Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 28
--¿Por qué supones que no la quiero?
--¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tus acciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.
--¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa tras breve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega y ardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.
--Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes por Cecí...
--¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. No se mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen. Ese nombre es vedado aquí.
--Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oído en su vida.
--Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más que Isabel no tiene pelo de tonta.
--Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escena delante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?
--Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado o escrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa y al parecer muy sentida conmigo.
--No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, no obstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lo mismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!
--¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a los ojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mi vergüenza.
--Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados de tierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?
--Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho a primera vista.
--Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuviese que ver con semejante parecido!
--¿Quién sabe? A él le gusta la _canela_ tanto como a mí. No tendría nada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo, hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae la baba. Me consta.
--Luego no puede ser su padre.
--¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!
--Pues por ahí se corre que lo es.
--Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado de C... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?
--Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de un tropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que media entre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...
--En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da la casualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente y habla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos que pelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manos a boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músico Pimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que ella desdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.
--No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, y que por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestro cuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor pie con Isabel.
--No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuesto contra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza; yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Dios quiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.
--Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en la creencia de que tú no amas a Isabel.
--O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego. No habiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dos mujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra. La de allá me trae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía me hará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amo a la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, un diablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastante fuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quién al verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oye decir: _te quiero_, y no se le trastorna el cerebro cual si bebiera vino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado de Isabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud del erizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla. Estatua, en fin, de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración, cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.
--Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?
--¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer para esposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de... quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con las mujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cual vendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la de allá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienes que me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estar coqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.
--Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.
--En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte, cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la de Alquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de la caridad.
--Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.
Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer que quiere. ¿Entiendes ahora?
--Entiendo que tú no has nacido para casado.
Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.
--Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?
--_A bombón_ (por mucha), _niña._
--¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.
--_¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu._
--Luego se podrá ver el movimiento del agua.
--_Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir._
--Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.
--_¿Sumelsé mira?_, preguntó el negro muy asustado. _No, no mira. Mu jondo. Diablo rempuja la niña._
De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.
Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en disposición de emprender el viaje del día siguiente:
--Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su compañero: _Pajarito_ y _Venao_ necesitan _herraura_ nueva.
--¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?
--¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. _Dispués_ de bañar los caballos iba a decírselo a la niña.
--Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.
--Iré _dispués_ de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el _herraor_. Si no se ha _emborrachao_, estamos bien.
--Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y sofocar los caballos antes de tiempo.
--La niña siempre se figura que uno mata los caballos.
--Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.
No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel lado del batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavos de campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se había presentado en la fila la noche anterior. Reprendió a Pedro que no le dio el aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentado el enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañuelo atado en la cabeza. Por pronta providencia la enfermera le había suministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzada con azúcar de _raspaduras_. Isabel le tomó el pulso, comprendió que tenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. De vuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en que se escogía el café.
La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía y su padre. Parecía natural que quien tan puntualmente había desempeñado las obligaciones de administradora de la heredad y de las _cosas_ a ella adscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para el desempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño y animado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que la dueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atenta con sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlos y a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.
Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel a sus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era su Edén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menos de botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por la floricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importado de Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasión rosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por afición decidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historia de todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, no obstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en que Leonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de flores encarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosas de uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensibles ligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.
Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión a caballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella la necesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuo movimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicación de la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y del amoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntoma infalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.
Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Mucho antes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevo de las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con el látigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por las viajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían varias esclavas y algo más distante los otros siervos, aparentemente preparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, como después se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí se representaría.
Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazó a su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con los ojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomar el carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de seda oscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su aparición se observó un movimiento general seguido de un murmullo entre los esclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o canto monótono de la víspera: _La niña sen va, probe cravo llorá_, repetido en coro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba la cúspide de los más empinados árboles.
Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelo hacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso. Entonces reparó en el Contramayoral.
A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de los cabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho, Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad de su inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquieto caballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil y callada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lo mostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas de ébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro, imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:
--¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.
Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.
En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:
--¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía! ¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases, que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de una imagen sagrada.
Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.
Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en llanto exclamó:--Yo no sirvo para estas escenas.
A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía el estribo:
--¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen _cuero_!
El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el oeste, del cafetal _La Luz_.
CAPÍTULO III
_¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral._
JOSÉ MARÍA HEREDIA
Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que, principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del ya descrito.
Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo, sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la Vuelta Abajo.
Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales, estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y, después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.
A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón, aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos, cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de los campos feracísimos de Cuba.
Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba, y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia en que no tenían parte las nubes.
No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido, porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada, porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.
Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas; podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco, reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador, el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de esclavos?
Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de _La Tinaja_, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el cafetal _La Luz_, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin, la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser el preludio de separación más grave y prolongada.