Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C
Chapter 6
Que no os quebrante la veleidad ni el desamor de los pueblos. Hombres y naciones oscilan siempre, acercándose a Dios o apartándose de El: en todo trance deberemos realizar la frase del Apóstol, tan plenamente sacerdotal: «Ego autem libentissime impendam, et superimpendar ipse pro animabus vestris:» (II Cor. 12. 15) «Y yo gustosísimamente gastaré todo y a mí mismo me consumiré por vuestras almas».
Y si el pueblo nos desdeña o no nos comprende o llega a odiarnos, recordemos el otro principio paulino: Licet vos diligens minus diligar: (II Cor. 12; 15) «Aunque amándoos yo dejéis vosotros de amarme», seguiré trabajando para llevaros al cielo.
Mantengamos alto nuestro prestigio, amados sacerdotes, en todo orden, en la ejemplaridad de vida, en el trabajo, en la ciencia y en la piedad. Es el nuestro el mayor y el más eficaz prestigio social, porque es el de los principios que encarnamos y que son los valores más positivos de la sociedad. El Crisóstomo tiene una sentencia terrible que como puede ser un anatema contra un sacerdocio indigno, así puede ser execración para el pueblo que nos desprecie; «Donde se vilipendia al sacerdote o se conculca la dignidad sacerdotal, dice, allí se "violan las leyes y se subvierte la justicia».
11. Deberes del laicato.-Para terminar, van unas palabras para vosotros, queridos diocesanos seglares. También los rangos del laicato se han colocado entre nosotros a gran altura; a la que correspondía a la densidad de fe y de piedad que todavía se conserva aquí. Es una resta tremenda de selectos la que hemos sufrido; pero, porque creemos en la fecundidad de la sangre derramada por las causas justas, confiamos en el resurgir del espíritu cristiano en nuestra jurisdicción. Ayudarán a ello, con la intercesión de nuestros mártires unas sencillas reflexiones.
Hay que extirpar, ante todo, la absurda ignorancia religiosa del país. La calificamos de absurda, porque no cabe en un país cristiano que se ignore a Cristo y su religión como entre nosotros. Lo que se ignora no se ama; si es un precepto o una forma de vida, no se practica. Así se explica la absoluta indiferencia de muchos en materia religiosa y la vida arreligiosa, cuando no impía, de no pocos. No se ha perdido el contacto con Jesucristo nuestro Dios; porque todavía bautizamos a los infantes, y damos la primera comunión a los jóvenes, y casamos a los adultos y damos tierra sagrada a nuestros muertos. Pero, entre la Cruz que se traza al nacer sobre la frente del neófito y la que se dibuja sobre el féretro o la sepultura, apenas si dan muchos una palpitación de vida cristiana.
La culpa es de todos, de los padres, de los maestros, de los mismos sacerdotes, poniéndonos a Nos en el primer rango de responsabilidad. La culpa es de la desestima social en que se tiene la religión; de la atonía de espíritu, que es el peor mal de un pueblo; de la falta de contacto del alma de las multitudes con el vasto sistema de tantas cosas populares de religión como nos dejó la Iglesia y el espíritu de nuestros antepasados. La culpa es del mismo género de vida o de trabajo que han de llevar millares de nuestros diocesanos: la infracción del descanso dominical y el régimen de cortijales en algunas regiones implican la falta de contacto con el sacerdote y la vida religiosa. Si a ello se añade la acción tenaz de una propaganda impía llevada sabiamente en los últimos años, se comprenderá la escasísima densidad doctrinal de nuestro pueblo en el orden religioso.
Hay que convencernos de lo que llamaríamos valor civil del catecismo: porque si es mal gravísimo, en orden a la consecución de los eternos destinos, ignorar la verdad religiosa, no lo es menos en el orden social el hecho de que se ignoren un dogma y una ley que son los únicos que pueden poner freno, a los dirigentes y a las masas. Nos no concebimos la monstruosidad inmensa en forma y volumen, de los crímenes cometidos durante la revolución última sin que primero se hubiesen vaciado las almas de toda noción justa de la religión o se las haya llenado de prejuicios y errores sobre la misma religión y sus cosas. He aquí porque clamamos, ante todo, para que venga otra vez sobre nuestro pueblo el espíritu de verdad. Para ello reclamamos un esfuerzo ímprobo de quienes estamos llamados a difundirla.
Hay otro mal grave en nuestra vida social. Hay quien conoce la religión, y no la vive. Nuestro sistema de verdad religiosa no es una montura filosófica para deleite del pensamiento, sino que es una vida. De las alturas del pensamiento debe bajar al gobierno de nuestros actos según sus dictados. «Vana es la religión de quien no refrena su lengua», dice el apóstol. Igual podemos decir de quienes, en frase del Evangelio, «dicen y no hacen»: dicen, porque saben; pero carecen de la ciencia cristiana de verdad, que es la de vivir en cristiano. Los principios religiosos deben ser normativos de la vida o no tienen valor ninguno en orden al fin por que se nos dictaron por Dios: como el buque tiene su cofa desde donde se oriente su ruta, so pena de estrellarse, así ocurre con la verdad religiosa: es mayor ruina para quienes no quieren seguirla.
Otro mal es el de los cristianos que se desdoblan. Son dos hombres en uno; con dos medidas, con dos conductas, para el campo o la ciudad, el casino o la familia, las funciones privadas o públicas, el ciudadano o el político. Desconocen que la vida cristiana es por su naturaleza integral y homogénea. No saben que si a algo es aplicable el totalitarismo es en la profesión de vida cristiana, que debe regirse por el lema de San Pablo: Omnia in omnibus Christus. Cristo debe serlo todo en todo.
Y otro, por fin, es el de quienes minimizan la religión en su vida, reduciéndola a la categoría de un adorno, de un bien parecer, de una costumbre laudable, o recortando de la verdad y de la ley lo que no se ajusta a su conveniencia o capricho.
12. La voz de nuestros muertos.-Amadísimos diocesanos: todo esto no sirve, o sirve poco, para la reconstrucción de la sociedad cristiana que todos anhelamos en esta hora en que queremos emprender la ruta definitiva de una nueva España. Partimos de la base de que ésta será católica o no será. Si no es católica, no será la que fue. Insistimos en el valor de magisterio y de vida de los muertos: no son estos un poco de polvo mezclado con la tierra que nos sostiene, sino que son el alma de nuestra historia. Y para seguirla con el mismo aliento cristiano con que la forjaron, estos millares de muertos levantan hoy sus voces trágicas, desde la tierra arada por la metralla, de los muros cuarteados de nuestras ciudades o de las prisiones y checas en que sufrieron la tortura, y nos dicen:
«Hermanos de religión y patria: Hay que rehacer, para salvar el espíritu, el alma católica de las multitudes».
«Hay que repoblar el suelo patrio de caracteres robustos, con la robustez que únicamente pueden dar los principios católicos, que ignoren el arte de orientarse a todo viento, cosa que perturba las conciencias de los sencillos y causa gravísimo daño a la sociedad».
«Hay que reivindicar el derecho a la sobrevivencia y al predominio de las ideas que han triunfado en la tremenda guerra; y estas no son de acomodo, ni consienten el recambio. Lo más fuerte y sustantivo, porque es lo que brotó más espontáneamente del alma popular, es todo el conjunto de cosas que se contiene en la palabra «Religión». Diga lo que quiera el clamor internacional, en España sabemos que se ha hecho una Cruzada, y que el signo que mejor califica el tremendo hecho es la Cruz» «Quienes mantuvimos la fe en los días del Alcázar, sabemos bien que nuestra fortaleza viene de Dios», ha dicho un General invicto en una ocasión solemne.
«Hay que elevar el nivel intelectual de los hombres de selección, llenándolos de la verdad divina, no solo en lo estrictamente religioso, sino en todos los aspectos de la vida que se rozan con la religión y pueden recibir el influjo de ella. No se daría el caso de que verdaderas capacidades en su profesión, llamados por ello al régimen político de la sociedad, ignoraran la verdad católica sobre puntos capitales del pensamiento moderno. Las iniciativas de la Iglesia y de los católicos, tienen aquí ancho campo en que ejercitarse».
«Hay que devolver a la sociedad su rango, que han envilecido las ideas, villanas y perversas, de las falsas democracias. Y esto sólo se logrará cuando la ideología católica haya penetrado la esencia de estas grandes cosas que integran la vida social: Estado y pueblo, autoridad y obediencia, propiedad y trabajo, el poder y su ejercicio. La revolución lo ha adulterado y desquiciado todo, y si se la quiere vencer no hay más remedio que reconstruirlo todo según las exigencias de la filosofía cristiana y de la revelación, y sobre todo subordinarlo a la ley divina, que es la única que lo eleva y ajusta todo».
«Y como la unión es la fuerza, y los tiempos exigen el sincronismo y la identidad del esfuerzo, hay que procurar la convergencia de todos en los puntos incontrovertibles de la doctrina católica. Hijos de la Iglesia, antes que todo y por encima de todo, no debe faltar el concurso de nadie que se precie de católico en cuanto se refiera a la recristianización de nuestra vida social.»
Como última palabra y advertencia suprema, estos millares de muertos que levantan hoy sus voces trágicas nos dicen: «Procurad, hermanos católicos y españoles, la instauración definitiva del reinado de Jesucristo en España. No quita poderes quien es el origen fontal de todo poder. Ni puede venir daño alguno de quien bajó del cielo para colmarnos de todo bien, en el tiempo y en la eternidad. Millares de nosotros hemos dado la vida pronunciando al morir vítores al Rey inmortal de los siglos. Poned su nombre y su ley como fundamento y remate de la vida social. Que El extienda sus manos benditas sobre todo y lo vivifique todo con sus influencias divinas, y nada podrán los poderes adversos contra la España rediviva».
Hemos trazado sin quererlo, amados diocesanos, un esbozo de Acción Católica, exigencia fundamental de nuestros tiempos, de la que nos propusimos hablaros al comenzar esta Carta, dejándolo para ocasión más propicia.
Antes de dar fin a esta carta pastoral no podemos menos de desahogar nuestro corazón de sacerdote invitándoos a todos vosotros, mis queridos diocesanos, a la realización de una obra expiatoria en la que pongáis todo vuestro amor y todos vuestros anhelos de reconstrucción y reparación de cuanto arruinó y profanó la mano sacrílega de los enemigos de Dios.
En la capital de nuestra Archidiócesis en las fértiles vegas que riegan las aguas del Tajo, en la explanada de la antigua Basílica de Santa Leocadia, donde se venera el Santísimo Cristo de la Vega, fue erigido por iniciativa e impulso apostólico de nuestro venerable Hermano y predecesor en esta Sede, el Emmo. Sr. Cardenal Segura, un magnífico Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, que fue presto centro de atracción de la piedad de Toledo y de otros pueblos de la Diócesis, que organizaron peregrinaciones para visitarlo y celebrar en la cripta abierta debajo del Monumento fervorosos actos de amor y expiación al Corazón divino. En él se fijaron también los enemigos de Dios, durante su dominación en nuestra ciudad; pero fue para poner en él sus manos sacrílegas derribando con odio satánico la imagen desde lo alto de su pedestal, la cual al caer causó algunos desperfectos en el Monumento, quedando la misma despedazada, menos la cabeza que resultó intacta; lo que no deja de ser admirable, pues los que allí fueron con ansias de sacrílega destrucción, eran sin duda los mismos que tantas otras imágenes de Jesús y de la Virgen mutilaron en nuestra misma ciudad. La predicha cabeza de la imagen viene siendo desde entonces objeto de veneración especial de los fieles, muchos de los cuales rezan devotamente ante ella el pío ejercicio de los primeros viernes y otras devociones.
Pero vivimos ya, gracias a Dios, en nuestra Patria días de paz y ha llegado la hora de pensar en reparar la ofensa y el sacrilegio cometidos. Es necesario reconstruir la imagen del Divino Corazón; conservando en la nueva estatua la cabeza prodigiosamente salvada y que reviste ya carácter de verdadera reliquia. Hay que reparar el Monumento y ultimar algún detalle del antiguo proyecto que quedó sin rematar. Hemos de celebrar, con el favor de Dios, una gran fiesta expiatoria en la que sea más fuerte nuestro amor al ensalzar el Corazón Divino, que lo fuera el odio de los sicarios al derribarlo de su trono de amor.
Para la realización de todo eso nombraremos oportunamente una Junta o Comisión de la que recibiréis detalladas instrucciones. Por hoy solamente nos hemos propuesto llamar vuestra atención hacia una obra que en nuestra Diócesis la consideramos como símbolo, cifra y compendio de cuanto venimos diciéndoos en esta carta pastoral sobre la obra restauradora de nuestra vida religiosa.
El Corazón Divino de Jesús os bendiga y prenda de su bendición sea la que os damos de todo corazón en el nombre del Pa+dre, y del Hi+jo, y del Espíritu+Santo.
De nuestro Palacio Arzobispal, a 8 de agosto de 1939.
+ ISIDRO, Card. Gomá y Tomás,
Arzobispo de Toledo
A. A. de Cuenca
Fuente: "Por Dios y por España". Pastorales,instrucciones,discursos, etc. 1936-1939, del Excmo sr. D. Isidro Gomá y Tomás, cardenal-arzobispo de Toledo. Barcelona, 1940
Categoría:D1939 Categoría:Documentos de Isidro Gomá Tomás Categoría:Documentos del Nacionalcatolicismo