Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 22
--Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del día es que a pesar de mis amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la mariposa la luz de la vela.
--Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué diría su merced?
--Diría que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen oscuro... En tercer lugar... Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro inconveniente todavía mayor, más grande, insuperable... Tú eres una chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mío! ¿qué he hecho yo para que me castiguen así?
La última exclamación la hizo _seña_ Josefa, ya en pie y con las manos en los oídos, como para no oír por boca de la nieta la confirmación del mal juicio que se había formado acerca de sus opiniones sobre el matrimonio. Cecilia se puso también en pie y quiso seguir a la abuela, sea con la intención de calmarla, sea con la de justificarse, explicando o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento asomó por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de Nemesia.
CAPÍTULO XII
_...Pero ponme_ _esa mano en este pecho._ _¿No sientes en él, Matilde,_ _Un volcán? ¡Pues son mis celos!_
J. J. MILANÉS
--Santos días por acá, entró diciendo muy risueña Nemesia sin llamar a la puerta.
Pero se quedó callada e inmóvil no bien echó de ver la cara y actitud de sus dos amigas. La abuela había vuelto a desplomarse en la butaca, su sitio favorito; la nieta se mantenía de pie, junto a la mesa, en la cual apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la desesperación.
No pudo ser más oportuna la aparición de la amiga en aquellas circunstancias. La anciana había dicho más de lo que la prudencia aconsejaba, y la joven temía averiguar el sentido íntimo de las últimas palabras de la abuela. ¿Qué sabía ella? ¿Por qué usar un lenguaje tan embozado? ¿Abrigaba fundadas sospechas o sólo pretendía intimidar?
La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo, hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no creía _seña_ Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones _seña_ Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe de aldaba, modo desusado de llamar. _Seña_ Josefa, siempre lista para estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo, un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta, se marchó diciendo:--No contesta.
No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a _seña_ Josefa, sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para sí:
«Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido. Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]
_C. de Gamboa y Ruiz._»
Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda, conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución preguntando:
--¿Qué hora es?
--Son las ocho, contestó Nemesia prontamente. Acaban de mudar las guardias de la _suidad_. Como que oigo los tambores _entodavía_.
--¡Qué me alegro! repuso _seña_ Josefa. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija mía? añadió hablando con Nemesia.
--No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrería de Uribe en busca de costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo mismo da.
--Ahora bien, hija, tú me vas a hacer un favor: te quedas aquí en la compaña de Cecilia, intertanto doy un saltico a la Merced y vuelvo en un santiamén. ¿Te quedarás?
Sin aguardar respuesta se ciñó de nuevo la correa, se echó el chal de cañamazo por la cabeza y salió a la calle. Y no bien lo hizo cuando Nemesia se volvió de improviso para Cecilia, la cogió por ambas manos y le dijo:
--¿Qué te cuento, china? Acabo de toparme con él.
--¿Con quién? preguntó Cecilia.
--Con tu adorado tormento.
--¿Y qué bienes nos vienen con esa gracia?
--¿Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara. Cuando digo que me he topado con él es porque creo que te interesa saber cómo, cuándo y dónde lo he visto. Vengo a buscarte.
--Yo no puedo salir.
--Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo en pecho como tú.
--Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuentre fuera.
--¿Qué importa? ¿Quién dijo miedo? No es lejos tampoco. Detrás de Santa Teresa.
--No sé qué sacaré yo con ir hasta allá.
--Tal vez un desengaño.
--Pues para eso no voy. No quiero desengaños tan temprano.
--Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te lo repito. Pronto.
--No estoy vestida ni peinada.
--No le hace. En un momento te pones el túnico, te alisas el pelo, te echas la manta por la cabeza y _naide_ te conoce. Yo te ayudaré.
--Nene, ¿cómo dejamos la casa?
--Le echamos la llave a la puerta, y ojos que te vieron ir, paloma torcaza. Vamos, anda. No hay tiempo que perder. Podemos llegar tarde, cuando _haygan_ volado los pájaros.
--Me da vergüenza salir a la calle de trapillos.
--_Naide_ te verá. ¡Hombre! Ni que fueras a perder por eso el casamiento. ¿Vienes? Sería una lástima llevarnos chasco.
--¿Qué será? pensó Cecilia entrando en el cuarto para prepararse, como lo hizo, en un dos por tres.
Había logrado Nemesia despertar la curiosidad y aún la alarma en el ánimo de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de verla morir de celos.
Bastante trabajo costó a las dos muchachas el cerrar la puerta con llave. La oxidada cerradura estaba fija en el ángulo del marco y la traviesa a un lado, el picolete adherido a su armella en la hoja macho al otro, mal ajustado en la alcayata que le servía de apoyo, y de consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla para que hiciera presa el pestillo. Al fin, lograron su objeto, haciendo uso Cecilia de más maña que fuerza; y echaron a andar a paso menudo, bajo la sombra de los tejados, en dirección del sur de la ciudad.
Detrás de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto a una casa de ventanas de poyo alto y rejas voladizas, había parado un carruaje, al cual se veían enganchados tres caballos apareados, de frente para la calle de la Muralla. El calesero montaba el de la izquierda, armado de machete largo y demás adminículos del oficio, en son de marcha. Al estribo inmediato a la acera había un joven dando los últimos adioses a una señorita en traje de viaje, que se hallaba sentada a la derecha de un caballero entrado en años y de aire respetable.
Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compuesto de varias señoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es decir, la familia Gámez, Diego Meneses y Francisco Solfa, despidiéndose de Isabel Ilincheta que, en unión de su padre, se volvía para Alquízar. Casi a un tiempo todos aquéllos le dirigían la palabra desde la ventana y ella les contestaba, asomando a veces la cabeza por debajo del capacete, sin desatender el joven al estribo, que apoyaba en él un pie mientras asía con la mano izquierda la abrazadera del quitrín.
En esto llegaban las dos muchachas por la parte del norte de la calle. Desde lejos reconoció Cecilia al joven que hacía de lacayo, Leonardo Gamboa. Y aunque no había visto todavía a la dama del carruaje, ni a derechas la conocía tampoco, adivinó quién podía ser. Andando, andando, formó la resolución de dar un buen susto a los dos, tal que les sirviera de castigo, si no de saludable escarmiento. Para ello, adelantose a su compañera, le pegó un fuerte empellón a Leonardo, que, por no estar prevenido, perdió el equilibrio, resbaló y dio de costado en la concha del quitrín, a los pies de la sorprendida dama. Esta, ignorante de lo que pasaba, o juzgando que aquello no era más que una broma, aunque pesada, sacó la cabeza por debajo de la cortina para ver a la agresora, en cuyo momento, creyendo reconocerla, entre asustada y reída, exclamo:--¡Adela!
En efecto, Cecilia, sin el disfraz, pues se le había rodado el embozo a los hombros, la negra cabellera flotando, sólo sujeta a la altura de la frente por una cinta roja, con las mejillas encendidas y los ojos chispeantes de la cólera, era el trasunto de la hermana menor de Leonardo Gamboa, aunque de facciones más pronunciadas y duras. Mas ¡ay! reconoció ella pronto su error. Apenas se cruzaron sus miradas, aquel prototipo de la dulce y tierna amiga se transformó en una verdadera arpía, lanzándole una palabra, un solo epíteto, pero tan indecente y sucio que la hirió como una saeta y la obligó a esconder la cara en el rincón del carruaje. El epíteto constaba de dos sílabas únicamente. Cecilia lo pronunció a media voz, despacio, sin abrir casi los labios:--¡Pu...!
Nemesia se llevó por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorporó como pudo, el señor Ilincheta dio la orden de marcha, el calesero pegó con el pie en los ijares del caballo de varas, dejando caer al mismo tiempo la punta del látigo en las espaldas del de fuera y el carruaje partió a buen paso, con lo que a poco más se perdió de vista en la esquina de la calle inmediata, por donde torció a la derecha en dirección de la puerta de las murallas de la ciudad, llamada _de Tierra_. En vano las señoras y caballeros en el poyo de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del postigo posterior del quitrín y asomar el pañuelo blanco para decir el último adiós. Ni aquélla se movió, ni apareció éste tampoco, pregonando el hecho, desde luego, la desagradable impresión que había producido el lance en el ánimo de los desapercibidos viajeros. Mas todavía cuando recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya no estaban allí las mulatas, ya había desaparecido Leonardo juntamente con el carruaje.
En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre, como quien va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha, hay una casa de azotea, la única de la cuadra. La entrada, aunque amplia, pues admitía hasta dos carruajes en fila, no era de las llamadas propiamente de zaguán. Delante de la puerta había estacionada una mala volante a la que se hallaba enganchado entre varas, un caballo que para no desdecir de aquélla tenía más de Rocinante que de Bucéfalo. Encaramado allá en la alterosa silla, hecha así por la multitud de sudaderos para mejor resguardo de los lomos de la bestia, descansaba a horcajadas el calesero negro, cuyo traje y aspecto no desdecían un punto del resto del equipaje. Mientras esperaba por el dueño, o dormía, o tenía en la mollera más aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo mantener la cabeza erecta y alta, antes daba a veces con la frente en el pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecía de piedra.
Se le acercó _seña_ Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:--José, José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?
Medio se incorporó el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el afán de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y dijo al fin:--_Yo no me ñama José, me ñama Ciliro, y mi amo el Dotor está ahí aentro, si no ha salío. Dentre, dentre._
Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba presente. _Seña_ Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala, indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos, por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras. Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia. Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.
Conoció luego _seña_ Josefa que había terminado la operación, así porque había cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el instrumento con que la había ejecutado, dijo:
--¡Ea! ya está Vd., despachado. Vea lo que tenía en el oído: un frijol, como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de su natural tamaño.
--Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oído. Hacía más de diez días que no dormía, no comía ni...
--Lo creo, le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego, la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso podían resbalarse las pinzas y dañarle el tímpano del oído y dejarle sordo por el resto de sus días. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas gotas de láudano para calmar la irritación...
--¿Cuánto le debo Doctor? preguntó el hombre temblando, no ya del dolor, sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación ejecutada, y eso brevemente.
--Media onza de oro, contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.
No tuvo el hombre más remedio que meterse la mano en el pantalón y sacar un pañuelo nada limpio, en una de cuyas puntas tenía atadas varias monedas, que ciertamente no hacían mucha mayor suma de la que había exigido el cirujano por la curación. Volvía éste para la sala, como acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se encontró de manos a boca, cual se dice, con _seña_ Josefa, a la que preguntó con su voz gangosa:
--¿Qué quiere Vd. buena mujer?
Por toda respuesta _seña_ Josefa le alargó la carta de recomendación.
--¡Ah! agregó el cirujano después de haberla leído. Tenía ya noticias de esto. El mismo señor don Cándido estuvo aquí bien temprano y me habló del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a él le dije, a saber: que no he visto aún a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo tendría que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.
--¿No le contó el señor don Cándido, se atrevió a observar la anciana, toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera, porque depende la vida o la muerte...?
--Sí, sí, la interrumpió el cirujano. Algo me dijo sobre eso el señor don Cándido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en diez me parece que no daba avío. ¿Ve Vd. los que aquí aguardan por mi? Pues fuera me esperan muchos más, y todos con premura. Estimo al señor don Cándido, sé que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los favores que se le hacen. Deseo, puedo y está en mi mano servirle; creo que si le sirvo esta vez, ha de pagármelo bien. Mas Vd. es mujer racional, conocerá que necesito tiempo, que debo examinar por mí mismo el caso antes de aventurar un diagnóstico. Tal vez no tenga cura, tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el médico brujo que a ciegas decidía y así salía ello. Sin embargo, quizás Vd. pueda darme mejores informes de lo que ha podido el señor don Cándido, que, por lo que entiendo, conoce el caso de oídas. ¿Quién es la enferma?
--¡Mi hija!, señor don Tomás.
--¿Hija de Vd. eh? ¿Qué edad tendrá ahora?
--Va en los treinta y siete.
--Vamos, no es vieja. Hay ahí cuerpo todavía, y habrá resistencia. ¿Qué tiempo hace que enfermó?
--¡Ay, señor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, hará ahora dieciocho años más bien más que menos.
--No, no quiero decir eso. ¿Desde cuándo entró en el hospital de Paula?
--Poco después de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete años, porque la niña tendría unos dos meses de nacida cuando, por no poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de Paula, según me aconsejó el médico Rosaín. Ya puede imaginar el señor Doctor lo que me costaría esta separación. Se me arrancó el alma...
--De suerte, añadió pensativo Montes de Oca, de suerte que la niña...
--¿Mi nieta? dijo _seña_ Josefa.
--Sí, su nieta de Vd., hija de la enferma, ¿tendrá...?
--Va en los dieciocho años de edad.
--¿Y qué tal?
--A Dios gracias, buena y sana.
--No, no es eso. Pregunto que qué figura tiene, qué tal parece la muchacha.
--¡Ay, señor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo más lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie diría que tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.
--¿Y esa muchacha encantadora acompañaría a la enferma si la sacamos del hospital?
--Si el señor Doctor lo cree conveniente, me parece que sí la acompañaría.
--De convenir, creo que convendría y mucho; pero se ofrece una dificultad. Veamos. ¿Qué tiempo hace que no se ven la madre y la hija?
--¡Qué! Hace una pila de tiempo. Más de diecisiete años.
--¿Tanto? Malo. ¿Pero Vd. u otro le habrá hablado a menudo a la madre de la hija y a la hija de la madre?
--A la madre sí le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe que existe.
--¿Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?
--Nunca.
--Mal hecho.
--Así creí yo, pero el señor Doctor Rosaín, que fue quien la asistió en el parto y después del parto, me aconsejó que las separase, y después que a la madre se le remató el juicio, me repitió que no le hablase de eso a la hija, porque querría verla y era fácil que la loca en uno de sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa el señor Doctor don Tomás, que tomó la locura con la hija, diciendo que como había nacido blanca tenía a menos el tener madre de color.
--Vaya, pues. Se equivocó Rosaín. Es un buen médico, no se puede negar, sólo que en este caso me parece que perdió los papeles o que se le fue el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, después de una larga separación, tal vez se efectúe una reacción, y las enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas, particularmente aquéllas en que aparece afectado el sistema nervioso. Somos todo nervio, nada más que nervio. Irritados los nervios cate Vd. la locura. Estaba pensando... Se había pensado llevar la enferma al campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de ver si cambiando el aire y dándose unos baños de agua salada, se lograba la revulsión que se busca. Pero es que la hija no puede ir allá con la madre. Figúrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo, tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de ellos se pasan en él buenas temporadas, en particular durante la molienda. ¿Qué escándalo no se armaría con la aparición de una joven tan linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? ¡La tentación! Dios nos libre. Más de uno de ellos perdería el juicio y se diría que yo tenía la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso. Vuélvase Vd. por acá pasado mañana, que yo veré a la enferma entre tanto y diré a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al señor don Cándido, puedo servirle, y me parece que será con beneficio de todos los interesados.
CAPÍTULO XIII
_La alegría del corazón conserva la edad florida, la tristeza seca los huesos._
Parábolas de Salomón.
En la época de que venimos hablando, eran _rara avis_ los dentistas de profesión en La Habana. Siguiendo aquel refrán castellano que enseña: al que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo ejercían, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los campos los cirujanos, quiénes armados con el potente gatillo de acero, no dejaban diente ni muela con vida.
Había también sacamuelas intrusos o aficionados. Entre éstos, uno de nombre Fiayo se había hecho célebre por la destreza y habilidad con que ponía las raíces al aire y sin dolores de esos apéndices de la masticación. Su fama y popularidad, sin embargo, provenían del hecho, primero, de no emplear instrumento quirúrgico de ninguna clase; segundo, de no llevar dinero por sus mágicas operaciones dentarias.
La hija mayor de los señores Gamboa, Antonia, hacía tiempo venía padeciendo de una neurosis de carácter agudo a la cara, cuyo asiento en la mandíbula superior daba lugar a presumir tenía por causa la carie de un molar. Los médicos consultados, después de probar la aplicación de apósitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente, decidieron se hiciera la extracción. Pero la idea no más de que para llevarse a efecto había de emplearse el temible gatillo, ocasionaba sudores y desmayos en la dolorida joven.