Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 15
--No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la nieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nos asista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías tú si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué harías tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di, ¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?
--Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha pintado el caso como es.
--Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.
--Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo, nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y ha prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para nosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano los sesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas y ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar, agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la palabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme _rompido_ el túnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto a un viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero ni lo querré nunca, así...
--No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.
--¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa de quién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?
--Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haber rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.
--¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que le echaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer a quien no le gusta a uno.
--¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla con vehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.
--Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?
--¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates. El enemigo malo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la humildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buena esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni paga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores que nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que no podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones y tu ingratitud nos van a costar muy caro.
--No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco. Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis cosas.
--Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagas esto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba algo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de su cariño para contigo, y de su buen corazón? Figúrate, Nemesia, que el individuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en su trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y debe dolerle muchísimo...
--¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...
--No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de esta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que no tengas conciencia si lo niegas.
--Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?
--Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, y de ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y... respeto.
--Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia. ¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no la conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de mí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los tontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no se puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su vida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hasta ayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casado y con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido más muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada en hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada. Quien no lo conozca que lo compre.
--Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de meditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. _Verbi gratia_: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede ser otro que tu bien. Considera, Nene, agregó la anciana en tono más blando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... No entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas veces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntó por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el interés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la _cuna_ del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía, porque hasta le temblaba la voz:--No la deje ir, _seña_ Chepa, no la deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo de hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué opinas?
--Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante de su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin embargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso, en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la _cuna_?
--Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro está, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.
--Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te cause ninguna extorsión con meterse.
--¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?
--Ya, a mí tampoco me gusta que se meta _naiden_ en mis negocios. Con todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le deseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestra dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.
Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque la anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.
--Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte, ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para una muchacha como tú.
--No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia. Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne, mucho menos un extraño.
--¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.
Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porque ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.
--Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes... Ese sí que es de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todas partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama agua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No es posible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como él como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de una muchacha. Tiene a quien salir.
Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en la apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su amiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ella se proponía comunicarle alguna noticia importante.
--Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastrería de _señó_ Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca. Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque me gustaría de color más oscuro.
Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:
--Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas y caballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, era ella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dije pasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de San Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... tú sabes. Por allí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dos individuos... ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero el individuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta que lo mencionaron...
--¿Quién lo mencionó? preguntó Cecilia con ansiedad.
--No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engaño, entre Meneses y la muchacha pálida. Ellos hablaban de él. Según entendí, todos iban al gran baile que se da esta noche en la Filarmónica.
--Lo temía, dijo Cecilia.
--¡Ay! exclamó Nemesia. Ahora caigo para quién era el chaleco de seda que tuve que hacer con tanta premura. ¡Oh! Si lo averiguo antes no me apuro para acabarlo en tiempo. Cosí hasta bien tarde de la noche, porque me lo dieron ayer tardecita y se quería para hoy a las tres. ¡Quién lo hubiera adivinado! Al menos no hubiera ido él al baile de la gente blanca con un chaleco hecho por mí. Para lucírselo a Dios sabe quién. Nadie sabe para quién trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a mí no me va ni me viene. El no me pertenece; sólo me intereso por ti, que has puesto tu cariño... ¡Cuidado que los hombres son ingratos! Pero más vale callar y no ponerle más leña al fuego.
Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su pensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aún en el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el individuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señorita desconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía en la silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán de entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la calle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto de ahogarla.
La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones, sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una tras otra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con los ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como al través de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en su pecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubiera previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado desagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiro profundo y murmuró:
--Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se burla nadie... Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.
Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta alegría mezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda apariencia satisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todo el efecto deseado, se marchó, despidiéndose cariñosamente de sus amigas.
CAPÍTULO V
_Aún pienso estaros mirando..._ _La faz terrible y airada,_ _La vista desencajada,_ _El látigo vil sonando._
J. PADRÍÑEZ
Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella su querido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo del brazo y un rollo de papeles de música en la mano. Según costumbre, caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscura la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ella le reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntó repitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena de malicia:
«--¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»
--¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé de esperarte.
--¿Tan temprano para el baile?
--Pues, ¿qué hora es?
--Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa _Catarina_, cuando pasé por el costado del convento.
--Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.
--Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que me pasa.
--¿Pues qué sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.
--Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenías tiempo de tomar un bocado... Una taza de café.
--Ya anduve yo ese camino. Tomé café con leche, pan y queso, y esto me basta hasta media noche en que haré por tomar gigote o cosa así. Di.
--En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la calle de O'Reilly, tú me entiendes, ha habido una _San Francia_ esta noche.
--¿Cómo así? Y tú parece que te alegras.
--Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá... _Seña_ Clara me detuvo más de lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastante tarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta por el Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo que estuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile de Farruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y se proponía pillarlo _en fragante_. Cálculos de mujer celosa. Apenas llegué a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar con una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más mi curiosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo... Y ¿con quién te figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de haber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido para salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió el túnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.
--¡Pobre muchacha! exclamó el músico compadecido.
--Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser; de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me aparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para ver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.
--¿Lo lograron? preguntó José Dolores con muestras de interés.
--Por supuesto, dijo Nemesia con intención. Yo sabía por donde atacarla y no erre el golpe. La abuela no quería que la nieta saliera; yo tampoco quería, y sucedió que el hombre del barrio de San Francisco que las mantiene, lo había prohibido. Ese fue, como luego supe, el que estuvo por la ventana hablando con Chepilla antes que yo.
--¿Qué es _él_ de _ella_? Quisiera saberlo.
--Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces _me se_ figura que es mucho cuidado el suyo para mero enamorado...
--¡Si será su padre! _Señó_ Uribe cree a puño cerrado que lo es y sostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce? ¿Quién la ha visto?
--Eso es lo que yo digo.
--Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo están enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.
--Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el mundo. Ella preferirá al hijo...
--Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?
--La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición. ¿Qué puede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero, lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con ella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y la deja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mí si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.
--Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la principal dificultad.
--La que bien quiere, tarde o nunca olvida.
--Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay más que el salto de una pulga.
--Esa, al fin, es una esperanza.
--Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí. Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trina contra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la carga y estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que sea alejarla de él, es acercarla a...
No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, y diciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de la calle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual si hablara con otro:
--¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para el inglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muy enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa como parece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y _él_ para mí. Se puede, se puede...
Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemos dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta. Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio queja ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente desvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; del rosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardín fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas, habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía la finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse, como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajiro del pueblo.
--Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizo reconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechos cargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se ceban algunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre, nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque era una buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó la hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que papá le despidió. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver a las puestas del sol. Cuando hace luna...
--Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscreto despecho, al ver su glacial indiferencia.
--Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su compañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de invierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo en compañía de Rosa y de tía Juana.
--Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato de silencio.
--¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.
--Hasta me tratas de Vd.
--Creo que siempre le he tratado del mismo modo.
--No al pie del naranjo dulce.
Isabel se puso colorada, y luego dijo:
--Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo. Aún con mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir Vd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.
--El _tú_ es más cariñoso.
--¿Lo cree Vd. así? El _Vd._ es más modesto.
Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas veces cuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía la danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversación cuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas, llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto a la joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían que decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, y se alegró de volver a verle.
--¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.
--Casi nunca bailo por mera cortesía.
--¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.
--Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si bailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma está lejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme intenciones de galantear a otra.
--Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndose de repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de no seguir la broma con Meneses.