Cartas americanas. Primera serie
Part 2
En resolución, y como Ud. mismo declara, yo elogio mucho á Víctor Hugo. La diferencia entre usted y el Sr. Rivas Groot por un lado, y yo por otro, está en que yo le elogio á pesar de sus pecados, y Ud. y su compatriota encarecen el elogio hasta declararle impecable.
Acaso consista esta diferencia en que Ud. se deja guiar en sus juicios por una estética muy encumbrada, mientras que yo, aunque gusto de la estética, y creo que para cierta crítica afirmativa es indispensable, todavía estimo los antiguos preceptos de las Poéticas, fundadas sólo acaso en el sentido común, en el buen gusto y en la observación y el estudio, y creo que dichos preceptos, si no valen para descubrir bellezas y sublimidades, son infalibles y seguros en lo tocante á señalar los verdaderos defectos. Y es indudable que estos defectos deben señalarse, sobre todo en los autores famosos, á quienes suelen imitar los que empiezan, imitando con más frecuencia los extravíos, porque son más fáciles de imitar.
Sólo me queda por decir que agradezco á usted mucho las muestras de afecto y de estimación que me da en su carta, la cual, aunque no sea sino por esto, no he querido dejar sin contestación.
EL PERFECCIONISMO ABSOLUTO
_12 de Marzo de 1888._
Á D. JESÚS CEBALLOS DOSAMANTES
I
Muy estimado señor mío: Con grande contento y satisfacción de amor propio he recibido la carta de Ud. y el ejemplar, que la acompañaba, del interesante libro que Ud. acaba de publicar en esa ciudad de México, y cuyo título es _El perfeccionismo absoluto. Bases fundamentales de un nuevo sistema filosófico._
Harto bien comprendo el enorme disgusto de usted, después de haber condenado todas las creencias de sus mayores, renegado de ellas y quedándose sin fe en nada, sin religión y sin filosofía. Pero si lo que Ud. piensa ahora no es ilusión, nunca el refrán _no hay mal que por bien no venga_ pudo ser traído más á cuento. Lícito es afirmar entonces que la tristísima situación de ánimo en que Ud. se puso, sus dudas y negaciones ultracartesianas, y el vago y vacilante punto de apoyo que sólo sostenía, al borde de un abismo el inseguro ingenio de Ud., fueron á modo de trampolín, que dió empuje á dicho ingenio para brincar y encaramarse á una altura adonde en balde han aspirado á subir los sabios, desde Pitágoras, ó desde mucho antes, hasta nuestros días.
El triunfo de que Ud. se jacta es tan estupendo, es tan soberbio el _eureka_ de Ud., y es tan precioso el hallazgo, que no ha de extrañar Ud. ni tomar á mal que yo dude de todo y no acepte nada sin examen. Usted me honra y me lisonjea mucho consultándome; pero me consulta á titulo de escéptico, y yo desempeñaría pérfidamente mi papel si no mostrase mi escepticismo, en lo esencial al menos.
En lo restante, para no pecar de prolijo, voy á convenir con Ud., y aun voy á ir más allá: voy á dar por demostrado é innegable, así lo que Ud. supone descubierto ya por la ciencia experimental, como las hipótesis plausibles que Ud. aventura.
De esta suerte, Ud. y yo coincidiremos en la idea que de todo el universo formamos, y en la marcha que siguen cuantas cosas hay en él, y principalmente el humano linaje, aproximándose cada vez más á la perfección.
Yo sé poquísimo de ciencias naturales y exactas; pero el saber de los otros suplirá mi saber, y yo me fiaré de lo que Ud. y otros aseguren, y lo tomaré por cierto.
No es del caso entrar en pormenores. Voy á decir, en resumen, lo que tenemos averiguado.
En el espacio infinito hay innumerable muchedumbre de soles. Poco nos importa determinar aquí si estos soles giran en torno de otros soles centrales, se están quietos, ó qué es lo que hacen. Nuestro sol, que es medianejo, no ha de ser privilegiado ni el único que gaste el lujo de tener planetas y cometas. Luego habrá de fijo planetas y cometas en otros soles, y cada uno de ellos formará un sistema solar. Como el globo en que vivimos, con ser bastante ruin, tiene plantas, animales y hombres, no podemos negar, sin injusticia y sin soberbia, plantas, animales y hombres á los otros planetas de nuestro sol, y á los planetas de otros soles, y á los soles mismos. El modo de vivir, los usos y costumbres y el ser orgánico de los vivientes serán muy diversos en cada astro, porque el clima debe de serlo también; pero en cuanto á entender y á discurrir, por todas partes habrá identidad. En todas partes, tres y dos serán cinco; dos cosas iguales á una tercera, serán iguales entre sí; nada podrá ser y no ser al mismo tiempo, etc.
En lo que nos diferenciaremos será en la cantidad y no en la calidad del entendimiento. Podemos presumir que en tal planeta están más atrasados que en éste, y en tal otro están más adelantados. Y podemos presumir también que hay castas de animales racionales, en otros planetas, superiores por naturaleza á los que aquí hay; ya que, aun aquí mismo, en la tierra, hay castas de hombres más listos y capaces que otros, pues no hemos de negar que los ingleses, por ejemplo, son, hasta por naturaleza, y no sólo por educación, superiores á los zulúes.
Dadas ya esta variedad y abundancia de seres que vemos, columbramos ó suponemos, y con asiento nosotros en este teatro, donde asistimos á un espectáculo que no tiene fin, ni en el espacio, ni en el tiempo, ó, si le tiene, va más allá ese fin de la más audaz imaginación y no sólo de los ojos, tratemos de explicar el origen del espectáculo mismo, si origen tuvo, y cuál podrá ser su término ó su desenlace, si alguna vez le tiene. Si hacemos bien esto, construiremos, sin duda, una filosofía verdadera, y por lo tanto perenne, lo cual no será sólo para mera curiosidad, sino será asunto de inmenso interés para todos los hombres, ya que nos hará ver claro cuál es nuestro destino futuro y las causas y propósitos de cuanto existe.
Yo creo que, á pesar del telescopio y del espectroscopio, no estamos aún muy al corriente de lo que pasa en el universo, y que, por arte experimental ó de observación, sólo conocemos del universo un mezquino rinconcillo, y éste mal y de modo somero. Me allano, no obstante, á aceptar con Ud. lo que Ud., no por experiencia, sino por analogía infiere, y doy por verdad el progreso como ley cósmica.
Dice Ud. que nada sale de la nada, y que la sustancia, la materia prima, lo que es, llámese como se llame, existe _ab aeterno_. Sea así. Aunque se me ocurre una grave dificultad, no quiero reparar en ella. Toda la sustancia ha estado en el caos hasta que el universo empezó á formarse. Salió del caos el calor, salió la luz y empezó el progreso. Si supusiésemos ó imaginásemos que antes de este universo progresivo, y antes del caos, hubo algún otro universo que volvió á dicho caos, todo nuestro sistema se hundiría. Adiós, progreso seguro, infalible y sin fin. Así como pudo destruirse otro universo anterior, podría éste destruirse también, y entonces todas nuestras esperanzas de inmortalidad saldrian hueras. Volveríamos al caos todos. Decidamos, pues, que no ha habido ni podido haber otro universo sino el presente, y que antes de él sólo hubo caos eterno, hasta que, hará un millón, un billón ó más de años, se le antojó al caos organizarse, convertirse en universo y ser progresista.
Aquí tropiezo con otra dificultad; pero voy á dar un rodeo para pasar adelante y no quedarme atascado en medio del camino.
En el caos estaban, en potencia, en germen, el calor, la luz, la vida, la inteligencia, la conciencia, etc.; pero desde el germen al desarrollo, desde la potencia al acto, hay una distancia, hay un abismo que no se rellena con el tiempo sólo. Por muchísimos siglos que pongamos entre un ser que casi es no ser, entre el caos ó la materia prima y el universo de ahora, no pondremos puente, y será menester dar un salto audaz é inexplicable.
En el caos estaba el germen de todo, como en la bellota está el germen de la encina; pero, así como la bellota se quedará bellota y no llegará á ser encina nunca si no le dan jugos la tierra, el agua y el aire, y luz y calor el sol, así también el caos se hubiera quedado caos sin algo extraño que moviese sus gérmenes. Ponga Ud. el caos como quien pone un huevo; pero, si alguien no le empolla, huevo se quedará y no saldrá de él pajarillo. Repito, con todo, que yo soy de buen componer, y hago la vista gorda, y paso porque el caos, por sí y ante sí, sin nada de fuera que lo sacuda, tiene en un momento memorable el capricho de organizarse y de dejar de ser caos.
Lo primero que el caos saca entonces de sí mismo es una cosa que Ud. llama _agente cósmico_ ó _causa creadora_, como si dijéramos, un _demiurgo_.
Raro é inexplicable ser es este _demiurgo_. Tiene poder é inteligencia, y no es persona. Desde que aparece hasta hoy, su inteligencia y su poder van creciendo, pero sin llegar nunca á la personalidad y á la conciencia. La conciencia y la personalidad sólo aparecen en nosotros y sólo están en nosotros: los hombres.
Mucho queda que andar al caos y al _demiurgo_ ó agente cósmico, que en él reside, para llegar á producirnos, á nosotros, seres humanos. Dejo de señalar aquí los pasos que dan caos y _demiurgo_; y si alguien quiere saberlos, le remito á la _Historia de la creación de los seres organizados_, donde Ernesto Haeckel lo explica todo con tanta puntualidad y exactitud como si hubiera seguido la pista al _demiurgo_ y hubiera presenciado sus hábiles é inteligentes, aunque inconscientes, operaciones.
Baste saber en compendio que, allá en la edad primordial, nuestro padre común fué el _protoplasma_, organismo sin órganos: un moco, con perdón sea dicho. Este moco, que no era moco de pavo, va progresando, á través de las edades, y llega á ser gusano, con forma de saco. A fuerza de trabajar y luchar por la vida, consigue luego el gusano tener vértebras, pero sin cráneo ni sesos aún. Luego se proporciona cráneo y sesos. Más tarde adquiere mamas ó tetas. En seguida vienen los marsupiales, transición entre el ovíparo y el vivíparo. Síguese el animal que ya pare de veras, y de aquí el mono, y luego el mono catarrinio y con cola, durante el período eoceno; el catarrinio pierde, en el mioceno, la cola; y, por último, en el periodo plioceno, surge el hombre pitecoide, _alalo_ ó sin palabra. De este hombre pitecoide nacen luego, siguiendo el progreso, los _ulotrixos_, ó gente de pelo crespo, y los _lisotrixos_, ó gente de pelo liso; y de éstos, todas las razas humanas, de las cuales las más bien dotadas, hasta hoy, parecen ser las _euplocamas_, ó de cabello suave y con bucles; y de estas gentes _euplocamas_, las más nobles son las que vinieron á establecerse á orillas del Mar Mediterráneo, á saber: semitas, vascos, indo-europeos y caucásicos.
Yo acepto todo esto como si no hubiese la menor objeción que hacer.
Tenemos, pues, los datos para nuestra filosofía. Filosofemos.
El progreso es evidente y constante.
Desde la monera, desde el protoplasma, desde el moco, hemos llegado á un organismo tan complicado como el de nuestro cuerpo, y en él, por vez primera, ha aparecido la persona, la conciencia y la reflexión, por cuya virtud nos entendemos á nosotros mismos y á todo lo que es ó puede ser fuera de nosotros.
¿Acabará aquí el progreso, ó seguirá adelante? Seguirá adelante. La historia de la humanidad lo demuestra. Ahí están todos los primores, lindezas, galas y artefactos, leyes, vestimentas, casas y música, que hemos inventado, desde que dejamos de ser _alalos_ y rompimos á hablar, hasta hoy, que tenemos telégrafo, teléfono, fotografía, torpedos y dinamita.
Lo extraño es, y vuelvo á uno de mis temas, que el _agente cósmico_, la _causa creadora_, como usted la llama también, haga todo esto con sabiduría estúpida, y sin saber lo que hace; pues si lo supiera, diría con más razón que Virgilio: _Sic vos non vobis_. Da inteligencia, da personalidad, da mil cosas más, y se queda sin nada. La antigua sentencia que reza, _nemo dat quod in se non habet_, pierde aquí todo su valor.
Pero si la conciencia y la personalidad no están en el _agente cósmico_ y están sólo en cada uno de nosotros, seres humanos, como quiera que nosotros vivimos unos cuantos años y nos morimos luego, la ley del progreso se realizará en todo, menos en la conciencia y en la personalidad individuales.
Usted quiere que dicha ley se cumpla en todo, y para ello afirma que una vez que tenemos persona y conciencia, y aun antes, en la sustancia donde la conciencia y la persona están en preparación, hay inmortalidad. Según Ud., de la materia más sutil y etérea se forman concreciones y organismos sutilísimos, y éstas son las almas de todo; las cuales almas van progresando, educándose y pasando de unos cuerpos en otros, desde el helecho, por ejemplo, hasta el cuerpo de Darwin. Así este ser sutil logra aprenderlo todo por experiencia y desenvuelve sus facultades.
Si estos cuerpos fluidos y etéreos son indestructibles, equivalen á lo que antes llamábamos almas. Así se destruye el dualismo que se ponía entre espíritu y materia. Y á la verdad, como ni de la materia ni del espíritu conocemos la esencia, y sólo sabemos de ellos por los atributos y efectos, yo no quiero, ni debo por lo pronto, suscitar disputa.
Si Ud. da al alma humana todos los caracteres y atributos que al espíritu dábamos antes; si usted reconoce que es una, indivisible, sutilísima é inmortal, nada importa el nombre. Llamémosla, pues, cuerpo fluido, ya que este cuerpo ha de correr con más que eléctrica velocidad, por donde venga á ser como ubicuo, y ha de sustraerse á la corrupción y á la muerte, y ha de cruzar el éter y toda la amplitud de los cielos, y ha de conocer y ha de amar cuanto en ellos se contiene de bueno, verdadero y hermoso.
Muy bien me parece además que estas almas, para ir ascendiendo á la perfección, necesiten de más de una vida, y hasta considero razonable la sospecha que tiene Ud. de que el Flammarión de ahora sea Giordano Bruno redivivo, y de que el benemérito repúblico Benito Juárez, á quien tanto debe la democracia y autonomía mexicanas, no haya sido otro sino el rey ó emperador Cuauhtemoc, de gloriosa memoria.
Lo que se me resiste bastante es eso de que nuestra alma sea neutra, y ora se encarne en cuerpo de mujer, ora en cuerpo de hombre. Alguna fuerza tiene el raciocinio que Ud. hace de que, si fuéramos hombres ó mujeres siempre, no sabríamos por experiencia sino la mitad de lo que hay que saber; pero, ¿qué quiere Ud.?....., á pesar de todo, me repugnan esos cambalaches.
Noto ahora que mi carta va siendo demasiado larga; y como tengo muchísimo que decir aún sobre su libro de Ud., lo dejo para otras, y termino ésta asegurando á Ud. que ha de quedar menos disgustado de lo que me queda por decir que de lo que he dicho hasta ahora. De todos modos soy su atento y seguro servidor y deseo ser su amigo.
* * * * *
_19 de Marzo de 1888._
II
Muy estimado señor mío: Á pesar de todo mi escepticismo, es tanto lo que me agrada y consuela eso que Ud. asegura de que tenemos un cuerpo fluido inmortal, que me inclino muchísimo á darlo por probado.
No se contenta Ud. con aducir argumentos teóricos en favor de tal aserto, sino que sostiene que la existencia de dichos cuerpos fluidos, sutiles é indivisibles (que, si Ud. me permite, seguiremos llamando almas, por ser más breve), se sabe por experiencia; esto es, que desde muy antiguo estamos en comunicación con las almas, y que no es delirio, sino realidad, la _psicogogia_ ó nigromancia: el arte de evocar á los muertos y de traerlos á que hablen con los vivos. Las historias profanas y sagradas están llenas de casos semejantes. Saúl evoca, por medio de la Pitonisa de Endor, la sombra ó alma de Samuel; Pausanias de Bizancio, la de su querida Cleonice; y Periandro, la de su esposa Melisa. Con el andar del tiempo, parece que este arte ha adelantado mucho, y hoy se llama _espiritismo_.
Yo no he de negar aquí el _espiritismo_; pero he de apuntar ciertas dudas que me asaltan.
Esos espíritus ó cuerpos tenues, imperceptibles á nuestros sentidos, en el estado normal de éstos, ¿por qué han de ser precisamente almas humanas separadas de sus cuerpos? ¿No podrán ser otro linaje de seres? Como Ud. desecha toda religión positiva, yo me guardaré bien de suponer, ni por medio minuto, que puedan ser diablos ó ángeles; pero ¿por qué no serán duendes, ondinas, sílfides, driadas, gnomos, ó algo así? Ya que Ud. da por segura la existencia de esos cuerpos orgánicos, tenues y etéreos, debe Ud. ser consecuente y no creer que los tales cuerpos sólo se crían para envainarse en cuerpos sólidos humanos y animarlos. ¿Por qué no los ha de haber que vaguen por el aire, ó penetren en las entrañas de la tierra, ó vivan en el seno de los mares, y hasta en la luz y en el fuego, y desdeñen encerrarse en ese forro ó guardapolvo de nuestros cuerpos sólidos y visibles? Ello es que las historias están llenas también de amores, amistades y tratos de estos seres con personas de nuestra especie, que han tenido bastante perspicacia y agudeza en los ojos ó en los oídos para verlos ó para hablar con ellos.
El padre Fuente la Peña ha escrito con buen tino sobre estas relaciones de hombres y de mujeres con entes racionales no humanos, y por lo común invisibles, que viven en nuestro planeta. Y más singular y luminosamente ha tratado el asunto, en una obra eruditísima, el reverendo padre Sinistrari del Ameno. Aseguro á Ud. que son divertidísimos los verídicos amoríos que refiere este último padre de mujeres con duendes y de hombres con sílfides y salamandras. ¿Quién sabe si el precioso cuento de Carlos Nodier, del duende escocés enamorado de la joven casada, será un sucedido?
Pero, en fin, para facilitar nuestra filosofía, demos por de ningún valer las objeciones anteriores, y declaremos que los tales cuerpos fluidos, inteligentes y con conciencia, sólo se crían para informar nuestros cuerpos sólidos; y que dichos cuerpos fluidos, que son inmortales, ó están cesantes y de bureo y huelga hasta colarse en un cuerpo nuevo, ó están empaquetados, _incorporados_ y en activo servicio.
Da Ud. tales señas y tales pruebas sobre dichos cuerpos fluidos, que es menester creer ó reventar, como vulgarmente se dice.
El gran sabio inglés Guillermo Crookes, de la Sociedad Real de Londres, acude muy á tiempo en auxilio de Ud. con su _radiómetro_. La sustancia contenida en el tubo de vidrio del aparato llega al más asombroso estado de rarefacción, y despliega entonces sus propiedades y su energía. Esto es lo que llaman _materia radiante_, pero inorgánica. Y Ud. raciocina con excelente lógica al suponer que hay otra _materia radiante_ orgánica, y que de ella están confeccionadas nuestras almas. Esta _materia radiante_ orgánica ha de ser más difícil de estudiar, á causa de su extrema sutileza; pero, á lo que Ud. asegura, el citado sabio Guillermo Crookes, que rarifica la materia, acertó á condensar un espíritu que iba de tapadillo á oir sus lecciones, y logró hacerle patente á los ojos de todos sus discípulos. Siete fotógrafos que estaban allí, con sendas máquinas ó cámaras oscuras, sacaron retratos del espíritu desde diversos puntos de vista.
Ya, pues, no cabe duda. Hay seres _monocorpóreos_, como Ud. los llama, organismos sutiles inteligentes, cuerpos fluidos vivos, que se han visto y que hasta se han fotografiado.
Con estos cuerpos se explica todo, y el progreso individual no es quimera. Hasta se me pasa el susto, que yo había tenido á veces, de que todo este trabajo que estamos dando los hombres, fuese inútil para nosotros, porque pudiese sobrevenir otra raza que fuera con relación á nosotros lo que nosotros somos con relación al gorila, y que nos mandase á paseo ó tal vez nos destruyese. Ahora ya importa poco esto. Nuestros cuerpos fluidos inmortales saldrán ganando siempre, y tendrán por estuche ó envoltura, si nueva raza aparece, cuerpos sólidos más gallardos y primorosos.
En el movimiento ascensional y en la transformación de las especies, lo que hay en nosotros de individual (el cuerpo fluido) saldrá siempre mejorado.
Me parece que Ud. sabrá, como yo, que no fué Darwin el primero á quien se le ocurrió el transformismo. Ya desde muy antiguo le habían imaginado otros sabios. Algo indica de ello el ilustre Juan Bautista Porta en su _Magia natural_; y todavía es más explícito, aunque vivió mucho antes, en tiempo de León X, el elegante y docto poeta Fracastoro, el cual expresamente predice que aun han de aparecer en su día y sazón nuevos seres.
_Certa dies animalia terris_ _Mostrabit nova: nascentur pecudesque feracque,_ _Sponte sua, primaque animas ab origine sument._
Y para salvar la dificultad y quitarnos el recelo de que si los seres nuevos son de naturaleza superior y titánica, nos dejen vencidos, acoquinados y humillados, Fracastoro tiene cuidado de advertir que las almas de estos titanes serán las mismas que ya informaron ó que informan hoy seres de orden inferior, pues no es otra la interpretación que debemos dar al _primaque animas ab origine sument_.
Vengan en hora buena nuevas castas más briosas y adelantadas. Nuestros cuerpos fluidos las animarán, y cada día irán haciéndose más listos y aprendiendo más habilidades. Lo que hasta hoy no ha logrado hacer sino tal cual sujeto muy aventajado, lo hará en las venideras edades cualquiera niño de la doctrina.
Hasta hoy, y va de ejemplo, sólo sabios de primera magnitud, como Pitágoras, Apolonio de Tyana, Hermotimo de Clazomene, Miss Wilkinson, profetisa _yankee_, y ciertos anacoretas del Tibet, aciertan á desprenderse de sus cuerpos sólidos cuando se les antoja, y van á millares de leguas de distancia para saber lo que sucede allí, ó para hacer una visita á un amigo, ó para acudir á algún negocio urgente y volverse al cuerpo sólido. En lo futuro, hasta las personas menos distinguidas y más ignorantes harán esto con la misma facilidad con que se beben ahora un vaso de agua. Así es que, á primera vista, como todo se hará con maravillosa rapidez, parecerá que habremos adquirido el don de la ubicuidad.
Otra de las gracias que luciremos, una vez desprendidos ya del cuerpo sólido, será la de la compenetrabilidad. Nos meteremos por el ojo de una aguja, nos filtraremos al través de un muro, podremos celebrar un _meeting_ de miles de personas en el hueco de una cáscara de avellana.
Nuestras conversaciones ó conferencias con los cuerpos fluidos cesantes, ó dígase con lo que vulgarmente se ha llamado hasta hoy almas de los muertos, sombras ó manes, serán más frecuentes, fáciles y luminosas. Nos instruiremos más de este modo; no nos costará fatiga ninguna la evocación, y no nos aterrará la vista del espectro del difunto, como ahora suele aterrar á los más valerosos. Sea testigo de esta verdad el ilustre Eliphax Levi, que no pudo resistir la presencia de Apolonio, á quien había evocado, y perdió la voz, y sintió un frío horrible, y no pudo hacer nada de provecho, según él mismo confiesa.
Es verdad, sin embargo, que lo terrorífico de la aparición tal vez consista en que ésta se hace por medios reprobados, apelando á la magia y valiéndose de conjuros, á los que las sombras ó manes no pueden desobedecer, pero que las traen harto enojadas y aun furiosas. Cuando la evocación es natural, cortés y lícita, las sombras ó cuerpos fluidos acuden de buen talante y de apacible humor; y hay ya bastantes hombres de mérito que han tenido así entrevistas y conferencias amenas é instructivas.
Usted cita muchos libros en que los señores que han tenido conversaciones con espíritus las han redactado y publicado. Confieso modestamente mi ignorancia: no he leído ninguno de esos libros que Ud. cita; pero deseo leerlos, porque deben de contener mucha y alta doctrina. No habían de molestarse los muertos en venir á hablar con los vivos para decir tonterías y vulgaridades. Y no las dirá de seguro ese libro, titulado _Ley de amor_, recogido por el doctor Chaves Aparicio, y publicado por el Círculo de estudios psicológicos de San Luis de Potosí, ya que está lleno, según Ud., de pensamientos profundos y es prueba palmaria de la inmortalidad de nuestro ser.