Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 21
En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería. Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a la espaciosa sala.
Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio asomar por el lado de la iglesia a la madre _seña_ Soledad, con un farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas exclamando:
--¡Los óleos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.
Rezado el credo con mucho fervor, recogió todas sus fuerzas hecha casi un arco con su cuerpo y dando traspieses, continuó hasta la puerta del medio de la sala y volvió a caer de rodillas. Era que acababa de notar que el clérigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la extrema unción a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en el lado opuesto suspendía cuanto podía el farolito para alumbrar aquella triste y desolada escena.
De vuelta de la iglesia a donde había acompañado al clérigo, la madre tornó a la sala y encontró todavía de rodillas a la mujer del cilicio, con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole en el hombro _seña_ Soledad y le dio los buenos días, en cuyo momento la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:
--¿Conque ha muerto? preguntó.
--Ya descansa en paz, contestó la madre brevemente.
--¡Ah! dijo la anciana y cayó desplomada en el suelo.
--¡Jesús! ¡_Seña_ Josefa! repitió la madre haciendo esfuerzos por levantarla. ¿Qué le pasa? ¡Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo ha sido una equivocación de las dos. No comprendí su pregunta de Vd., ni Vd., tampoco comprendió mi _contesta_. La muerta no ha sido Charo. No, señor, no ha sido ella, sino una pobre morena que hacía pocos días había entrado en el hospital. Charo va mejor, está más aliviada del pecho. Sí, no cabe duda. Así lo dice el médico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero que Vd. se desengañe por sus mismos ojos.
Poco a poco, con tales seguridades, empezó a volver en sí _seña_ Josefa. Después de derramar un mar de lágrimas en silencio, se sintió en actitud de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se interesaba tanto. Hallábase la tal a la sazón sentada, sin más abrigo que la sábana que le cubría las piernas encogidas, las cuales sujetaba con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tenía cortado el cabello casi de raíz, como se hace generalmente con los locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazón de huesos, tanto más cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba, no le cubría sino parte de la espalda. Por su posición en la cama y por una tos hueca y débil que a veces le acometía, se conocía que estaba viva.
--Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quién está aquí. Levanta la cabeza, niña. Anímate.
--¡Hija mía! se atrevió a decir _seña_ Josefa. Mírame. ¿Me oyes? ¿Me conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respóndeme siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aquí. Te llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y abrazar a tu hija. ¡Ah! ¡Si la vieras! Está lindísima. Es tu retrato cuando eras de su edad.
--Véala Vd. tan callada, dijo _seña_ Soledad. Cuando está así no habla, no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse a carcajadas.
Pero en vano empleó _seña_ Josefa los medios que juzgó más eficaces para moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber reconocido la voz familiar de _seña_ Soledad, ni la angustiosa de su desconsolada madre.
En fin, se adelantaba el día y era preciso que _seña_ Josefa se apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo, pues, a la carrera a _seña_ Soledad que el caballero que las protegía a ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar, en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de un médico.
--Pues a ello, _seña_ Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre. Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además, es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de moverse.
Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón _seña_ Josefa después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San Francisco de Paula.
CAPÍTULO XI
_...Pero si el vicio mancha su limpieza Vertiendo en ella su funesto hielo, Levanta el ángel de su guarda el vuelo, Y Dios torna a otro lado la cabeza._
LUISA PÉREZ DE MONTES DE OCA
Era el día claro y calentaba bastante el sol cuando _seña_ Josefa volvió a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie allí se había movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y satisfecha de que dormía tranquila, se quitó el chal de cañamazo, se desciñó la correa y se dejó caer en la butaca, desalojando para ello al gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abría tamaña boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.
En desplomándose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cáliz más amargo que jamás apuraron labios humanos. Su única hija languidecía en un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y devorada por la consunción, si que ella pudiera valerle en nada. Que no tendría remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente convencida quedó en aquella mañana _seña_ Josefa, si era que antes abrigaba dudas.
¿Por qué estaba la madre afligida separada hacía tanto tiempo, de la hija doliente y moribunda? Esta separación tenía dieciséis años de fecha, porque, según recordará el lector, María del Rosario Alarcón había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era demasiado tarde, ya se había apagado en su mente el último rayo de la divina luz. Todavía si su demencia hubiese tomado un carácter manso y tranquilo, habría sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en cuya disposición era difícil sujetarla e impedir que se hiciera daño o le hiciera a los suyos.
Además, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitían en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese estado, aquéllos cuyas familias no podían guardarlos en sus casas que eran los más, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerreír de los muchachos y el escándalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros, Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de Paula.
Esta negra había sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo apellido llevaba. Con su industria y economías había logrado libertarse y reunir un capital. Compró casa y esclavos, dedicándose a la reventa de carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.
Sin que sepamos el motivo, alguien le disputó en juicio el dominio directo a su pequeña hacienda. Esto la enredó en un pleito largo y costoso, que si bien ganó con costas, en honorarios, sobornos, propinas, entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y asesores, se consumió el valor de la casita, juntamente con el de las dos esclavas. El resultado fue, que el día menos pensado la pobre mujer se quedó literal, no figuradamente, por puertas.
Golpe rudo debió de haber sido éste para quien amaba mucho el dinero y las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, dueña de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su razón perdiese el equilibrio. Se le desvaneció en efecto, y desde entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorría día y noche las calles apoyada en un palo largo, de que pendía una jaba, gritando desaforadamente por las esquinas: _¡Po! ¡po! Aquí va Dolores Santa Cruz. Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto tiene. ¡Po! ¡po! ¡Poó!_
Figúrese el lector la hija de _seña_ Josefa, madre a su vez desgraciada, revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y el nombre, quizás, de la persona o personas por cuya agencia se veía en aquel tristísimo estado. No debía darse, y no se dio semejante espectáculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo todo entero, como que de ello dependían hasta cierto punto la salud y la felicidad de la inocente niña que había sido la causa indirecta de la desgracia de su madre. Tampoco debía crecer y desarrollar su razón viendo que ésta la había perdido y era el ludibrio de los extraños. Ni había llegado el tiempo, creía la abuela, de que la hija y la madre se conociesen. La separación, pues, podía ser eterna.
Tales pensamientos ocupaban el ánimo de la anciana con más fijeza que nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si despertara de un sueño pesado, levantose a abrir y se encontró con el lechero, isleño de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la saludó en el tono peculiar de su país, con las palabras:
--Pues abriera para mañana la casera. _Veríficamente_ ésta es la tercera vez que le traigo la leche.
--Yo estaba en misa, contestó _seña_ Josefa trayendo la cazuela para recibir la poción láctea.
--Como que iba creyendo que se habían muerto toditos en esta casa.
--Acabo de entrar de la calle.
Después de mirar a la vieja con aire peculiar, añadió:
--Andese con cuatro ojos la casera, continuó el lechero; porque enseña el refrán que el que tiene enemigos no duerme.
--Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.
--Parécele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo. ¿No tiene la casera una hija bonita?
--¿Hija? No, señor, nieta.
--Es lo _mesmo_. Pues en el palmito de esta nieta está el enemigo del reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos palmitos. El _demongo_ me lleve si esta madrugada mesma no _vide_ por aquí un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a la puerta o a la ventana... Pero _de que lo vide lo vide_.
--El casero se engaña, observó la anciana desazonada y temblorosa. No estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le persiga el lindo palmito como dice el casero.
--Dígole a la casera lo que le digo, ándese con cuatro ojos, y no se duerma en las pajas, porque _de que lo vide lo vide_.
Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela. Sabía que un joven blanco, de familia rica, seguía a su nieta como la sombra al cuerpo, que la hacía regalos costosos, que la facilitaba su carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy distante de creer, siquiera de sospechar, que él se aprovechase de su ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla y malograr su porvenir.
Entonces pensó que la había dejado sola, encomendada a la vecina de la casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo, darse cita de antemano y reunídose allí mismo, mientras ella se andaba por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.--¿Quién sabe si estuvo dentro? ¿Cúya era la falta si ocurría una desgracia? ¿Sería posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos medios se perdiese como su desventurada madre?
--¡Ah! exclamó _seña_ Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde se veneraba la imagen de la Dolorosa. ¡Virgen Santísima! ¿Qué he hecho yo para este duro castigo? ¿Cuál ha sido mi grave culpa? ¿Habré estado toda la vida en pecado mortal sin saberlo? Tú sabes que he sido buena hija, buena hermana y cariñosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos principios de moral, de virtud y de religión. Yo cumplo estrictamente con lo que manda la santa madre Iglesia. ¿Por qué consientes, Virgen purísima, amparo de los débiles, madre de misericordia, por qué permites que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, niña inocente, tierna oveja del señor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga caer de la gracia divina como a su infeliz madre? ¿Me abandonarás tú también, piadosísima Señora, en éste el más duro trance de mi vida?
Aunque _seña_ Josefa había tomado casi al pie de la letra las ideas y hasta las palabras de los libros de devoción, únicos que leía, no cabe duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideración de la nueva desgracia que le venía encima, la conciencia de la tremenda responsabilidad que le cabía en caso de salir ciertas sus sospechas, en medio de su poca cultura, la habían inspirado, al punto de improvisar una oración elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el alivio que proporcionó a su desgarrado corazón el ferviente desfogue. Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, hacía en su pecho el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve lascera, si se clava, mata. Tampoco era fácil olvidar las últimas sentenciosas palabras de aquél, no pensar en ellas; antes continuamente resonaban en sus oídos: _De que lo vide lo vide._
También resonaron en los oídos de Cecilia, la cual no dormía desde mucho antes que volviese su abuela de la iglesia; sólo que le causaron impresión muy distinta. Encendiéronle el pecho en cólera e indignación. Porque, pensaba ella, ¿quién mete al hombre a dar semejante aviso? ¿Qué le iba ni le venía conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se viese con él o no por la puerta o por la ventana? ¿Por qué insistir en haberle visto? ¡Maldito hombre! ¡No se le hubiera secado la lengua antes de decir lo que dijo! Seguramente también vio al joven entrar o salir, y si no lo afirmó con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio tiempo ni ocasión.
Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de la abuela, que parecían extraordinarias y debían tener causa poderosa y legítima. ¿Cuál podía ser ésta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula. Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Había cometido una grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.
Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experimentó algo que no había experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella misma, una revolución en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a verse débil, temerosa, irresoluta, y tener vergüenza de sí, de su abuela y de sus amigas. ¿Con qué cara se les presentaría ella? El hombre de la leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma mañana. Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto saliera a la calle la señalarían con el dedo y dirían de manera que lo oyese:--Ahí va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela en la iglesia para admitir en su casa al hombre que públicamente la corteja.
Pero en medio de aquella confusión de ideas, comprendió Cecilia sin mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no estaba aún convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las dos, pues que ya no había remedio, convenía disimular lo más posible hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta disposición, se levantó con tiento, se echó por encima de la camisa un traje y se asomó a la puerta de la alcoba. Aún se hallaba la anciana de rodillas y concluía la improvisada plegaria. Corrió a arrodillarse a su lado, le pasó un brazo por la cintura y, dándole un beso en la mejilla, le preguntó con exquisita ternura:--Mamita, ¿qué tiene su merced? ¿Por qué está tan afligida?
No le respondió palabra la anciana, volvió a la butaca y rompió a llorar en silencio. No hay cosa más pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba predispuesta a contraer el mal. Se arrojó en brazos de la abuela y confundió sus lágrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores que, sin embargo, tenían contrapuesto origen. Tal vez habrían aprovechado aquella coyuntura para tener una explicación que no podía menos de ser satisfactoria para entrambas, porque así lo predisponía el estado de sus ánimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y _seña_ Josefa se apresuró a abrir, enjugándose de camino las mejillas empapadas. Era la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de África, con tablero cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.
Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco, y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con la punta de los dedos. Luego que abrió _seña_ Josefa, depuso el tablero en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no correspondía con el de su cuerpo, dijo:
--_Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la cru._
Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudó a deponer el tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un real de carne de puerco, medio real de huevos y medio de manteca. La vendedora cortó la carne a ojo de buen cubero, y con los demás artículos pedidos la puso en un plato que trajo Cecilia; y no bien la vio, parece que la entraron ganas de hablar hasta por los codos.
_--Labana etá perdía, niña. Toos son mataos y ladronisio. Ahora mismito han desplumao un cristián alantre de mi sojo. Uno niño blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre po atrá y un moreno po alantre, arrimao al cañón delasquina de Sant Terese. De día crara, niño, lo quitan la reló y la dinere. Yo no queriba mirá. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; e le sijo de mi marío. ¡Ah! Me da mieo. Entoavía me tiembla la pecho._
Con semejante descuadernado e ininteligible relato, se asustó mucho Cecilia, porque le pasó por la mente que el robado podía ser su amante; pero disimuló cuanto pudo y la carnicera prosiguió:
_--Allá por los Sitios ha habio la mar y la morene lotra noche. Tondá quiee prendré los mataores del bodeguer de la calle Manrico y la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernaó manda prendeslo. Dentra Tondá, elle solito con su espá, coge dos; Malanga, lo sijo de mi marío juye po patio y toavía anda escondió. Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No se pue un fía de naide. ¡Adiós, caserite! Mucha salú._
Ida la carnicera vino el panadero con la cesta de pan a la cabeza de un negro que le seguía los pasos, como la sombra verdadera de su cuerpo. Entonces _seña_ Josefa se acordó que debía preparar el almuerzo. Según dijimos al principio de esta historia, el fogón se hallaba en el patio, debajo de un alero de mesilla, sin chimenea ni cosa que lo valga. Allí la anciana hizo lumbre valiéndose del eslabón, el pedernal, el azufre, el cabo de vela y unos cuantos carbones vegetales, y en poco más el almuerzo quedó listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se sentaron a ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que a cada rato esperaba la nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante, y no se atrevía a mirarla de frente; al paso que ésta parecía muy nerviosa y desazonada. Varias veces intentó decir algo; harto se le conoció por el movimiento de los labios, y otras tantas la voz se le atravesó en la garganta, porque en vez de sonidos articulados sólo se le escaparon sollozos. Por último, hizo un esfuerzo y dijo:
--Yo debía morirme ahora mismo.
--¡Jesús, mamita! No diga eso, exclamó Cecilia sin alzar la cabeza.
--¿Por qué no, si tal es lo que siento? ¿Qué hago yo en el mundo? ¿De qué sirvo? De estorbo, nada más que de estorbo.
--Nunca había hablado así su merced.
--Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido sobrellevarlas hasta ahora. Ya estoy vieja; sin embargo, me faltan las fuerzas, no puedo más. Estaba pensando que sería mejor echarme a morir.
--¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el calvario.
--¡Pobre de mí! Mucho tiempo hace que he andado la _vía crucis_, y que estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.
--Si mamita lo dice por mí, mire su merced que comete una verdadera injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana daría la sangre de mis venas.
--No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que te prohíbo. Si tú me quisieras como dices no harías ciertas cosas...
--¡Eh! Ya veo por donde va su merced.
--Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el porvenir de sus hijos y su propio decoro.
--Si su merced no diera oídos a chismosos, lengua largas, se ahorraría más de un disgusto.
--Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con estos ojos y oí con estas orejas que se han de comer la tierra.
En el calor de la discusión la muchacha había cobrado aliento y dijo:
--¿Qué ha podido ver ni oír su merced que no sea un chisme? Vamos, dígalo.