Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 10
Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana Adela, y siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba el almuerzo, o la comida, se cruzaban entre ellos miradas de inteligencia, se sonreían a menudo, sostenían, en suma, conversaciones cariñosas y fraternales con los ojos y los labios, sin proferir una palabra. Que ligaban a los hermanos fuertes lazos de simpatía, parecía del todo evidente. Había del uno para la otra lo que se llama ángel. A no ser hermanos carnales se habrían amado, como se amaron los amantes más célebres que ha conocido el mundo. En la mañana del día que vamos refiriendo no sucedió, sin embargo, lo de costumbre. Leonardo estaba enojado o triste, o extraña y honda preocupación le dominaba el ánimo; lo cierto es que en vano Adela, cual solía, buscó su mirada, puso el entrecejo y trató de quemarle la frente con los rayos de sus divinos ojos, a través de la mesa. Ni una vez se cruzaron sus miradas, no hubo para ella en aquel rostro repentinamente petrificado, un rasgo de cariño. La inocente niña llegó a afligirse. ¿Habíale dado motivo de enojo sin saberlo? ¿Qué tenía su hermano querido? ¿Por qué en las dos o tres veces que le sorprendió mirándola en sorda y muda contemplación, bajó él los ojos de repente o fingió perfecta abstracción e indiferencia? Quizás Leonardo no se explicaba claramente y Adela era muy joven para comprender que aquél hacía, sin quererlo, un estudio comparativo de la encantadora fisonomía de su hermana. ¿Qué pensamientos cruzaban entonces por su mente? Difícil es decirlo; lo único que puede asegurarse como cosa positiva es que había en la contemplación de Leonardo más embebecimiento que distracción mental, más deleite que fría meditación, cual si hubiese descubierto ahora en el semblante de su hermana algo en que antes no había reparado.
Duró el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en la mesa el mayor silencio, pues apenas se oía otro ruido que el de los cubiertos de plata, ni más voz que la del que pedía éste o aquel plato distante al negrito Tirso, que ya conocen nuestros Lectores, y a una negra joven y bien parecida, los cuales, con los brazos cruzados sobre el pecho cuando esperaban órdenes, estaban atentos a las exigencias del servicio. El primero, con todo eso, servía principalmente a los hombres, la segunda a las mujeres. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a don Cándido hasta los pensamientos, poniéndole delante el plato designado con un mero movimiento de los ojos, a cuyo efecto no apartaban de él los suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servían a los demás comensales. ¡Ay de ellos si esperaban la orden o equivocaban el plato con que deseaba reemplazar el saboreado! El castigo no se hacía esperar: le arrojaba a la cabeza lo primero que se le venía a las manos.
La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomates, arroz cocido, plátano maduro también frito, en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berros y de lechuga. Acabado el almuerzo, se presentó un tercer criado, en mangas de camisa, y que por el pringue de su ropa parecía el cocinero, con una cafetera de loza en cada mano y principió a llenar de café y de leche, primero la taza de don Cándido y sucesivamente la de doña Rosa, la de Leonardo, las de las hermanas de éste, acabando por la del Mayordomo, aunque no ocupaba el último lugar en una mesa donde hacía de cabeza el amo y de cola la hija mayor. El Mayordomo no era sino un criado blanco, y nadie mejor que los otros criados definían su posición en aquella casa.
Tomaba la familia el café con leche hirviendo cuando pasó por el comedor en dirección de la calle, nuestro conocido, el calesero Aponte. Aunque todavía en mangas de camisa, llevaba calzadas las altas botas de montar y las macizas espuelas de plata. Conducía del diestro dos caballos enjaezados, cuyas colas estaban cuidadosamente trenzadas y las puntas atadas por un cordón de estambre a una argolla en el fuste de la silla por detrás. Al entrar en el zaguán soltó Aponte la pareja, y sin más demora abrió de par en par la ancha puerta de la calle, suspendió en peso las varas del quitrín por las argollas plateadas que tenían atornilladas al extremo, y gritando:--¡Atrás!, le sacó rodando hasta el medio de la calle, le hizo girar, y le arrimó a la acera de su casa. Enseguida volvió a tomar por la brida la misma caballería de antes, le pegó una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda, casi por fuerza la metió entre varas, y luego colgó éstas por las argollas a unos ganchos dobles de hierro que pendían de la silla, cubiertos por pequeños faldones de vaqueta negra. La otra caballería, la de monta, quedó atada al carruaje por dos fuertes tirantes de cuero, adheridos por sus gazas a un balancín.
Después del café sacó don Cándido la vejiga de los tabacos (cigarros) y metió en ella el brazo hasta el codo; tan honda era. A su vista, Tirso voló a la cocina en busca del braserillo de plata con la brasa del carbón vegetal. Antes que el amo mordiera el remate del cigarro, sin cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo, con expresión humilde mezclada de temor, le acercaba la lumbre para que encendiera de su mano. Con la primera bocanada de humo azuloso y acre que sacó del cigarro, se puso en pie y, seguido del Mayordomo, se entró en el escritorio, tan callado como cuando salió de él, una hora antes, para sentarse a la mesa del almuerzo.
La desaparición del padre determinó por sí sola un cambio repentino y completo en el ánimo y conducta de la familia, sin excluir la madre. El corazón de los hijos quedó aliviado, por lo visto, del peso que lo había oprimido, siendo así que a todos ellos, como por concierto, se les alegró el semblante y se les desató la lengua. Leonardo especialmente llevó el entusiasmo al punto de atraer a sí a su madre con el brazo izquierdo para darle uno y otro beso en la mejilla y decirle:
--¿Y qué tiene? (indicando su padre). ¿Está _bravo_?
--Contigo; repuso concisamente su madre.
--¿Conmigo? Pues ya le mando trabajo.
A poco, sin embargo, se puso de nuevo serio porque, habiendo reparado en su hermana Antonia, que no mostraba tanta expansión como los demás, recordó el incidente en la ventana de la calle.
--Mamá, agregó con más seriedad, se me figura que a ti te pasan la mota y que no lo sientes.
--¿Por qué me dices eso, hijo mío? replicó doña Rosa en el tono de voz más blando imaginable.
--¿Se lo digo, Antonia? preguntó a su hermana con aire malicioso.
Antonia, en vez de contestar, se puso más seria e hizo ademán de levantarse de la mesa, con lo cual añadió Leonardo a la carrera:
--Peor para ti, Antonia, si te levantas y me dejas con la palabra en la boca. No diré nada a mamá; pero es porque tengo ya hecha mi resolución. Se acabaron las visitas de los militares en mi casa.
--Hablas como si fueras el amo, repuso Antonia con desdén.
--No soy el amo, es cierto, mas puedo romperle las patas a uno el día menos pensado, y tanto vale.
--Te expones a que te la rompan a ti.
--Eso lo veremos.
--Supón que en vez de militar español fuera un cadete el que nos visitase, ¿también te opondrías?
--¡Cadete! ¡Cadete! repitió Leonardo con marcado desprecio. Nadie habla de cadetes, que cual los oficiales de milicia son nada entre dos platos. Ya la moda de los cadetes pasó; los últimos quedaron enterrados en las playas de Tampico, a donde, por dicha, se los llevó Barradas. Los que de ellos han sobrevivido a la desastrosa campaña, de seguro le han perdido la afición a las armas. Gracias a Dios que nos vemos libres de su fatuidad.
--De suerte que tu tirria es contra los españoles, como si tu padre fuese habanero.
--Ese odio tuyo a los españoles, dijo doña Rosa, todavía ha de costarnos caro, Leonardo.
--Es que mi odio no es ciego, mamá, ni general contra los españoles, sino contra los militares. Ellos se creen los amos del país, nos tratan con desprecio a nosotros los paisanos, y porque usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que lo pueden todo. Para meterse en cualquier parte, no esperan a que los conviden y una vez dentro se llevan las primeras muchachas y las más lindas. Esto es insufrible. Aunque si bien se mira, las muchachas son las que tienen la culpa. Parece que les deslumbra el brillo de las charreteras.
--Respecto de mí, observó Carmen, la regla padece una excepción.
--Y respecto de mí, añadió Adela, sucede la misma cosa. Los militares, por decentes que sean, trascienden a cuartel.
--No hables así, niña, le dijo su madre, que hay militares muy dignos, y sin ir lejos, mi tío Lázaro de Sandoval, que fue coronel del Regimiento Fijo de La Habana, estuvo en el sitio de Pensacola y murió lleno de honores y de cicatrices.
--Pero no se habla de esos militares, mamá, saltó y dijo Leonardo. Se habla de los militares que vinieron de España para reconquistar a México, y que habiendo fracasado allá vuelven aquí para que nosotros paguemos el mal humor de la ignominiosa derrota. A estos militares son a los que ahora me refiero. No es lo peor que trasciendan a cuartel, como dice Adela, sino que son, como hombres, malditísimos maridos. Mientras no llegan a brigadier, viven en los cuarteles o en los castillos, donde tienen por casa pabellones; por criados, asistentes rudos y desvergonzados; por diversión las palizas y carreras de baqueta que les pegan a los soldados; por música, el tambor de diana. Casi nunca se fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan, tienen que salir destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto Príncipe, luego para Santiago de Cuba, después para Bayamo... Y si son casados, la mujer y los hijos y los penates, por supuesto, tienen que seguirlos de cuartel en cuartel, de castillo en castillo, de destacamento en destacamento cuando por motivos de economía no se queda ella con sus padres y él no se marcha con sus soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con quien casarse, poco se cuidan del carácter y de los antecedentes de las que al cabo toman por esposa, tarde que temprano, ellas les arañan la cara y ellos las arrastran por el pelo.
No pudo Antonia sufrir más: se levantó de la mesa y se fue a la sala, callada y muy molesta.
--Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo doña Rosa. Ella no piensa en militar alguno, por mucho que alguno la celebre.
--No piensa en ellos, pero admite galanteos por la ventana, y he aquí lo que me irrita.
--Antonia no es de ésas, por fortuna, hijo mío.
--¿No?--¡Ay, mamá! Parece vas perdiendo la vista del entendimiento y de la cara... No quiero hablar, lo único que digo y repito es que el día menos pensado le rompo una pata a uno de esos soldados.
Enseguida se levantó y cual si nada hubiese ocurrido, o dicho que le desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana Adela, la estrechó con ambos brazos por la cintura y le dio muchos besos.
--Quita, quita, dijo ella. ¿Pues no estabas enojado conmigo? Me lastimas con la barba.
--¿A dónde bueno, tan emperifollada? le preguntó Leonardo esquivando el asunto indicado por la hermana.
--Vamos a la tienda de Madama Pitaux, que ahora vive en la calle de La Habana número 153. Hace poco que ha llegado de París y, según dicen, ha traído mil curiosidades. De camino pensábamos dar una vuelta por la Loma del Ángel.
Para ir a la Loma ya es muy tarde. Pasa de las once. Y ahora que me acuerdo, ¿han visto Vds. el número IV de _La Moda o Recreo Semanal_?[25] Desde el sábado se repartió, y está muy interesante.
--¿Tú le tienes ahí? preguntó Carmen. Es extraño que no nos hayan enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.
--¿En dónde se suscribieron ustedes?
--En la librería de _La Coba_, calle de la Muralla, que es el punto más cercano.
--Pues reclamen allá. El ejemplar que yo leí estaba en el mostrador de la botica de San Feliú, porque el mío me ha faltado también. No son nada exactos, que digamos, los repartidores.
--¿Has averiguado quién es la Matilde de que habla _La Moda_? preguntó Adela a su hermano. Porque Carmen cree que es una que todos nosotros conocemos.
--A mí se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imaginario. Tal vez Madama Pitaux sepa algo.
--Pues a mí se me ha puesto, dijo Carmen, que la Matilde de _La Moda_ no es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la más elegante de La Habana; que su hermano, un verdadero lechuguino, se llama Juanito; que tiene una abuela de nombre doña Estefanía de Menocal--apellido semejante al de Moncada--que le dan en _La Moda_.
--Voy creyendo que tienes razón, dijo Adela. No puedo negar que el vestido y el peinado que llevaba anteayer en el Paseo Micaelita Junco son idénticos al figurín de _La Moda_ del sábado antes pasado. Por cierto que no me gustó el peinado a la Jirafa. La trenza es demasiado ancha y los bucles muy altos; luego, por detrás la cabeza luce desairada. Las mangas cortas, aglobadas, con sobremangas de blonda, sí me parecen bonitas y le sientan bien a la que tiene el brazo torneado, como Micaelita. Su hermano Juanito, que nos saludó junto a la fuente de Neptuno, ¿te acuerdas?, iba también a la última moda igual al figurín. Le sentaban los pantalones de Mahón sin pliegues, el chaleco blanco y la casaca de paño verde sin carteras. Esa es la moda inglesa, según dicen. ¿Reparaste en el sombrero? La copa tropezaba en las ramas de los árboles de la Alameda con ser Juanito Junco un chiquirritín.
--El corbatín es lo que no me peta, dijo Leonardo. Es tan alto que no deja juego al pescuezo. No los usaré jamás. No me gustan esos collares de perro. Tampoco me petan las casacas a _la dernier_;[26] parecen de zacatecas. Los angostos faldones bajan hasta las corvas y se me figura que con esa moda se ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre que se ha empeñado Federico en vestirnos a la inglesa y nosotros estamos mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene más gracia, si no más hábil tijera.
--No saques a Uribe, que es un sastre mulato de la calle de la Muralla y no sabe jota de las modas de París ni de Londres, dijo Carmen con marcado desprecio.
--No piensa así la gente principal de La Habana, repuso Leonardo prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdés Herrera de Guanajay, el Conde de la Reunión, Filomeno, el Marqués Morales, Peñalver, Fernandina... no se visten con otro sastre. Yo le prefiero a Federico. El, además, recibe los periódicos de modas de París por todos los paquetes[27] del Havre.
Tan entretenida conversación de los hermanos, la interrumpió el calesero presentándose con la _cuarta_ engarzada en la muñeca de la mano derecha y el sombrero redondo en la izquierda, para anunciar que el quitrín estaba listo a la puerta. Luego al punto las dos hermanas menores fueron en busca de la mayor y de sus características _mantas_ y juntas rodearon a la madre para pedirle sus órdenes. Esta señora les hizo el encargo de algunas compras en las tiendas de lencería, o de ropa, y luego se dirigieron ellas por el zaguán a la calle.
No ha de extrañar el lector forastero ver a tres señoritas de la clase que podemos llamar media, salir a las calles de La Habana sin dueña, padre, madre o hermano que las acompañase. Pero con tal que no fueran a pie ni a pagar visita de etiqueta, bien podían dos, mucho más tres jóvenes, recorrer toda la ciudad, hacer sus compras, picotear con los mozos españoles de las tiendas y en las noches de retreta en la Plaza de Armas o en la Alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el homenaje de sus amigos y la adoración de sus amantes. Eso sí, aún para hacer una visita en la vecindad de su casa y a pie, exigía la costumbre, que la cubana, cuando no había pariente de respeto, se acompañase siquiera de su mismo esclavo.
Al entrar Carmen en el quitrín, le dio la mano para subir un joven desconocido que acertó a pasar por allí, después a Adela y últimamente a Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galantería, una sonrisa de agradecimiento.
Así, la más joven y bella de las hermanas ocupó el asiento de en medio, el menos cómodo ciertamente, pero sin duda el más conspicuo y propio para desplegar la habanera sus gracias naturales a maravilla. Desde luego, montó el calesero el caballo de fuera de varas, el que por su suave paso, buena estampa y cola cuidadosamente trenzada, era al mismo tiempo el descanso y el orgullo del jinete; y partió a escape el carruaje en vuelta de la Plaza Vieja.
CAPÍTULO XII
_Por sus juguetes se conoce el niño, y se conjetura cuales han de ser sus obras._
Parábolas de Salomón
Quedaron al fin solos doña Rosa Sandoval de Gamboa y su hijo Leonardo.
No había sacado éste el talento de su padre para los negocios. Tampoco anunciaba disposición ninguna para la carrera literaria a que le dedicaban, aunque solía hacer versos y escribir articulejos para el _Diario_ y otros periódicos. Su madre, sin embargo, quería que fuese abogado, doctor de la Universidad de La Habana, halagándola la esperanza de que podría por este camino, llegar a oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe, y hasta a Teniente Gobernador, como llamaban entonces a los jueces letrados de nombramiento real. Creía ella con razón que, mediante el dinero y las relaciones de su marido en la Corte, bien podía conseguirse para su primogénito cualquier gracia, honor o título, entre los muchos que, merced a aquellos estímulos, es uso conceder la Corona.
De comerciante, en concepto del padre, no había esperanza de que el mozo llegase a más que alcalde municipal, a consiliario o diputado del Tribunal de Comercio o Real Consulado, empleos de mala muerte, sin honores ni emolumentos. Por otra parte, don Cándido, en realidad, no hacía hincapié en que su hijo estudiase y siguiese ésta ni esotra carrera literaria. ¿Abogado? Ni pensarlo. Se aficionaría a los pleitos, y acabaría con un caudal y con el de sus clientes. Tampoco don Cándido conocía más letras que las del Catón,[28] lo que no le había impedido acumular una fortuna respetable.
Ahora, además, le había nacido el deseo de titular, y no le parecía bien que su hijo, al menos, trocase los libros o la vara del mercader, ni el bonete de doctor, por la corona del conde, aunque hubiese un Santovenia, que por aquellos días precisamente, había hecho el último de los trueques mencionados. No obstante su ignorancia, reconocía que Leonardo no haría raya como hombre de letras, ni como de negocios, y decía para sí o cuando trataba del asunto con su esposa:
--No debemos forjarnos ilusiones. El (su hijo) no dará nunca mucho de sí, por más que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ahí no hay cabeza sino para enamorar y correr la tuna. Eso se conoce a tiro de ballesta. Pero ¿necesita él tampoco de grandes conocimientos para hacer papel en el mundo?
--¡Ca! No, señor. Fortuna, esto es, dinero te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de faltarle cuando yo muera. Luego si logro el título de Conde de Casa Gamboa, que pretendo en Madrid, reunirá el monis con la nobleza, dos adminículos éstos con que el más bruto puede figurar en primera línea, gozar fuero y echarse a roncar a pierna suelta, cierto y seguro de que no le atropellarán por deudas, antes todos le sacarán el sombrero, le traerán en palmitas y le bailarán el agua delante, lo mismo los chicos que los grandes, los hombres de copete que las mujeres bonitas. ¡Ah! ¡Qué tiempo se ha perdido! Si yo hubiese titulado diez años ha, otro gallo nos cantara.
En efecto, Leonardo descubría menos ambición que talento. Por sentado, la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por sus estudios, o por su industria, jamás calentó su corazón. Antes confiado en que a la muerte de sus padres sería bastante rico, no hacía esfuerzo ninguno por saber, ni se apuraba por estudiar las lecciones de derecho, y se reía a carcajadas cuando, en son de broma, se decía entre la familia que él podía llegar a ser oidor o conde, o que su padre hacía construir en España, con el fin de titular, un árbol genealógico en que no había de verse ni una gota de sangre de judío ni de moro. Por otra parte, tan humildes eran a la sazón sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes e ingobernables.
Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su alma. Y es que su madre, porque le quería demasiado, cualquiera creería que, lejos de regir sus desapoderados impulsos, parecía complacerse en darles rienda suelta. ¿Qué necesidades podía experimentar un mozo de sus años y ocupaciones? Libros, trajes, caballos, carruajes, criados, dinero, todo le sobraba; ni el trabajo de pedir casi nunca tenía, porque desde la cuna se había acostumbrado a ver satisfechos sus deseos y aún caprichos, apenas indicados. Con todo eso, no pasaba día sin que le hiciera la madre algún regalo costoso, teniendo además la costumbre de ponerle todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de oro, a veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero, así salía, sin conciencia de su valor, y era lo malo que jamás pasaba por la mente del hijo pródigo, que debía guardar para mañana lo que no fuese necesario para los gastos de hoy. ¿Cómo derramaba el oro nuestro imberbe estudiante? Adivinarlo puede el discreto lector, siendo como eran, el juego, las mujeres y las orgías con los amigos la vorágine que consumía el caudal de Gamboa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su vida.
Estaba él, pues, sentado, luego que partieron las hermanas, en el puesto que dejó Adela, opuesto a su madre, a la que miraba de hito en hito, de codos en la mesa, con la cara entre las manos y le dijo de repente:
--¿Sabes una cosa, mamá?
--Si no me la dices... contestó ella como distraída.
--No creas que te voy a pedir. Yo no quiero nada.
--Ya, dijo doña Rosa; y se sonrió, pues que comprendió por el exordio que quería algo su hijo muy amado.
--¿Te ríes? Entonces me callo.
--No lo tomes a mal, hijo; me sonrío para que veas que te escucho con complacencia.
--Pues al pasar ayer tarde por la relojería de Dubois, en la calle del Teniente Rey, me llamó para enseñarme... ¿Te vuelves a sonreír? Vas a creer que te voy a pedir alguna cosa. Desde ahora te digo que te engañas.
--No hagas caso de mis sonrisas. Continúa. Deseo oír el fin; ¿qué te enseñó Dubois?
--Nada. Unos relojes de repetición que acababa de recibir de Suiza. Son los primeros que llegan a La Habana, según me dijo, directamente de Ginebra.
Callose en diciendo esto Leonardo y su madre imitó su ejemplo, aunque ésta, al parecer pensativa. Al fin ella fue la primera que rompió el silencio diciendo:
--¿Y qué tal los nuevos relojes de repetición? ¿Te gustaron, hijo mío?
Se le iluminó al joven el semblante, el cual exclamó:
--Muchísimo. Son magníficos, ginebrinos..., pero yo no quiero reloj nuevo, te lo advierto. Todavía sirve el inglés que tú me regalaste el año pasado, sólo que ya no es de moda. Yo no he visto nunca un reloj de repetición y mucho menos ginebrino, que no hay que abrirlo para saber la hora a cualesquiera del día o de la noche. Se empuja el botón de un resorte que tiene dentro de la argolla, y una campanilla interior da la hora y los cuartos. ¡Qué ventaja! ¿Eh, mamá?
--¿Por qué no me hablaste de eso antes de salir tus hermanas? Le habría encargado a Antonia que se pasara por la relojería.
--No me acordé ni tuve ocasión. Papá, además, estaba delante y luego entramos en una conversación... y me distraje. Bien que ellas no entienden de relojes.