Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 18
--Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal humor a don Liberato:--despache Vd. a ese mozo y no permita que me molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, y con mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 pares cada uno. No era bastante. Corrí al baratillo de Mañero, donde sólo había 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las _refacciones_ de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, se adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como decía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu, donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perder tiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero, cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle de Caballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío... Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale el hombre y detiene la mula por la brida.--¿Cómo se entiende? ¿Qué hace Vd.? le grité encolerizado.--Se entiende, me dijo él con mucha sorna, que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejo pasar.--Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líos no son para embarcar a ninguna parte. Son _esquifaciones_.--Sean lo que fueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o no hay paso.--¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran pasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registré los bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse en la mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más ni más soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.
--Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.
--Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no hay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos. Llegados al muelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En un santiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote. Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que lo cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el famoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y orgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallara cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios soldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de los nuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no tardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado de estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo, corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo a ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quien no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por un ventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.
--¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo en sujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Ya se puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte del cargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho, hecho.
Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de su marido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudiera traer a la salvación del cargamento del bergantín _Veloz_, el hecho de haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de ropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portales de la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno y luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una explicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la misma animación:
--Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que si vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de Puerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se ha de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa. Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizás tenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar en casa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya (empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.
--Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen. Apuradamente, tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nueve de la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería que no sintiese una gazuza, que ya...
Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero para que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a la puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas bordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte, especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole a la Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frente hasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andaba por allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercó el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su exquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de su familia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metió en el carruaje.
--¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo calesero Pío.
No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero. Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez, que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la muralla que da hacia la entrada del puerto.
Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante Mañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba en importar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderes de la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera de que los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos, de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, como otros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a la costa de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio de géneros.
Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General, Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la mejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar el papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde serían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de ese edificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas. A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje, aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblo bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y de voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándose que los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildados en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo, doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles del folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos o covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acaso ventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de que estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud de gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque se distribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales se hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siempre la acción a la palabra como si se discutieran asuntos de gran importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde luego, puede asegurarse que no se trataba de política; estaba absolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba en Cuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistema constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.
Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizas y gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatro niños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de 7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabeza doblada sobre el pecho y cubierto con una _manta_ de algodón. Enfrente de este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz baja de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambas manos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con la fórmula:
--Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?
Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, el corazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y más bajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la falda los hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención de Mañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:--¿Ves? Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para una de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmada en la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba por delante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O de Marzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú la remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen ellos cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.
--¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.
--¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a Gómez y a Mañero.
--Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia, dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos es excelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica... Sobre que se me figura mucho a su padre.
--A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.
--¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego del Revollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio de Manimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.
--Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus cafetales del Cuzco.
--No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.
--Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...
No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.
--¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.
Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana. Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba. Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes, entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.
El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía, ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir, que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.
CAPÍTULO VIII
_Hecha la ley, hecha la trampa._
Proverbio castellano.
Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio del palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia, especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al brazo, se paseaba por delante de la puerta.
Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje de etiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primera autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por un gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacional durante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, había adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta roja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del frac negro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió de pronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.
Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:
--¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.
Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca, púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó a tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados llamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin de despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de ellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendente de Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto, tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error el oficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y que guardara arresto en el cuartel, por el resto del día.
Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más la cólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la ancha escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salón llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de aspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban, se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles el santo y seña.
En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; pero antes que el negro replicase, se presentó un ayudante del Capitán General, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o ingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.
--No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que les trae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de los recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos de pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...
Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisión mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín _Veloz_ y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazo y Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarse la entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menos aristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la Intendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante se estableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza, dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General don Francisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una _valla_ o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para los espectadores, en suma, una verdadera _gallería_. Allí se cuidaban y se adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los más pugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que de tiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares, bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Y allí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo, siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos con uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridas de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.
El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos del Capitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le llamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos; en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado y condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la influencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía, vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo quitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo que cuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena, sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que Padrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho y que los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra el matador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni del amparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón, sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.
En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sin anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal de profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en esclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitio varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el coronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano del Morro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía. Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñía sable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de paño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán General Vives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera que sostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.
La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocaba hasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros en la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza rapada y roja como sangre. Vestía Padrón a la usanza guajira, quiere decirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a la cintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tiras en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por costumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros, cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta apenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer, y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba el sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, de facciones menudas, y podía contar 34 años de edad.
No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don Francisco Dionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blanco de piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor, siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército español y en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesada faja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Ni en su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En la época de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era de mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes, aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado una vida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; las facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello crespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a la clérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, su rey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias insulares en América, precisamente cuando parecían más próximos a romperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al trono de su metrópolis.
Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vives sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiración conocida por los _Soles de Bolívar_ en 1826, muchos afiliados de menos metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde allá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de los partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al ánimo de las autoridades de la misma.