Chapter 2
Hoy, cansado de galopar y sediento, detuve la rienda a mi caballo en la orilla de una laguna poblada de espadañas y juncos. El sol flameando en el mediodía, abrasaba la tierra, y los húmedos vapores que se elevaban de la laguna formando una nube de humo sobre su superficie tranquila, reflejaban los rayos luminosos, trasformándolos en mil iris resplandecientes que deslumbraban la vista. Sofocado de fatiga y de sed acrequéme a tomar un poco de agua; pero vi con sorpresa multitud de peces flotando como muertos sobre la faz cenagosa de la laguna. Un olor corrompido hirió mi olfato, y ya no fue posible refrigerar mi cuerpo inflamado, ni humedecer mi seca garganta. Hacía como un mes que no llovía, las aguas estancadas se habían evaporado poco a poco, con los rayos ardientes del sol, y todos los habitantes que contenía habían perecido. Varios nidos de chajáes y cuervos, como columnas de paja, flotaban aú n sobre aquella agua cenagosa y sus infelices dueños habían ido a buscar paraje más adecuado a su naturaleza y más halagüeño, dejando abandonados en ellos a la inclemencia y orfandad los tiernos frutos de sus malogrados amores. Aproximéme a caballo a uno de aquellos nidos y lo vi cubierto de polluelos de cuervo, que al mirarme piaban y saltaban como si creyesen que yo les traía algún alimento. Tomé uno en mi mano; comencé a halagarlo y vi con horror que vomitó de su cuerpo un sapo, una víbora y un huevo de perdiz. Soltélo al punto con asco y me retiré precipitado de aquel lodazal inmundo de la muerte. Así, amigo, todo parece que conspira en la naturaleza a la destrucción. Los elementos inertes y etéreos están en guerra continua con la naturaleza animada. Esta sostiene la lucha, y sucumbe o triunfa momentáneamente. Todos los seres procuran mutuamente su destrucción. Los animales de una misma especie se devoran entre sí, y aun algunos se alimentan con el propio fruto de sus entrañas, para obedecer al instinto imperioso de la conservación. El hombre destruye cuanto está a su alcance y aun a sí mismo sin necesidad, y el tiempo, o la muerte, gigante voraz e insaciable sentado sobre las ruinas y los despojos de lo pasado, aniquila y anonada a la vez cuanto nace en el universo. Pero existe derramado en la creación un poder inagotable de vida, que de la escoria de todos estos elementos desorganizadores engendra nuevos seres, purificando en el crisol del tiempo el espíritu creador que las anima.
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Enero, 23
Sí, amigo, voy a partir; quiero experimentar los afectos de la vida activa que tú me alabas; sé que la inacción me es nociva; pero te engañas si has creído que mi existencia está al presente inactiva. El águila se goza en su área sublime; el león en su guarida solitaria; sólo al hombre no le es dado encontrar reposo en ninguna parte; su vida es un peregrinaje continuo y fatigoso hasta el día en que la eternidad se abre a sus ojos. Cada máquina tiene su resorte principal que rige todos sus movimientos; pero la humana tiene infinitos que pongan en ejercicio constante sus facultades. Siento separarme de estas buenas gentes y de lugares que han endulzado con su atractivo las penas de mi corazón; pero mi salud ya está restablecida y algunos negocios de interés me llaman a la capital; mañana pienso ponerme en camino.
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Febrero, 1°
Heme por fin en el término de mi viaje fatigado del choque de mis pensamientos y envuelto siempre en mis tétricas ideas. En vano la naturaleza se me ha presentado revestida de todas las bellezas que la decoran; mi mente la cubría toda con su fúnebre velo, y las más halagüeñas imágenes, aun cuando despertaban instantáneamente mi admiración, perdían luego su atractivo en el curso de mis reflexiones. ¡Qué triste posición es, amigo, la del que se halla aú n joven burlado en sus más halagüeñas esperanzas, destituido de sus más lisonjeras ilusiones, sumergido en la nada de la vida y rodando en el torbellino del mundo! El torrente lo arrastra más y más, y sin poder resistir a su ímpetu arrebatado, se ve al fin envuelto en el precipicio, si alguna mano amiga, si alguna tabla benéfica, no viene a sostenerlo en su naufragio.
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marzo, 14 uruapan mich
La casa que habito está situada en uno de los sitios más hermosos de esta Ciudad. Las ventanas de mi aposento miran a la alameda, y el Plata extiende ante mis ojos sus ondas turbulentas y majestuosas. Hoy al toque de diana me levanté, abrí una de las ventanas y me senté a respirar el aura fresca y aromática del Oriente. ¡Qué espectáculo! El cielo estaba sereno; el sol rielaba el horizonte diáfano con sus cárdenos rayos, las aguas del padre de los ríos se hallaban en una perfecta calma: todo era silencioso, y sólo se oía el suave choque de las olas que besaban las peñas en cadencia y armonía. Un dulce sueño de ilusiones se amparó de mi imaginación, no me sentía a mí mismo; mas de repente, hirió mis oídos un sordísono murmullo; desperté; tendí la vista y vi que era el ruido que hacían los habitantes esparcidos por la alameda. El astro del día flameaba ya en el firmamento y se miraba con placer en el espejo inmenso del Plata. Las pasiones de los hombres al ver la luz se habían despertado: yo salí como ellos de mi letargo, y mi ilusión se fue.
adios espero escribirte pronto Jenni
PALOMA TRUJILLO
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Febrero, 10
Asisto al paseo público diariamente sin salir de casa. Llega la tarde, me siento en mi ventana, y veo pasar a los curiosos, a los afligidos, a los enamorados o a los que la vanidad del lujo trae a la Alameda. De toda esta multitud de gentes que se reúnen por diversos motivos en un mismo sitio, los vanos me parecen los menos disculpables. El curioso viene por satisfacer un instinto casi natural; el afligido porque se imagina que la diversidad de objetos, el ruido que hacen los que van y vienen, podrán aliviar el peso de su corazón, y el enamorado por buscar el alimento exquisito de la pasión que lo domina, pero el vano es arrastrado por una inclinación baja y pueril, por el innoble deseo de saciar su mezquina ambición con las miradas, las críticas o los elogios de los tontos a quienes su ostentación deslumbra. A las mujeres se les puede tolerar esta pequeña extravagancia anexa a la debilidad de su sexo, porque en cambio poseen las gracias, la belleza y ese deslumbrante atractivo, gloria y tormento de nuestros corazones. Pero a los hombres, no, porque el hombre nació para más alto fin, para pensamientos más nobles y elevados. Hay otra clase de seres, mofa o irrisión de la especie humana que frecuentan mucho los paseos públicos y en general todas las reuniones donde pueden introducirse; éstos son los pisaverdes o paquetes como aquí les llaman. Su ocupación es mirarse y remirarse, tocarse y retocarse; caminar a compás como en la danza, andar siempre a la moda y hacer centro del mundo su cerebro microscópico A esta alameda asisten algunos; pero excuso hablarte de ellos porque Buffon, creo, trata largamente de esta clase en el capítulo micos. Me acuerdo que ayer vi uno de estos entes perseguir con sus miradas y ademanes una señorita bella e interesante por su exterior modesto, quien visiblemente se fastidiaba de sus atenciones. ¡Pobres hombres!
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Febrero, 16
Son las doce de la noche y todo está listo en mi derredor de mí, todo duerme; todo parece en calma. Cuando los otros reposan, yo estoy agitado; cuando duermen, velo. Las horas destinadas al olvido de todos los ciudadanos son las que escojo para meditar en silencio. Este silencio, esta soledad son los amigos, los compañeros a quienes comunico mis cuitas. Ahora estoy al parecer solo; pero no es así. Mil entes de formas diversas, ya bellos, ya monstruosos vagan alrededor de mí. Mil voces mágicas y aéreas mezclándose al sordísono murmullo del viento y de las olas del Plata que se deslizan suavemente sobre la arena, halagan mis sentidos con una melodía dulce y apacible; un éxtasis divino me embarga al escucharlas; mis sentidos se adormecen, me reconcentro en mí mismo y luego se despiertan en mi fantasía mil cavilaciones sublimes. Los recuerdos se levantan gigantescos en mi memoria y lo pasado y lo futuro se despliega revestido de diversos calores ante el mágico espejo de mi imaginación. Me detengo a mi arbitrio a examinar y analizar cada objeto que se me presenta, porque soy, a la vez espectador y actor; y luego cuando me fastidio, como los niños, de aquella fantasmagoría apago la lumbre de la linterna mágica y todo es oscuridad y las tinieblas se suceden a las dulces ilusiones de lo pasado y lo porvenir. Así es el hombre: llevado por las alas de la imaginación remonta más y más por las regiones fantásticas de lo infinito y cada paso que da en esa esfera de quimeras e ilusiones, engendra un caos para su espíritu y una congoja para su corazón. Pero, amigo, oigo música; los sones melodiosos de una guitarra y una voz meliflua. Escucho. Adiós.
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Febrero, 17
Mi anterior la interrumpieron loa dulces ecos de una vihuela y la tierna y quejumbrosa voz de un enamorado que había escogido el silencio de la noche para venir a cantar los quebrantos de su corazón al pie mismo de la ventana donde dormía tranquilamente la causadora de ellas. ¡Qué cruel debe ser el martirio del que ama sin ser correspondido! A medida que su pasión crece, a medida que su imaginación se engolfa en la ilusión encantadora de la posesión del objeto amado, cada desdén es un puñal agudo que se clava en su corazón, o una sierpe que roe envenenando sus entrañas; cada desengaño una nube opaca que se levanta a oscurecer el astro de su esperanza. Es de compadecer el que se halle en semejante situación. ¡Ah, mujeres, cuán fatales son vuestros atractivos! Una mirada dulce de vuestros hermosos ojos, llena de delicias y angustias nuestros corazones y pone en tormenta deshecha nuestras pasiones tranquilas; y cuando una mirada tierna puede arrancarnos del pecho el aguijón doliente y calmar nuestra agitación no la dais y os deleitáis en clavar más profundamente la envenenada vira y en ver consumirse en sus propios fuegos al infeliz que no fue de hielo a vuestros incentivos.
Los versos siguientes, según recuerdo, son los que cantaba el amante mal correspondido; pero esos tristes ecos los llevó el viento. Ninguna voz consoladora le dijo siquiera: "te he oído, pero tus esperanzas son vanas". Al bien que idolatro busco Desvelado noche y día, Y tras su imagen me lleva La esperanza fementida; Prometiéndome halagüeña, Felicidades y dichas. Angel tutelar que guardas Su feliz sueño, decidla, Las amorosas endechas Que mi guitarra suspira. Sobre el universo en calma Reina la noche sombría, Y las estrellas flamantes En el firmamento brillan: Todo reposa en la tierra, Sólo vela el alma mía. Angel tutelar, etc. Como el ciervo enamorado, Tras la corza se fatiga, Que de sus halagos huye Despiadada y esquiva, Así yo corro afanoso En pos del bien de mi vida. Angel tutelar que guardas Su feliz sueño, decidla, Las amorosas endechas Que mi guitarra suspira. El contento me robaste Con tu encantadora vista, Y sin quererlo te hiciste De un inocente homicida. Vuélvele la paz al menos Con tu halagüeña sonrisa, Angel, etc. *
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Febrero, 24
Mis relaciones en este pueblo son aún muy escasas; la mayor parte de mis antiguos condiscípulos se han desparramado: he encontrado algunos, pero todos tan infatuados de presunción y de saber, que no me han quedado ganas de volverlos a ver. Tú sabes que no tengo pariente ninguno cercano; así es que paso una vida abstraída y solitaria en medio del bullicio de los hombres. Además, he sido tan desgraciado en mis primeras amistades que no apetezco adquirir otras por no chasquearme de nuevo. Una señora muy respetable, antigua amiga de mi madre y que me profesa un cariño sincero, se ha empeñado en llevarme a algunas casas y en hacerme asistir a algunas tertulias; pero yo lo he rehusado siempre, dando por excusa el estado enfermizo de mi salud y mi poco gusto por esa clase de pasatiempos. Ella ha insistido tanto que al fin ha sido necesario ceder, y la he prometido acompañarla a una tertulia que tiene lugar una vez por semana en casa de una amiga suya. Allí iré más bien como espectador que como actor. ¿Qué placer podré yo encontrar en sitios donde reinan el regocijo y la alegría? Los corazones tristes y enfermos no se abren fácilmente al contento. El que sufre entre los felices, es un ser heterogéneo y sin atractivo. Además lo que halaga generalmente a los otros es indiferente para mí. Ya se me acabó aquella pasión por el baile y las reuniones tumultuosas que me lisonjeaba en otros tiempos. El único de mis gustos favoritos que me ha quedado, es el de la música y el canto: siempre hallo delicia en escuchar los sones armoniosos de un instrumento o los ecos melancólicos y tiernos del corazón. El infortunio ha levantado una barrera inmensa entre el mío y las distracciones mundanas. Ya me empalagan esos manjares insustanciales e insípidos que busca la juventud anhelante. Mi ánimo necesita ahora otros alicientes para conmoverse: siento que algo me falta: pero no acierto a adivinar lo que es. La sed me devora pero no sé adónde ir a apagarla. Una fiebre continua me agita y saca por momentos de quicio mi razón. Mi estado es el de un volcán que no necesita sino un débil impulso para lanzar las materias inflamadas que fermentan en su seno.
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Febrero, 28
Mi corazón es un torrente inflamado que en vano quiero comprimir, él hierve, se agita, rebosa y rompe con el ímpetu ciego de un torbellino; mi fantasía le presta sus alas y ambos me transportan fuera de mí con vuelo impetuoso y sublime. ¿Qué es, amigo, la razón cuando las pasiones son tan activas y fogosas? Si una idea se despierta en mi mente, mi imaginación se ampara de ella. La vuelve y la revuelve dándole mil formas y revistiéndola de apariencias monstruosas inefables y luego se pierde con estas imágenes fantásticas en las regiones del infinito. Si un sentimiento se despierta en mi corazón, corro en pos de él con la velocidad del rayo, lo abrazo, lo comprimo en mi seno y lo reduzco al fin en mis insensatos trasportes a cenizas y a nada, como aquel meteoro inflamado los objetos que toca. Todos mis sentimientos e ilusiones son como relámpagos fugaces que ofuscan un instante con su vivo resplandor y desaparecen dejando sumergido al infeliz peregrino en lúgubre y espantable noche: así la felicidad huye de mí velozmente porque todo me sacia y empalaga o más bien porque nada es capaz de llenar este vacío inmenso de mi corazón.
Estoy asombrado de mí mismo: quisiera ver por momentos aletargadas todas mis facultades o estar sumergido en un profundo sueño. Mi cerebro es un caos donde se agita un mundo de elementos heterogéneos. Mis pasiones son infinitas y las cosas de la tierra de un día, de una hora, de un instante, son humo ante el viento embravecido, o átomos en la inmensidad. Mi primer cuidado al llegar aquí fue el de obtener noticias ciertas sobre el hermano y el novio de María: un amigo empleado en la secretaría de guerra me prometió dármelas pronto, y aun hacer empeño para que se diese de baja a estos dos jóvenes, único apoyo de una familia indigente y desgraciada. Determiné aguardar el resultado de estas promesas antes de escribir a la madre de María, deseando comunicarle algo que minorase la cruel ansiedad en que las dejé. Pero, amigo, mis esperanzas han sido burladas por una catástrofe terrible que ha venido a consumar los infortunios de esa familia, y a llenar de llanto y duelo otras muchas de nuestra campaña. El escuadrón de milicianos donde estaban incorporados el hermano y el novio de María, ha sido destruido completamente por un enjambre de indios que los sorprendió al amanecer. Apenas escaparon ocho soldados que han venido derramando con la voz de indios y de derrota el terror y el espanto por todos los ámbitos de la provincia. El hermano y el novio de María murieron en la refriega peleando valerosamente. María ha perdido la razón, y su infeliz madre llora sobre el cadáver del único apoyo de su vejez y sobre el infortunio de su única compañera en medio del desierto. La he enviado un socorro de dinero ya que no me es dado dar ningún consuelo a esas desgraciadas.
¡Cuántas calamidades en un solo instante! ¡Cuántas esperanzas desvanecidas! ¡Cuántos inocentes desdichados! ¿Dónde está, amigo, la mano de la Providencia? ¿Por qué abandona así sus criaturas a los tiros crueles de la fortuna? ¿No puede derramar torrentes de bien por todas partes? ¿Por qué deja, pues, al mal enseñorearse del mundo y pasear su hoz inhumana en medio de los hombres? ¿Necesita por ventura su cólera, para aplacarse, tantas víctimas, y tantas víctimas inocentes? ¿Por qué no abate al criminal, al perjuro, al homicida y no deja que la virtud viva contenta para ensalzar su nombre? ¿Por qué sufre que gima la inocencia y levante inútilmente sus yertas palmas al cielo? ¿Le cuesta tanto llenar el universo con la inmensidad de sus bondades? ¿ Para cuándo las guarda? La tierra es la morada del hombre; en ella deben nacer y fructificar las dichas y las esperanzas que alimenten su vida.
24
Enero, 5
Anoche, querido amigo, anoche yo dormía: un fantasma vino y llenó todas mis facultades: un velo fúnebre cubría su semblante tétrico y descarnado. Sus cóncavos ojos despedían mil flechas que traspasaban mi corazón. El pavor heló toda mi sangre; su vista me devoraba; levantó al fin su ronca voz y me dijo: tú duermes, insensato, tranquilamente, pero llegará la hora en que te sea demandada cuenta de ese reposo; llegará el día en que cada uno de los pesares que ocasionaste a tu madre, cada lágrima de las que la hiciste derramar, entrará con el peso de una montaña en el plato de la culpa. La balanza se moverá entonces y el plato de la redención subirá al cielo y el plato del pecado se hundirá en el abismo.¡Infeliz del gusano que duda que llegará el día en que los justos sean remunerados según sus obras y los impíos según sus iniquidades! Estas voces me aterraban, desperté y levantéme dando gritos como un furioso. Parecíame que el fantasma me seguía repitiendo a mis oídos, "¡matricida!" "¡matricida!". Huye de mi vista, horrorosa fantasma, exclamaba yo con descompasadas voces, yo soy inocente: yo idolatro a mi madre y con ella se fue mi felicidad. ¿No basta que saboree a cada instante la copa del dolor sin que tú vengas a colmar mi desesperación? Pero no, yo iré y me postraré ante el trono excelso del altísimo; le diré mi inocencia, mi juventud, las pasiones que cegaban mi espíritu, llamaré por testigo a mi madre y el irrevocable fallo de su justicia pronunciará mi salvación. ¡La muerte... la muerte...! Abrí entonces maquinalmente la ventana: el viento fresco del río penetró en mi aposento; toquéme el pulso y estaba febril... Mi agitación se calmó un tanto y poco a poco mi sangre tomó su curso ordinario, mi fantasía se despejó y vi que todo era un sueño. Así los pálidos destellos de la conciencia ofuscan la razón y nos hacen ver mil terríficos fantasmas. Cuando algún espectáculo imponente de la naturaleza viene a conmoverme y a dar pábulo con emociones terribles y violentas a mi fantasía, me reconcentro en mí mismo, y me entrego involuntariamente a mis cavilaciones sombrías. Ninguna idea riente se despierta en mi espíritu. Mi pensamiento es mi mayor enemigo; él me sigue por todas partes como un fantasma sombrío, que sale al paso a todos los contentos de mi corazón y los devora. Esta tendencia de mi imaginación a analizar y desear todos los objetos y ver el fondo de las cosas, me pierde y me hace infeliz. Un velo mágico y misterioso encubre la naturaleza moral. Desdichado del que ose levantarlo, porque se revelará a sus ojos atónitos el esqueleto horrible y las formas monstruosas y descarnadas de la realidad. El hombre no nació para conocer la verdad porque ella repugna a su naturaleza. ¿No es infinitamente más feliz el gaucho errante y vagabundo que no piensa más que en satisfacer sus necesidades físicas del momento, que no se cura de lo pasado ni de lo futuro, que el hombre estudioso que pasa lucubrando las horas destinadas al reposo? -Aquél vive por vivir, muere por morir, ignora todo, o más bien sabe todo pues que sabe ser feliz- y pasa su vida sano, robusto y satisfecho, mientras éste, obcecado de dudas, de pesares y de dolencias, arrastra una vida fatigosa y sin prestigios, buscando el fantasma de la verdad y alejándose del camino de la felicidad hasta que lo sorprende en sus sueños la muerte, y devora todas sus esperanzas. Por esto dijo un sabio: el árbol de la ciencia no produce el fruto de la vida. Sólo recoge el que siembra en terreno feraz.
Cuánto siento, amigo, haber venido a encerrarme en esta estrecha prisión: yo no puedo respirar entre los muros de las ciudades. Mi sangre no circula casi, aquí no hay alimento para ni fantasía, el horizonte de mi vista es muy limitado y me voy consumiendo a mí mismo poco a poco. A veces me imagino estar en medio de los llanos desiertos de nuestros campos y respirar libre su aire vivificante: me levanto, salgo de casa y camino velozmente por la primera calle que se me presenta con la vista inclinada al suelo; pero el ruido de los pasantes, los encontrones que me dan, disipan bien pronto mi ilusión y me retiro fatigado y el corazón oprimido. Así es que he tomado el partido de no salir a pasear sino al claro de la luna y cuando el sueño retiene a los habitantes en sus moradas. Nunca olvidaré esos placenteros días que he pasado en la campaña. Allí yo podía entregarme libremente a los caprichos de mi fantasía; la naturaleza con toda su pompa y majestad se ostentaba a mis ojos, podía contemplar el oriente y el ocaso del sol en el lejano y diáfano horizonte, e ir a contar a la luna silenciosa y a las estrellas, la angustia de mi corazón.
Estoy deseando desprenderme de una vez de mis negocios para salir de este encierro.
27
Enero, 30