Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 14
Allí las hermanas Chacón, que merecieron por su hermosura figurar en el gran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misa que se celebró en la inauguración del Templete de la Plaza de Armas. Allí las Montalvo, de tipo teutónico, una de las cuales fue declarada reina de la belleza, cuando la corrida de cañas el año anterior, en la antigua plaza de Toros del Campo de Marte; allí la Arango, célebre por haber contribuido a la evasión del poeta Heredia, y que después se casó con un Ayudante de campo del Capitán General Ricafort; allí las hermanas Aceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talento como desdichadas por sus pasiones; allí las hermanas Alcázar, modelos de perfección, así por la simetría de sus menudas facciones, como por las rosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; allí las Junco y las Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el poético vocativo de las Ninfas del Yumurí; allí las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido ocasión de describir; allí la Topete, hija del Comandante general del Apostadero de La Habana, que más adelante inspiró a Palma su inmortal «_Quince de Agosto_», allí la menor de las Gámez, Venus de Belvedere, cuyo cabello castaño, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado de estrellas de oro; allí, en fin, entre otras muchas que sería prolijo enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que había sido asesor del Capitán General Someruelos, quien poseía los rasgos principales del tipo severo y modesto celtíbero, a que debía su origen.
Como modelos de varonil belleza, entre los jóvenes concurrentes al baile de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mención del Teniente coronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos días después murió estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, junto a la estatua de Carlos III, víctima de la fogosidad de su caballo; Bernardo Echeverría y O'Gabán, que en los días de gala gustaba vestir el uniforme de gentil-hombre de Cámara con entrada, por cuanto podía lucir las bien hechas y rollizas piernas; Ramón Montalvo, en la flor de su edad, bello como un inglés de la más pura sangre; José Gastón, el verdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recién llegado de Francia, que venía hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campeón de las corridas de cañas celebradas el año anterior, con motivo de las nupcias de Fernando VII con María Cristina de Nápoles; varios oficiales de la marina y del ejército español en sus vistosos uniformes, más propios de una parada que de un baile particular.
También contribuyó al lustre de la fiesta la presencia de algunos jóvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, a saber: Palma, que había sido uno de los competidores en la corrida de cañas; Echeverría empleado en la Hacienda, que el año siguiente alcanzó el premio en el concurso poético abierto por la Comisión de Literatura, con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabel de Borbón; Valdés Machuca, conocido por _Desval_ en la república de las letras; Policarpo Valdés, que se firmaba _Polidoro_; Anacleto Bermúdez, que solía publicar versos bajo el nombre de _Delicio_; Manuel Garay y Heredia, que imprimía sus versos en _La Aurora_ de Matanzas; Vélez Herrera, el autor del romance cubano _Elvira de Oquendo; Delio_, el cantor de las ruinas del Alhambra; Domingo André, joven abogado, elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano, de variados conocimientos y muy distinguido porte.
Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, que también se hallaban en el baile, si se exceptúan el segundo que era dado a los estudios filosóficos, y el tercero que entraba ya en la clase rica, no se hacían notables por su talento, aunque los tres solían escribir en los periódicos literarios; y el último pasaba, además, por mozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, los aficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesía, empezaban a tener entrada con la gente que podía tenerse por noble en Cuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella. Mostraban al menos distinción por ellos algunas familias tituladas de La Habana y los atraían a sus fiestas y reuniones, entre otras, por ejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de Casa Peñalver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y reuniones en los días de pascuas de navidad se trasladaban a los lindísimos cafetales de San Antonio, de Alquízar, de San Andrés y de la Artemisa, que pertenecían a la gente rica.
No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa, Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante las primeras horas habían estado visitando los bailes de la feria del Ángel, el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la _cuna_ de la gente de color, en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno de esos sitios habían tomado ellos parte activa, si se exceptúa el primero, quien al juego del monte perdió en un instante las dos onzas de oro que aquella misma tarde le había metido su madre en el bolsillo del chaleco. No conocía el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sino por el placer de la excitación del momento; pero sucedió que los bailes no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas; que no logró ver a Cecilia Valdés en la ventana de la casa, ni en la _cuna_, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malísimo humor. Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volvía con sus amigos en busca del quitrín, que había dejado apostado en la calle del Aguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina, descubrió que no estaba allí, ni fue posible encontrarle sino media hora después y en punto opuesto y distante.
Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo a desobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principio respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, medio cubierto el rostro con un pañuelo, le había forzado a abandonar el puesto y fingir que se volvía a casa, valiéndose de amenazas terribles. No parecía creíble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno y verídico; lo que, si cabe, aumentó el mal humor de Leonardo, porque en caso de ser cierta la relación del calesero, ¿quién podía ser ese sujeto, ni qué interés tener en que el carruaje aguardase en una u otra esquina de la calle? ¿Por qué emplear amenazas? ¿Qué autoridad tenía para ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano, comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez era un inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba a disputarle el cariño de Cecilia Valdés.
Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni su amiga Nemesia se habían presentado en parte alguna de la feria del Ángel. Además de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana, aún cuando Gamboa hizo la señal convenida pasando la punta del bastón por los pocos balaustres que aún le quedaban, casi no dejaba duda de que algo extraordinario había ocurrido en el humilde y oscuro hogar.
Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora, Leonardo Gamboa entró en el baile de la Filarmónica preocupado y de muy mal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y el aposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, según dice el poeta:
_Una noche por fin: entre cristales_ _La luz reverberaba en los salones;_ _Y la sangre inflamaba con sus sones,_ _La danza tropical;_
no pudo nuestro héroe sustraerse a su arrobadora influencia. La orquesta, que dirigía el célebre violinista Ulpiano, ocupaba el anchísimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta del salón, enfrente de otra que daba sobre los más amplios balcones, que formaban los portales llamados del Rosario. Dejados los sombreros y los bastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuarto entresuelo que abría al descanso de la escalera de doble tramo, y tendiendo la vista por el soberbio salón, que podía tener «la carrera de un caballo», si se nos permite la exageración, descubrieron los estudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo. Recibían los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientras esperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche, que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.
Como hemos dicho antes, allí se hallaba reunido lo más granado y florido de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento al menos, con alma y cuerpo a su diversión favorita. Y a la luz deslumbrante de las arañas de cristal, en olas de una música tan plañidera como voluptuosa, pues que procede del corazón de un pueblo esclavizado, al través de la nube sutil de polvo que levantaban los bailarines con los pies, las mujeres parecían más hermosas, los hombres más bizarros. ¿Podía, pues, entregarse el ánimo de la juventud a otros pensamientos que los que le sugerían los halagadores objetos que tenía delante? No es posible.
Gamboa se ocupó, desde luego, en buscar compañera para tomar parte en el baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, y Solfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio del salón, observando el último, con sonrisa amarga, que mientras aquella loca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el más estúpido y brutal de los reyes de España parecía contemplarla con aire de profundo desprecio desde el dorado dosel donde se veía pintada su imagen odiosa.
Andando con algún trabajo entre las apiñadas filas de espectadores y bailarines, tropezó Gamboa con la más joven de las señoritas Gámez, cuyo retrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo más empeñado de la danza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una sílfide, en brazos de su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:--Ahí está Isabel.
--¿Bailando? preguntó el joven.
--¡Qué bailar! Esperando por Vd.
--¿Por mí? Qué descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile esta noche.
En efecto, aquella señorita se hallaba a la sazón en toda apariencia comiendo pavo, según reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada a la izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una señora de mediana edad y el culto abogado Domingo André, con quien sostenía animada conversación. No obstante su natural despreocupación, sintió Gamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porque estuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compañía la encontraba, era asaz galán y sabía insinuarse en el ánimo de las mujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de las galanterías de André por aquella época, se dirigían a otra beldad muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdió por tímido y que ganó por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamos muy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace a Isabel, recibió a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos de tranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazón. Cambiados los saludos de costumbre, pues la compañera de Isabel, madre de las Gámez, era amiga del joven estudiante, lo mismo que André, en prueba de que no tenía nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risueña:
--Decía a este caballero poco hace, que tenía comprometida esta danza, y no me quiere creer.
--Es que Vd. no ha bailado ninguna todavía, que yo sepa, repuso André.
--Cierto que dos se han bailado solamente, replicó Isabel sin cortarse, pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.
--Lo que quiere decir en sustancia, continuó André, que he llegado en hora menguada. ¡Cómo ha de ser!
--Esta señorita tiene razón, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo. Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, me reserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor hora según veo. Por eso se dice que más vale llegar a tiempo que rondar un año.
--Ya, exclamó el galante abogado, el caso es que con las buenas mozas pocos somos los que llegamos a tiempo.
André saludó y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama, de las cuales la menor, de nombre Lola, cedía a muy pocas aquella noche la palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidos por la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de la cabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegaron tarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. La cubana danza sin duda que se inventó para hacerse la corte los enamorados. En sí el baile es muy sencillo, los movimientos cómodos y fáciles, siendo su objeto primordial la aproximación de los sexos, en un país donde las costumbres moriscas tienden a su separación; en una palabra, la comunión de las almas. Porque el caballero lleva a la dama casi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho la rodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente. No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases; es mecerse como en sueños, al son de una música gemidora y voluptuosa, es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres que se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la costumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho alguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hay ninguno como la danza que pinte más al vivo el carácter, los hábitos, el estado social y político de los cubanos, ni que esté en más armonía con el clima de la Isla.
La noche en cuestión lucía Isabel Ilincheta a maravilla las gracias naturales de que la había dotado el cielo. Era alta, bien formada, esbelta, y vestía elegantemente, conque siendo muy discreta y amable, está dicho que debía llamar la atención de la gente culta. Hasta la suave palidez de su rostro, la expresión lánguida de sus claros ojos y finos labios, contribuía a hacer atractiva a una joven que, por otra parte, no tenía nada de hermosa. Su encanto consistía en su palabra y en sus modos. Entraba en la pubertad cuando perdió a su madre, y para educarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, su padre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva Orleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desde principios de este siglo. Después de un pupilaje de más de cuatro años, en que recibió una educación antes religiosa que erudita y completa, se retiró al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la población de Alquízar, junto con su hermana menor, Rosa y una tía, viuda de un cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo había hecho varios viajes a la costa de África en las expediciones despachadas por cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas una enfermedad terrible, murió en la travesía y le arrojaron al agua, cual otros muchos de los infelices salvajes a quienes había ayudado a plagiar de su nativo suelo. En más de una ocasión fue la viuda, con tal motivo, el objeto de la munificencia de don Cándido Gamboa. Leonardo la visitó en el cafetal de Alquízar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina, cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina discreción.
No había nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad, ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y la razón era obvia: el ejercicio a caballo, su diversión favorita en el campo; el nadar frecuentemente en el río de San Andrés y en el de San Juan de Contreras, donde todos los años pasaba la temporada de baños; las caminatas casi diarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposición frecuente a las intemperies por gusto y por razón de su vida activa, habían robustecido y desarrollado su constitución física al punto de hacerle perder las formas suaves y redondas de las jóvenes de su edad y estado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona, debe añadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso, al cual sólo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigote negro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos, chicos y parejos, y he aquí lo que constituía la magia de la sonrisa de Isabel.
No debe extrañarse que, siendo Leonardo un tanto descreído y despegado, sintiese pasión por una joven tal como la que acaba de describirse. Entraba él por las puertas doradas de la vida. A pesar de sus connotaciones y de su riqueza, no había tenido aún trato con las mujeres de su esfera y educación, ni había empezado a buscar en ellas tampoco la compañera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa, estaba en sus maneras bruscas, porque allá en el fondo de su pecho, como habrá ocasión de observarlo, había raudal inagotable de generosidad, ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le había negado la capacidad de amar, sólo que las mujeres con quienes hasta allí había tropezado, o habían cedido a la fogosidad de sus afectos, a la intrepidez de sus pocos años, o a la influencia de su _lluvia de oro_. Ninguno de estos móviles podía tener ascendiente en el ánimo de una joven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta. Atraído Leonardo primero por sus prendas físicas, seducido después por sus relevantes dotes morales, comprendió desde luego que para ganar su afecto fuerza era tocar su corazón, hablar a su entendimiento. Por otra parte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo un nuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraíso terrenal cuando la vio por la primera vez.
Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sin embargo, más llevaderos en los cafetales, se convendrá en que Isabel, su hermana Rosa, su tía doña Juana, su padre y criados, llevaban una vida de paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosas flores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas, del clásico plátano, embebecidos con el canto perenne de las aves y el susurro melancólico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estación de los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoció a Isabel, contribuyó a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pecho algo que no había sentido nunca a los 21 años de su vida: el amor.
CAPÍTULO IV
_Princesa.--Su nombre al menos_, _Rey.--Nunca, nunca, nunca._
Sueños de amor y ambición.
El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su continuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho, hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En una de éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta con su hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se reducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre de viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejar el campo.
Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó a paso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle del Aguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia de establecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde de paso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas por la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato, pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, después adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a la taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a la observadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres que sobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber si había o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, la mulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del medio de la mandíbula superior.
Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana un canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó que descendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que se dirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar lo que pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquella casa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta y copa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuello blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta distancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Su porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse con los de un mozalbete ni de un viejo.
Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía el canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona que se hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largo siguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la Punta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero no le quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra, porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la calle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, y favorable al que seguía el desconocido.
Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia, sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada? Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.
--¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.
--Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del pie la media bala que la aseguraba.
No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la desesperación.
--Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate; hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía en pie, como azorada y confusa.
--Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmente en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de la Dolorosa.
Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada se sentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.
--Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fui a llevar unas costuras al taller de _señó_ Uribe, y _me se_ ha hecho de noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y después quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que está haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estar esperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía que tocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habido mucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropa para un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A _señó_ Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le llueve. Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es más gastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá? Parecen Vds., muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le prestaba atención.
Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo: