Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 19
La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana, los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país en estado de sitio, instituyéndose la Comisión Militar permanente. El paso repentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de las tiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundo descontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que en los dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbrado a las luchas de la vida política. Privado de esa atmósfera acudió con más ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas de las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolas podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimido las garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estado normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba creces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación más intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas, Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.
En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones de resistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara la cerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial. Numerosas prisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la policía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.
A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de este nombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi podridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazas fortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasa había cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos y de capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales eran españoles; los había también naturales del país o criollos en las tres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz de los gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.
Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, la penuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de los empleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, se combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya venía trabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno. Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad estaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos se enseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían a sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían el mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados de los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes y hacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.
Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien entrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa intervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efecto la invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas de México y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseos de los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con ese objeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso éste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al dominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, al menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España en el interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomático más bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez, más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia; un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; un Maquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre: escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que ha tenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación de Cuba.
Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en el grupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en su gallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevenía nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevaba la cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el color aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general, casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sin embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del semblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dio el título de Doctor.
--¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudiera llamarse fría.
Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba dos palmos, por lo menos, de altura.
--Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.
--Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.
--¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses _nos_ acaban de apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, como quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero, procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el bergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negros bozales, sino ladinos.
--¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengo tiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticias que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí, pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.
--¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, que Dios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General, sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?
--¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.
--Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...
--¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí. Por cierto que Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y desmanes.
--Eso, eso, repitió Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene vara alta con S. E.
--¿Sí? ¿Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especie halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buena voluntad y aun distinción; pero nada de extraño tiene porque yo soy el médico de él y de su familia desde que vinieron de España, y por otra parte, es cosa sabida su llaneza. Me distingue bastante, mucho.
--Lo sé, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estaba pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer su influjo todavía podríamos jugarle una buena pasada a los ingleses y dejarlos con tamaño palmo de narices. Estoy seguro que tampoco le pesaría a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.
--No lo entiendo. Explíquese Vd., don Cándido.
--Hágase Vd. el cargo, Doctor, que la expedición apresada por los ingleses, salvada íntegra, nos vale a nosotros los dueños de ella, por lo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso de perderse la mitad, todavía nos deja una ganancia líquida de nueve mil, que no es ningún grano de anís. Con que vea Vd. si podemos ser liberales con el que nos ayude. Escogería Vd. mismo media docena de mulecones entre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas, y no le costaría sino el trabajo de...
--Aún no entiendo jota, señor don Cándido.
--Pues me explicaré más. La expedición consta de unos 500 bultos, 300 de los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de Puerto Rico, habiéndose remitido a bordo, desde esta mañana, sobre 400 mudas de ropa de cañamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemos necesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirse que los ingleses destruyan nuestra riqueza agrícola, es claro que, como haya quien le hable y le pinte bien el caso, no podrá menos de ponerse de nuestra parte. Una palabra suya al señor don Juan Montalvo, de la comisión mixta, bastaría a decidir el pleito en favor nuestro; y ya ve Vd. si nos sería fácil ser liberales con... Además, cinco o seis bozales no van a ninguna banda, ni nos harían más ricos ni más pobres a nosotros los armadores, que por todos somos ocho... ¿Comprende Vd. ahora mi idea?
--Claro que sí. Cuente Vd. con que pondré de mi parte cuanto esté en mi mano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd. como el deseo de servirle y de contribuir al castigo de la ambición y malas intenciones de los ingleses. Supongo que Vd. viene a hablar con S. E. sobre el asunto.
--Si, vengo a eso con mis amigos Gómez, Mañero y Madrazo. Creo que Vd. los conoce.
--Conozco de oídas a Madrazo, cuyo ingenio de _Manimán_ está en la misma jurisdicción de Bahía Honda que mi cafetal del Aguacate.
--Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo lo que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos cuantos centenares de onzas...
--Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré esta noche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizo de la chica aquélla?...
--¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.
--Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algún tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho la asistencia de la chica.
--Ya ése es otro cantar... En Paula...
--¿Cómo en Paula? ¿Enferma?
--Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.
--¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?
--No tanto.
--Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisiete años. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.
--¿Pues no se refería Vd. a la madre?
--Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna. Prometía ser un pimpollo cuando grande.
--Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chica cualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, no pertenece a esa categoría.
--Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd. dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No tenía idea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nada que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengaño. Padecía de fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...
En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió a reunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:
--¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?
--No, gata, replicó Gamboa prontamente.
--Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionado a las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo ese hombrecito que llamas _Doctor_?
--Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes de Oca.
--Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figura asaz ridícula, y _ainda mais_...[37]
--Buen medido y diestra cuchilla.
--Dios me libre de sus manos.
--Es el que cura a la familia del Capitán General.
En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas que rodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogos en voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a sus respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a Cadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta que llegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano ni más saludarle:
--Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.
Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabras acerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien le sacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y después de ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle para usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguir criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de que no hay peor cuña que la del mismo palo.
Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron bien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres. Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse por su actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, la persecución y captura de los criminales. En estas empresas difíciles cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su presencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras y modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la temeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de las mujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de las gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes novelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas a sus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo ha oscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarenta años, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.
Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardó en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la Capitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don José M. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblante risueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuoso saludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte del Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se había cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación del hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque estaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.
Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó su embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley ni en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisión mixta, la del bergantín _Veloz_, ahora mismo en el puerto de La Habana, aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles, despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas de África directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráfico en esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que por fortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de España e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.
Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lo pasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya tenía noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se le había presentado antes de la hora de audiencia en compañía del comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con cierta severidad de tono y de semblante:
--Reconozco, señores, la injusticia y los daños que nos ocasiona un tratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural de nuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes; pero los ministros de S. M. en su alta sabiduría tuvieron a bien aprobarlo, y a nosotros, leales súbditos, sólo nos toca acatar y obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura, señores, que si Vds., están dispuestos a respetar el tratado, no lo están ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gorda respecto de lo que Vds. hacen día tras día (señores, cuando hablo así no me refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en la trata de África), que según va la cosa, no pararán hasta meter sus expediciones en Banes, en Cojímar, en los Arcos de Canasí y aun en este mismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones del Paseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en esta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa mercancía. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre Capitán General, contra quien el cónsul inglés endereza sus tiros, porque no bien entra aquí un saco de carbón, como Vds. dicen, cuando él lo huele y viene hecho un energúmeno a desahogar conmigo su mal humor.
--¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y a propósito de prudencia: ayer tarde vino a mí un joven dependiente de una casa de comercio para quejarse de que a la luz del día, en la plaza de San Francisco, le habían arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabe mayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todo el mundo y tentando a la gente de mala índole? También se me quejó de que al oscurecer del día de ayer, dos negros con puñal en mano le pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto llevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido un tantico de prudencia, le dije, no se habría expuesto a perder la vida atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorías. Aprenda de mí que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se metan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, ni comprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera de las virtudes en el mundo.
CAPÍTULO IX
_En ti pensaba y en aquel instante Me mandaba llorar naturaleza._
JOSÉ MARÍA HEREDIA
Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de Gamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo general económico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno con doña Rosa.
Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos. Corría con su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio doméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los primeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, de déspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el feroz Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el calesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino que pertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadie el derecho de castigarle.
Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores. Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes, que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.
No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa, tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no; tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer: joven, bien formada y bonita para negra.
Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín _Veloz_, almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien torneado brazo.
--¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la mano al punto dolorido.
--¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.
--Eso duele, agregó la muchacha.
--¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.
Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír un huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimas palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la libertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y el corazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola él con la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:
--Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!
María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores de su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de la época actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor, la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirse ella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce de los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado, necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de vaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.
Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias y el tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas en brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habían amenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizás más por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que las otras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fuera del alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos y las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al parecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doble lactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María de Regla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habría corrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento no trataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, no acostumbrada a semejante división.
Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija, sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo echara por delante a la _criandera_ y la embarcara a bordo de una goleta que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de _La Tinaja_, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida trece años antes de esa fecha.