Cartas de mi molino

Chapter 2

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Protegido ya por el Papa y al servicio de éste, el bribonzuelo continuó la farsa que tan bien le había salido. Insolente con todo el mundo, sólo tenía atenciones y miramientos con la mula, y siempre andaba por los patios del palacio con un puñado de avena o una gavilla de zulla, cuyos rosados racimos sacudía graciosamente mirando al balcón del Padre Santo, como quien dice: «¡Jem!... ¿Para quién es esto?»

Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se sentía envejecer, le confió el cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula su ponche de vino a la francesa; lo cual movía ya a risa a los cardenales.

* * * * *

Tampoco era esto cosa de risa para la mula. Por entonces, a la hora de su vino, llegaban siempre junto a ella cinco o seis niños de coro, que se metían pronto entre la paja con su capa de color de violeta y su alba de encajes; después, al cabo de un momento, un buen olor caliente de caramelo y de aromas perfumaba la cuadra, y aparecía Tistet Védène llevando con precaución el ponche de vino a la francesa. Allí comenzaba el martirio del pobre animal.

Aquel vino aromoso que tanto le agradaba, que le daba calor, que le ponía alas, cometían la crueldad de traérselo allí, a su pesebre, y hacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadas en el olor las narices, ¡me alegro de verte bueno! ¡El hermoso licor de sonrosada llama era engullido completamente por aquellos granujas!... Y si no hubieran cometido más crimen que robarle el vino... Pero, todos esos seis eran unos diablos, en cuanto bebían... Uno le tiraba de las orejas, otro del rabo; Quiquet se le encaramaba en el lomo, Bélugnet le ponía su birrete, y ni uno solo de aquellos pícaros pensaba que de una corveta o de una sarta de coces el bueno del animal hubiera podido enviarlos a todos a las nubes y aunque fuese más lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula del Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por muchas travesuras que hicieran los muchachos, ella no se enfadaba, y sólo a Tistet Védène guardaba ojeriza. Y, es claro, cuando sentía a éste detrás de sí, le daba comezón en los cascos, y no le faltaba razón para ello. ¡Ese granujilla de Tistet hacíale unas jugarretas tan feas! ¡Eran tan crueles sus invenciones después de beber!...

¿A que no imaginan ustedes lo que se le ocurrió cierto día? ¡Hacerla subir con él al campanil de la escolanía, allá arriba, arribota, a lo más alto de palacio! Y no crean que es mentira lo que cuento; doscientos mil provenzales lo han visto. Figúrense el terror de aquella infortunada mula, cuando después de dar vueltas una hora a ciegas por una escalera de caracol y haber subido no sé cuántos peldaños, encontrose de pronto en una plataforma deslumbrante de luz, y a mil pies debajo de ella contempló todo un Aviñón fantástico: las barracas del mercado tan pequeñas como avellanas, los soldados del Papa delante de su cuartel como hormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillo de plata, un minúsculo puentecito, donde había bailes y más bailes... ¡Ah, pobre bestia! ¡Qué susto! Del grito que soltó, retemblaron todas las vidrieras del palacio.

--¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?--exclamó el Papa, asomándose al balcón precipitadamente.

Tistet Védène estaba ya en el patio, fingiendo que lloraba y mesándose los cabellos:

--¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Pues pasa que la mula de Su Santidad... ¡Dios mío! ¿Qué será de mí?... Pues pasa que la mula de Su Santidad... ¡se ha encaramado al campanario!...

--Pero, ¿ella sola?

--Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola... ¡Mire, mire, allá arriba!... ¿Ve Su Beatitud la punta de las orejas asomando?... Parecen dos golondrinas...

--¡Misericordia!--exclamó el pobre Papa alzando los ojos.--¿Es que se ha vuelto loca? ¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?...

¡Cáspita! Lo que es ella no hubiera deseado otra cosa sino bajarse... Pero, ¿por dónde? Por la escalera, no había ni qué pensarlo: a esas alturas se sube, pero en la bajada hay peligro de perniquebrarse cien veces... Y la pobre mula desconsolábase, y dando vueltas por la plataforma con los ojazos presa del vértigo, pensaba en Tistet Védène...

--¡Ah, miserable, si de ésta escapo... menuda coz te suelto mañana tempranito!

Con este propósito de la coz, hacía de tripas corazón; sin eso, no hubiera podido mantenerse en pie... Al fin pudo conseguirse bajarla de allá arriba, pero no costó poco que digamos. Fue necesario descolgarla en unas angarillas, con cuerdas y un gato. Ya comprenderán qué humillación para la mula de un Papa eso de ser suspendida de aquella altura, moviendo las patas en el aire, como un abejorro al cabo de un hilo. ¡Y todo Aviñón que la miraba!

A la infeliz bestia no le fue posible dormir en toda la noche. Parecíale que daba vueltas constantemente por aquella maldita plataforma, siendo el hazmerreír de toda la ciudad congregada abajo; luego, pensaba en ese infame Tistet Védène y en la bonita coz con que iba a obsequiarle al día siguiente por la mañana. ¡Oh, amigos míos, vaya una coz! Desde Pamperigouste tenía que verse el humo... Pues bien, mientras en la cuadra le preparaban este magnífico recibimiento, ¿saben lo que hacía Tistet Védène? Deslizábase por el Ródano cantando en una galera pontificia y se iba a la corte de Nápoles con la compañía de jóvenes nobles que la ciudad mandaba todos los años junto a la reina Juana para ejercitarse en la diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no era noble; pero el Papa deseaba a toda costa recompensarlo por los cuidados que había tenido con su bestia, y especialmente por la actividad que acababa de desplegar durante la empresa de salvamento.

¡Valiente chasco se llevó la mula al día siguiente!

--¡Ah, bandido; algo se ha olido él!--pensaba, mientras sacudía con furia sus cascabeles.--Pero, es lo mismo, ¡anda, pillo! ¡Cuando vuelvas te encontrarás con tu coz... te la guardo!...

Y se la guardó.

Después de la marcha de Tistet, la mula del Papa recobró su vida sosegada y sus aires de otros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet en la cuadra. Llegaron de nuevo los felices días del vino a la francesa, y con ellos el buen humor, las largas siestas, y el pasito de gavota al cruzar el puente de Aviñón. Sin embargo, desde su aventura dábanle muestras constantes de frialdad en la ciudad; los viejos movían la cabeza, los niños se reían señalando al campanario. El bueno del Papa mismo no confiaba ya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevar al extremo de echar un sueñecillo sobre los lomos de ella, el domingo a su regreso de la viña, ocurríasele siempre esta consideración: «¡Si fuese a despertarme allá arriba, en la plataforma!» Veía esto la mula, y sufría sin chistar; solamente cuando en presencia de ella se pronunciaba el nombre de Tistet Védène, erguíanse sus largas orejas, y afilaba con una risita el hierro de sus cascos en el pavimento...

Pasaron siete años, al cabo de los cuales, Tistet Védène, regresó de la corte de Nápoles. No había concluido todavía el tiempo de su empeño en ella; pero había sabido que el archipámpano de Sevilla había muerto repentinamente en Aviñón, y como el cargo parecíale bueno, había regresado muy a prisa para gestionar que se le otorgara.

Cuando ese intrigante de Védène entró en el salón del palacio, costole trabajo el conocerlo al Santo Padre: tanto era lo que había crecido y engruesado. Preciso es también decir que, por su parte, el Papa se había hecho viejo y no veía bien sin antiparras.

Tistet no se acobardó.

--¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me conoce Su Beatitud?... Soy yo, ¡Tistet Védène!

--¿Védène?...

--Sí, ya sabe... el que servía el vino francés a la mula.

--¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo, ese Tistet Védène!... Y ahora, ¿qué pretendes?

--¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Venía a suplicarle... Y a propósito, ¿conserva todavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y está buena?... ¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues bien, venía a solicitar la plaza del archipámpano de Sevilla, quien acaba de morir.

--¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si eres muy joven. Pues, ¿cuántos años tienes?

--Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; cinco años justos más que la mula de Su Santidad... ¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!... ¡Si supiese Su Beatitud cuánto amaba yo a aquella mula! ¡Y con qué sentimiento me acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitirá Su Santidad que la visite?

--Sí, hijo mío, la visitarás--dijo el bueno del Papa, emocionado.--Y puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no permito que vivas lejos de él. Desde este día quedas afecto a mi persona en calidad de archipámpano... Mis cardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! ya estoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salir de vísperas, y Nos te impondremos las insignias de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, y luego... te acompañaré a ver la mula, y vendrás a la viña con nosotros dos... ¿Eh? ¡Ja, ja! ¡Anda, vete!...

No es necesario decir lo satisfecho que iría Tistet Védène al salir del salón del Solio, y con qué impaciencia aguardó la ceremonia del siguiente día; pero mucho más satisfecha e impaciente que el bribón estaba la mula. Desde el regreso de Védène hasta las vísperas del siguiente día, la vengativa bestia no cesó de atiborrarse de avena y cocear la pared con los cascos de atrás. También el animal hacía sus preparativos para la ceremonia...

Al día siguiente, después de haberse cantado vísperas, Tistet Védène hizo su entrada en el patio del palacio papal. En él estaban todo el alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el «abogado del diablo» de terciopelo negro, los abades de conventos con sus pequeñas mitras, los mayordomos de fábrica de San Agrico, las sotanas violetas de la escolanía sin que faltaran numerosos individuos del bajo clero, los soldados del Papa de gran uniforme de gala, los ermitaños del monte Ventoso con sus caras feroces y el monacillo que los sigue tocando la campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos de pecho y espalda, los floridos sacristanes con toga de jueces; todos, toditos, hasta los que hacen las aspersiones de agua bendita, y el que enciende y el que apaga los cirios... nadie faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era una hermosa ordenación! Campanas, petardos, sol, música, y siempre esos sonoros tamboriles que guiaban la danza allá abajo, en el puente de Aviñón...

Al presentarse Védène en medio de la asamblea, su empaque y su buen talante produjeron un murmullo de admiración. Era un magnífico provenzal, rubio, con largos cabellos de puntas rizadas y una barbita corta y primeriza que parecía formada por vedijas de metal fino desprendidas por el buril de su padre, el escultor en oro. Circularon rumores de que los dedos de la reina Juana habían jugado algunas veces con aquella rubia barba, y efectivamente el señor de Védène tenía el glorioso aspecto y el mirar abstraído de los galanes amados por reinas... Aquel día, para honrar a su nación, había sustituido su vestido napolitano por un capisayo bordado de rosas, a la provenzala, y sobre su capillo temblaba una gran pluma de ibis de Camargue.

Al entrar el archipámpano, saludó galantemente a la concurrencia, y dirigiose a la elevada escalinata, donde le aguardaba Su Santidad para imponerle las insignias de su grado: la cuchara de boj amarillo y la sotana de color de azafrán. Junto a la escalera estaba la mula, enjaezada y dispuesta a partir para la viña... Al pasar cerca de ella, sonriose satisfecho Tistet Védène y se detuvo para darle dos o tres golpecitos cariñosos en la grupa, mirando con el rabillo del ojo si el Papa lo observaba. La ocasión era propicia... La mula tomó impulso...

--¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete años hacía que te la guardaba!

Y le soltó una coz tan terrible, tan certera, que desde Pamperigouste se vio el humo, una humareda de polvo rubio en la que revoloteó una pluma de ibis... ¡Eso fue todo lo que quedó del infortunado Tistet Védène!...

Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes. Pero aquélla era una mula papal. Y además, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nada menos que siete años que se la guardaba!... No hay ejemplo de odios eclesiásticos semejante al mencionado.

EL FARO DE LAS SANGUINARIAS

No me fue posible, por muchos esfuerzos que hice, pegar los ojos aquella noche. El mistral estaba furioso, y el estrépito de sus grandes silbidos me desveló hasta el amanecer. El molino entero crujía, balanceando pesadamente sus aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo lo mismo que el aparejo de un buque. Volaban las tejas de su destruida techumbre. En lontananza, los pinos apretados que cubrían la colina se agitaban zumbando entre sombras. Creyérase que era el alta mar...

Esto trajo a mi memoria el recuerdo de mis gratos insomnios de hace tres años, cuando yo vivía en el faro de las Sanguinarias, allá abajo, en la costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio, otro hermoso rincón que encontré para meditar y estar a solas.

Imagínense ustedes una isla rojiza de aspecto salvaje, el faro en una punta, y en la otra una antigua torre genovesa, donde en mi tiempo habitaba un águila. Abajo, en la orilla del agua, las ruinas de un lazareto, invadido completamente por las hierbas; luego barrancos, malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces, caballejos corsos triscando con las crines al viento; finalmente, allá arriba, en la altura, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su plataforma de mampostería blanca, donde paseaban los torreros de un lado a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y encima la gran linterna, cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aun en medio del día... He aquí la isla de las Sanguinarias, tal como la volví a ver en mi imaginación esa noche, al oír roncar mis pinos. Antes de poseer un molino, aquella isla encantada era donde iba yo a retirarme siempre que necesitaba aire libre y soledad.

--¿Qué hacía allí?

Lo mismo que ahora aquí, quizá menos. Cuando soplaban el mistral o la tramontana con extremada violencia, situábame entre dos peñascos al borde del agua, en medio de las goletas, de los mirlos, de las golondrinas, y allí permanecía todo el día, en esa especie de estupor y delicioso anonadamiento que la contemplación del mar produce. ¿Verdad que conocen ustedes esa grata embriaguez del alma? No se piensa, ni se sueña. Todo el ser se escapa, vuela, se evapora. Se es la gaviota que se zambulle, el polvo de espuma que sobrenada al sol entre dos olas, el blanco humo de aquel vapor-correo que desaparece en la lejanía, esa pequeña barca de rojo velamen dedicada a la pesca de corales, aquella perla de agua, ese jirón de bruma, todo, menos uno mismo... ¡Oh, qué deliciosas horas de semisueño y de divagaciones las que pasé en mi isla!...

Cuando el viento soplaba con fuerza impidiéndome estar a orillas del agua, me encerraba en el patio del lazareto, un patio pequeño y melancólico, todo él perfumado por el aroma del romero y del ajenjo silvestres, y allí, junto al lienzo de las vetustas paredes, dejábame invadir por el vago olor de abandono y de tristeza que envuelto en los rayos del sol flotaba entre los aposentos de piedra, abiertos por todas partes como tumbas antiguas. Un portazo o un salto ligero entre la hierba interrumpía de vez en cuando el silencio monótono que reinaba en aquel solitario lugar: era una cabra, que acudía a rumiar al resguardo del viento. Al verme se detenía absorta, y quedábase plantada ante mí, con aire vivaracho, los cuernos en alto, contemplándome con ojos juveniles...

El portavoz de los torreros me llamaba para comer a las cinco, y a esa hora, por un senderito escarpado a pico entre los matorrales, suspenso encima del mar, encaminábame lentamente al faro, volviendo a cada momento la vista hacia aquel inmenso horizonte de agua y de luz, que parecía ensancharse conforme ascendía yo.

* * * * *

El espectáculo era encantador desde la cima. Creo aún ver aquel magnífico comedor, de anchas losas, paramentos de encina, la sopa de peces humeante en medio, la puerta completamente abierta al blanco terrado, y los resplandores del Poniente que lo inundaban de luz... Allí me aguardaban siempre, para sentarse a la mesa, los torreros. Eran tres: uno de Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños, barbudos, con igual rostro curtido y resquebrajado, e idéntico gabán de pelo de cabra, pero de aspecto y humor completamente distintos y aun contrarios.

De la manera de vivir de aquellas gentes, deducíase al punto la diferencia de ambas razas. El marsellés, industrioso y vivo, siempre atareado, en constante movimiento, recorría la isla desde la mañana a la noche, cultivando, pescando, recogiendo huevos de aves marinas, ocultándose entre los matorrales para ordeñar una cabra al paso, y siempre dispuesto a hacer un alioli o a guisar alguna sopa de peces.

Los corsos no se ocupaban absolutamente nada más que de su servicio; considerábanse como funcionarios, y pasaban todo el día en la cocina jugando siempre largas partidas de _scopa_, sin interrumpirlas más que para volver a encender las pipas con aire grave, y para picar en la palma de las manos grandes hojas de tabaco verde con las tijeras...

Sin embargo, marsellés y corsos eran tres buenas personas, sencillos, bonachones, y muy considerados para con su huésped, aunque en el fondo lo creyeran un señor muy extraordinario.

No les faltaban motivos para opinar así, ¡porque eso de encerrarse en el faro!... ¡Y ellos, que encuentran tan largos los días, y son tan felices cuando les llega el turno de bajar a tierra!... En la buena estación, gozan de gran ventura todos los meses. Diez días de tierra firme por treinta de faro: así lo prescribe el reglamento. Pero en el invierno y durante los grandes temporales, no hay reglamentos que valgan. Arrecia el vendaval, suben las olas, la espuma blanquea las Sanguinarias, y los torreros de servicio permanecen bloqueados dos o tres meses consecutivos, y no pocas veces hasta con circunstancias aterradoras.

--Oiga usted, señor, lo que me ocurrió hace cinco años--me refería en una ocasión el viejo Bartoli, mientras comíamos;--el caso me sucedió en esta misma mesa donde estamos, una tarde de invierno, como ahora. Aquella tarde sólo estábamos dos en el faro: un compañero llamado Tchéco y yo... Los demás estaban en tierra, enfermos, con licencia, no recuerdo bien... Habíamos concluido de comer, muy tranquilos... De repente mi camarada deja de comer, me mira un momento con unos ojos pícaros, y ¡cataplum! se cae encima de la mesa, con los brazos adelante. Me acerco a él, lo muevo, lo llamo: «¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...» Nada: ¡estaba muerto!... ¡Imagínese usted qué susto! Más de una hora estuve estupefacto y tembloroso ante aquel cadáver; después, de pronto, me acuerdo del faro. No tuve tiempo más que de subir a la farola y encender. La noche estaba ya encima... ¡Qué noche, caballero! El mar y el viento no tenían sus voces naturales. Continuamente parecíame que alguien me llamaba en la escalera... Y además, ¡una fiebre, una sed! Nadie hubiera sido capaz de hacer que yo bajara... ¡Me daba tanto miedo el difunto! Sin embargo, hacia el alba me animé un poco. Llevé a mi compañero a su cama, le eché la sábana encima, recé algunas oraciones y en seguida fui a hacer señales de alarma.

Desgraciadamente había mar gruesa y de fondo: por más que llamé y llamé, nadie acudió... Y yo a solas en el faro con mi pobre Tchéco, ¡sabe Dios hasta cuándo! Yo confiaba poder tenerlo conmigo hasta la llegada del barco; pero a los tres días era aún completamente imposible... ¿Cómo arreglármelas? ¿Llevarle fuera? ¿Enterrarlo? La roca era sumamente dura; y hay tantos cuervos en la isla! Me apenaba el tener que abandonarles aquel cristiano. Entonces pensé en bajarlo a uno de los departamentos del lazareto... Toda una tarde empleé en aquella triste faena, y le respondo a usted de que necesité valor... ¡Mire usted, caballero! Hoy todavía, cuando bajo a esta parte de la isla en una tarde de ventarrón, me parece llevar a cuestas el cadáver...

¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo acordándose de ello.

Así pasábamos las horas de la comida, charlando largo y tendido: el faro, el mar, narraciones de naufragios, historias de bandidos corsos... Luego, al obscurecer, el torrero del primer cuarto encendía su candileja, tomaba la pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos rojos, único volumen que constituía la biblioteca de las Sanguinarias, y desaparecía por el fondo. Un momento después oíase en todo el faro un estrépito de cadenas, de poleas, de grandes pesas de reloj a las cuales se daba cuerda.

Yo me sentaba fuera, en la terraza, durante ese tiempo. El sol, muy bajo ya, descendía cada vez con más rapidez hacia el agua, llevándose tras de sí todo el horizonte. Refrescaba el viento, la isla teñíase de color violáceo. Por el espacio pasaba junto a mí con perezoso vuelo un gran pajarraco: era el águila que acudía a guarecerse a la torre... Las brumas del mar subían poco a poco. Bien pronto veíase tan sólo el blanco festón de la espuma alrededor de la isla... De pronto, por encima de mi cabeza, surgía una gran oleada de plácida luz. Estaba encendido el faro. Dejando en sombras toda la isla, el luminoso haz de rayos iba a caer a lo lejos en alta mar, y allí estaba yo rodeado de tinieblas, bajo aquellas grandes ondas lumínicas que apenas me salpicaban al paso... Pero el viento seguía refrescando. Era necesario recogerse. A tientas cerraba el grueso portón y corría las barras de hierro; después, y siempre a tientas, subía una escalerilla de fundición, que retemblaba y sonaba con mis pasos y llegaba a la cúspide del faro. Por supuesto, allá sí que había luz.

Imagínense ustedes una gigantesca lámpara Cárcel, de seis filas de mecheros, en torno de la cual giran lentamente las paredes de la linterna, unas cerradas por enorme lente de cristal, otras abiertas a una gran vidriera fija que preserva del viento a la llama... Al entrar me deslumbraba. Esos cobres, esos estaños, esos reflectores de metal blanco, esas paredes de cristal abombado que volteaban con grandes círculos azulados, todo ese espejeo, toda esa balumba de luces, me producían vértigos por un instante.

A pesar de todo, mi vista se acostumbraba poco a poco a ello, concluyendo yo por sentarme al pie mismo de la lámpara, junto al torrero que leía su Plutarco en alta voz, por temor a dormirse.

Allá fuera, la obscuridad, el abismo. En el balconcillo que circunda a la vidriera, el viento corre aullando como un loco. Cruje el faro, la mar brama. En el extremo de la isla, en las rompientes, las olas simulan que disparan cañonazos. A veces, un dedo invisible toca en los vidrios: algún ave nocturna atraída por la luz, y que se estrella la cabeza contra el cristal. Dentro de la linterna centelleante y cálida, nada más que el constante chisporroteo de la llama, el ruido del aceite cayendo gota a gota, y el de la cadena que va desenrollándose, y una voz monótona, que salmodia la vida de Demetrio de Falerea.

* * * * *

Mediada la noche, levantábase el torrero, examinaba por última vez sus mechas, y bajábamos. En la escalera nos tropezábamos con el colega del segundo cuarto, quien subía restregándose los ojos; se le entregaba la calabaza y el Plutarco. Después, cuando nos íbamos a acostar, entrábamos un momento en la habitación del fondo, hecha un revoltijo de cadenas, grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes, y allí, a la luz del candilejo, el torrero escribía en el gran libro del faro, abierto constantemente.

_Media noche. Buque a la vista por el horizonte. Mar gruesa. Tempestad._

LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA»

Puesto que el mistral nos lanzó la otra noche a la costa de Córcega, permítanme ustedes que les refiera una triste historia marítima de que hablan con frecuencia los pescadores de por allá durante la velada, y acerca de la cual me ha suministrado la casualidad datos muy interesantes.

Hace dos o tres años que ocurrió.