Chapter 4
Durante toda mi vida recordaré aquel largo corredor fresco y tranquilo, la pared pintada de color de rosa, el jardinillo que se entreveía en el fondo a través de una cortina de color, y en todos los tableros flores y violines descoloridos. Prodújome la misma impresión que hubiera experimentado al entrar en la casa de algún antiguo bailío de los tiempos de Maricastaña. Al fin del pasillo, a la izquierda, por una puerta entornada oíase el tic tac de un enorme reloj y una voz infantil, pero de niño de la escuela, que leía deteniéndose en cada sílaba: En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...mó:... Yo... soy... el... tri...go del... Se...ñor... Es... ne...ce...sa...rio... que... me... tri...tu...ren... las... mue...las... de... es...tos... a...ni...ma...les... Acerqueme con precaución a aquella puerta y miré.
Entre la calma y la media luz de un cuartito, un buen anciano de pómulos rojos, arrugado hasta la punta de los dedos, dormía embutido en un sillón, con la boca abierta y las manos en las rodillas. A sus pies, una niñita con traje azul, esclavina grande y capillo pequeño, el traje de las huérfanas, leía la _Vida de San Ireneo_ en un libro más grande que ella. Esta lectura milagrosa había ejercido notable influencia sobre toda la casa. El viejo dormía en su sillón, las moscas en el cielo raso y los pájaros en sus jaulas, allá abajo, en la ventana. El gran reloj repetía con insistencia monótona su acompasado tic tac, tic tac. En toda la estancia no estaba despierto nada más que un gran haz de luz que se filtraba derecho y blanco por entre los postigos cerrados, lleno de chispas vivientes y de valses microscópicos. En medio de aquel general adormecimiento, la niña proseguía su lectura con aire grave: En... se...gui...da... dos... le...o...nes... se... lan...za...ron... so...bre... él... y... lo... de...vo...ra...ron... En ese momento entré yo. Los leones de San Ireneo, entrando precipitadamente en la estancia, no hubieran producido allí más asombro del que yo produje. ¡Un verdadero efecto teatral! La pequeña exhala un grito, cáese el librote, espabílanse los canarios y las moscas, el viejo se yergue sobresaltado, despavorido y turbado yo mismo un poco, me paro en el umbral diciendo a voces:
--¡Buenos días, buenas gentes, soy amigo de Mauricio!
¡Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto al pobre viejo, si le hubiesen visto precipitarse a mí, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarme las manos, correr trastornado por la habitación, repitiendo:
--¡Dios mío, Dios mío!
Reíansele todas las arrugas del rostro. Estaba rojo. Tartamudeaba.
--¡Ah, caballero! ¡Ah, caballero!
Ibase después al fondo, llamando:
--¡Mamette!
Se abre una puerta, y se oye en el pasillo un trotecito de ratón. Era Mamette. Nada tan conmovedor como aquella viejecita con su gorro de casco, su hábito carmelita y el pañuelo bordado, que por honrarme tenía en la mano, conforme a la usanza antigua. ¡Cosa enternecedora: se parecían! Con papalina y cosas amarillas también él hubiera podido llamarse Mamette. Pero la verdadera Mamette había debido llorar mucho durante su vida, y estaba aún más arrugada que la otra. También, como la otra, tenía junto a sí una niña del asilo de huérfanas, guardianita con esclavina azul que nunca la abandonaba, y el ver esos viejos amparados por esas huérfanas, era lo más conmovedor que puede concebirse.
Mamette, al entrar, había comenzado por hacerme una gran reverencia; pero el viejo la paralizó con cuatro palabras:
--Es amigo de Mauricio.
Y he aquí que, al punto, tiembla, llora, pierde el pañuelo, se pone encarnada, muy roja, aún más roja que él. ¡Esos viejos! La única gota de sangre que tienen en las venas, se les sube a la cara a la más pequeña emoción.
--¡Pronto, pronto, una silla!--grita la vieja a su niña.
--¡Abre los postigos!--dice el viejo a la suya.
Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronme de un trote a la ventana, abierta de par en par, para contemplarme mejor. Acercan los sillones, me instalo entre ambos en una silla de tijera, colócanse detrás de nosotros las dos niñas de azul, y comienza el interrogatorio.
--¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no ha venido a vernos? ¿Está contento?
Y patatín, y patatán. Todo esto durante dos horas.
Contesté del mejor modo posible a todas las preguntas, diciendo acerca de mi amigo los detalles que conocía, inventando descaradamente los que ignoraba, y guardándome, sobre todo, de confesar que jamás había reparado en si cerraban bien sus ventanas, o de qué color era el papel de su cuarto.
--¡El papel de su cuarto! Es azul, señora, azul pálido con guirnaldas.
--¿Verdad?--exclamaba conmovida la pobre vieja.
Y dirigiéndose a su marido, agregaba:
--¡Es tan buen muchacho!...
--¡Oh, sí, es un buen muchacho!--repetía el otro lleno de entusiasmo.
Y mientras que yo hablaba había entre ellos movimientos de cabeza, sonrisitas maliciosas, guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien, el viejo que se aproximaba a mí diciéndome:
--Hable usted más fuerte. Es un poco sorda.
Y ella por su parte:
--Le suplico que hable algo más alto. Es un poco teniente.
Yo alzaba entonces la voz, y dábanme los dos las gracias con una sonrisa, y entre esas lánguidas sonrisas con que se inclinaban hacia mí, pretendiendo ver en el cristal de mis ojos la imagen de su Mauricio, conmovíame el encontrar yo mismo aquella imagen, vaga, velada, casi imperceptible, cual si viese a mi amigo sonreírseme, entre una bruma, en las lejanías.
* * * * *
El viejo yérguese repentinamente en el sillón.
--¿A que no adivinas en qué estoy pensando, Mamette? ¡Quizá no habrá almorzado!
Y Mamette, trastornada, levantando los ojos al cielo, exclama:
--¡Sin almorzar! ¡Santo Dios!
Pensé que hablaban todavía de Mauricio, e iba a responder que ese buen muchacho jamás se ponía a la mesa después del mediodía. Pero no, era a mí a quien se referían. Y eran de ver las idas y venidas cuando confesé que todavía no me había desayunado.
--¡En seguida, el cubierto, niñas! La mesa en medio del cuarto, el mantel del domingo, los platos de flores. No se rían tanto, hagan el favor, y vamos de prisita.
Creo que, efectivamente, se apresuraron. Apenas en el tiempo necesario para romper tres platos, encontrose servido el almuerzo.
--¡Un buen almuercito!--me decía Mamette al conducirme a la mesa;--pero es sólo para usted, porque nosotros ya comimos esta mañana.
A cualquier hora que se visite a esos pobres viejos, siempre han comido por la mañana.
El buen almuercito de Mamette componíase de dos dedos de leche, unos dátiles y una _barquette_, una cosa parecida a un pestiño, algo con que alimentarse ella y sus canarios lo menos durante ocho días. ¡Y decir que yo sólo me engullí todas aquellas provisiones! Así, pues, ¡qué indignación alrededor de la mesa! ¡Cómo cuchicheaban las niñas vestidas de azul, dándose con el codo! Y allá abajo, dentro de sus jaulas, cómo parecían decirse los canarios: ¡Oh! ¿Pues no se come ese señor de una sentada todo el pestiño?
Efectivamente, me lo comí todo y casi sin darme cuenta de ello, distraído como estaba mirando a mi alrededor aquella habitación clara y apacible, donde flotaba como un olor a cosas antiguas. Lo que más me llamaba la atención eran dos camitas de las cuales no podía separar los ojos. Figurábame esos lechos, casi como dos cunas, a la hora del alba, cuando están aún ocultos por sus grandes cortinajes de cenefas. Dan las tres de la madrugada. A esa hora suelen despertarse todos los viejos.
El pregunta:
--¿Duermes, Mamette?
--No, querido.
--¿Verdad que Mauricio es un buen muchacho?
--¡Oh, sí! Es un buen muchacho.
Y así poco más o menos, imaginábame yo una charla completa, sólo con haber visto esas dos camitas de viejo, colocadas una junto a otra.
Durante este tiempo al extremo opuesto de la habitación desarrollábase un drama terrible delante del armario. Tratábase de alcanzar allá arriba, en la última tabla, cierto frasco de cerezas en aguardiente que hacía diez años que aguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieron obsequiarme. A pesar de los ruegos de Mamette, el viejo se había empeñado en ir a buscar él mismo las cerezas, y encaramado sobre una silla, con gran espanto de su mujer, pretendía alcanzarlo. Figúrense el cuadro: el viejo temblaba, y empinábase; las niñas vestidas de azul, agarradas a la silla de éste, detrás de él Mamette, jadeante, con los brazos tiesos, y dominando todo esto un leve aroma de bergamota que despedían grandes pilas de ropa blanca amarillenta amontonada en el armario abierto. Era encantador.
Después de esfuerzos inauditos, consiguiose, por fin, sacar del armario el famoso frasco y con él un antiguo vasito de plata completamente abollado, el vaso que Mauricio usaba cuando era pequeño. Me lo llenaron de cerezas hasta el borde, ¡le agradaban tanto a Mauricio las cerezas! Y al servirme el viejo me murmuraba al oído con aire golosón:
--¡Es usted muy dichoso pudiendo comerlas! Mi mujer es quien las ha preparado. Va usted a probar cosa rica.
Su mujer, ¡ah! las había preparado pero se le había olvidado ponerles el azúcar. ¿Qué quieren? La vejez vuelve a uno distraído. ¡Pobre Mamette mía! sus cerezas eran malísimas, a pesar de lo cual yo me las comí todas sin pestañear, no dejando de ellas ni los rabos.
* * * * *
Cuando concluí de almorzar, me levanté para despedirme de mis huéspedes. Ellos, por su gusto, me hubieran retenido todavía un rato, para hablar de Mauricio, pero iba atardeciendo, estaba lejos el molino, y era necesario emprender la marcha.
El viejo se había puesto de pie al mismo tiempo que yo.
--Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompañarlo hasta la plaza.
Mamette en su fuero interno pensaba indudablemente en que hacía ya un poco fresco para acompañarme hasta la plaza, pero tuvo la prudencia de no exponer su opinión. Unicamente, mientras le ayudaba a meterse las mangas del sobretodo, un bonito sobretodo de color rapé con botones de nácar, oí a la buena señora que le decía dulcemente:
--No regresarás muy tarde, ¿verdad?
A lo que él respondió, con aire picaresco:
--¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Pudiera ocurrir.
Después contempláronse riendo, y las niñitas vestidas de azul, de verlos reír, reían, y en su rincón reíanse también a su manera, los canarios. Dicho sea entre nosotros, creo que el olor de las cerezas las había embriagado a todos una miajita.
Cuando salimos el abuelo y yo, caía la tarde. La niña del vestido azul nos seguía de lejos, para acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía, se enorgullecía de marchar de mi brazo como un hombre. Mamette, radiante, observaba todo esto desde el quicio de la puerta, y al contemplarnos, movía graciosamente la cabeza como si nos dijese: «Todavía puede andar mi marido, a pesar de los años que tiene.»
EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO
El señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce majestuosamente a la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées. El señor subprefecto se puso en ese día memorable la hermosa casaca bordada, el sombrerito apuntado, el pantalón estrecho galoneado de plata y la espada de gala con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus rodillas una gran cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido.
El señor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar delante del vecindario de La-Combe-aux-Fées.
--Señores y queridos administrados.
Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y repite veinte veces consecutivas: Señores y queridos administrados, no acierta a continuar el discurso.
No acierta a continuar el discurso... ¡Es tanto el calor que hace dentro de aquel coche!... Hasta que se pierde en lontananza, el camino de La-Combe-aux-Fées está lleno de polvo, bajo el sol de mediodía. El aire abrasa... y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro árbol. El señor subprefecto se estremece repentinamente. Allá abajo, junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle señas.
El bosquecillo de carrascas parece hacerle señas:
--Venga usted aquí, subprefecto; al pie de mis árboles estará usted perfectamente y podrá componer su discurso.
El señor subprefecto queda seducido, apéase del coche y dice a sus gentes que le esperen mientras él va a componer su discurso en el pequeño robledal.
En el bosquecillo de verdes carrascas hay pájaros, flores y fuentes bajo la fina hierba... Al ver al señor subprefecto con sus lindos pantalones y su cartera de zapa estampada, las aves se atemorizan y enmudecen; las fuentes no se atreven a meter ruido y las flores ocúltanse entre el césped. Toda esa gentecilla menuda jamás ha visto a un subprefecto, e interrógase en voz baja quién será ese gran señor que se pasea con pantalón de plata.
Bajo el follaje interrógase la gentecilla menuda en voz baja quién es ese señor con pantalón de plata. Mientras tanto el señor subprefecto, encantado con el silencio y la frescura del bosque, se levanta los faldones de la casaca, coloca sobre la hierba el sombrero apuntado y se sienta en el musgo junto a una encina joven. Luego abre en las rodillas la gran cartera de piel de zapa con relieves y extrae de ella un ancho pliego de papel ministro.
--¡Es un artista!--dice la curruca.
--No--responde un pajarillo,--no es un artista, porque lleva pantalón de plata; pero puede ser un príncipe.
--Puede ser un príncipe--repite otro pajarito.
--Ni un artista, ni un príncipe--interrumpe un viejo ruiseñor, que había cantado durante una primavera en los jardines de la subprefectura.--Yo lo conozco: es... ¡un subprefecto!
Y por todo el bosquecillo repítese sin cesar:
--¡Es un subprefecto! ¡Un subprefecto!
--¡Está muy calvo!--observa una alondra muy moñuda.
Las flores preguntan:
--¿Es mala persona?
--¿Es mala persona?--preguntan las flores.
El viejo ruiseñor contesta:
--¡No es completamente malo!
Y con esta seguridad, los pájaros reanudan su canto, las fuentes vuelven a correr y las flores a embalsamar el aire, como si aquel señor no estuviese allí. Impasible en medio de toda aquella agradable algarabía, el subprefecto invoca en su corazón a la Musa de los comicios agrícolas, y lápiz en ristre, declama con voz de ceremonia:
--Señores y queridos administrados...
--Señores y queridos administrados--declama el subprefecto, con su voz ceremoniosa.
Interrumpido por una carcajada, vuelve la cabeza y no ve más que un gran picoverde que lo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado. El subprefecto se encoge de hombros e intenta reanudar su discurso; pero el picoverde lo interrumpe, gritándole desde lejos:
--¿Para qué sirve eso?
--¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?--dice el subprefecto, enrojeciendo y, echando con un ademán a aquel pájaro insolente, prosigue a más y mejor:
--Señores y queridos administrados--prosigue a más y mejor el subprefecto.
Y he aquí que en aquel momento se yerguen hacia él las flores desde la punta de sus tallos, y le dicen con dulzura:
--Señor subprefecto, ¿no advierte usted el gratísimo perfume que exhalamos?
Y las fuentes le obsequian bajo el musgo con una música divina, y entre las ramas, sobre su cabeza, bandadas de currucas le gorjean sus notas más sonoras, y todo el bosquecillo conspira para impedirle la composición de su discurso.
Todo el bosquecillo conspira para impedirle la composición de su discurso.
El señor subprefecto, embriagado de aromas, ebrio de música, pretende inútilmente resistir el nuevo encanto que le invade. Colócase de codos sobre la hierba, se desabrocha la hermosa casaca, y farfulla otras dos o tres veces:
--Señores y queridos administrados. Señores y queridos adminis... Señores y queridos...
Manda después a paseo a los administrados, y la Musa de los comicios agrícolas vese obligada a cubrirse el rostro.
Cúbrete el rostro, ¡oh, Musa de los comicios agrícolas! Cuando, transcurrida una hora, las gentes de la subprefactura, intranquilos por su señor, entran en el bosquecillo, contemplan horrorizados un espectáculo que les hace retroceder. El señor subprefecto, despechugado como un bohemio, estaba echado boca abajo sobre la hierba. Habíase quitado la casaca, y mascando flores, el señor subprefecto componía versos.
EL POETA MISTRAL
Al despertarme el domingo último e incorporarme en el lecho, creí, por un instante, que estaba en la calle del Faubourg-Montmartre. Llovía; el cielo estaba gris; el molino triste. Me espantó la idea de pasar en casa aquel día de lluvia, y sentíme al punto ansioso de ir a calentarme un poco a la de Federico Mistral, ese gran poeta que reside en Maillane, villorrio que dista tres leguas de mis pinos.
Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto, mi Montaigne, una manta, ¡y al camino!
No había un alma en los campos... Nuestra hermosa Provenza católica otorga los domingos descanso a la tierra... Los perros solos en los hogares, las granjas cerradas... De vez en cuando, una galera de «ordinario» con el toldo chorreando; una vieja, cubierta la cabeza con su mantón de color de hoja seca; mulas engalanadas con guarnición de esparto azul y blanco, madroños rojos, cascabeles de plata, tirando de una carreta en las que las gentes de las masías van a misa; después, allá abajo, por entre los jirones de la bruma, una barca en el río y un pescador de pie, lanzando su esparavel.
Imposible de todo punto leer en el camino aquel día. Llovía a torrentes, y la tramontana arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata de un tirón, y después de andar tres horas, percibí a la postre ante mí los tres cipresitos en medio de los cuales guarécese del viento la comarca de Maillane.
No andaba ni un gato por las calles de la aldea; todo el mundo estaba en misa mayor. Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el piporro, y vi relucir los cirios a través de las policromas vidrieras.
El poeta habita al final del término municipal; en la postrera casa a la izquierda, en el camino de Saint-Remy, una casita de un solo piso, con un jardín delante... Entro muy despacio... ¡No hay nadie! La puerta del salón está cerrada, pero oigo que detrás de ella andan y hablan en alta voz... Conozco muchísimo ese paso y esa voz... Me detengo un instante en el corredorcito enjalbegado con cal, puesta la mano en el pestillo de la puerta, muy emocionado. El corazón me palpita. ¡Qué impresión!
Ahí está. Trabaja... ¿Esperaré que termine la estrofa? ¡A fe mía, tanto peor! ¡Adentro!
* * * * *
¡Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane fue a visitar a ustedes para enseñar a París su _Mireya_, y vieron a ese Chactas con traje de ciudad, con cuello recto y sombrero alto, que le molestaba tanto como su gloria, creyeron que ése era Mistral... No; no era él. En todo el mundo no hay nada más que un Mistral, el que sorprendí yo el domingo último en su lugarejo, con el sombrero de fieltro de alas anchas en la oreja, sin chaleco, de chaquetón, con su roja faja catalana oprimiéndole los riñones, brillantes los ojos, con el fuego de la inspiración en las mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, elegante como un pastor griego, y caminando ligero, con las manos en los bolsillos componiendo versos.
--¡Hola! ¿Tú aquí?--gritó Mistral, arrojándoseme de un salto al cuello.--¡Qué buena idea has tenido de venir!... Justamente, hoy es la fiesta de Maillane. Tenemos la música de Aviñón, toros, procesión, farándula; esto será magnífico... Mi madre volverá pronto de misa, almorzaremos y, después, a ver cómo bailan las muchachas bonitas.
Mientras me hablaba, miré emocionado ese saloncito de papel claro, que hacía mucho tiempo que no había visto y donde he pasado ya tan hermosas horas. Todo estaba igual. Siempre el mismo sofá de cuadros amarillos, los dos sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus de Arlés en la chimenea, el retrato del poeta por Hébert, su fotografía por Esteban Carjat, y en un rincón, cerca de la ventana, el escritorio, una humilde mesita de oficial del registro, completamente atestada de librotes viejos y de diccionarios. En medio de esa mesa de despacho, había un gran cuaderno abierto... Era _Calendal_, el nuevo poema de Federico Mistral, que verá la luz pública este año el día de Navidad. Hacía siete años que Mistral trabajaba en ese poema, y cerca de seis meses que escribió el último verso; sin embargo, todavía no se decide a separarse de él. Es claro, siempre hay una estrofa que concluir, una rima más sonora que encontrar... Aunque Mistral escribe en provenzal, pule sus versos como si todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle en cuenta sus esfuerzos de buen obrero... ¡Oh, valiente poeta! De Mistral hubiera podido también decir Montaigne: Acuérdense de aquél a quien, como le preguntasen por qué se tomaba tanto trabajo en un arte que sólo podía llegar a conocimiento de reducido número de personas, respondió: «Pocas necesito. Me basta una. Tengo suficiente con ninguna.»
* * * * *
Tenía yo en las manos el cuaderno de _Calendal_, y hojeábalo profundamente emocionado... Una banda de pífanos y tamboriles resonó de repente en la calle delante de la ventana, y he aquí Mistral que corre al armario, saca de él vasos y botellas, coloca la mesa en medio del salón, y abre la puerta a los músicos, diciéndome:
--No debes reírte... Vienen a darme la alborada... Soy concejal.
La gente invadió el saloncillo. Pusieron los tamboriles sobre las sillas, la vieja bandera en un rincón, y circuló el vino trasañejo. Después de consumir algunas botellas a la salud de don Federico, de conversar gravemente acerca de la fiesta, de si la farándula será tan bonita como el año anterior, de si serán bravos los toros, vanse los músicos a dar la alborada a casa de los demás regidores. En ese momento llega la madre de Mistral.
En un momento ponen la mesa; un hermoso mantel blanco y dos cubiertos. Yo conozco la costumbre de la casa: sé que, cuando Mistral tiene convidados, su madre no se sienta a la mesa... La pobre anciana no habla más que el provenzal, y pasaría grandes angustias si tuviera que conversar con franceses... Por otra parte, hace falta en la cocina.
¡Santo Dios, con qué comida más suculenta me obsequiaron aquella mañana! Un trozo de cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, uvas moscateles; todo ello rociado con ese exquisito _Château-neuf de los Papas_, de un color rojo tan precioso en los vasos...
A los postres, voy a buscar el cuaderno del poema y lo pongo en la mesa delante de Mistral.
--Habíamos convenido en salir--dijo sonriéndose el poeta.
--¡No, no! _¡Calendal! ¡Calendal!_
Mistral transige y con su voz musical y dulce, llevando el compás de los versos con la mano, empieza la lectura del primer canto:
De una zagala loca de amor, Ahora que ha dicho la desventura, Cantaré, Dios mediante, un hijo de Cassis, Un desgraciado pescador de anchoas...
Fuera oíase el tañido de las campanas tocando a vísperas, estallaban los cohetes en la plaza, pasaban y volvían a pasar pífanos y tamboriles por las calles. Mugían los toros de Camargue, conducidos para la lidia.
Acodado en el mantel, con lágrimas en los ojos, escuché la historia del pescadorcillo provenzal.
* * * * *
Calendal es sólo un pescador; el amor lo transforma en héroe... Para conquistar el corazón de su amada, la hermosa Estérelle, acomete empresas milagrosas, y los doce trabajos de Hércules son nada si se comparan con los suyos.