Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 27

Chapter 274,161 wordsPublic domain

--Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, con la familia del señor Gamboa en su ingenio _La Tinaja_, allá lejos, muy lejos, por el Mariel. Han puesto una gran máquina de vapor para moler caña; romperá la molienda la víspera de Pascuas y aguardan por nosotros. Aquí han llegado a buscarme el niño Leonardito y el niño Diego Meneses, que tú conoces.

--_¿Con que si va otra vuelta?_, repitió el Contramayoral pensativo.

--Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando más hasta después del domingo de Niño perdido. Me da mucha pena dejar a papá solo. Pero espero en Dios que no le sucederá nada, antes me prometo que Vds. le cuidarán bien.

--_Asina si jará niña._

--Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo, Pedro, que sin pérdida de tiempo me despaches un propio al ingenio _La Tinaja_, cerca del pueblo de Quiebrahacha. Acuérdate de estos dos nombres: _Tinaja_ y _Quiebrahacha_.

--_Asina si jará, niña._

--Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado. Ellos conocen el camino de aquí a Guanajay; de allí al Quiebra Hacha se sabe que quien tiene lengua a Roma va.

--_Asina si jará, niña._

--Bueno, confío en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuando salimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tan racional y honrado como tú.

Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el negro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisiera desterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle la espalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.

--Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballo careto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, sea Rafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros claros del día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a la plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardar por nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá. ¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?

--_Mi ricorde, niña_, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a la carrera: _Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá._

--¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá que les deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.

--_Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete._

--¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.

Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego, diciendo:--Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.

--_Le negre etá perdío_, dijo Pedro sonriéndose, _por mor de la niña_.

--Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó al mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo. No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo quiero así, lo mando, Pedro.

Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabel puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de la noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los grandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de los manjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar, porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según la costumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesen hambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y el señor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costado de la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche; haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidad características.

Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y se retiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los huéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar de las fatigas del viaje.

La casa vivienda del cafetal _La Luz_ estaba hecha a la francesa, es decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en las fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica; pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de una de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma, formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los cobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticos había cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas dichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues, se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerrados por barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez de persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de la palma llamada _cana_, por su espesor, duración y frescura; y el de los pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en número por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar a raudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con el perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella morada encantadora.

Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo, indicando a la hermana mayor:

--¿Qué tiene la niña?

Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el segundo verso que la daba nombre:

--Sarampión.

--¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.

--Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.

--¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a sus espaldas.

--No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad. Ella no es de nuestro bando.

Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada la conversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparente del pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. La misma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabel respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió las atenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estaba satisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se cansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablemente esperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la barandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto: Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera del grupo. Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las había criado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella casamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminación mediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicación con sus galanes.

Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido el airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramas de los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano, cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. El único rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente de esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la frugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad de la noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca de nuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín a la casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal en la mesa del centro de la sala.

El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables; los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan con mayor elocuencia.

--Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.

--Califíquela, repuso Isabel sonriendo.

--No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el agraviado.

--¿Eso más? Pues era lo que faltaba.

--¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia enseguidas...?

--¿Sin motivo que justificara el cambio?

--Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo todavía.

--Refresque Vd. la memoria de los hechos.

--Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

--¿De verás?

--De veras.

--Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.

--Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretar mal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?

--Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de lo que yo vi con mis ojos.

--Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.

--Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo del quitrín.

--¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño y estuvieras a punto de olvidarme?

--Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por mucho que la cegara la pasión.

--Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tu parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.

--Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.

--Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndose colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te decía el último adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dos mulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado una zancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente que son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.

--Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿qué motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumba en los oídos?

--Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.

--Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamación solté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd. Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debí imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.

--¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.

--Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.

--La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención su semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión a encelarse de mí.

--Quizá le ama a Vd. en secreto.

--No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos negros tienes».

--Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin embargo, le condenan.

--No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si en consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malo de los hombres...

--Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.

--¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.

--Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habría dicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a quien tenía por amigo y caballero.

--Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellar esta dulce reconciliación...?

Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, a quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba las once de la noche.

Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la ocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a Rosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema o pretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo a Leonardo en el jardín. ¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, que no había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y con fuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja al imán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción, deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid para negar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde la primer temporada que pasaron juntos en el cafetal _La Luz_.

CAPÍTULO II

_Y en los bellos cafetales todo es frescura y olores, besadas sus blancas flores por las brisas tropicales._

J. PADRÍÑEZ

Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temor pudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardó cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones que llenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con la sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por el aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce.

Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una parte del jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, por largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Había sido abundante el rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvo bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las flores cuajadas de menudos aljófares; otros tantos prismas que descomponían la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.

Echó Isabel una mirada inquisitiva por todo el país desplegado ante ella, y se aventuró fuera del pórtico; porque desde allí echó a ver una rosa de Alejandría que acababa de abrirse al dulce calor solar, en el cuadro del sudeste del jardín. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuando se adornaba con ella la espléndida trenza de sus cabellos, volvió maquinalmente los ojos hacia la casa y le pareció que uno de sus huéspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en el extremo del pórtico, donde en efecto se habían los dos alojado. Era Diego Meneses, que por no haber disfrutado de sueño tranquilo, dejó la cama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazón que Isabel apareció en medio de sus gayadas flores.

De tal modo la turbó este incidente, que por breve rato estuvo indecisa entre si volvía atrás o seguiría adelante, porque los actos de adornarse el cabello y de mirar para la casa, magüer que inocentes y casuales, podían interpretarse de diversas maneras, y ella huía tanto de la frivolidad como de la necia coquetería. Pero tenía que salir y salió con firme paso.

Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadrado en que se comprendía el variado caserío de la finca. En el centro se alzaba el molino del café, entre los dos pares de tendales, capaces de contener a un tiempo, secándose, la mitad de la cosecha. Más lejos, cerrando el gran espacio por la izquierda, se veía el grueso y oscuro brocal del pozo con su horca y garrucha para la extracción del agua; el palomar después, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y a la derecha, el campanario, o más bien el pilar de madera de cuyo brazo cubierto con un tejadillo, pendía la campana; los graneros o almacenes, las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Los bohíos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamaño.

Ni estaba desprovisto de vegetación el magnífico batey que hemos venido describiendo, pues muchos árboles, y sin duda los más copudos y corpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entre ellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todo los primeros, cual las coníferas del continente, parecían escalar el cielo con la cúspide de sus ramas. Aquéllos más empinados y coposos eran los escogidos por las gallinas de Guinea (_Numidas Meneagris_ de Cuvier), conocida la hurañía de esas aves exóticas, para sus querencias de noche. La banda, que bien podía componerse de cien, desde antes de aparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareo peculiar suyo, en que parece que una dice _pascual_ y la otra contesta, _pascual_, hasta que todas despiertan y se preparan para descender de sus elevadísimas y naturales alcándaras. Ni los pichones ni las gallinas daban aún señales de vida: aquéllos por no ser madrugadores, éstas por el encierro y la oscuridad de su casa.

Por lo demás, se notaba bastante movimiento en todo el batey. De los esclavos de ambos sexos, quiénes recogían con sus guatacas o azadones las hojas secas y briznas del suelo; quiénes con los mismos instrumentos rozaban la yerba de los caminos; quiénes con ambas manos abiertas levantaban la basura amontonada y la metían en canastas que otros conducían fuera a la cabeza; quiénes a brazo sacaban agua del profundo pozo y la vertían en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal para que otros, en unos baldes rústicos hechos del pecíolo de la palma, la distribuyesen en los depósitos de los varios departamentos de la hacienda. A la vera del pozo daba agua y bañaba los caballos de dos en dos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonaba la voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de la rueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el café, aguijaba sin cesar a la caballería que servía de motor. Cuatro esclavas, entre tanto, tendían el grano, aún no bien seco; mientras otros conducían el _pilado_ o descortezado al aventador, cuyas paletas hacían un ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonora encontraba obstáculo elástico en su trayecto. Y una vez limpio de toda paja o polvo, era llevado a los almacenes para que allí se escogiese y clasificase por otros esclavos.

Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla los buenos días y de pedirla su bendición, doblando la rodilla en señal de sumisión y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa de su oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compañeros al trabajo y daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a la palabra con la obra. La subida o aparición de Isabel en los tendales fue la señal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada y aguda con la canción, tan ruda como sencilla, improvisada quizás la noche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: _La niña sen va_, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los demás negros: _Probe cravo llorá_. Entre la primera letra y el estribillo o pie insertaba el guía, no obstante que criollo, nacido en el cafetal, frases en congo puro, a que también contestaba el coro con el obligado: _Probe cravo llorá_.

Inútil fuera pedir armonía, siquiera música a una canción, ni civilizada ni salvaje del todo; pero si parecía asaz monótona a oídos delicados, también es verdad que el tono y la letra rebosaban en melancólico sentimiento. Así lo estimó Isabel, aunque hizo como que no oía ni entendía palabra, y siguió adelante hasta el pie de los árboles, donde ya bullían y corrían en todas direcciones las aborotosas gallinas de Guinea. Algunas, las más ariscas, al verla quisieron emprender vuelo, estallando en el grito nasal, chillón y alto con que suelen dar la voz de alarma a sus compañeras. Mas conocida la voracidad de esas aves, bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maíz que Isabel sacó de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlos en un punto dado, cerca de sí. La banda en masa se echó sobre el escaso alimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y sólo ocupada de egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovechó una de las esclavas, a una señal de su señorita, para arrastrarse por el suelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa es la carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razón por qué Isabel se propuso obsequiar a sus huéspedes con un par de ellas, asadas, en el almuerzo.

A la vista del alimento, arrojado ahora a puñados, acudieron presurosos los pichones. Estos, menos huraños que las guineas, a las cuales temían, y más capaces de simpatía que ellas, revolotearon al principio en torno de la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazo de la cesta, acabando por arrebatarle el maíz de las manos y aun picarle en la boca. Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas, por más que repetidas un día con otro, siempre la enternecían, y jamás, sino en casos extraordinarios, consintió que las matasen fuera de su vista. Por éste y otros actos parecidos en que se ponía de manifiesto la influencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, no creían menos sus esclavos sino que Dios la había dotado de una especie de encanto o poder secreto, el cual no cabía aludir ni repeler.

Seguía Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, a fuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nada sobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujer extraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de lo que veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando y gozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas con los pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosas manos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:

--Es mucha mujer ésa, amigo.

--¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.

--Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.

--¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.

--No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca en Isabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me guste más que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad es que cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.

--¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo, herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio a medio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado del gobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, en suma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, son hacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?

--Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no te merecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.