Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 11
Volvió a callar doña Rosa por corto rato, siempre con aire meditabundo, aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretanto, Leonardo fingía no advertir la actitud abstraída de su madre, ni dar indicios de arrepentimiento por el embarazo en que la había puesto con sus antojadizas indicaciones. Por el contrario, mientras la pobre señora meditaba y echaba cálculos, él no cesaba de sobarse las mejillas con la punta de los dedos y de mirar al techo, cual si contara las vigas del colgadizo.
--¿Te dijo Dubois, continuó al cabo doña Rosa, el precio de sus nuevos relojes?
--Sí... No. ¿Para qué quieres saber el precio? ¿Para comprarme uno? Ya te he dicho que no lo necesito, que no lo quiero. ¿Para comprarles a mis hermanas? No los tiene Dubois de mujer, de hombre únicamente.
--Bien, pero ¿cuánto pide Dubois por sus relojes de repetición para hombre?
--Poca cosa, dieciocho onzas de oro. No pueden ser más baratos, porque son de oro, legítimos ginebrinos y de repetición.
--¿Tu reloj inglés no salió bueno?
--No tan bueno como creía al principio. Ese mismo Dubois te lo vendió, bien me acuerdo; pero es claro que se engañó o te engañó, porque se atrasa y se adelanta a cada rato, y ya le he llevado a la relojería más veces que onzas de oro pagaste por él. Y eso que te costó veinte, más de lo que piden por los ginebrinos. Dinero echado a la calle, mamá. Está visto, los relojes ingleses, aún los de Tobías, fallan a menudo; al contrario, los legítimos ginebrinos son otra cosa, casi todos salen buenos, exactos. Así al menos me dijo Dubois, que tú sabes entiende de relojes y es relojero de primera. Pero no hay que pensar más en eso, mamá; olvidémoslo, lo pasaré sin un reloj de confianza ¡cómo ha de ser!
--No te apures ni te aflijas, hijo, replicó Doña Rosa bastante alarmada. Ya veremos modo de que tengas el ginebrino si tan bueno es como dices y como cree Dubois. Yo siempre pensaba hacerte un regalo de pascuas, será el reloj ese que tanto te ha gustado, aunque de aquí a Navidad va todavía una pila de días. Pero se presenta una seria dificultad.
--¿Cuál? preguntó Leonardo asustado, por más que trató de dominarse.
--Sucede, continuó doña Rosa con suavidad, que en mi bolsa particular no creo que haya ahora todo el dinero requerido para la compra, y se me hace muy cuesta arriba acudir a la de tu padre.
--Pues si depende de papá, debo dar desde ahora por perdida la esperanza del reloj nuevo. El se ha vuelto más tacaño que un judío, al menos todo para mí le parece o caro o inútil; que lo que es para Antonia, ya sabemos que su bolsa siempre está abierta. Yo no sé para qué guarda él tanto dinero.
--Eres injusto con tu padre. ¿De quién es el dinero que tú derrochas? ¿Quién provee al lujo en que vives? ¿Quién trabaja para que tú goces y te diviertas?
--El trabaja, es verdad; él se industria y ahorra, no cabe duda ninguna, pero ¿tendría ahora tanto dinero si cuando se casó con contigo hubieras sido una mujer pobre? ¿A que no?
--Yo aporté al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no es ni la cuarta parte de nuestro caudal hoy día. El aumento, ese gran aumento, se debe a los afanes y economías de tu padre, quien no era un pobrete tampoco cuando se casó conmigo; no, señor; tenía sus reales, y tú menos que nadie debías censurar su conducta, la cual, por otra parte, es hija de la tuya con él.
--En eso había de parar el sermón, en mi conducta con papá. El es seco y duro conmigo, ¿puedo yo ser cariñoso y blando con él? Vamos, di tú. Nunca me da tampoco ocasión de mostrarle mi cariño, aunque quisiera. Mas no hablemos del asunto, volvamos la hoja y tratemos de otra cosa, de lo otro. ¿Qué tenía papá cuando se casó contigo?
--Tenía algo, tenía bastante, sí, señor. Tenía un taller de maderas del Norte, tejamaní, ladrillos, cal..., allá en la Alameda o Paseo, cerca de la Punta. El terreno en que se hallaba también le pertenecía, si bien valía poco por ser muy pantanoso y bajo. Tenía asimismo por allí, donde ahora se ha fabricado la casa del colegio de Buena Vista, un barracón. Por cierto que de los últimos bozales que se marcaron en el hombro izquierdo con las letras _G_ y _B_ todavía quedan algunos en el ingenio _La Tinaja_, que heredé de mi padre. Cándido, en sociedad con don Pedro Blanco, suele traer todavía negros de África. Pero persiguen tanto los ingleses la trata, que se pierden muchas más expediciones que se salvan...
--Figúrate, mamá, dijo Leonardo con mucha risa, aunque bajando la voz, un plagiario de hombres convertido en Conde... del Barracón, por ejemplo. ¡Qué lindo título!--¿No te parece mamá?
--¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa molesta no menos que sorprendida.
--¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios todos aquellos que roban hombres para venderlos?
--Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices, sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas, en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un momento a otro espera la vuelta de su bergantín _Veloz_. ¡Dios quiera que no haya caído en las garras de los ingleses!
--Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.
--No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato, él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo, hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular, en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.
--¿Por qué no acudes?
--Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero para hacerte un regalo.
--Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.
--Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.
--¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.
--No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos, anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?
--¿Por quién lo ha sabido él?
--Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en el muelle de Caballería.
--¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los _tasajeros_ y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero, pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España, barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la pagará el muy perro conversador.
--No fue ese el soplón. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, harías mal en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo ocultarle la verdad.
--Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó... Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?
--No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni... a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas, pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.
La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra, arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.
--Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.
--Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala noche.
Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores, durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta que, puesto en pie, dijo:
--Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio, paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz fuerte:--¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo, que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo en tono de mando:
--Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios sacos atestados de monedas de oro y plata.
--Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?
--Sí, señora.
--Supongo que Vd. no entiende de relojes.
--No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los relojes.
--No lo decía por tanto, don Melitón, lo decía para prevenirle contra cualesquier engaño que pudieran practicar con Vd., si se creyese que el reloj era para Vd. u otra persona así... ¿Vd. me entiende?
--Ya, ya, estoy enterado.
--Oiga. Recalque Vd. a Dubois que el reloj es para mí. El me conoce y debe saber que le costaría caro...
--Dar a Vd. gato por liebre, interrumpió el mayordomo. Por sentado que le costaría un ojo de la cara, si tal hiciera el muy bellaco. Demasiado lo sé y lo sabe él.
--Yo no le tengo por bellaco, como Vd. dice; sin embargo, bueno es estar prevenido...
--Porque el soldado prevenido nunca fue vencido, volvió a interrumpir el mayordomo, interpretando a su modo el pensamiento del ama.
--¡Ah! Haga que le pongan en una caja fina, como para un regalo. ¿Entiende Vd.?
--¡Toma que si lo entiendo! Perfectamente.
--Bien. Vaya Vd.
--Volando.
--¿Se acordará Vd.? Reloj de oro, de repetición, suizo; quiero decir, ginebrino, de los últimamente recibidos de Ginebra por el relojero Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín.
--Sí, sí, señora doña Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendré presente. Y en un salto...
--¡Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj de repetición, ginebrino legítimo, cueste lo que cueste. Si más dinero se necesita, venga Vd. por él.
--Será servida la señora doña Rosa al pie de la letra.
--¡Ah! ¡Reventos! ¡Reventos! Venga acá. Lo principal se me olvidaba. Haga que le pongan por dentro de la tapa esta marca: L. G. S. oct. 24, 1830. No se olvide.
En efecto, en poco más de una hora el Mayordomo estuvo de vuelta y puso en manos de doña Rosa un estuche pequeño, cuadrado, de tafilete, con filetes de oro. Sin duda dicha señora le aguardaba impaciente, porque tomarle, abrirle, contemplarle por breve rato con una especie de alegría infantil, levantarse y meterse en su aposento, sin hacer más caso del Mayordomo, fue todo uno.
No pasó más tiempo que el que acabamos de emplear en la relación de la cómica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondría el sol de aquel día, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su traje en el bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido éstos en el sofá, enfrente de su cama, se acostó tranquilo, resuelto a dormir y reparar las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta de sueño de la noche anterior. Dormitaba solamente cuando el ruido de menudos pasos y de las ropas de una mujer, vino a confirmarle en su esperanza. Era su madre. Fingió que dormía y la vio acercarse quedito al sofá, levantar en alto los pantalones, meter en el bolsillo delantero algo redondo que relumbraba mucho, pendiente de una cinta de seda rosada y azul, formando aguas, de más de una pulgada de ancho y seis de largo, sujetas las puntas por una hebilla de oro. Sonriose de placer, y cerró los ojos, a fin de que su madre se retirase en la persuasión que le había preparado una sorpresa.
Al volver doña Rosa los pantalones al sofá, cuidando de que la cinta del reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del chaleco las dos onzas que sobraron de la compra de aquél, le pareció que su hijo se había movido en la cama. Se sobresaltó cual si hubiera estado cometiendo un delito, y entonces, en efecto, entró un rayo de luz en su conciencia de madre, recordó vivamente las palabras de su marido en la conversación de por la mañana temprano, y sintió una especie de arrepentimiento. Algo en su interior la dijo que si no hacía actualmente mal, no resultaría tampoco un bien conocido y sólido de sus demostraciones tiernas y cariñosas con Leonardo, cuando no nacían de méritos contraídos por él, sino de la efusión espontánea e indiscreta de su corazón de madre.
Perpleja, entre recoger la prenda, cosa de guardarla para ocasión más oportuna, y arrostrar por ende la aflicción y el desagrado del hijo, se quedó inmóvil, como transfigurada. Aquél, aunque brevísimo, fue un momento supremo para la triste madre. Al fin echó una mirada furtiva hacia el lecho, vio a Leonardo desnudo de medio cuerpo arriba, con los brazos en la almohada y la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el pecho abierto y levantado, subiendo en la aspiración y bajando en la respiración, cual la ola que no llega a romper, la nariz dilatada, la boca entreabierta para dar franco paso a la entrada y salida del aire, pálido el semblante por el sueño y la agitación del día, aunque lleno de salud y de fuerza, un sentimiento de orgullo se apoderó de todo su ser, cambiando de golpe y por completo el orden de sus pensamientos.
--¡Pobrecito! exclamó en tono casi audible. ¿Por qué había yo de privarle de nada, cuando está en la edad de gozar y de divertirse? Goza y diviértete, pues, mientras te duran la salud y la mocedad, que ya vendrán para ti, como han venido para todos nosotros, los días de los disgustos y de los pesares. La Virgen Santísima, en quien tanto fío y pongo toda mi esperanza, no dejará de oír mis ruegos. Ella te proteja y saque en bien de los peligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de mi corazón.
Movió los labios juntos, en señal de lanzar un beso, y fuese tan callandito como vino.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
_Tarde venientibus ossa._ (Los que llegan tarde al banquete roen los huesos.)
Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para ocuparnos de otros que no por ser de inferior estofa, representan en nuestra verídica historia papel menos importante. Nos referimos ahora al célebre tocador de clarinete, José Dolores Pimienta.
Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto con otros oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una casaca de paño verde oscuro, todavía sin mangas ni faldones, fuerza es que pasemos a la sastrería del maestro Uribe, en la calle de la Muralla, puerta inmediata a la esquina de la de Villegas, donde hubo una tienda de mercerías llamada del Sol.
El primero de estos establecimientos se componía de una sala cuadrilonga con tres entradas: la de la primitiva puerta ancha y alta y las de las dos ventanas, cuyas rejas habían arrancado. Frente a ellas, en sentido longitudinal, había una mesa larga y angosta en que se veían varias piezas de dril, de piqué, de arabia, de un género de algodón que llamaban coquillo, de raso y de paño fino, todas arrolladas y apiladas en un extremo. Y hacia el opuesto, tendidos dos pedazos de tela de Mahón, en que ya se había trazado un par de pantalones de hombre con una astilla de jabón cenizoso.
Detrás de la mesa o mostrador, de pie, en mangas de camisa, con delantal blanco atado a la cintura, la tijera en la mano derecha, y echada en torno de los hombros, por medida, una cinta de papel doblada por medio en toda su longitud, con piquetes de trecho en trecho, se hallaba el maestro sastre Uribe, favorito en aquella época de la juventud elegante de La Habana. Aunque quisiera, no hubiera podido negar la raza negra, mezclada con la blanca a que debía su origen. Era de elevada talla, enjuto de carnes, carilargo, los brazos tenía desproporcionados, la nariz achatada, los ojos saltones, o a flor del rostro, la boca chica, y tanto que apenas cabían en ella dos sartas de dientes ralos, anchos y belfos; los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pálido. Usaba patilla corta, a la clérigo, rala y crespa, lo mismo que el cabello, si bien éste más espeso y en mechones erectos que daban a su cabeza la misma apariencia atribuida por la fábula a la de Medusa.[29]
Como sastre que debía dar el tono en la moda, vestía Uribe pantalones de mahón ajustados a las piernas, de tapa angosta, figurando una _M_ cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables trabillas de cuero. En vez del zapato de escarpín, entonces de uso general, llevaba chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos pies que no tenían nada de chicos, ni bien conformados, porque sobre mostrar demasiado los juanetes, apenas formaban puente. Por poco que previniese en su favor el aspecto de Uribe, no cabe duda que era el más amable de los sastres, muy ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tijeras. Estaba casado con una mulata como él, alta, gruesa, desenvuelta, quien en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas, arrastrando la chancleta de raso, como de enseñar más de lo que convenía a la decencia, las espaldas y los hombros rollizos y relucientes.
Comenzaba la tarde de uno de los últimos días del mes de octubre. Subían y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas la angosta calle de la Muralla, tal vez la de más tráfico de la ciudad, por ser la más central y estar toda poblada de tiendas de varias clases. El ruido de las ruedas y de las patas de los caballos en las piedras, resonaba como un trueno continuado en el interior de las casas abiertas a todos los vientos. No pocas veces chocaban unos contra otros, y obstruían el paso por largo rato. En semejante caso, al trueno de los carruajes sucedían las voces y los ternos de los carreteros y caleseros, sin consideración ni respeto a las señoras. El transeúnte a pie, si no quería ser atropellado por los caballos o estrujado contra las paredes de las casas con los bocines salientes de los cubos de las ruedas, tenía que refugiarse en las tiendas hasta que se despejara la vía.
En la tarde de que hablamos ahora, ocurrió una de esas frecuentes colisiones entre un quitrín ocupado por tres señoritas, que bajaba, y un carretón cargado con dos cajas de azúcar, que subía. Chocaron con fuerza los cubos opuestos de ambos vehículos, de cuyas resultas el del segundo levantó la rueda del primero y se entró por sus rayos, rindiendo uno. Del choque los dos carruajes quedaron casi de través en la calle, el quitrín con la zaga hacia la puerta de la sastrería de Uribe, donde penetró la cabeza de la mula del carretón. El carretonero, que venía sentado a la mujeriega en una de las cajas de azúcar, con un zurriago en la mano derecha, perdió el equilibrio y dio en el lodo y piedras de la calle un terrible costalazo.
Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro, mulato de La Habana, en vez de acudir cada cual a su vehículo respectivo, a fin de deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con atroces maldiciones y denuestos se embistieron mutuamente, ciegos de furor salvaje. No era que se conocían, estaban reñidos o tenían anteriores agravios que vengar; sino que siendo los dos esclavos, oprimidos y maltratados siempre por sus amos, sin tiempo ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban a muerte por instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban poseídos, en la primera ocasión que se les presentaba. En vano las señoritas del quitrín, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo, y la mayor de ellas amenazó repetidas veces al calesero con un fuerte castigo si no desistía de la riña y atendía a los inquietos caballos. Pero los combatientes, en su furor y en la lluvia de zurriagazos que se descargaban, no oían palabra. Luego los españoles de las tiendas, los oficiales de la sastrería, todos asomados a las puertas en mangas de camisa, aumentaban el ruido y la confusión con su vocería y sus risotadas, señales ciertas del júbilo con que presenciaban el combate.