Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 20
Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana; que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende; pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio _La Tinaja_.
En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar la culpa de su triste esclava.
No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era la niña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antes de haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándido fue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a la hija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El precio del alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, con la mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de don Cándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a sembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivo constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo, de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.
Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron cuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, como en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición y raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió a una escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermana Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el refresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en su vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad, Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba ésta ni de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a la hora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y de noche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en el cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada, la más anciana de la servidumbre.
Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana, salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso, que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra, enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le daban en _La Tinaja_, era motivo de amargo llanto para ella y para suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.
Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorable para hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la sola excepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con los esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin, mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligero dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por mera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por los cabellos, cual suele decirse:
--Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción o el temor.
Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entre sorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, no embargante, añadió a la carrera:
--Tú no me vas a decir que no.
--Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente. Tranquilízate. Y se levantó para marcharse.
--Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojos humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.
Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de extraordinaria agitación y zozobra.
--Vamos, te escucho. Di.
--Pero tú no te negarás a mi ruego.
--No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.
--¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...
--¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra está purgando culpa alguna?
--¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?
--¿Y dónde estaría mejor la muy perra?
--¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.
--Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de ella.
--Creía que la habías perdonado.
--¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para mí ya ella ha muerto.
--¿Qué te ha hecho para tanto rigor?
--¿Quién la trata con rigor?
--¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?
--No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.
--Pues todos dicen que sí.
--¿Quiénes son esos todos?
--Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la semana pasada, cuando vino por las _esquifaciones_ para el ingenio.
--Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.
--Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María de Regla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosas que allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella y por mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...
--Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de exquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio que exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás. Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a _La Tinaja_. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija, porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en _La Tinaja_... Los _bocabajos_ que ha llevado no la han corregido...
Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimo del destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo. Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y el crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos gotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno, exclamando solamente.
--¡Pobrecita!
Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamente añadió:
--¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que ella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Ya veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.
De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirle a su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado. Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muy joven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzos constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de manera que los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que la complaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.
CAPÍTULO X
_--Ya sé lo que me pides, Llévate en él mi corazón y... toma._
RAMÓN MAYORGA
Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.
A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto de los maitines.
Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de _El Diario de la Habana_, o para respirar aire más libre que el pesado de la alcoba.
A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le daba la apariencia de mujer de la raza india.
--Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.
--Téngalos muy buenos la _seña_ Josefa, contestó él procurando bajar la voz. Temprano ha madrugado.
--¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.
--Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.
--Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del día, la cosa no tenía remedio.
--Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General sobre pordioseros y locos trae aquí a _seña_ Josefa. La esperaba.
--Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la noche. _Dende_ que se publicó la orden el corazón me anunció una desgracia.
--Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.
--Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre, ¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.
--¿Cree la _seña_ Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este caso?
--Creo, mejor dicho, _seña_ Soledad, la madre del hospital, cree que si hay una persona de influjo que le hable al _Contralor_, sujeto muy caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez _haiga_ que buscar un médico que dé una certificación. El _Contralor_ es bueno como el pan, y quiere servir, lo _mesmo_ seña Soledad. Conque, para que vea el señor...
--Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que puede hacerse...
Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la anciana mulata para que se alejara a toda prisa.
El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del navío _Soberano_ anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio que eran las cuatro de la madrugada.--A tiempo, dijo entre sí, y se apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos en La Habana.
Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:
--¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias, salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.
Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco, abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes, tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los carruajes.
--¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.
--El amo está _asomao_ en la ventana de la calle, contestó el negro.
--¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?
--No, señor. _Dende_ que salió Dionisio _pa_ la plaza quité el _serojo_.
--Abre poco a poco.
No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el zaguán, y arrimado a la reja tronaba:
--Pío, ¿quién va?
--El niño _Lionar_, mi amo.
--Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.
Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa, murmurando:
--¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto. Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo, se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí, impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque podría matarle. Tal me siento contra él.
En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:
_--Na, lamo, el niño no parece po ningún parte._
--¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?
_--Po la mano e larienda, lamo._
--¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te destripo de una patada.
A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:
--¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?
--Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.
--¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?
--No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa ni confesarse.
--Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal de tu hijo?
--Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.
--Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.
--El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...
--Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.
Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo. En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la casita enfrente de ella.
Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza. Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido que suelen siempre que sienten temor o frío.
Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.
El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter furioso.
La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:
--Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de congraciarse con la centinela.
--Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los tenemos.
--El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y actitud suplicatorios.
--No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido tratos con brujas.
Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con _seña_ Soledad, la madre del hospital.
--Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos. Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.