Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 25
Así cortaba, creía Gamboa, toda directa relación futura con las tres cómplices de su grave culpa, sin fallar a los compromisos con ellas contraídos. Pero aún quedaba el rabo por desollar. ¿Cómo librar a Cecilia Valdés de los lazos que la tendía su hijo Leonardo? Ellos se amaban con delirio, se veían a menudo, no bastaban a separarlos los regaños a ella de la abuela, ni las amenazas a él, por medio de doña Rosa, de don Cándido. No había, pues, más remedio que embarcar al galán y echarlo del país, o que secuestrar a la dama y ponerla donde no se viese ni se comunicase con él. Lo primero no había que pensarlo siquiera: doña Rosa se opondría con todas sus fuerzas. Lo segundo, era riesgoso en alto grado y estaba I rodeado de dificultades casi insuperables. Tales eran los pensamientos que más preocupaban el ánimo de don Cándido y le hacían sufrir las torturas del infierno por la época que vamos historiando.
Ahora bien: ¿convenía proceder desde luego al secuestro de la muchacha? Convenía, mas no era de urgente necesidad en aquel momento, por dos razones principales, a saber: porque vivía la abuela, aunque achacosa y decadente; y porque dentro de dos semanas marcharía la familia a pasar las Pascuas en el ingenio de _La Tinaja_, y se había acordado que Leonardo fuese de la partida.
Efectivamente: una semana antes despachose al Mariel la goleta _Vencedora_: su patrón Francisco Sierra con las vituallas, conservas y vinos que no se encontraban por amor ni por dinero en aquellas partes, y con los criados del servicio particular de la familia de Gamboa, entre ellos Tirso y Dolores. También debían ser de la partida la señorita Ilincheta con su tía doña Juana; para lo cual Leonardo y Diego Meneses les darían escolta desde Alquízar.
El motivo de la próxima reunión de las dos familias en el ingenio de _La Tinaja_, tenía por objeto presenciar el estreno de una máquina de vapor para auxilio de la molienda de la caña miel, en vez de la potencia de sangre con que hasta allí se venía operando el primitivo pesado trapiche.
No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia. Obtúvola fácilmente, así porque ambos la deseaban como porque a la fecha parecía que _seña_ Josefa había perdido todo dominio sobre la nieta. Pero de nada valieron ruegos, halagos, promesas de mayor ventura ni amenazas de rompimiento. Cecilia cerró los oídos a todo eso y se mantuvo firme, cual una roca, en negar su consentimiento a la partida del amante para el campo. El corazón leal la anunciaba que él corría a reunirse con su temible rival; lo que equivalía a perderle para siempre. Otro, que el atolondrado joven habría parado mientes en la actitud y firmeza de la muchacha, y le habría concedido admiración ya que no simpatía. Mas él, ligero de cascos y soberbio, principió por creer que vencería su resistencia y acabó por darse por ofendido y retirarse despechado.
Esta vez no lloró Cecilia. Con el corazón partido de dolor, en silencio vio alejarse a Leonardo. No abrió los labios para llamarle ni consintió que sus lágrimas, aun ido él, viniesen a revelar la angustia de su alma, dando así, a sus propios ojos, muestra indigna de flaqueza. Antes que rendirse al rigor de la suelte, creyó la soberbia muchacha que debía armarse de valor a fin de tomar señalada venganza de su ingrato amante. Dicho y hecho, apenas se alejó de su lado, se vistió ella a la carrera, dio un beso a la abuela, que, como solía, se hallaba hundida en el fondo de enana butaca de Campeche y salió a la calle. Mas yendo en la dirección de la casa de Nemesia, en el callejón de la Bomba, se encontró en la esquina con Cantalapiedra, a quien no veía desde la noche del 24 de Setiembre. No le valió inclinar la cabeza, ni estrechar en torno del rostro los pliegues de la manta de burato. El Comisario la reconoció al punto, y, quiera que no, la detuvo en medio de la calle diciéndola:
--Alto a la justicia. Date o te va la vida.
--Con su licencia, replicó Cecilia seria, en ademán de seguir camino.
--Date presa, digo, o de lo contrario haré uso de la autoridad que me concede la ley. Respeta estas borlas (enseñándole las del bastón que llevaba bajo el brazo izquierdo) o le ordeno a Bonora (su esbirro, el de las grandes patillas, que se mantenía a respetable distancia) que proceda a prenderte.
--Como no he cometido ningún delito, contestó Cecilia muy tranquila, es inútil que me enseñe las borlas y me amenace con su teniente. Déjeme pasar, que no estoy para bromas.
--Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que te deje dar un paso más.
--¿Tengo acaso monos pintados en la cara?
--¡Muchachita! Juégate conmigo y todavía te dan las doce sin campana.
--Yo no me juego, no estoy para juegos. Déjeme ir.
--¿A dónde vas?
--A una parte.
--¿Es cosa de cita?
--Yo no tengo citas con nadie, ni dejaría mi casa por ver al rey de los hombres.
--Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.
--¿Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?
--Bien, veremos si eso que dices es verdad.
--¿De qué manera?
--Fácilmente, siguiéndote las aguas.
--¿Está Vd. loco, Capitán?
--No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y ¿qué se diría de mí si por descuido dejaba que una muchacha tan linda como tú daba un mal paso y luego andábamos de tribunales y pleitos?
--No me doy por ofendida de sus palabras, porque sé que Vd. es muy _jaranero_.
--Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una uña; pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir que andes a estas horas por las calles sin galán que te guíe y te defienda.
--No me sucederá nada. Esté Vd. seguro. Voy aquí cerquita.
--Está bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. ¿Mas no me dejarás verte la carita?
--¿No la está Vd. viendo?
--Así no me gusta verla. Echa hacia atrás los malditos pliegues de esa manta.
Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizás para verse libre de aquel impertinente, descubriendo casi todo el busto con sólo dejar caer la manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atizó el cigarro puro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno, puesto que no había faroles por allí, y las estrellas no alumbraban bastante.
--¡Ah! exclamó el Comisario lleno de entusiasmo. ¿Habrá quien no se muera de amor por ti? ¡Maldito de Dios y de los hombres el que no te adore de rodillas como a los santos del cielo!
Ante el cómico ademán y las exageradas expresiones del Comisario, no pudo menos de sonreírse Cecilia, la cual después continuó derecho a casa de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquél seguía o no sus pasos. Conociendo ella bien las entradas y salidas, no tocó en ninguna puerta, sino que pasó de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendió muy afanada cosiendo una pieza de sastrería, delante de una mesita de pino, a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hoja de lata.
--¡Qué atareada que está una mujer! dijo entrando.
--¡Hola! exclamó Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro de Cecilia con los brazos abiertos. ¡Tanto bueno por acá! ¿Quién se querrá morir? Es preciso hacer una raya en el agua.
--¿Estás sola? preguntó Cecilia antes de sentarse en el columpio de madera que le presentó la amiga.
--Solita en alma, aunque José Dolores no tardará mucho.
--No quisiera que me encontrase aquí.
--¿Por qué, china?
--Porque los hombres luego se figuran que una los busca.
--Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra, se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no se atrevería a decirte negros ojos tienes, cuanto más a figurarse que vienes por él.
--¡Ay, Nene! continuó Cecilia desentendiéndose de las manifestaciones de su amiga. La otra tarde me encontró Leonardo hablando con José Dolores por la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con él.
--¡No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento. Pero ya habrán hecho las paces. ¿No?
--¡Ojalá! exclamó Cecilia suspirando. Se puso _bravo_ y se ha ido peleado conmigo. ¿Quién sabe cuándo nos Núñez de Arce? Tal vez... nunca más. Él es muy perro y yo poco menos.
En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le había atravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecieron gruesas lágrimas.
--¡Cómo! dijo Nemesia sorprendida. ¿De veras tú lloras? ¿No te da vergüenza?
--Sí, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor, lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.
--¡Anjá! Me alegro oírte. Ya te lo había dicho yo muchas veces, no debe fiarse una de ningún hombre.
--No lo digo por eso, Nene. ¿Llamas tú fiarme de un hombre el amarlo mucho? Puede ser; y yo te digo, ¿acaso está en tu mano amar o no amar? ¿Conoces algún remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sería, china, no tener corazón. Así no sentiríamos cariño por nadie.
--Luego, parece que tú te das por engañada.
--Tal como engañada no. ¡Dios me libre! Leonardo no me ha dejado por otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estaría diciéndotelo desde esta silla.
--¿Y qué más quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picar en tu anzuelo.
--¿Qué sabes tú? preguntó Cecilia asustada.
--Nada, nada, repitió Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de _seña_ Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.
--No entiendo.
--Más claro no puede ser. ¿_Seña_ Clara no tiene más experiencia que nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que tú y que yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razón buena ha de tener. Aquí, inter nos, _naiden_ me lo ha contado, pero yo sé que a _seña_ Clara siempre le gustaron más los blancos que los pardos, y bien durita ya se casó con _señó_ Uribe. Por supuesto, llevó más quemadas y desengaños que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela repitiendo a las muchachas como tú y como yo: cada uno con su cada uno. ¿Entiendes?
--Sí, bastante, sólo que no veo cómo me venga el refrán.
--Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. ¿Tú no prefieres los blancos a los pardos, como seña Clara?
--No lo niego, mucho que sí me gustan más los blancos que los pardos. Se me caería la cara de vergüenza si me casara y tuviera un hijo _saltoatrás_.
--Desengáñate, mujer: bonitura, amor, cariño, constancia, nada sujeta a los blancos. Después, Leonardo no se va a casar tampoco contigo por la iglesia.
--¿Por qué no? replicó Cecilia con vehemencia. El me lo ha prometido y cumplirá su palabra. De otro modo yo no lo querría como lo quiero.
--¡Ay! Me da mucha pena oírte hablar así, mas no quisiera quitarte la ilusión. Sólo te digo que abras los ojos, no sea que mal haya venga muy tarde. No te fíes, no te fíes, y ten siempre presente que la hormiga por meterse a volar se quemó las alas.
--El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.
--Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni trabajos, pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de morir se sufre mucho. Ven acá, ¿duele tanto cuando un hombre blanco nos deja por una mujer de color, como cuando nos deja por una blanca? ¿A que no? Eso sí que duele. Y _me se_ figura que a ti te está pasando eso ahora. Conque no hables, ni digas de esta agua no beberé.
Disponíase Cecilia a negar la exactitud del símil cuando apareció por la puerta del patio José Dolores Pimienta, y si ella no pudo o no supo decir lo que pensaba, él se quedó mudo y estático en el quicio del cuarto. No esperaba semejante compañía, mucho menos a aquella hora de la noche. Repuesto luego de su sorpresa, la manifestó en breves y escogidas frases cuánto se alegraba de verla. Cecilia dijo que había venido solamente a darle una caradita a Nemesia, y se puso en pie para marcharse.
--Tengo una buena noticia que darles, dijo el músico. El baile de etiqueta de la gente de color se ha convenido en darlo la víspera de la Noche buena, en la casa de Soto, esquina a Jesús María. Por supuesto, la señorita está convidada en primera línea, y se espera que vaya Nemesia y _seña_ Clara, y Mercedita Ayala, y todas las amigas.
Será un baile de ringorrango. Hará raya, yo se lo digo a la señorita.
--Lo más fácil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia. Chepilla no está buena y temo dejarla sola.
--Pues si falta la señorita, cuente que no habrá luz para alumbrar el baile.
--No sabía que Vd. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo y moviéndose hacia la puerta.
--No debe la señorita ir sola, dijo José Dolores.
--Nadie me comerá, pierda Vd. cuidado. No se moleste. ¡Adiós!
No obstante su negativa, el músico y su hermana acompañaron a Cecilia hasta la puerta de la casa en que vivía.
CAPÍTULO XVII
_Y al punto que el triunfo creyera posible_ _De lúcido acero se vio traspasar._
J. L. LUACES
Dijo José Dolores Pimienta que el baile de la gente de color se celebraría en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de la calle de Jesús María, en su encuentro con la calzada del Monte, opuesta al Campo de Marte.
Precede al zaguán o entrada un ancho portal con barandilla de madera. Desde éste, por las alterosas ventanas, enteramente abiertas, pudo el público, sin derecho a entrar, presenciar a su sabor la fiesta. En el cuadrado patio, que se cubrió con un toldo, se pusieron las mesas del ambigú; en el comedor tocaba la orquesta; en la amplísima sala se bailaba y en los cuartos se reposaba y tenían las conversaciones íntimas de los amigos o los amantes.
Los adornos de la sala se reducían a unas colgaduras de damasco rojo, el color nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la altura de los dinteles de las puertas y ventanas. El alumbrado lo proporcionaban bujías de pura esperma, ardiendo en grandes arañas de cristal, con profusión de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, la multiplicaban y descomponían en todos los colores del iris.
Con la frase _baile de etiqueta o de corte_, se quiso dar a entender uno muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos, ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres y de las mujeres. Porque el de éstas debía consistir y consistió en falda de raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marabú en la cabeza. El de los hombres, en frac de paño negro, chaleco de piqué y corbata de hilo blanco, calzón corto de Nankín, media de seda color de carne y zapato bajo con hebilla de plata; todo según la moda de Carlos III, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo del Prado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.
Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial de los hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que debía presentarse en el zaguán a la comisión allí constituida para recibirla y aposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente al principio; pero tan luego como llegó la hora de bailar, Brindis y Pimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetos menos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debió el que, tarde de la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje de ceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.
De este número fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cara redonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, que por poco que pasase él de los cuarenta años de edad, terminarían en una calva completa. Aunque se vestía como se había dispuesto, el frac le venía algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las medias estaban descoloridas por viejas, carecían de hebillas sus zapatos, no tenía vuelos la camisa y el cuello le subía demasiado hasta cubrirle casi las orejas, tal vez por ser él de pescuezo corto y morrudo.
Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, el negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desde que puso el pie en el baile. Advirtiolo él, que no era ningún tonto, y naturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, donde la luz era más profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizo por incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de las muchachas bonitas, hasta que se atrevió a invitar a una y bailar un minué de corte, con tanto compás y donaire que llamó por ello la atención general. Dos o tres veces se acercó al grupo que galanteaba o adoraba en Cecilia Valdés a la más hermosa de las mujeres de aquella reunión heterogénea; la contempló de reojo largo rato y luego se alejó con visibles muestras de despecho.
En uno de estos momentos, un oficial de la sastrería de Uribe que le observaba de cerca, le siguió fuera de la sala, le puso la mano en el hombro con alguna familiaridad y le dijo:
--¡Oiga! ¿Estás aquí?
--¿Qué, qué se ofrece? contestó él volviéndose y estremeciéndose de pies a cabeza.
--¿Qué haces por estos barrios, chiquete? le preguntó el oficial con mayor familiaridad.
--Sírvase decirme, señor mío, replicó el de las entradas, enfadado: ¿cuándo y dónde le he echado maloja?
--¡Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabras mayores.
--Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.
--No te vengas haciendo el misterioso y el señorón, que yo sé quién eres tú y tú sabes quién soy yo. Apéate, compadre, del tablado. _Te se_ puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogón de la cocina.
--Vamos, ¿y qué quiere Vd. conmigo ahora?
--Nada, no quiero nadita de este mundo. Reparé sólo que le hiciste el feo a la niña más linda del baile y esto picó mi curiosidad.
--¿Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?
--Bastante, más de lo que tú te figuras.
--Y Vd. se propone defender a esa niña, ¿no?
--Creo que tú no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del rey para agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.
--Bien, entonces déjeme Vd. el alma quieta.
--Eres un mal agradecido, le dijo el oficial, serio. No tienes tú la culpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior a mí, cocinero y... esclavo. Llenose de ira el negro con esto y levantó la mano para pegarle una bofetada a su contrincante; pero, por razones que él se sabía, no descargó el golpe. Había penetrado en aquella casa sin papeleta, no conocía a nadie, era un intruso y todo escándalo que se armase debía redundar en su daño. Contentóse, pues, con amenazarle y decirle que arreglaría cuentas luego que terminase el baile; volviéndole la espalda con desprecio. Semejante salida excitó a lo sumo la risa del oficial de sastre, y dijo por burla:
--Casaca, suelta a ese hombre.
De seguidas buscó a su amigo José Dolores Pimienta, le contó la ocurrencia con el negro de las grandes entradas rieron los dos de la ocurrencia y no se ocuparon más del asunto.
Desde temprano el baile estaba lleno, de bote en bote, según reza la frase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos y condiciones que se apiñaba ante ambas ventanas del ancho portal, presentaba aspecto tan animado, como interesante y tumultuoso. En el gran salón no se cabía ni de pie, al menos mientras no se bailaba; los hombres se codeaban unos con otros, y ocultaban casi del todo a las mujeres sentadas alrededor. Cecilia, con Nemesia y _seña_ Clara, la mujer de Uribe, ocupaba un asiento de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entre la puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitían los grupos de hombres que acudían a saludarla, podían oírse las exclamaciones de admiración que su peregrina belleza excitaba en las personas del portal.
A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha, podían oírse voces de compasión, pues tomándola por una joven de pura sangre, era natural que les chocase de verla allí y que creyesen de bajos sentimientos a quien consentía en rozarse tan de cerca con la gente de color. Cecilia, entretanto, saboreaba a sus anchas el triunfo mayor que jamás alcanzó mujer alguna en la flor de su juventud y de su belleza. Uno tras otro, cuantos hombres de cierto viso llenaban el baile aquella noche, conociéndola o no, vinieron a saludarla y rendirla homenaje, cual saben rendirlo los negros criollos de Cuba que han recibido alguna educación y se precian de finos y atentos con las damas. Entre éstos podemos citar a Brindis, músico, elegante y bien criado; a Tondá protegido del Capitán General Vives, negro joven, inteligente y bravo como un león; a Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas, barbero el uno, carpintero el otro, que fueron comprendidos en la supuesta conspiración de la gente de color en 1844 y fusilados en el paseo de Versalles de la misma ciudad; a José de la Concepción Valdés, alias _Plácido_, el poeta de más estro que ha visto Cuba, y que tuvo la misma desastrada suerte de los dos precedentes; a Tomás Vuelta y Flores, insigne violinista y compositor de notables contradanzas, el cual en dicho año pereció en la Escalera, tormento a que le sometieron sus jueces para arrancarle la confesión de complicidad en un delito cuya existencia jamás se ha probado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sastre habilísimo, que por no correr la suerte del anterior, se quitó la vida con una navaja de barbear en los momentos que le encerraban en uno de los calabozos de la ciudadela de la Cabaña; a Juan Francisco Manzano, tierno poeta que acababa de recibir la libertad, gracias a la filantropía de algunos literatos habaneros; a José Dolores Pimienta, sastre y diestro tocador de clarinete, tan agraciado de rostro como modesto y atildado en su persona.
Con este último y con Vargas se dignó Cecilia bailar danza, minué de corte con Brindis, otro con Dodge; conversó amablemente con Plácido, contestó con un saludo gracioso al que le hizo Tondá, habló de contradanzas con Vuelta y Flores, y celebró mucho el talento músico de Ulpiano, que dirigió la orquesta del baile.
Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de la amabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, había marcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con éstos, por ejemplo, bailó dos contradanzas, con los primeros sólo minués ceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando se le presentó el negro de las entradas profundas y la rogó le admitiera como pareja para una danza o un minué. Eso sí, no llevó su negativa hasta el no áspero y seco; le dio sus razones para no bailar con él, que tenía comprometida la siguiente pieza, que se sentía muy cansada, etc. El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortificó lo que es indecible y se alejó murmurando frases groseras y amenazantes.
No paró mucho en esto la atención Cecilia; pero cuando poco después se paseaba con Nemesia y _seña_ Clara en torno de las mesas del ambigú y tropezó con el negro de las entradas, que parecía en acecho reclinado en la jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; y apretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:--¡Ahí está!
--¿Quién? preguntó Nemesia volviendo el rostro.
--Mira, agregó Cecilia. Por acá. Ese.
En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hasta tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminar le dijo:
--¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?
--¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.
--Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo que la niña me ha hecho un desaire.
--Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido tal intención.
--La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar con otro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo que Cecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me ha desairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta selecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un pelagatos.
--Se equivoca Vd.
--Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.
--Señor, Vd. me toma por otra.