Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 30

Chapter 304,183 wordsPublic domain

La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos, apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el país, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o paila para recibir el primer hervor.

Paralelo con este edificio había otro tan grande y más gacho, cerrado por sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendo frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la purga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban la carpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa de maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero, mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en el ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un joven americano, se había construido una habitación provisional con tablas de cedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feo caserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas o bohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos, para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Las otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para la purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallaban erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.

La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figuraba en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina, cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso por el frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa con cubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada al medio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizos corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para la comunicación interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecían muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuían poco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunque para quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día, habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos. Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación y amplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a los efectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desolado batey.

Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo a otro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha, aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracón de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; en suma, la mayor parte de las que componían la vasta población del ingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de las casas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luego la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este variado cuadro campestre.

Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodas butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacas de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio _La Tinaja_, junto con otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras las cortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés, cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumaban tabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñada del mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañas de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc., productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestros conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las negras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación del ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado al servicio doméstico, todos haciéndose útiles.

De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban un pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos, enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, con manifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las amigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el ángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba una ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su intercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una de la tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha precipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamó alegre:--¡Ahí están!

No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata del pórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus ocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo de la tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por punto las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las soledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menos algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento verdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también a veces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo con ánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de los lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten fuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; si parientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes, ¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.

Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró de alegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía afición extraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres. También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en la ocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta don Cándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo cuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritas Ilincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó a los caballeros que estaban de visita, diciendo:--También éstas son mis hijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces y te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.

Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato. Sobre estropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse, cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doña Rosa, o la mujer del Mayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa señora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta y para su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de Gamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.

Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de vivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidas por la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. La secundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque éste guardó sus cumplimientos para el administrador de _Valvanera_ en primer lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para el médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasar la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a celebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de la esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de los empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el mismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de _La Tinaja_, no tomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.

Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por las maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educación esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El último nombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminario de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta la despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solía llevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hecho la práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahora curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen mozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería. Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en la mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa figura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicio a hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel, que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su espíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza, desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitán pedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual los amos del ingenio de _La Tinaja_ le sentaban a su mesa. Don José de Cocco era otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia, los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y escasa instrucción.

Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyo lado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna circunstancia una de las amas del ingenio _La Tinaja_ daría su corazón ni su mano al Administrador del ingenio _Valvanera_. Por lo que toca a Adela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubierto de los galanteos de los hombres allí reunidos.

Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hasta el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájose enseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosa champaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don Cándido Gamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendos tabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Cocco no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un cigarro delante de su padre.

Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitas al amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinas de cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en el campo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente de entre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de las cañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del cielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellas chispas de plata y oro.

Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personas reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa, en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, la mayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de vaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral del potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos, daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero, sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, más imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca durante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella. Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual, honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura y del Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no poca satisfacción. Por ejemplo, preguntado:

--¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una negra.

--_Veríficamente_, señor don Cándido, no se ha _sabío naitica_ entre dos platos, contestó.

--Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?

--¡Pues no, señor don Cándido! Se han _registrao_ los montes de Santo Tomás y los montes de La Angosta. En _toas_ partes se han _encontrao_ rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Sánchez no son _buscaores_ sino _mordeores_, _anque_ le tienen gran interés a los negros no han _dao_ con ellos. Y _me se_ ha puesto que no han _salío_ de los linderos del ingenio, porque no se han _juío en denantes_ y no saben andar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran _topao_, segurito. ¡Ah! Dios me dé perros que huelan un negro _dende_ una legua...

--Por lo que a mí toca, dijo el capitán Peña cortándole la palabra a Moya, debo informar al señor don Cándido que he hecho en su obsequio cuanto cabía en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de la ocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Sánchez, no perdí tiempo en pasar atento oficio, valiéndome del correo de Bahía Honda, a los señores don Lucas Villaverde y don Máximo Arosarena, inspectores en San Diego de Núñez, de la partida que capitanea don Francisco Estévez, que acaba de formarse por disposición de la Real Junta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdicciones desde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc., hasta los límites occidentales de Bahía Honda. Con mi oficio a los señores inspectores incluí la filiación, edad y naturaleza (poco más o menos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) de los siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza con ellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacia las sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extrañar al señor don Cándido que se le hayan fugado siete negros, cuando por la misma época se han alzado 12 de _Santo Tomás_, 8 de _Valvanera_, 6 de _Santa Isabel_, 20 de _La Begoña_, y 40, sí señor, 40, como Vd. lo oye, de _La Angosta_, el ingenio aquí inmediato, perteneciente al Excmo. Señor Conde de Fernandina. La lista de todos éstos obra ya en poder de los señores inspectores, y, supongo también, del capitán Estévez.

--No me extraña la fuga de mis siervos, dijo don Cándido pensativo. Ni son éstos los primeros negros que se me huyen. Ahí están, si no, Chilala, José, Sixto, Juan, Lino, Nicolás, Picapica, etc., que no me dejarán mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren, como ahora, una condena más o menos larga en la finca, y llevan grillos de doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimán, el guardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que ha pasado su juventud entre esas serranías que se ven desde aquí... Mas todos ésos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde, sumisa, leal, la más propia para la esclavitud, que parece su condición natural. Sólo tiene un defecto, eso sí, grave, capital: es la raza más holgazana que sale del África. Si pudieran los congos vivir sin comer, no habría fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar. Serían capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por no trabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraña mucho, lo que no acierto a explicarme es el por qué han seguido el ejemplo de los congos Pedro y Pablo carabalí, Julián arará, Andrés bibí, Tomasa suama, Antonio briche ni Cleto gangá. Estos negros industriosos, incansables para el trabajo, fuertes, robustos, formales, éstos no se fugan sin causa. No, negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para sí, que juntan dinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muy soberbios, tal es su único defecto, para alzarse sin causa poderosa. Antes se ahorcan que fugarse al bosque...

Podía echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a don Cándido Gamboa de achaque de etnología africana. Ya se ve, el tráfico constante en esclavos por muchos años, la posesión de dos o tres centenas de éstos, le habían enseñado que según su raza eran más sumisos o levantiscos, más o menos a propósito para llevar hasta la muerte el pesado yugo de la esclavitud. Sucedía, sin embargo, que otra cosa le había enseñado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyos y ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oía decir que los había buenos y malos, y que algunos no se huían jamás sin causa poderosa, más bien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita con el amo, dijo:

--Se conoce que el señor don Cándido ha visto negros y sabe los que sirven _pa_ esto y no sirven _pa_ lo otro. Con permiso del señor don Cándido yo digo que _toos_ los negros son lo _mesmo_ cuando la Guinea se les mete en la cabeza. Entonces _toos jalan pa_ atrás como los mulos y es preciso _jarrearlos_ con el cuero. Vamos a ver. ¿Por qué se han _juío_ los siete de acá? ¿Por falta de _comía_? ¿Por falta de _frasá_? ¿Por falta de cochino? ¿Por falta de conuco? _Naa_ de eso les hace falta. _Too_ eso lo tienen ellos a bombón. ¿Por el mucho trabajo? ¿Por el mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y _veríficamente_ don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.

--Si me es dado decir lo que pienso, terció en este punto el Cura modestamente, mi opinión es que no debe esperarse de gente tan ignorante como son los negros, el que juzguen y actúen cual las criaturas racionales. Sería excusado buscar la razón de sus alzamientos y delitos en los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sido quizás la más quimérica, la más absurda, la menos justificada... Es, sin embargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negros y de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco acá su sistema de moler caña. ¿Será que esas estúpidas criaturas se han figurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyes o mulas se muele con máquina de vapor? ¿Qué sabemos? Vale la pena investigarlo.

--Ya, dijo don Cándido, siempre pensativo, siguiendo con los ojos entreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de la boca. El argumento de mi tocayo es bueno tratándose de negros congos, falso, hablándose de negros de otras naciones de África. He observado de cerca sus índoles diversas y sé lo que digo. El trato más que otra cosa tiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido para la esclavitud, ésa es su condición natural; en su mismo país no son otra cosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, no obstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el látigo siempre encima para que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto se quiere.

--_Asina_ es, como dice el señor don Cándido, volvió Moya a meter la cucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se _pueen_ quejar del trato, ésos son los del señor don Cándido. Ellos están como las flores: bien _comíos_, bien _vestíos_, _ca_ uno con su conuco y su cochino, muchos _casaos_, no trabajan más que de sol a sol, y no se les da cuero por _náa_ y _náa_, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan _mu_ poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muele caña casi _too_ el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordar sus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen un día de tambor. ¿Qué más quieren esos _endinos_? Ni el obispo está mejor.

--Y vuelta a la misma tema, dijo don Cándido molesto. Moya, está bien lo que Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica la causa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabalíes. Lo peor es que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del señor Cura y del Capitán.

--Pues por _toas_ éstas y por la en que Jesucristo murió, dijo Moya con vehemencia besando las cinco cruces que había formado con los diez dedos de las manos enlazadas, que no sé _naitica_ más. Y si dejo algo _embuchao_, que aquí _mesmo_ me parta un rayo, y _ustees_ perdonen mi _moo_ de hablar.

--No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.

--Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver su apuro.

--El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que _puée_ ser la causa y que no _puée_ ser causa _pa_ que se _juya_ un negro. El señor don Cándido dice que unos negros se _ajorcan_ y no se _juyen_; y _dispués_ dice que el mal trato es la causa de los cimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los _carabalí_ son _mu_ soberbios. Yo digo que son _mu_ perros y más perros que _toos_ los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está _quemao_ con él. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni _dende_ que vino de África creo yo que _naiden_ le sacó sangre con el cuero. Pues, señor, la semana antes _pasáa_, Pedro briche no se presentó en la _jila_, ni _dormió_ por la noche en el barracón. ¿Qué querían que hiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge _sotaventao_, y le da unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días, le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Se emperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que le levantara _toa_ la _negráa_. Y ya se ha visto el _resultao_, se fue al monte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.

--¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y añadió, antes que Moya le quitara la palabra:--¿Y qué dice de todo eso Goyo, el guardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?

--¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio _pa_ eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta _mesma_ de su _bujío_ se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, del lado de allá? Pero él juró por _toos_ los santos del cielo que no vio, oyó ni sintió _náa_ en _too_ este tiempo. Se calentó don Liborio contra él y quiso arrimarle unos cuerazos _pa_ que cantara; mas yo se lo quité de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa en cuanto que supiera que habían _castigao_ al taita Caimán.

Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que le hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en sus meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e imperioso le preguntó por el Mayoral.

--Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente en el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya, pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos, porque hay _cojollo_, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienen las carretas con las últimas cañas _pa_ probar la máquina... Allá lejos se ve el boyero en su mula, y más lejos _entoavía_, por la otra guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y yo no _pueo_ decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.

CAPÍTULO V