Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 12
En esto, un hombre de mala catadura entró por una puerta de la sastrería, como para evitar las ruedas del carruaje, y al salir por la otra extendió el brazo por encima del fuelle caído y le desprendió la peineta de teja de la cabeza de la más joven de las señoritas; con lo cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos se desarrolló y desmadejó toda, cubriéndole la espalda con sus ondas sedosas y brillantes cual las alas del totí. Dio ella un grito y se llevó ambas manos a la cabeza; en cuyo momento, José Dolores Pimienta, mero espectador hasta entonces como los demás, hizo una exclamación de asombro, murmuró el nombre de la «Virgencita de bronce» y se lanzó sobre el ratero, o más bien sobre la presa, que se la llevaba en triunfo. Logró echarle garra; mas como era de quebradizo carey y estaba, además, primorosamente calada, se le quedó hecha pedazos en la mano: única cosa que pudo devolver a su afligida y asustada dueña. A favor de la confusión logró escapar el ratero, bien que ningún otro que el oficial de sastre había parado mientes en aquella ocurrencia. Sin embargo, la exclamación de éste, su acción generosa cuando la generalidad de los espectadores sólo pensaba en divertirse, llamó la atención de Uribe, que volviéndose de repente para él, le dijo:
--¿Estás loco? ¿Te figuraste que esa también era Cecilia Valdés? Si digo yo que tú ves visiones.
--No, contestó secamente José Dolores. Yo sé lo que me digo. Esas niñas son hermanas del caballero Gamboa.
--¡Acabáramos! exclamó a su vez Uribe. Yo bien quería conocerlas. Se parecen mucho. No pueden negar que son hermanos. Pues es preciso ampararlas. ¡Las hermanas de uno de mis rumbosos _clientes_! No faltaba más...
En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, consiguieron separar a los combatientes y desenredar las ruedas de los vehículos, tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino, llevando el carretonero las manchas de sangre de la _cuarta_ del calesero en la camisa de listado azul. Protegió quizás las espaldas de este último la chaqueta de paño de su librea; a lo menos no se le veían en ella las señales de la refriega.
Y una vez despejado aquel campo de Agramonte y vueltos, el maestro sastre a la mesa de cortar, los oficiales a su tarima, el primero sacó de pronto el reloj del bolsillo del pantalón y, con aire sorprendido, dijo:--¡Las tres! añadiendo enseguida más alto:--¡José Dolores!
No tardó éste en aparecer ante la presencia del maestro Uribe. Traía al hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino, otra de seda negra; clavadas en los tirantes de los pantalones varias agujas cortas, no muy finas, y en el dedo del medio de la mano derecha un dedal de acero, sin fondo.
Al nacimiento de José Dolores Pimienta y de Francisco de Paula Uribe concurrieron, sin duda, por igual las razas blanca y negra, con esta esencial diferencia: que aquél sacó más sangre de la primera que de la segunda, circunstancia a que deben atribuirse el color menos bilioso de su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus facciones, la amplitud de su frente, la casi perfección de las manos y la pequeñez de los pies, que así en la forma como en el arco del puente podían competir con los de dama de raza caucásica. Ni con ser de constitución delicada sobresalían mucho los pómulos de su rostro ovalado, ni tenía el cabello tan lanudo como el de Uribe. En sus maneras, lo mismo que en la mirada, y a veces hasta en el tono de la voz, había aire marcado de timidez o melancolía, pues no siempre es fácil discernir entre ambas, que revelaba, o mucha modestia o mucha ternura de afectos.
De organización musical tenía que hacerse gran violencia, cosa que no podía echar a puerta ajena, para trocar el clarinete, su instrumento favorito, por el dedal o la aguja del sastre, una de las artes bellas por un oficio mecánico y sedentario. Pero la necesidad tiene cara de hereje, según reza el característico adagio español, y José Dolores Pimienta, aunque director de orquesta, ocupado a menudo en el coro de las iglesias por el día y en los bailes de las ferias por la noche, no le bastaba eso a cubrir sus propias necesidades y las de su hermana Nemesia, desahogadamente. La música en Cuba, como las demás bellas artes, no hacía ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades a sus adeptos. El célebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se hallaban poco más o menos en este caso.
--¿Qué tal la casaca verde indivisible? le preguntó Uribe. ¿Se halla en estado de prueba? Son las tres y dentro de poco tendremos aquí al caballero Gamboa, como el reloj.
--Para el tiempo que hace que Vd. me la entregó, _señó_ Uribe, repuso Pimienta, la tengo bastante adelantada.
--¿Cómo es eso? ¿Pues no te la di desde tras de antier?
--Perdone Vd., _señó_ Uribe, yo no vine a recibir esa prenda, si hemos de hablar claro, hasta ayer por la mañana. Antier toqué la misa mayor del Santo Ángel Custodio, a prima toqué la salve y luego en el baile de Farruco hasta más de media noche. Conque no sé...
--Bien, bien, replicó Uribe serio interrumpiéndole: ¿Se halla o no en estado de prueba? Eso es lo esencial.
--Diré a Vd., lo que es probarse, puede ahora mismo. Las solapas están basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a hilvanarle los forros de seda, para abrirle los ojales. Los hombros se hilvanarán cuando venga el caballero que Vd. dice, y las espaldas idem per idem. Las mangas las está cerrando _seña_ Clara, su mujer de Vd., aunque con probar una basta. De manera que a las ocho de la noche, cuando más tarde, estará concluida la casaca y lista para el baile, que no principiará hasta las nueve.
--El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirá nunca que Pancho de Paula Uribe y Robirosa no cumple su palabra una vez empeñada.
--Entonces tendrá Vd. que poner otro oficial que me ayude; mejor dicho, que la concluya, porque a las seis debo tocar en la salve del Santo Ángel Custodio y luego después en el baile de Brito. Farruco abre sus bailes esta noche en la casa de Soto y yo no he querido llevar mi orquesta hasta allá. En la Filarmónica dirige Ulpiano con su violín y Brindis está comprometido a tocar el contrabajo. Conque considere Vd.
--Pues lo siento en el alma, José Dolores, y si hubiera sabido que tú no ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo me estoy mirando en ella. Temo que si otro oficial la coge ahora en sus manos, le echa a perder el estilo. El caballerito Leonardo es el más quisquilloso de todos mis clientes. ¿No ve Vd. que nada en riqueza? ¿No ve cómo derrama la plata? ¡Para lo que le cuesta! Y vea Vd. su padre don Cándido, el otro día como quien dice, andaba con la pata en el suelo. Me parece que lo veo cuando llegó de su tierra: traía zapatos de empleita (quiso decir _pleita_, mejor, _alpargatas_), chaqueta y calzones de bayeta y gorro de paño. A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros de África a montones, después se casó con una niña que tenía ingenio, después le entró dinero por todos cuatro costados y hoy es un caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo bota las onzas de oro como quien bota agua. _E intertanto_ aquella pobre muchacha... Mas, cállate lengua. Pues, según te decía, José Dolores, el caballerito Leonardo vino aquí la semana pasada y me dijo:--Maestro Uribe, tenga Vd. este paño verde indivisible que he hecho traer de París expresamente para que Vd. me haga una casaca como se debe. Pero déjese Vd. de vejeces, de talle encaramado en el cogote, ni de colas de golondrinas. Yo no soy ningún zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo. Hágame una casaca como la gente, a la _dernier_, que yo sé que Vd. sabe pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana. Ese mozo tiene tanto dinero, que es preciso darle gusto o reventar. Además, como es tan elegante y bien parecido, da el tono en la moda, y si acierto a hacerle una cosa buena, me pongo las botas. Aunque a decir verdad, ya no tengo manos para todo el trabajo que me ha caído. Por donde se ve claro que la competencia del inglés Federico, lejos de dañificarme, me ha favorecido. Conque, mi querido José Dolores, al avío.
--Ya le he dicho, _señó_ Uribe, haré lo que pueda; pero sépalo, no tendré tiempo para darle la última mano. Lo principal, sin embargo, está hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura de los faldones y la espalda Vd. puede dirigirla, y los ojales nadie los hace mejor que _seña_ Clara.
--Trae acá la casaca.
Trájola el oficial, y con ella en la mano, para suspenderla a la altura de sus ojos, Uribe se encaminó a un espejo que había en la pared medianera de la primera ventana y la puerta. Allí le siguió maquinalmente José Dolores. Cuando los dos estuvieron delante del espejo, dijo el maestro a su oficial:
--Vamos, José Dolores, sirve tú de modelo... Apuradamente, tienes el mismo cuerpo que el caballerito Leonardo.
--Está bien, _señó_ Uribe, contestó Pimienta de malísimo humor. Pero sin ejemplar ¿eh?
--Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. ¿Qué te está labrando allá dentro? Antes tomaste una de las niñas Gamboa por Cecilia Valdés; ahora te pones bravo porque, para ganar tiempo, pruebo la casaca del hermano en tu cuerpo. Si lo haces porque ese blanco le pisa la sombra, lo peor que puedes hacer es tomarlo tan a pecho. ¿Qué remedio, José Dolores? Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que _ellos_ son el martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me ves besar muchas manos que deseo ver cortadas? Te figurarás que me sale de adentro. Ni lo pienses, porque lo cierto y verídico es que, en verbo de blanco, no quiero ni el papel.
--¡Qué ley tan brava, _señó_ Uribe! No pudo menos de exclamar por lo bajo el oficial, sorprendido más bien que alarmado de que abrigara principios tan severos.
--Pues qué, continuó el maestro sastre, ¿te figurabas que porque le hago el _rande vú_ a todos cuantos entran en esta casa, es que no sé distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en verbo de hombre, nadie creo mejor que yo. ¿Me estimaría en menos porque soy de color? Disparate. ¿Cuántos condes, abogados y médicos andan por ahí, que se avergonzarían de que su padre o su madre se les sentara al lado en el quitrín, o los acompañara a los besamanos del Capitán General en los días del rey o de la reina Cristina? Quizás tú no estás tan enterado como yo, porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco y recuerda. ¿Tú conoces el padre del conde...? Pues fue el mayordomo de su abuela. ¿Y el padre de la marquesa...? Un talabartero de Matanzas, más sucio que el cerote que usaba para untarle a la pita con que cosía los arneses. ¿A que el marqués de... no enseña su madre a los que van a visitarlo en su palacio de la Catedral? Y ¿qué me dices del padre del doctor de tantas campanillas...? Es un carnicero de ahí al doblar. (Tuvo Uribe la discreción de pronunciar los nombres de las personas aludidas a la oreja del oficial, como para que los demás no le oyeran.) Pues yo no tengo por qué esconder mis progenitores. Mi padre fue un brigadier español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni ninguna mujer de nación. Si los padres de esos señorones hubieran sido siquiera sastres, pase, porque es notorio que S. M. el Rey ha declarado noble nuestro arte, lo mismo que el oficio de los tabaqueros, y podemos usar don. Tondá, con ser moreno, tiene don por el rey.
--Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy duro, durísimo, insufrible, _señó_ Uribe, agregó José Dolores, y se le nubló la vista y le temblaron los labios, que _ellos_ nos arrebaten las de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.
--¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen _ellas_, no _ellos_. No te quepa género de duda, porque es claro, José Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro que los blancos no miraban para las pardas.
--Puede ser, _señó_ Uribe; pero, digo yo: ¿no tienen los blancos bastante con las suyas? ¿Por qué han de venir a quitarnos las nuestras? ¿Con qué derecho hacen ellos eso? ¿Con el derecho de blancos? ¿Quién les ha dado semejante derecho? Nadie. Desengáñese, _señó_ Uribe, si los blancos se contentaran con las blancas, las pardas no mirarían para los blancos.
--Hablas como un Salomón, chinito, sólo que eso no es lo que sucede, y es preciso atenerse a cómo son las cosas y no como queremos que sean. Yo me hago este cargo: ¿qué vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a medida del deseo de uno? Ni ¿qué puedo yo solo, qué puedes tú, ni qué puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir. Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno. Que ya llegará, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha de rasgar el paño a lo largo. _Intertanto_ aprende de mí, recibo las cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podría salir crucificado. Tú todavía vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.
--¿Qué importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen al mismo tiempo que yo...
--Ese es el caso, que si tú te calientas y tomas las cosas por donde más queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas tú a borbollones. Y eso es lo que pretenden los pícaros de los blanquitos. Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y aguardes la ocasión. ¿Ves ahí a Clara, tan formalota, tan seria? Ella cuando moza tuvo también más de un blanco tentador, y logré espantarlo sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. Así te digo, José Dolores, no te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los hígados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenderás a vivir.
Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados; ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.
Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.
CAPÍTULO II
_No es caballero el que nace, sino el que lo sabe ser._
La llegada repentina del joven mencionado al final del capítulo anterior, esperada y todo, sorprendió al maestro sastre, con tanto más motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel momento para echar atrás los brazos y soltarle en las manos la pieza de ropa en estado de prueba.
Esto, sin embargo, no fue parte para que él dejase de salir al encuentro de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas y zalamerías.
Si el joven recién llegado observó o no la retirada precipitada de Pimienta, o si adivinó el motivo, es más de lo que puede afirmarse con probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstante, que hasta allí Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo acérrimo en el músico; y que, además, se creía superior para ocuparse de las simpatías o antipatías de un hombre de baja esfera, mulato por añadidura. Lo seguro es que ni siquiera sospechó que había acabado de ser el objeto casi exclusivo de la conversación del maestro sastre y de su oficial. Venía, además, allí a hora fija y por cita expresa, sólo se demoraría el tiempo necesario. No había, por tanto, ocasión ni motivo de dar su atención y pensamientos a cosas ajenas al traje que hacía el maestro Uribe. Tampoco éste le dio lugar a divagaciones.
Como tenía por costumbre Leonardo, al apearse sacó una peseta del bolsillo del chaleco y se la arrojó al calesero, el cual la recibió en el aire. Luego, sin más demora, se encaminó derecho al sastre, cortándole, en medio de sus obsequiosas demostraciones, con la pregunta:
--¿Qué hay de mi ropa? ¿Lista?
--Casi concluida, señor don Leonardito.
--Lo temía, lo esperaba, replicó éste impaciente. Un zapatero remendón tiene más palabra que tú, Uribe.
--Pues ¿qué hora es, caballero Gamboa?
--Son las cuatro y más de la tarde; y me prometiste la ropa para ayer tarde.
--Perdone el caballero, se la prometí para hoy a las siete de la noche. Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debe estar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos y ringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otra cosa que su reputación, como que viste, hace más de diez años, a la grandeza de La Habana, y nadie podría decir en justicia que Francisco de Paula Uribe y Robirosa...
--¡Ah! ¡Maestro Uribe! ¡Maestro Uribe! volvió a interrumpirle el joven con mayor impaciencia. El que no te conozca que te compre. Dale con la palabra y vuelta con su reputación y pocas veces, si alguna, cumpliendo con exactitud. Dejemos toda esta palabrería para otra ocasión y vamos a los hechos. Al fin ¿tendré la ropa esta noche, en tiempo para el baile o no? He aquí lo que importa saber.
--La tendrá el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que toca al chaleco, que es lo único que se hace fuera de casa, lo espero por momentos. Apuradamente, está en manos de una pardita que se pinta sola para chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido la bondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca, aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengo buen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente, porque sé que para las personas que no son del arte aquí hay trabajo de dos días, cuando para un oficial experto sólo hay trabajo de dos horas. Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mía, ni por falta de oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller sólo tengo cinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefiero tener mi gente siempre a la vista.
Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se había despojado del frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, creyó ver reflejada en aquél la imagen de alguien que le miraba a hurtadillas desde atrás de la puerta del comedor. Aunque le pasó por la mente que había visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordar dónde ni cuándo. En este esfuerzo de imaginación se quedó un rato pensativo, completamente abstraído. Por supuesto, durante ese tiempo no vio lo que pasaba, no oyó ni entendió la charla del maestro Uribe.
Acertó a entrar en aquella sazón en la sastrería una muchacha de color, medio cubierta la cabeza en la _manta_ de burato pardo oscuro, a la usanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en lo que allí se hacía, pasó de largo hacia el aposento, por detrás de la mesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes de alcanzar la puerta, preguntándole:
--¿Traes el chaleco, Nene?
--Sí, señor; contestó ella con voz muy suave y musical, deteniéndose a la cabeza de la mesa, en la cual depositó un lío pequeño que sacó de debajo de la manta.
El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de su abstracción; volvió a ella el rostro y le clavó la vista. Ambos se reconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y una sonrisa de cariño, señales que por cierto no se escaparon a la penetración de Uribe.--Aquí hay gato encerrado, pensó él. ¡Pobre muchacha! ¡la compadezco! ¡En qué garras has caído! Cuando menos ésta es la causa de las quemazones de sangre de Pimienta... Tiene razón,...Pero no, debe ser por algo más de eso.
Después sacó el chaleco del pañuelo de seda en que estaba envuelto, y dándole éste a su dueño, añadió hablando con Gamboa.
--¿No se lo dije al caballero? Aquí tiene la prenda. La costurera vale un Potosí.
Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde brillante, entretejidas en la tela. No se lo probó Leonardo, ni lo juzgó necesario el sastre. Tampoco hubo desde allí tiempo para mucho, porque, cual por cita, acudió la mayor parte de los parroquianos de Uribe. Entre ellos, Fernando O'Reilly, hermano menor del conde de este nombre; el primogénito de Filomeno, después Marqués de Aguas Claras; el secretario o confidente del Conde de Peñalver; el joven Marqués de Villalta; el Mayordomo del Conde de Lombillo; y uno que le decían Seiso Ferino, protegido por la opulenta familia de Valdés Herrera. Casi todos éstos habían ordenado piezas de ropa para sí o para sus amos en la sastrería del maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extramuros en sus carruajes, ya ex profeso, entraban en ella y se detenían el tiempo necesario para esa averiguación.
Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le puso familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llamó por este nombre, y le trató de tú por tú. Habían sido condiscípulos de Filosofía en el Colegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya última fecha O'Reilly se había separado para ir a España y proseguir sus estudios hasta recibirse de abogado, como se recibió, tornando a los patrios lares sólo unos pocos meses antes del día de que aquí hablamos, con el empleo de Alcalde Mayor. Después de dos años de ausencia, aquélla era la primera vez que se veían, no habiendo tenido Leonardo ocasión ni humor de ir a saludarlo, quizás porque, si bien antiguos condiscípulos, no había dejado él de ser miembro de una familia la más orgullosa de La Habana, de la primera grandeza de España. Por otra parte, partió soltero y volvió casado con una madrileña, motivo de más para que sus gustos y aficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntos concurrían a oír las elocuentes lecciones del amable filósofo Francisco Javier de la Cruz.