Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 16

Chapter 164,201 wordsPublic domain

--¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?

--¿No ve Vd.? Esa es una sátira.

--Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese una opinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro, Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedo inspirarle temor?

--Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni amigos.

--¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.

--Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómo que desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venido hasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses; él dirá si me he equivocado o no.

Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron implícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:

--Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho pedazos entre las manos al llegar a Vd.

En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines, deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores. Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable compañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque había terminado el encanto de la música.

Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se habían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato ante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa. Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del dosel donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de Fernando VII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán del ejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases breves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda de ésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres hablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas los currutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco y Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa, y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, a una insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y el lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.

Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con su hermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por la mañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa del almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya había experimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con su madre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólo por respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gesto suyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudo sentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:

--¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava con Antonia en tu presencia?

--¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una y creo que tú tendrás que acompañarnos. De la ocurrencia me alegro con doble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño; lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra mala noche.

--Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues su carruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.

--¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?

--No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.

--Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.

--Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel salude a Vds.

--¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte de esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.

--No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos todos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué te parece, Adela?

--Aprobado, contestó ésta alegre.

--Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de apuros, no tendré con qué cubrir el gasto.

--Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde cuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.

--No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en la faltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó. Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta del paseo para venir al baile.

No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se puso colorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:

--¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya no venías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe por donde has andado.

--Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santo de Florencia...

--Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad, Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eres menos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yo pago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de oro.

Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se la sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos en las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o cordón del traje casero. Leonardo recibió el dinero con las mejillas encendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos veces la suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conque había pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni saberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de un cristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía de examinarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre no más, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues puede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en la llaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quien dijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo para conducirla a la sala del ambigú:

--¿Y dónde quedaba papá?

--Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido varios otros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín, Lombillo, Laza...

--¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?

--El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismo lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa, saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de África. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de las impertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hecho decir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales no desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó un expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantín parecido al _Veloz_, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido por un buque inglés.

--Tal vez lo ha apresado.

--¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Con todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les pertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padre pierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad con sus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos negros.

--¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?

--¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades, si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico a nadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que si los egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el día, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos y cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en qué emprender.

--Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de emprender.

--¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se obtienen. El costo total de la expedición del bergantín _Veloz_, por ejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente. Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca la cuenta. Pero aquí está Isabel.

Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas. Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven, entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.

Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros, ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que servía ambas mesas con destreza imponderable:

--¿Cuánto es?

--Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba en el brazo izquierdo una _torre de porcelana_ con los platos y tazas.

--¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado por mí?

--Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.

--¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.

Se puso en pie murmurando:

--Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.

Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se sonrió distraídamente y no contestó palabra.

Entre tanto doña Rosa dispuso que las _niñas_, según se expresó, pasaran al camarín a recoger sus _mantas_ de seda. Al mismo tiempo los tres jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.

De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca. Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.

Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que todos ellos eran criollos.

Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en escala, por todos los caleseros:--¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas, cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían. A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón! ¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana, tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de su lanza.

Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo, porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar, que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced, no había negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia de Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven Gamboa.

--Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera; arrodíllate y quítate la camisa.

--Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo, ejecutando por parte lo que se le había ordenado.

--Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la vía de apremio.

--Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?

--¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?

--Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.

--¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has de hacer o reventar.

Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un brazo vigoroso, y decía:--Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!

Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento; aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los estallidos del látigo y los lamentos del calesero.

--¿Qué es eso? preguntó a su esposa.

--Nada, Leonardo que castiga a Aponte.

--Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados? Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...

--Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesita un buen castigo.

--Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.

--Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la Muralla.

--Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?

Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don Cándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no había recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al postigo de la ventana de su alcoba y dijo:--Leonardo, basta.

Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.

Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontró primero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amo cuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando se desplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no han sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza, aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.

CAPÍTULO VI

_¡Hola! del bergantín._ _--¿Qué dirá?--¿Cómo se llama?_ _--El Condenado.--¿De dónde procede?_ _--De Sarrapatán.--¿Qué carga trae?_ _--Sacos vacíos.--¿Cómo se llama el capitán?_ _--Don Guindo Cerezo._

Escenas a la vista del Morro de la Habana.

Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no embargante el cómo habían pasado la noche.

Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura impaciencia de carácter.

Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada en uno de los sillones del comedor.

No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en ese sitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si las lavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el brasero con carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras, en vez de ponerse a coser las _esquifaciones_, perdían el tiempo en conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte volvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que había ido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el anciano calesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de las criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que desempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle el carruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de aire aristocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas, había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en busca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la noche anterior.

Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego y preparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que hablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Pero andando en esa dirección con el farolito en una mano, según estaba mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos, y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán de llaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como desapacibles.

A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero con su ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por lechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca a complacer a sus amos. Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo de queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por descuido.

--Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando del canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me has traído gallinas? Tu amo no come sino pollos.

--Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que están gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollos en la plaza.

--No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si tú sabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?

--Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.

--¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu _carabela_, la negra lucumí más carera de la plaza?

--No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su merced bien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.

--Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda mano.

--Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi _carabela_ tampoco. Ella es de nación.