Development of Gravity Pendulums in the 19th Century Contributions from the Museum of History and Technology, Papers 34-44 On Science and Technology, Smithsonian Institution, 1966

Chapter 3

Chapter 33,504 wordsPublic domain

Ayer con la aurora dejé mi habitación, alquilé un bote y salí con dos marineros a pasearme por el gran río. El viento soplaba fresco del sur, el tiempo estaba sereno, amainamos la velilla y nos alejamos como volando de la costa. Virábamos aquí, y allí y la aguda quilla de nuestro bote se deslizaba haciendo un murmullo apacible como por una superficie de cristal resplandeciente. Visitamos algunas embarcaciones extranjeras de la rada exterior, que como tú sabes, dista de 4 a 5 leguas de la costa y dirigimos nuestra proa a tierra. El viento soplaba con vigor; las olas crecían y se encrespaban y el cielo cubierto de nubes eclipsaba los rayos del sol. Un murmullo sordísono resonaba a lo lejos y las marinas aves, nuncias de la tempestad, se mecían con vuelo oblicuo en las nubes o arrastraban sus alas por las concavidades y las crestas espumosas de la onda. Yo empuñé el timón; los marineros apuraban el remo; pero el choque de las olas y del viento inutilizaba mis esfuerzos. Nuestras fuerzas se agotaban en lucha tan desigual; el río levantaba más y más sus olas encrespadas, los relámpagos flameaban y el trueno retumbaba horrisonante entre las nubes. El débil pino que nos sostenía, subía en la cresta de la onda hasta las nubes y luego descendía entre dos montañas móviles de agua que nos cubrían el horizonte, desplomándose al punto con murmullo horrísono en el cauce espumoso de las aguas. El instinto de la vida sustentaba nuestro ánimo y hacía redoblar nuestros esfuerzos. La costa estaba a nuestra vista, pero un mar irritado nos separaba de ella. Dominados por la idea del peligro, nuestras almas se hicieron insensibles al aspecto iracundo y terrífico de la naturaleza. Nuestras fuerzas se agotaron y los reinos y el timón fueron presa de las olas, y el bote casi lleno de agua flotaba a merced de las olas. Pero la esperanza nos sustentaba en medio a los conflictos de la muerte. Un bote cargado de hombres zozobró a nuestra vista; los infelices flotaron un instante sobre las aguas; pero fueron luego envueltos en sus tumultuosos remolinos. Nosotros fuimos más felices: un torrente de lluvia se desplomó del cielo; sopló el viento del oriente y empujado por él y por las olas, nuestro bote encalló de repente sobre la arena. La ribera estaba cubierta de gente: empapados de agua y quebrantados de fatiga, llegamos a ella después de haber caminado un largo trecho con el agua a la cintura. A mí me llevaron, no sé cómo, a casa y ahora que te escribo, ya me encuentro restablecido y contento de un accidente que me ha hecho ver de cerca la muerte y un espectáculo maravilloso y sublime. El relámpago flamígero; el trueno horrisonante; ese hervir impetuoso de las olas; esas montañas de agua que se levantan bramando y se desploman en el abismo; el silbido del viento embravecido; esos escuadrones espesos de nubes que marchan majestuosamente chocándose con violencia y despidiendo de repente un rayo luminoso que abrasa el firmamento y nos deslumbra; esa agitación, en fin, de los elementos, han producido en mí emociones indecibles y levantado mi espíritu a una esfera sublime. Allí ningún pesar; ningún recuerdo triste vino a atribularme, y embebida toda mi imaginación en el sublime espectáculo que la rodeaba se olvidaba del mundo y de los hombres.

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Febrero, 1°

Acabo de recibir mis libros: he separado algunos poetas y los demás pienso regalarlos a la biblioteca pública. Como sé que tú tienes una excelente colección por eso no te los ofrezco. Tú extrañarás, sin duda mi despego por lo que hizo en otro tiempo, la delicia de mis días; pero te diré que ya he perdido el gusto por la lectura. Mi imaginación concibe, abarca, crea, con más rapidez que la que un filósofo emplea para escribir otra frase; y mi corazón engendra más sentimientos y pasiones.

Además, encuentro que, en general, los escritores de esas ciencias son unos pedagogos insoportables: quieren tratar a los hombres como a niños y les dicen con tono magistral y un compás en la mano: este camino has de seguir para ser feliz; este sentimiento has de tener para no dejarte ofuscar por las pasiones y errar la senda; este pensamiento ha de ser el ídolo de tu mente si quieres ser siempre virtuoso y feliz; y cada uno aferrado a su infalible sistema divide en categorías al corazón humano y le señala la senda del bien y de la virtud. ¿Y a cuál, entre tanto, atenerse para no errar? A ninguno, porque todos nos han dado los desvaríos de su imaginación por reglas infalibles de moral y de filosofía. ¿Y a qué sirve tanto fárrago de doctrinas? A llenar de dudas el ánimo, a desmoralizar al hombre y poner muchas veces a la razón en guerra abierta con los sentimientos espontáneos del corazón. Estoy convencido que el más simple campesino sabe más sobre moral que el más sabio filósofo: es verdad que él no explica ni analiza sus sentimientos; pero es feliz ignorando cómo siente y cómo piensa. A fuerza de reglas y preceptos pierden su fuerza los sentimientos más naturales, se ofusca la imaginación, y se engendran mil facticios que pervierten al corazón.

A mí me agrada el conversar con un autor que me haga confidente de sus pensamientos, porque su sociedad me instruye, despertando en mi espíritu alguna nueva serie de reflexiones; pero el que me habla en tono enfático y magistral provoca mi enojo, y menosprecio. Las reglas y los preceptos violentan las inclinaciones naturales y convierten, a menudo, sentimientos más pacíficos en pasiones frenéticas y fatales.

Un gran poeta es para mí el genio por excelencia, porque él me comunica sus sentimientos más sublimes o delicados, revestidos con el mágico colorido de la imaginación, habla a mi corazón y a mi fantasía; me deleita y me instruye haciéndome ver los extravíos y las consecuencias funestas de las pasiones exaltadas; al mismo tiempo que engrandece el círculo de mis ideas y hace fecundar en mi corazón los sentimientos elevados y generosos. Estas observaciones te explicarán mi predilección por los libros de poesía y mi resolución de deshacerme de los de moral, filosofía, etc. Además el principio que me ha dirigido en mis lecturas ha sido siempre el de saber lo que pensó en tal época este o aquel filósofo sobre los problemas vitales de la humanidad; y como mi curiosidad se halla ya satisfecha, sus escritos me son inútiles, pues estoy convencido que la única y mejor norma para obrar bien es el corazón, cuando éste no está corrompido. Pero se me dirá: ¿cómo atajar el mal de las inclinaciones viciadas? Entonces, yo responderé: nada pueden las declamaciones de la filosofía cuando el germen de la virtud está corrompido; así como la medicina es impotente cuando la gangrena ha destruido el principio vital de un órgano o de un miembro.

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Febrero, 3

Diez de la noche

La acción física es el único refugio de las corazones enfermos: ella aturde, ofusca las imágenes tristes que la imaginación engendra en sus cavilaciones sombrías. A veces acosado por mi negros pensamientos salgo y corro por las calles más desiertas como quien vuela en pos del objeto de su amor o de alguna visión encantadora, hasta que la fatiga abate mi cuerpo y amortigua la energía de mis facultades. Entonces siento aliviado el peso de mi corazón; pero luego un rato de reposo regenera mis fuerzas y vuelve más violento el pesar a atribularme con sus tétricas imágenes. ¿Cómo llenar este vacío inmenso que ha dejado la pérdida del único objeto querido, que alimentaba todas mis esperanzas? ¿Cómo reemplazar la inefable ilusión de los primeros años de la vida y sacar de las entrañas la amarga hiel de la congoja y del infortunio? ¿ Cómo borrar de la memoria el recuerdo de una madre que nos dio el ser, sufriendo angustias mortales: que nos alimentó de su seno y nos prodigó hasta la muerte el inagotable tesoro de su cariño? ¿Cómo recordar los tiernos y generosos sacrificios del amor maternal sin sentir al mismo tiempo que su pérdida es irreparable? Tú sabes cuán caro costó a mi madre el cariño de su hijo... Esta idea sola me estremece; me llena de dolor y acibara mi vida.

Cuando mi fantasía vigilante vaga de pensamiento en pensamiento, y algunos sueños consoladores despiertan en mi memoria los rientes devaneos de mi primera juventud; cuando la esperanza grata me sonríe y me muestra en lo porvenir, revestidos de colorido mágico, algunos rayos de consuelo, de gloria y de felicidad; aquella idea fatal me sorprende en medio de tan halagüeñas imágenes, me oprime la garganta como un espectro odioso, me hunde en un abismo desierto y tenebroso, y me dice al oído: tú estás solo en el universo. ¿De qué te sirve la vida? Entonces extiendo mis brazos desolados por los ámbitos de la tierra; busco ansioso con la vista por todas partes; llamo en vano a mi madre con gritos descompasados y con todo el amor de mi corazón, y nadie me responde en la soledad, ninguna voz amiga viene a consolarme en mi desolación. ¿Qué es la muerte? ¿De qué me sirve la vida? ¿De qué mi juventud, mis esperanzas y el porvenir, si estoy solo en el universo? ¡Idea horrible!, ¡idea más infausta para mí que la de la muerte! El eterno reposo; el fin de todas las angustias del corazón; tal vez la nada. ¿Y qué importa que sea la nada si se acaba el sufrir? Eternidad, nada, abismos horrorosos del sepulcro para la imaginación del hombre feliz, vosotros no me espantáis. ¿Qué importa que la tumba esté desierta?, el desierto del mundo es mucho más frío y tremebundo. Vivir entre los hombres como un fantasma nocturno de que todos huyen; respirar el mismo aire y no simpatizar con ellos; sentir, pensar, sufrir solo, ocultar sus sentimientos en el fondo del corazón por no encontrar un solo ser que simpatice con ellos; hallarse rodeado de aduladores serviles o de estúpidos y orgullosos favoritos de la fortuna; vivir, en fin, en medio de los placeres y no poder participar de ellos: esto sí que es morar en desierto. La vida, dijo un gran poeta, no es más que el sueño de una sombra. La alimentan esperanzas engañosas, ilusiones fugaces, y cuando estos atractivos que la embellecían, se disipan sacando a luz su realidad desnuda ¿qué es la vida sino una sombra? ¿Por qué, pues, perseguir con tanto afán una imagen aérea y voluble? ¿Por qué poner tanto precio en una cosa que pierde tan fácilmente su valor? Cuando el corazón se halla lleno de pesares, cuando los encantos del mundo se han desvanecido y nada encuentra el infeliz sobre la tierra que pueda contribuir para aligerar el peso de una existencia desolada y fatigosa, ¿qué es la vida? Nada, el reposo de la tumba es infinitamente más precioso, pues es eterno.

P.S. Son las doce de la noche. He sufrido en dos horas momentos infernales. Una especie de vértigo se amparó de mis sentidos y ofuscó mi razón. La idea de la muerte se enseñoreó de todas mis potencias: en vano yo forcejeaba por desasirme de ella: con mano poderosa, ella me apremiaba, me arrastraba hasta el borde de la tumba y señalándome su abismo me decía: pusilánime, aquí está tu reposo, un golpe solo y serás feliz.

Tomé mis pistolas, apliquémelas al cerebro; y ya iba... cuando una voz exclamó como bajando del cielo: "detente"... Las armas mortíferas cayeron de mi mano y mi cuerpo desmayado dio con ellas sobre la tierra. Entonces, amigo, la eternidad se desplegó ante los ojos de mi fantasía... El cielo... y allí, allí legiones infinitas de espíritus celestes y de justos entonaban en coro el hosanna eterno en alabanza de las glorias de Jehová, con voces que resonaban aú n en los ámbitos más recónditos del universo y con armonías que hacían retemblar y saltar de júbilo a las esferas. Allí estaba mi madre: miróme con sonrisa dulce y cariñosa y me dijo: la vida terrestre es un peregrinaje penoso y corto para la virtud; pero la vida celeste es la eterna recompensa de sus trabajos y tribulaciones. El don precioso de la existencia no te fue otorgado para que dispusieses de él a tu antojo, sino para que lo empleases en obras grandes y generosas hasta que llegue el día en que te sea pedida cuenta. Vive, hijo, como has vivido y hallarás algún día la felicidad si no en la tierra, en la morada de los justos: conserva puro tu corazón como hasta aquí. Y algún día recibirás el galardón destinado a la virtud.

Salí de mi letargo, mis sentidos se recobraron y mi corazón está tranquilo como nunca.

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Febrero, 8

Te dije en una de mis anteriores que estaba comprometido a acompañar a una tertulia de baile a doña Ana, antigua amiga de mi madre. Acabo de entrar a mi cuarto, de vuelta, después de haber pasado dos horas las más deliciosas de mi vida. Yo no sé cómo mi triste corazón ha podido tan fácilmente abrirse a las impresiones halagüeñas: aún no puedo explicármelo. ¡Tal vez el poder de la hermosura! ¡Tal es la magia encantadora de un alma angélica y sensible! O inconstancia del corazón humano, que yo he pasado en un instante, del abismo de la congoja al cielo de la gloria y de las delicias. ¿Y cómo no, amigo? He encontrado en la tertulia de... a la mujer más amable y hermosa que existe sobre la tierra. Sí; la ilusión no me engaña: es imposible hallar reunidos en un mismo ser, más gracia con más sencillez, más discreción con más juventud, más candor con más inteligencia y talento; más amabilidad, en fin, con más ternura y sensibilidad, y yo he conversado con ella y me he embriagado de placer al mirarla y he sostenido en mis manos su cuerpo gentil y aéreo.

Eran las nueve: la concurrencia era muy numerosa y lucida y yo miraba, espectador indiferente, dirigirse sobre mí, como foráneo, las miradas curiosas de las bellas que componían aquella brillante reunión. Cuchicheaban en secreto de cuando en cuando y me parecía que se decían al oído ¿quién será este hombre tan frío y taciturno? Levánteme del rincón donde estaba apoltronado y me dirigí al sofá, donde doña Ana conversaba con la dueña de casa. Entré en conversación con ellas, mientras los jóvenes y señoras disfrutaban enajenados del dulce placer de la danza, cuyos compases seguía el piano con su armonía sonora. Usted ha venido en mal día, díjome la amable señora, nuestra tertulia está hoy algo triste; falta el alma de nuestra reunión; la señorita Luisa C... ¿Qué, no vendrá Luisa, exclamó en voz alta un concurrente? Se hace hoy desear mucho; y al nombre de Luisita todo el concurso se puso en expectación. La contradanza se deshizo y se formaron en el recinto de la sala varios grupos a conversar. -"Usted extrañará sin duda, continuó la señora, el interés que manifiestan mis amigas por Luisita, pero es preciso que usted sepa para que no se sorprenda, que esa señorita es el ornamento más lucido de esta sociedad por su carácter amable y bondadoso, y por su talento, gracias y jovialidad. Nuestros tertulianos no pueden pasarse sin ella y yo menos, pues cuando no viene me parece que falta algo en casa o que los humores no están tan dispuestos a la jovialidad. Desearía, le contesté, conocer una señorita tan cordialmente encarecida, pues creo que el aprecio general es el mejor garante del mérito de las personas y de la bondad de las cosas. En esto se presentó en la puerta de la sala la señorita Luisa. Toda la reunión se puso en movimiento; los corrillos se disolvieron, varios jóvenes se adelantaron a saludarla. Ella correspondió graciosamente y corrió al sofá donde yo estaba a abrazar a mi amiga dueña de casa. Querida, por qué te has tardado tanto; te has hecho desear mucho esta noche, nuestros concurrentes estaban inquietos por ti y aun este caballero, nuevo en nuestra sociedad, ha participado del interés que todos han manifestado, pues que te creíamos enferma. -Varios incidentes me han impedido el poder venir antes y debo regocijarme de ello, pues que esta circunstancia me presta la ocasión de conocer más el sincero cariño que me profesan mis amigas y las buenas ausencias que hacen de mí. En cuanto a este señor, no puedo lisonjearme de que mi ausencia le haya inquietado en algún modo, pero sí creo que el interés que han manifestado mis amigas haya obrado en su espíritu de un modo favorable a mi persona. -Señora, le contesté: yo he deseado, como todos, la presencia de usted, y ahora le digo sinceramente que hubiera sentido sobremanera haber perdido la ocasión de conocer a una persona tan dignamente encarecida. En esto entraron varias señoras; la conversación general se interrumpió y yo quedé hablando a mis anchas con Luisa. ¡Qué candor!, ¡qué amabilidad! De sus labios encarnados fluían las palabras más dulces que la miel, más hechiceras que las del amor. La pureza de su corazón resplandecía en sus negros ojos y a medida que la escuchaba una especie de fluido magnético, saliendo de toda su persona, se derramaba suavemente por todos mis sentidos y potencias y los encadenaba.

En ese momento se trató de bailar una contradanza. Varios jóvenes se apresuraron a convidarla, pero ya estaba comprometida conmigo. Salimos, rompió el piano. ¡Oh, cómo se llevaba la vista de todos, qué agilidad, qué gracia tan natural! Me parecía que todos me miraban con envidia porque sustentaba en mis brazos aquel talle tan airoso y elegante, aquel cuerpo tan gentil y aéreo. Jamás he sido tan bailarín ni nunca los juegos de Terpsícore me han embelesado tanto. Cesó la contradanza, continuó el baile y fue necesario ceder por prudencia mi compañera a la impaciencia de los jóvenes que se la disputaban. Llegó mi turno al fin y salimos a bailar un vals. ¡Oh, qué delicia! Aún me parece que la sostengo en mis brazos, ligera y fragante como una Sílfide aérea impregnada del ámbar de las flores. Rompe el piano el compás y nosotros partimos como el viento, rodamos por aquí y allí por el ámbito de la sala, como dos plumas en el espacio. Todo pasaba como torbellino alrededor de nosotros y aparecía confusamente. Todas las potencias de Luisa estaban en el baile y yo todo en ella. La vista de los circunstantes seguía embebida en nuestros rápidos movimientos y nosotros volábamos casi sin hollar la tierra. En aquel instante, amigo, me parecía que un ángel me llevaba sobre sus alas etéreas a la región inefable del amor y de la gloria. La ilusión se fue pero su dulce imagen me llena aún de delicia.

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Febrero, 10

¡Qué poderoso, amigo, es el influjo de la imaginación sobre la felicidad! Ella agranda prodigiosamente las tristes imágenes que rodean al desdichado y llena a veces de ilusiones deliciosas al corazón enfermo: ella nos hunde en el abismo de la desdicha o nos sube a la cumbre de la gloria; ella nos roba y da la copa de los deleites; ella, al fin, decide de nuestro destino.

No a todos se les ha dado con la misma medida este don funesto y divino, y no sé si sea más feliz que los otros el hombre dotado de una fantasía viva y fecunda: sólo sé que he sufrido en el curso de mi vida tormentos horribles y saboreado delicias inefables. Los desengaños y los contrastes me han hecho más cauto sobre las falaces ilusiones de la imaginación; pero en vano invoco a veces la razón; ella me deslumbra, me encanta con su atractivo y me lleva en sus alas etéreas más allá de los límites de la realidad a la región fantástica de las quimeras.

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Febrero, 12

Son las siete de la tarde. El cielo está sereno y transparente; el Plata en calma, refleja al cerúleo firmamento y ambos parecen dos amigos que se miran regocijados. Los vientos duermen y mi corazón participa de este halagüeño reposo de la naturaleza. Mil rientes imágenes vagan en derredor de mi mente y una de ellas más pura que un ángel me sonríe cariñosa y me muestra en lo porvenir un mundo de glorias y deleites inefables. ¿Qué mudanza tan repentina es ésta? No puedo explicármela. ¿Serán, amigo, ilusiones fugaces como todas la que han alimentado hasta aquí mi vida? Qué importa: el náufrago que lucha fatigado con las aguas debe asirse de la primer tabla que se le presente aunque luego las olas turbulentas y encrespadas lo envuelvan de nuevo en sus tumultuosos remolinos.

Ella ocupa todas mis potencias, me sigue por todas partes, la veo en todos lugares, me sonríe en mis sueños y es el ángel tutelar de mi vida.

Categoría:Obras de Esteban Echeverría Categoría:Literatura argentina (Títulos)