gente tan perversa e ingobernable, ése es más meritorio, más digno de consideración y respeto. Siempre se ha admirado más al inquisidor que más herejes mandaba al quemadero.

Así se explica por qué, luego que el Mayoral dio la orden de _tumba_, y todos soltaron la carga a sus pies, no importa si de forraje o de frutos, de cuyas resultas éstos se reventaron con la caída, dando ocasión a que el Mayoral hiciese nuevo uso del látigo, los señores del ingenio de _La Tinaja_ aprobaron y celebraron el _castigo_; porque era claro que los culpables habían procedido de malicia y no por torpeza y ofuscación a causa del anterior vapuleo.

Doña Rosa, mujer cristiana y amable con sus iguales, que se confesaba a menudo, que daba limosna a los pobres, que adoraba en sus hijos, que en abstracto al menos estaba dispuesta a perdonar las faltas ajenas para que Dios, que está en el cielo, la perdonara las suyas; doña Rosa, sentimos decirlo, al ver las contorsiones de aquéllos a quienes la punta del látigo de cuero trenzado del mayoral abría surcos en sus espaldas o brazos, se sonreía, tal vez por creer grotesco el espectáculo, o exclamaba, exclamación en que la hacían coro las personas de que se hallaba rodeadas:--¡Hase visto gente más bruta!

También se sonrieron los caleseros Aponte y Leocadio, junto con dos mozos más, que desde el colgadizo de la gran caballeriza del ingenio, atraídos por el continuo estallar del temible cuero, presenciaban a salvo la escena y esperaban se despejase el campo para salir y recoger el forraje destinado a las caballerías de que estaban hecho cargo inmediatamente.

Si añadimos que en estas circunstancias hasta los perros del Mayoral mostraron a su modo una alegría desusada, no creemos decir nada nuevo. Ello, mientras don Liborio hablaba con los amos del ingenio, se mantuvieron echados a los pies de su caballo; pero apenas se dirigió a los negros, se colocaron a sus flancos y no perdieron de vista ni sus ojos ni los movimientos de su brazo derecho, aguardando sin duda la orden de echarse sobre la víctima y rematarla.

Es de consignarse aquí, sin embargo, que no todas las señoras presentes se unieron al coro a que antes se ha aludido. Doña Juana, al contrario, apartó los ojos para no ver, ya que la política la vedaba retirarse y era fatal el oír los latigazos y los quejidos sordos de las víctimas. En igual caso se hallaban las sobrinas de esta señora y las dos hijas menores de Gamboa; pero éstas tuvieron siquiera el arbitrio de refugiarse en el patio. Allá las seguían Meneses, Cocco y Leonardo, a tiempo que don Cándido llamó a este último y le ordenó acompañase al médico al hospital y se informase menudamente de lo ocurrido con el preso. En conversación íntima a poco con el cura y el capitán, agregó:

--Quiero acostumbrarle (a su hijo) a estas cosas desde temprano, porque yo mañana o esotro día me muero y él por necesidad habrá de reemplazarme en el manejo del caudal; sobre todo en la administración de esta finca, que por más de un motivo le pertenece. Este ha de ser su mayorazgo.

De aquel mandato imperioso de don Cándido nació el que Leonardo, repugnándole y todo la visita, ya que no le era dado desobedecer, ni excusarse tampoco, pretendiera le acompañasen sus amigas y hermanas. Cedieron éstas sin dificultad, lo mismo que Rosa, tanto más cuanto que se brindaron a ir de la mejor gana Meneses y Cocco. Isabel de pronto se negó; mas instada y reflexionando que tal vez habría ocasión de ejercer en aquella visita uno de los actos de misericordia, cedió también, y cuando salía del brazo con Leonardo, dijo al paso a doña Rosa en tono amable y risueño:--Me llevan.

--Bien hecho, repuso doña Rosa.

--¡Buena pareja! dijo doña Teresa, la mujer del capitán Peña, a tiempo que Leonardo e Isabel descendían por las gradas del pórtico al batey.

--¡Hermosa! dijo doña Nicolasa, la mujer de Moya.

--¿No crees, Rosa, (dijo don Cándido a la suya al paño, concordando mentalmente con la oportuna observación de aquellas dos mujeres), cada vez más acertada la idea de casar cuanto antes a Leonardo con Isabel?

--Sí, contestó doña Rosa distraídamente.

--A ella la tengo por una buena cosa. Y se conoce que está enamorada de Leonardo. Luego el matrimonio es un freno...

No sabía don Liborio contar de _cálamo currente_[46] más de una decena. Pero tenía feliz memoria y era buen fisonomista; de modo que, exceptuando los siete esclavos prófugos, ocho enfermos en el hospital y los veintiocho adscritos a las diversas dependencias de la finca, carpinteros, albañiles, herreros, mozos de cuadra y sirvientes, los demás, hasta el número de 306, varones, hembras, solteros, casados, grandes y chicos, no le quedó género de duda que uno tras otro habían pasado por delante de sus ojos y entrado en el barracón. Satisfecho sobre este particular cerró la portada, pasó el cerrojo horizontal de figura de T, y le echó la llave; la cual, junto con el látigo colgó de un clavo fijo en la jamba de la puerta de su casa, por la parte fuera, debajo del colgadizo.

Si hubiera leído el _Quijote_, habría podido decir con el caballero andante: «Nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán a prueba.» Porque al pie de esos símbolos del poder señorial cubano, lloviese, ventease, hiciese calor o frío, dormían los feroces alanos del Mayoral y ¡ay del sin ventura que osase acercarse para desprender la llave o el látigo!

Después de comer solo, porque la familia estaba de visita en la estancia, don Liborio a pie, con machete y puñal al cinto, acompañado de sus perros, se dirigió de prisa a reunirse con el médico en el hospital. Para llegar a él, allá en los confines del plano o cuadrado donde se habían erigido todas las fábricas del ingenio, había que pasar por junto al ángulo de un seto de piñones que protegía un cañaveral en flor. Allí los perros se separaron de su amo y en el vano empeño de traspasar el obstáculo, gruñeron, o más bien gimieron de aquel modo que suelen cuando husmean la presa cercana. Pero ya hemos dicho que el Mayoral estaba de prisa, y siguió adelante llamando a sus perros.

Apenas penetró en la enfermería, bajó por la guardarraya al batey un negro a caballo, lo atravesó de un lado a otro, entró en el colgadizo de la casa del Mayoral, observó bien por todas partes, vio que no había luz ni gente, y sin apearse de la yegua flaca y desvencijada que montaba en pelo, cogió la llave, descorrió con ella el pestillo de la cerradura y la volvió a su sitio. Después de esta hazaña, siguió a la casa de vivienda y solicitó ver a sus amos, los cuales, hallándose aún en el pórtico, no tuvieron embarazo en recibirle.

No se desmontó, se deslizó por los costados de la bestia al suelo no teniendo estribo en que apoyar el pie. Su primer cuidado fue quitarse el gorro de lana con que se cubría la cabeza, y hecho todo un arco su cuerpo y tembloso, se echó de rodillas delante de doña Rosa, y en su mal español dijo:

--_La bendició, mi suamita._

--¡Ah! exclamó dicha señora algo asustada. ¿Eres tú, Goyo? Dios te haga un santo. ¿Cómo estás?

--_Mala, mi suamita._

--¿Qué te duele, Goyo?

Contestó con muchos rodeos y perífrasis ininteligibles las más, que ya le pesaba el cuerpo demasiado; que le faltaban las fuerzas y deseaba descansar en el cementerio; que estaba muy viejo; que el padre de doña Rosa le había sacado del barracón de La Habana cuando esta señora no había nacido; que fue uno de los esclavos fundadores del ingenio _La Tinaja_, uno de los primeros en derribar los montes con el hacha. Todo esto, que se tenía harto sabido la señora con quien hablaba, para informarla, en medio de aspavientos y circunloquios, que sabía donde se hallaban ocultos algunos de los esclavos prófugos, quienes deseaban presentarse desde que supieron que sus amos habían llegado de La Habana, porque estaban casi seguros que no se les castigaría por la falta cometida, en gracia de ser la primera vez; mayormente si el guardiero, que tan largos servicios había prestado en la finca, pedía perdón para ellos a la señora.

--Bien, dijo doña Rosa habiendo consultado con una mirada la opinión de su marido. Está bien, Goyo. Ve. Di a tus ahijados que pueden presentarse sin miedo; que por ti se les hará justicia... ¿Oyes?

Con dirigirse a doña Rosa para pedirla el perdón de los prófugos, dio a entender el guardiero que a lo menos podía concebir su cerebro dos ideas bien definidas. La una, que juzgaba más capaz de caridad el corazón de doña Rosa, por el hecho de ser mujer, que el de don Cándido; la otra, que siquiera por ama legítima del ingenio, pues le había heredado de su padre, había de ser ella más indulgente con las faltas de sus esclavos que él, quien, aunque señor de hecho, no lo era de derecho.

El pensamiento así expuesto parece demasiado abstruso para caber en la cabeza de un negro doblemente estúpido por sus largos años de esclavitud. Pero fuéralo o no en efecto, de esta manera fue como don Cándido interpretó el discurso del esclavo, hiriéndole en lo vivo, de un lado, que prescindiera de él en su embajada; del otro, la odiosa diferencia que marcó entre ama y amo. Es que llovía sobre mojado, como suele decirse, y cogió la ocasión por los cabellos para vengarse del insulto y recobrar, ante las personas testigos de la escena, la que él creía rebajada dignidad del señor amo. En esta disposición de ánimo, y cuando el anciano todo tembloso hacía los mayores esfuerzos para ganar de nuevo el lomo desnudo de su mansísima yegua, dijo don Cándido:

--Lindos estaríamos si por el primer zopenco que se interpone, hubiésemos de perdonar, no ya sólo las faltas más graves, sino hasta los delitos de nuestros esclavos.

Mirole asombrada doña Rosa, y luego dijo con aparente calma:

--¿Pues no estabas tú de acuerdo con mi decisión?

--Tal vez.

--¿Luego...?

--Luego es preciso que se haga justicia a esos bribones que osaron fugarse cuando más necesidad teníamos de sus servicios.

--¿Qué entiendes, Gamboa, por hacer justicia?

--Entiendo, repuso él con sorna, dar a cada quisque su merecido, castigar cual se debe al que delinque.

--Pero eso no sería hacer justicia.