Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 24
--Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le crié en mis brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte del niño. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los de su madre.
--Eso no quita que yo mire con inquietud cómo la madre a posta echa a perder cada vez más al mozo.
--No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.
--Me importa más de lo que Vd. se figura, señora mía. Si no llevase mi nombre...
--¡Lindo nombre en verdad, donoso!
--Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mí vale mucho.
--Creería que eso era así si no hubiese visto que Vd. mismo le ha arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Esté Vd. seguro que si lo que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro años, mi hijo no llevaría el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedería esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa gloria haya.
--¿Y qué os aconsejó vuestra buena madre? ¿Se puede saber?
--No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con hombre de opuesta religión o naturaleza a la tuya.
--Lo que tanto vale como decir, me parece, agregó don Cándido bastante mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. ¿Hubiera Vd. preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.
Tal vez, repuso doña Rosa con mayor suavidad de tono mientras más punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el criollo, el paisano mío, se hubiera portado conmigo con más lealtad y decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engañado por el espacio de doce o trece años...
--¡Acabáramos! exclamó Gamboa respirando con más libertad. Protesto contra la acusación. Yo no la he engañado nunca.
--¿Y tiene Vd. valor de negarlo? ¿Quién sino Vd. me aseguró una y otra vez que María de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes de Oca? ¿Quién inventó lo del alquiler de la negra? ¿Quién pagó las dos onzas de oro del supuesto inquilinato mientras duró la crianza de la chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de Oca. El dinero, sí, es verdad, no salió del bolsillo de Vd., salió del mío; por mejor decir, me lo quitó Vd., con una mano para devolvérmele con la otra.
--Ladrón, ladronazo; ni más claro ni más turbio, dijo don Cándido tratando de echar la cosa a broma.
--Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificación, se prueba con el hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y más saneado que el de Vd. cuando nos casamos.
--No tiene Vd., necesidad de recordármelo.
--¡Cómo que no! estalló doña Rosa con entereza. Aún tengo que recordarle otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo quizás juega su dinero y el mío, pero de seguro que no hubiera gastado un peso en amoríos con mulatas. De seguro que no habría ido a Montes de Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase en el campo. De seguro que no se desatinaría por una mozuela cuyo padre verdadero sabe Dios quién es.
--¿Conque todo eso me tenía reservado la señora doña Rosa Sandoval y Rojas?
--He aquí como me explico, continuó ésta sin hacer cuenta de la salida burlona de su marido, el odio, sí, el odio, ni más ni menos, que Vd. siempre le ha profesado a mi hijo. He aquí el verdadero motivo del empeño de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y garbanzos en España. Temía Vd. que descubriese lo que su madre acaba de descubrir por una rara casualidad. Temía que le despreciase y tuviese a menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por donde Vd., ha venido arrastrándolo. Temía que se avergonzase e indignara de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo español, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus penas y pecados en un hospital de caridad.
--Espero que Vd. acabe para...
--¿Que yo acabe espera Vd.? le interrumpió doña Rosa sonriendo desdeñosamente. No tengo cuando acabar. ¿Para qué tampoco había de acabar? ¿Ni qué puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuación de su mala conducta con la más leal y consecuente de las esposas? ¿Podría, se atrevería Vd., a negar los hechos que le acusan?
--Negarlos a bulto no, explicarlos sí, y de manera que Vd. misma se convenciese que no soy el malvado que su imaginación la pinta.
--No quiero oír más explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd., engañada con sus cuentos y enredos.
--Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su cólera, no dar oídos a la razón y a la justicia.
--Lo que yo me propongo, señor don Cándido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer alzando la voz y con ademán solemne, es que Vd. no continúe derrochando mi dinero ni el de mis hijos en _querindangos_ y en la familia de la querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague sus desengaños en amor, mi resolución está tomada: o Vd., se enmienda o yo me divorcio.
Con lo dicho don Cándido se retiró a su escritorio callado y serio. Y su retirada la saludó doña Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras duró el vivo diálogo que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre sí misma, a fin de decir cuanto tenía encerrado en largos años de zozobras y sospechas, antes que sus más nobles sentimientos recobrasen el acostumbrado imperio y se echase a perder la lección que había pensado darle a su marido. Bueno es decir, además, que ella se había casado por amor, no obstante la oposición de su madre, y quizás por eso mismo; y no quería romper con el padre de sus hijos y constante compañero. Después, en los veinticuatro años de matrimonio, no había tenido ocasión plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar la fidelidad de don Cándido.
También se habrá echado de ver en el curso de la presente verídica historia, que don Cándido, antes y después de casado, como se dice vulgarmente, no había reservado pluma. Bastante galán y de apuesta persona, en su mocedad había sido muy enamorado o mujeriego; y tal era su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su poca cultura, había bondad e hidalguía en el fondo de su corazón, prendas éstas que redimían en gran parte aquel defecto. Precisamente porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraía un compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, hacía cuanto estaba en su mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las dificultades todas que se le presentaban.
Dieciocho o veinte años atrás, esto es, cuatro o cinco después de casado, va con dos hijos de su legítima mujer, tropezó con una mozuela de singular belleza. Sin saber cómo ni cuándo contrajo con ella relaciones clandestinas; lazo fácil de formar cuando el hombre es joven, rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada. De estos necios amoríos resultó una niña, la cual don Cándido se empeñó en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de la oscuridad y de la degradación cuando joven. Un compromiso le metió en otro y otro, no ya sólo respecto de esa niña, sino de su abuela, que pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de las tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar sus favores ni de reconocer sus costosos sacrificios.
Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las locuras de la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el recuerdo de sus debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus obligaciones de amante y padre adúltero, sin descuidar las sagradas de esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doña Rosa, excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de señora casada, por sus ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia, la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no la permitían notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus anteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los medios que estaban a su alcance. Mientras dicha señora, justamente ofendida, le echaba en cara sus extravíos de mozo, no veía que laceraba una a una toda las fibras de su corazón; no veía que ya no existían ni podían existir después los motivos de celos que tanto la habían desazonado; no veía, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don Cándido de algún tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un gran escándalo, una catástrofe en no lejano porvenir.
CAPÍTULO XV
_Perdí el desamor Con las libertades; Quísele bien luego, Bien le quise, madre. Empecé a quererle, Empezó a olvidarme: Rabia le dé, madre. Rabia que le mate._
L. DE GÓNGORA
Cursaban las horas, los días y las semanas y no llegaban a la ciudad letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquízar. Cierto que eran entonces difíciles y raras las comunicaciones de la capital, aún con los pueblos de su misma jurisdicción. Pero no escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se prestaban a llevar y traer cartas y líos sin cargar porte. Y de éstos acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus primas las Gámez y con Leonardo.
Salía éste bastante preocupado de casa de esas señoritas al oscurecer del 6 ó 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en dirección de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una manta oscura. Pareciéndole que la conocía, apresuró el paso, le ganó pronto la delantera, la observó de soslayo y la detuvo, visto que era Nemesia.
--¿Qué prisa es ésta? la preguntó Gamboa.
--¡Ay, Jesús! exclamó la muchacha. ¡Cuidado que el caballero me ha dado un buen susto!
--Como que te me querías escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo uso del lenguaje de la gente de color.
--No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de las personas de mi estimación.
--De tu estimación. ¿Soy yo por ventura de ese número?
--El primerito.
--El que te crea que le compre.
--¿Lo duda el caballero?
--¿Cómo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrán que obras son amores y no buenas razones.
--¿Qué pruebas tiene el señor para decir eso?
--Muchas. Te daré una, la más reciente. El día en que me despedía de una amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, ¿quién trajo a Celia para que me viese y se encelara conmigo? Tú. Nadie más que tú.
--¿Quién se lo dijo?
--Nadie. Lo sospeché entonces y ahora estoy convencido de ello. Tú eres más mala que Aponte, como decía mi abuela.
--No lo crea el señor, dijo Nemesia retozándole la risa en los ángulos de la boca. Créame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a buscar costura en la sastrería de _señó_ Uribe y Celia quiso acompañarme.
--Sí, hazte ahora la santica y la inocente. Sábete que cometes un pecado en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi corazón amor más que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella, para la amiga en el campo y todavía queda para las malagradecidas como tú un mundo de cariño.
--Ahora sí que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.
--Tienes que creerme, porque te lo digo y porque tú eres la mulata más salerosa que pisa la tierra.
--¡Lisonjero! ¡Veleidoso! exclamó Nemesia conocidamente pagada del requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mí no me gusta partir con _naiden_ ni ser plato de segunda mesa.
--En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tías y para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.
--Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.
--Sí, sí, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está _brava_ conmigo por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le eches leña al fuego. Aquí, aquí, añadió oprimiéndose el lado izquierdo del pecho con ambas manos, aquí hay lugar para Celia y para su más tierna amiga.
--No. Para que yo _dentrara_ ahí habría de ser sola, solita. No quiero compaña en el corazón del hombre que yo ame.
--¡Egoísta! la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de O'Reilly.
Había aquélla oído de los labios del joven, de quien estaba perdidamente enamorada, que cabía en su corazón juntamente con Cecilia. Tal vez la cosa no pasaba de una mera galantería. ¿Qué decimos? Leonardo sólo se propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la esperanza de que en cierta contingencia podría ver realizado su amoroso deseo. Mas ella reflexionó que si cabía, lo más difícil en su concepto, bien podría suceder que entrase acompañada y se quedase sola y dueña del campo. Así que el descubrimiento, además de causarla un regocijo indecible, la confirmó más en el plan sobre cuya ejecución venía trabajando hacía algún tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios se ofrecían a su traviesa imaginación. Con el conocimiento que tenía de los rasgos más marcados del carácter de su amiga, una índole eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzgó Nemesia, y juzgó bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, aún cuando no lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de éste, haría al menos que él la abandonase.
En la escena debía jugar José Dolores su hermano un papel principal. Daba por hecho que Cecilia no le amaría nunca. Esto poco importaba, porque una vez torcidos los amantes, no sería difícil infundir celos a Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de estas intrigas.
Sucedió que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tenía toda la traza del hermano de Nemesia. Picó aquello su curiosidad, por lo cual, sin previo aviso, se acercó a media carrera, y con la punta de los dedos levantó el canto de la cortina blanca. Detrás se hallaba Cecilia sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona que había levantado la cortinilla, no manifestó sorpresa ni alegría.
--Sí, la dijo él, muy mortificado por lo que había visto y por la indiferencia con que ella le recibía. Sí, disimula ahora. ¿Quién no la ve ahí? Parece que no quiebra un plato. ¿Qué haces?
--Nada, contesto seca y lacónicamente.
--¿Está fuera tu abuela?
--Sí, señor. Ha ido a la salve, ahí enfrente.
--Abre pues. Déjame entrar.
--De ninguna manera.
--¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.
--No sé. Vd. dirá.
--Lo que yo sé es que de aquí acaba de salir un hombre.
--No, señor. Aquí no ha estado nadie desde que salió Chepilla.
--Le he visto con mis ojos.
--Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.
--Qué ilusión ni que niño _muerto_. Le vi, le vi, no me queda género de duda.
--Entonces creeré que Vd. ve visiones.
--No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo diría, que me parece intolerable y ajeno de ti y de mí. No disimules tampoco ni busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso, el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro sentada y al parecer muy tranquila.
--¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le viera salir de aquí, porque él no puso los pies en esta casa.
--De todos modos salió de aquí, de este lugar, estuvo conversando contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.
--«Necesito», repitió Cecilia con desdén. ¡Qué _guapo_! ¿Ha de ser a la fuerza? Pues no lo digo.
--Sea como fuere, tienes que decírmelo, o de lo contrario me peleo contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.
--Eso es lo que yo quisiera ver.
--Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?
--No lo digo.
--Tú parece que quieres jugar conmigo.
--No juego, hablo de veras.
--Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.
--Y se figurarán lo cierto.
--Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?
--Yo digo lo que siento.
Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la cara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un punto de la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarle por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana? Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:
--¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?
--¿Yo? Nada.
--Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo, creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.
--Como Vd. guste.
--Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco vivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.
Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en su desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no tenía prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a llorar con grandes sollozos.
--¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en esto vendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan amigos como siempre.
--Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decir Cecilia entre sollozo y sollozo.
--Admitido. Afuera con esa condición.
--No. Es preciso primero que prometas cumplirla.
--¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero, ¿quién dijo miedo? Sí, prometo.
--No vayas al campo en las próximas Pascuas...
--¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú! ¿De qué nace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.
--Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?
--No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campo no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.
--Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yo sé lo que he de hacer.
--No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo que reflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yo permanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de _La Tinaja_ cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá en casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo pretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre. La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de Niño Perdido. ¿Comprendes ahora?
--Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero consentirlo.
--Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más que a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta? ¿qué más quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos, así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto vamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.
Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo talle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla, alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de tanta belleza, añadió con la mayor ternura:
--Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz y de amor.
Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. Parecía transfigurada.
--¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás la mano?
El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado seno, de agitación ni de perceptible movimiento.
--Tu abuela va a venir, agregó Gamboa. ¿Oyes? Se concluye la salve en Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!... ¡Ah! ¿Me dirás el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?
--José Dolores Pimienta, contestó Cecilia en tono tan breve como solemne.
Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que le había causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a toda prisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.
Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.
CAPÍTULO XVI
_¡Conciencia, nunca dormida, mudo y pertinaz testigo que no deja sin castigo ningún crimen en la vida! La ley calla, el mundo olvida; mas ¿quién sacude tu yugo? Al Sumo Hacedor le plugo que a solas con el pecado, fueses tú para el culpado delator, juez y verdugo._
NÚÑEZ DE ARCE
Llega una época en la vida de cada hombre culpable de falta grave, en que el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga a la conciencia alarmada; pero la enmienda, como sujeta a otras leyes y dependiente de circunstancias externas, no siempre está el cumplirla en la voluntad humana. Porque tiene eso de característico la culpa, que, cual ciertas manchas, mientras más se lavan, más clara presentan la haz.
Bien quisiera don Cándido romper de una vez con el pasado, borrar de su memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cómo, sin poderlo evitar, cuando más libre se creía, sentía, puede decirse así, en sus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste de su primitiva culpa. Mucha parte tenían en esto los testigos y cómplices de ella. Recordábansela sin cesar y se la ponían delante a doquiera que tornase los ojos.
Aquí tiene el lector algunas de las razones por qué, a raíz del serio altercado con doña Rosa, don Cándido se hizo el encontradizo con Montes de Oca. No le riñó por las indiscreciones que había tenido con su esposa. ¡Qué reñirle! Al contrario, nunca le apretó con más efusión la mano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que venía meditando de poco tiempo a esta parte. Quería que, como médico, certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslación de la enferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, pretendía que se prestara a servir de conducto por medio del cual _seña_ Josefa, o en su defecto la nieta, recibiera una pensión mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo indefinido.
Estimulada la codicia de Montes de Oca con un espléndido regalo, no hubo dificultad en que despachara la certificación, ni en que aceptara el encargo de la mensualidad. Este era un modo, por parte de don Cándido, de hacer del ladrón fiel; fuera de que sería quizás más riesgoso probar la discreción de tercera persona en aquel asunto.