Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 26

Chapter 264,127 wordsPublic domain

--La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niña mamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manos y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de un año seguido.

--Pues yo no lo conozco a Vd., ni...

--¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a la niña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que como tiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puede engañar, a mí no.

--¿Me ha detenido Vd. para insultarme?

--No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que gastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea que no le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gasta conmigo...

--Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.

--Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirle que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es más blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separado de mi mujer por más de doce años.

--¿Y yo qué tengo que ver con eso?

--Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la niña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña su madre por estar loca...

--El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.

Nemesia y _seña_ Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de llevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, al oficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protección implícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos para averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero a preguntarla.

--Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeñado en tener un lance conmigo... como me ve mujer.

--¡Cobarde! gritó Pimienta, convertido de repente en león el modesto cordero.

Y se avalanzó al desconocido para castigarle; pero hurtó el cuerpo y se puso en guardia.

José Dolores estaba desarmado y se contentó con añadir:

--¿Quién es Vd.?

--Soy quien soy, contestó el otro con impavidez.

--¿Qué busca Vd. aquí?

--Lo que me da la gana.

--Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.

--Quisiera verlo.

--¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!

En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya presencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galante músico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio el nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco, fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle. Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía, dirigiéndose a Cecilia:--Se figura que es blanca y es parda. Su madre vive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:--Señor defensor de las niñas, sangre de _chincha_, el que la debe la paga. No se ha de quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le repetía:--Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:--Yo no me llamo Gamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.

Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de sus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antes oído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre que del caballero que las favorecía se trataba, era bastante para hacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relación que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que fuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometería unión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tan cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás que hubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun que estuviese loca. La mujer a quien _seña_ Josefa solía visitar en el hospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labios en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad. El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado, repetía meros rumores, hablaba de memoria.

En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile. Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un asesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile, porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que, efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía que ser lince el hombre que le matase del primer _viaje_.

Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. _Seña_ Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la muralla, llamada _de Tierra_ por ser la más inmediata. Al acercarse a la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba; se plantó en la esquina y dijo alto:--Sinvergüenza, sangre de _chincha_, ven para acá, si eres guapo.

Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:

--Dejen que le dé una _mojada_.

Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió los pasos del contrario sin acercarse demasiado.

Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, agarradas de las manos y de Uribe, todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menos de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores que dijo:--Aquí; y la ronca del negro que respondió:--Aquí. Y comenzó sin más la horrible brega.

La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de una noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de los combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José Dolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y cerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terrible ansiedad!

Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podían ver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se ponía el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue la primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de su alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole con cariño:--¿Te han herido?

--¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentía sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niña que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO I

_Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo, Y el perfume le das que en los jardines La fiebre insana templará a Lieo._

A. BELLO

Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí _Tierra Llana_, planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites de Colón, siendo su latitud general estrecha.

Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se ven fuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso el rocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. No conociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómeno meteorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verde esmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año. En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa, particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dos viajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veían uno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, un par de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguines escondidos en los arbustos inmediatos.

Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban a uno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas rurales de cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menos hasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba, circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, San Marcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No se fundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en el sentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para la recreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto el precio del café.

Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde _ab initio_, estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares, prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limoneros enanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercas primorosas y artísticamente construidas. Cubríanse éstas de enredaderas o aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían por Pascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveas flores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientras que con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambiente por millas y millas a la redonda.

Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles o calzadas que separaban entre sí los diferentes predios. Más bien buscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como que crecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limonero indígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan, de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo de ácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, la gallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por su tronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columna dórica, y por el hermoso cerco de _pencas_ con que se corona perennemente.

A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal, bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar para coger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía a la apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aún después de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno el caserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirse la avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno de entrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos de zarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo a la vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esos medios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y sus dependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por lo general exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, en torno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, los almacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y la aldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.

Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron los linderos del cafetal _La Luz_, perteneciente a don Tomás Ilincheta, cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros, bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo ambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro, dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:

--_¡Ojó! ¡ojó!_ Niño Leonardito ¿_ya sumerce vinió_? ¡Ah! ¡Ah!, y el niño Dieguito _asina_ mismo.

--¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.

--_Toos güenos, grasi Dió._ Ahorita _dentraron_ las niñas con doña Juanita. _Vinían_ del _protero_. Milagro que no se toparon con ellas los niños. Si susmercés _jarrean_ un poco _entoavía_ las alcanzan más _pacá_ de la casa.

Y agregó luego hablando con Leonardo:--¡Ah! ¡_Qué si va a legrá_ la niña Isabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). _¡No mi diga!_

Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso caballero.

Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.

También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya satisfactoria de lo pasado.

Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:

--¿No es ésta su flor preferida?

Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:--¿No es ésta la flor que prefiere el amigo Leonardo?

Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y noche Isabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía el momento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatro fueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían a saludar a los recién llegados.

Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros. Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el de _La Luz_, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento. En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie, aquella señora comenzó diciendo:--¡Ave María Purísima!; a que contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.--El Ángel del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María! María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!

Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados, besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en contestación el usual _Dios te haga una santa_, o _un santo_.

De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia diciendo:--Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista, cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa, del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si también ella me faltase.

¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición, porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.

--Niña, la dijo, aquí está la cuenta de _lo barrí llenao_ hoy. ¿Y le alargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos o aritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de coro ciertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, no sabía escribir ni pintar guarismos. La cuenta de que hablaba se reducía a dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes o muescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número de barriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.

Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas, conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo al esclavo.

--Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de la deficiencia. _Niña, la safra va de vencía_, no queda café _maúro_ en la mata, _ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25 barrí._

--Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas, ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrante si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito. Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.

--_Asina si jará, niña._

--¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. A Leocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado, porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.

--_¿Va a salí lamo?_

--No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta Abajo.

--_¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá._