Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 17

Chapter 174,274 wordsPublic domain

--Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana. Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú. Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] No cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. ¡Eh! Conque ande Vd. listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje a sus comadres con mi dinero.

Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos treinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardar silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd. Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Se aproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, el cocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en su cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto que le depara el cielo.

Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio de los condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición, dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos de sus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general, bajo esos respectos. Era aficionadísimo al baile, gran bailador de minué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto con ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a varios Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades de Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de Orleans, después rey de los franceses.

A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente rica y rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunir dinero suficiente para _coartarse_, quiere decir, para fijar el precio en que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzas de oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otros varios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a la muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su testamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en la cocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad, le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de consiguiente, la _coartación_ sólo le sirvió para que le vendieran en 500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó la suma arriba mencionada. En el _lote_, don Cándido le obtuvo por menos de los 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor; pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio, graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; la otra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.

Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español, escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que tenía delante.

--¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.

--Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de _La Tinaja_ para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...

--Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa. Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd. cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas, 300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos, salvamos cuantos.

--¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para luego.

--Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que ha llegado el _Veloz_?

--¿Sí? A fe que no lo sabía.

--Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos, según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño _Flor de Regla_. Vd. le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador. ¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de las once. ¿Lo oye Vd.?

El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en dirigirle:--¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?

--Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M. C. el rey, que Dios guarde.

--No me digas.

--Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos que nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar el azúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.

--Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.

--Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés de guerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo, Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro señaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto la corbeta inglesa _Perla_, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nos dijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio el práctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?

--¿El bergantín _Veloz_?

--El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.

--Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!

--¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento. Pluguiera a Dios. Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...

--Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!

--Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en la salvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo pronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacen abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses. ¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaría la pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valioso de cuantos ha traído del África, según la factura del Capitán Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se pueden traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y no hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, de Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era el quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate, Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a los cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. ¿Quién negará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera al presente? Ahí están el _Feliz_, de Zuaznávar; la _Vencedora_, de Abarzusa; la _Venus_, de Martínez; la _Nueva Amable Salomé_ de Carballo; el _Veterano_ de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparación de mi _Veloz_? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por el dinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él, sino porque difícilmente se construye buque de más pies.

--¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.

--Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses, no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817 con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000 libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso, Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo por objeto oír la historia de lo ocurrido con el _Veloz_, de boca del capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de Gómez, que serían cerca de las ocho...

--¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa de Gómez?

--No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y media... La hora precisa no importa.

Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba, hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer, diose una palmada en la frente y dijo:

--¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de carrera a su cafetal _La Tentativa_ en la Puerta de la Güira; Martínez, Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente interesados en el cargamento del _Veloz_, como principales importadores que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero. Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche, siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el _Pan de Matanzas_ el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la altura de las _Tetas de Camarioca_. Cerró la noche de nuevo, el _Veloz_ se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...

--¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose ambas manos a la cabeza.

--Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

--¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto sofocados. ¡Pobrecitos!

--¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso, mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados, quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.

--¿Qué son barras, Cándido?

--¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.

--No me quedaba que oír.

--A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de los ingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán y la precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una muleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español y que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich y dos muleques de 7 a 8 años que le regaló la reina del propio lugar por un pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.

--¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos, esas almas...

--Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido con brusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes... Cuando el mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo. ¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.

No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho los medios de que pensaba valerse para arrancar el _Veloz_ y la mayor parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de las garras de los testarudos ingleses.

CAPÍTULO VII

_"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, a la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no menos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tanto grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por engaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices, y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."_

FR. ALONSO DE SANDOVAL

Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, después de levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo don Melitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día, las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y que se le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndolo el amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó de espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relación de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doña Rosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido, acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la siguiente escena.

No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y dijo:

--¡Qué calor! ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

--Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo, que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un _costipado_...pero esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque, pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante, fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del vómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo, agregó en diferente tono:

--Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir de boca.

--¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.

--Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que a la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido, y sabe que yo no soy escopeta catalana.

--No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.

--Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a armarse una disputa interminable.

--Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía, ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro, creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo, aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos, que ya...

--Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una pachorra...

--Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José? pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y agregó:--Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared, en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de asombro, y el primero dijo:

--Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un cuento con todos los visos de calumnia?

--¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar, que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

--Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla Vd.?

--¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca y rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió: