Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C
Chapter 5
Las doctrinas políticas y sociales han logrado en los últimos tiempos una complejidad extraordinaria en el orden científico, lo que en las aplicaciones diarias a la vida social se convierte en casuística difícil. Falta luz que ilumine las graves cuestiones que se ventilan en el terreno político-social; y de esta falta adolecen no sólo las muchedumbres, sino a veces quienes ejercen funciones de dirigentes de la cosa pública. De ello nos viene daño enorme, más de ignorancia que de intención maliciosa. Indicamos sólo unos nombres representativos de una serie de conceptos sobre los que se divaga• y se yerra en forma lamentable: Iglesia, su constitución y sus derechos; Estado, su naturaleza y límites de sus atribuciones; el derecho natural, el del Estado y el de la Iglesia en orden a la enseñanza; la enseñanza religiosa y la Iglesia; matrimonio católico y sus exigencias; el derecho de asociación; las asociaciones religiosas; la familia en orden a la Iglesia y al Estado; el poder eclesiástico y el civil y relaciones entre ambos; la Acción Católica, etc. Cierto que todas estas cuestiones tienen su aspecto científico, pero deben conjugarse diariamente en el orden político y social, lo que importa una responsabilidad moral.
Bastaba antiguamente, amados diocesanos, un somero conocimiento de la doctrina cristiana para cumplir los deberes de ciudadano y católico. Cuando no, el viejo ordenamiento de nuestra sociedad y el sentido cristiano que la informaba señalaban las normas de conducta. Hoy, no; verdades, errores y dudas han bajado a las clases populares por los mil medios de difusión del pensamiento y se han embrollado las conciencias, o han sido llevadas, como los carneros de Panurgo, a una actuación política y social previamente señalada por el índice de hierro de un poder estatal absoluto, según los pueblos, o se ha agrupado alrededor de los conductores de multitudes para su provecho político personal. Las mismas denominaciones de totalitarios y demócratas en que se dicen divididos los pueblos, ¿no implican a un tiempo una enorme confusión de ideas en el orden político-moral y la idea de las dificultades fundamentales que ofrece la constitución y régimen de los Estados?
Jesucristo iluminó todas las rutas de la vida, en el orden personal y social. Su obra es, como El, llenísima de gracia y de verdad. Y toda vez que ha querido que juntos en sociedad hagamos el camino del cielo, no querrá que en este orden andemos a tientas o a merced de conductores que puedan inferir violencia a nuestras conciencias. Nuestro deber es nutrir nuestro pensamiento de la verdad religiosa de orden político y social que, sacada del Evangelio y de la tradición, han expuesto maravillosamente los Papas en los últimos tiempos.
8. La libertad de la Iglesia.-Déjese para ello a la Iglesia en la absoluta libertad que deriva de su constitución, y téngasela en el honor altísimo que reclama su origen divino y hasta la gloriosa historia de su intervención en las humanas sociedades. Es otro deber que hemos de cumplir todos si queremos sea fecunda en toda suerte de bienes la paz lograda.
Se desconoce a la Iglesia, amados diocesanos. Se olvida que es el medio único, inventado e impuesto por el mismo Dios, no sólo para salvar las almas en el orden sobrenatural, sino para colmar las sociedades de bienandanza temporal. Tanto, que no pudiera hacerlo mejor si Dios la hubiese instituido exclusivamente para el régimen temporal de las naciones, ha dicho Pío XI. Se la desconoce y se la teme a la Iglesia, o a lo menos se la mira con recelo. Es la única razón de las persecuciones que ha sufrido, que empiezan al pie de la misma Cruz en que murió su Autor, y han continuado hasta hoy, en que hemos visto sucumbir, acometidos por un odio satánico, millares de sus ministros y de sus templos, ante nuestros mismos ojos espantados.
No es momento para hacer el recuento de los grandes bienes que la Iglesia ha producido en las sociedades humanas; pero es preciso insistir en un pensamiento que viene a ser como el nervio de la historia universal de los últimos veinte siglos: Sin la Iglesia o fuera de la Iglesia, menos aún contra la Iglesia, no se sostiene una civilización digna de este nombre.
Ni se diga que hay pueblos grandes que prescinden de la Iglesia o la tienen aherrojada. La vida de los pueblos se computa por siglos; la historia dirá de la prosperidad de las naciones que se han desgajado de su tutela o se han alzado contra ella. Podemos, por otra parte, afirmar que lo que queda de mayor vitalidad en ciertos pueblos que le son adversos, son los principios y las instituciones que en ellos entrañó la Iglesia. De uno de los grandes pueblos modernos se ha dicho con razón que, más que el brazo de hierro de sus políticos, es el espíritu de San Bonifacio el que sostiene el peso de sus legítimas glorias.
La Iglesia no ensombreció jamás ninguna de las glorias de un pueblo, antes por el contrario, dondequiera que ha ejercido su salvadora influencia, ha añadido a las leyes providenciales de orden natural la estabilidad y el fulgor de las virtudes públicas de orden sobrenatural. Ella ha hecho que Dios sea todo en todo y lo presida todo, y, repetimos, la ciudad no es verdaderamente servida si Dios no es el primer bien servido. Es que ella aplica y realiza la redención por Jesucristo, piedra única en que pueden asentarse los pueblos grandes, condición indispensable de toda civilización verdadera desde que el Apóstol promulgó la ley única del progreso, personal y social: «Crezcamos en Dios en todas las cosas, por Cristo que es nuestra cabeza» (Eph. 4, 15).
Nuestra Iglesia divina es la única institución que ha salvaguardado la independencia y la dignidad de la conciencia humana y que la ha regulado en forma precisa e infalible para la consecución de los fines temporal y eterno. Y esto es la garantía más firme de toda sociedad. No puede haber autoridad humana sin fundarse en la divina. La historia nos dice que las prescripciones del derecho natural nunca han sido bastantes, si no han sido reforzadas por una obligación religiosa, para dar vida larga y digna a los pueblos. Y la Iglesia ha fundado las conciencias sobre el resorte de Dios y de su ley, poniendo así la base más firme de las sociedades. No son los acorazados ni los cañones los que hacen fuertes a los pueblos, sino este vínculo espiritual que lo aglutina todo alrededor de Dios y de las grandes cosas que ha puesto Dios como soporte de las sociedades humanas.
La Iglesia afirma la supremacía del espíritu sobre la materia, pone un freno a las ambiciones humanas, sostiene sobre la cabeza del delincuente, aun en la soledad de la conciencia, la espada de una justicia divina que jamás se frustra. Ella impone en el mundo el imperio de la verdad, contra la mentira, personal u organizada, que es la que trastorna a los pueblos. Para ella el poder constituido es intangible, asegurando con ello la estabilidad política a las naciones. Pone la caridad como atmósfera social que lo dulcifica y armoniza todo.
Misión capital de la Iglesia en el curso de los siglos ha sido «proteger la inteligencia humana contra sus propios errores, impidiendo al espíritu del hombre que se destruya a sí mismo», decían en un manifiesto los intelectuales franceses al fin de la gran guerra; y, como quiera que los dogmas sólidos hacen los pueblos fuertes, la Iglesia, al asentar la vida de las sociedades sobre el bloque granítico de su doctrina, las ha dado una conciencia de eternidad que no pueden alterar más que el error y el mal, libremente admitidos por el pueblo o sus gobernantes; porque para dar a los pueblos vida copiosa y larga es por lo que vino Jesucristo al mundo, decimos imitando su palabra divina.
Pero, sobre todo, la Iglesia mantiene en el mundo el fermento de la vida sobrenatural, que robustece todo elemento natural del hombre y de la sociedad y que lo levanta todo a un plano divino, de fuerza, orden y esplendor, que jamás pudieron soñar los utopistas, ni pudo verse realizado en las viejas civilizaciones como se vio, a lo menos en parte, en el medio evo de nuestra Europa.
Por esto pudo el Papa actual decir en ocasión solemne que «la sociedad política se mutilaría a sí misma y dejaría de llenar su cometido en la medida misma en que, viviendo separada de la Iglesia, o lo que sería peor, contrariando la acción de la Iglesia, renunciase a beneficiarse de la plenitud de gracia y de verdad que el Salvador ha hecho refluir sobre su Esposa, porque ella desviaría a sus miembros de los fines supremos a los que debe subordinarse necesariamente toda actividad humana». (Carta a la Sem. Soc. de Reims).
Amad entrañablemente a la santa Iglesia, amados diocesanos. Jesucristo nuestro Dios quiso que naciera de su costado al morir clavado en Cruz, para hacerla Madre espiritual del mundo. Es, efectivamente, la Madre de las más espléndidas civilizaciones; la educadora de los pueblos; la que ha dado su elevación a nuestra vieja Europa; la que en el orden individual nos prodiga sus consuelos y nutre nuestras esperanzas.
Cuanto a España, ha llegado a ser lo que es porque ha sido hija de la Iglesia. Hemos llegado a punto de morir cuando manos temerarias y sacrílegas han intentado estrangularla entre nosotros. Si nos hemos salvado ha sido precisamente por el vigor que en el espíritu nacional había ella dejado escondido durante siglos de actuación entre nosotros. No seguiríamos nuestra historia el día en que pretendiéramos separarnos de la que espiritualmente nos dio a luz y nos nutrió durante siglos.
9. Amor y gratitud al Sacerdote.-Con la Iglesia, amad a sus Sacerdotes. Si lo hacéis así, no se truncará esta unión íntima del pueblo español con la Iglesia. La Iglesia viva y operante, amados diocesanos, está representada entre vosotros por el sacerdocio, por vuestro Cura, que es «el hombre de Dios», el ministro de la religión, el padre espiritual de vuestras almas. Y este Cura,• el Sacerdote español, ha sido perseguido y matado en nuestro país, en cantidad y forma que no conocieron en ningún otro los pasados siglos. Ha sido un conato infernal de extirpación de la Iglesia entre vosotros.
Pero yo os digo que esta sangre de hombres consagrados que ha regado nuestra tierra será una nueva prenda del amor que les profeséis en lo futuro. Al odio de los malvados que asesinaron a nuestros Sacerdotes responderá un amor más fuerte por parte de nuestro pueblo. Es obvia la razón, si no se invierten aquí las leyes de la humana psicología. Amor con amor se paga; y el amor de vuestros Sacerdotes ha llegado al extremo del amor, que es dar generosamente la sangre por el amado. Por vosotros la han dado en el momento trágico de su muerte, como os habían dado gota a gota su vida para vuestra santificación. Más; los héroes arrastraron siempre tras sí pensamiento y corazón de las multitudes; y el heroísmo colectivo de nuestros Sacerdotes mártires es caso único en la historia.
¡Tremendo contraste el que se nos ha ofrecido en el espacio de meses! En Julio de 1936 empezaba la matanza horrible de nuestros pobres Sacerdotes, que murieron muchas veces en el mayor desamparo; ni los suyos quisieron recibirles cuando quisieron salvar sus vidas. Y meses después, al ser liberadas las parroquias, eran los sobrevivientes recibidos con júbilo, mientras empezaba el clamor de angustia con que autoridades y pueblo donde el Cura fue sacrificado nos piden Sacerdote, como jamás se pidió el socorro de una necesidad colectiva. «Mándennos Sacerdote a cualquier precio que sea», nos dicen los feligreses de una parroquia. Es frase vulgar y sublime, porque es forma plebeya de pedir que revela una necesidad profunda del espíritu humano y cristiano.
¡Qué pena profunda para un Pastor, amados diocesanos, carecer de colaboradores para dar a todos el pasto espiritual! Dejad que hagamos el recuento de nuestras necesidades diocesanas, para aumentar en vosotros, hijos del pueblo, el amor y hambre de vuestro cura y de su gestión, y en vosotros, queridos colaboradores, el ansia de multiplicaros para la edificación de nuestra Iglesia de Toledo. Tal vez ello determine una corriente de caridad que de otras Diócesis venga a socorrer la nuestra. He aquí una tabla con los Arciprestazgos y en cada uno de ellos el número de parroquias y de feligreses que carecen de servicio religioso permanente:
{| class="wikitable" |- ! Arciprestazgos ! Núm. de Parroquias ! Núm. de feligreses |- | Alcaraz || 5 || 7.600 |- | Brihuega || 17 || 6.531 |- | Cazorla || 5 || 13.016 |- | Elche de la Sierra || 2 || 4.100 |- | Guadalajara || 19 || 12.003 |- | Guadalupe || 7 || 6.492 |- | Huescar || 4 || 2.998 |- | La Mancha || 7 || 11.871 |- | Ocaña || 2 || 1.300 |- | Pastrana || 18 || 13.719 |- | Puebla de Alcocer || 10 || 10.996 |- | Puente del Arzobispo || 12 || 14.786 |- | La Sagra || 11 || 9.202 |- | Talavera de la Reina || 12 || 14.784 |- | Tamajón || 23 || 6.871 |- | Toledo || 8 || 10.944 |- | Torrijos-Escalona || 10 || 11.549 |- |} Total 172 parroquias sin cura, con 158.762 diocesanos sin servicio religioso permanente. Es decir, casi la mitad de las parroquias de la Diócesis, con más de la cuarta parte de diocesanos que no tienen cura.
Países serranos, como el arciprestazgo de Tamajón, que de 26 parroquias tiene 23 sin sacerdote, y tierras dilatadas y llanas como La Mancha, con pueblos de feligresías nutridas, donde solo tienen cura 9 de las 16 parroquias. Unas pobladísimas, como Villarrobledo, con 22.000 feligreses; Mora, con 12.000, y otras con varios millares, con un sacerdote, a lo más dos. Muchos curas con tres o cuatro parroquias, situadas a grandes distancias, alguno con más.
Añádase el hecho de que la revolución nos ha matado la flor de la juventud sacerdotal; que las necesidades de Catedral, Curia y Seminario retienen a un buen número; que han quedado mermados sobre manera los cuadros de teólogos y filósofos en nuestro Seminario y que la muerte ha de abrir nuevos huecos en nuestras filas, que no serán compensados por nuevos sacerdotes; y decidnos si nuestra alma de Pastor no ha de sentirse abrumada por la tremenda desgracia.
Casi estamos como en tierra de misiones, venerables sacerdotes y amadísimos diocesanos. La un tiempo opulenta Toledo, que contaba por millares los sacerdotes seculares y religiosos, se ve hoy reducida como jamás pudo soñarse, con poco más de 200 sacerdotes útiles para ministerios en general, y para el de la cura de almas, descontados los que precisa la Curia, Seminario y otras atenciones imprescindibles, unos 160, en un territorio vastísimo de 28.000 kilómetros cuadrados, con un promedio de 4.000 almas para cada sacerdote, diseminadas a largas distancias, a veces con difíciles vías de comunicación.
¡"Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis"! ¡Cuántas veces ha repetido nuestro corazón apenado la tremenda frase del Profeta! Gente sencilla, que siente el hambre de Dios y que no tiene el hombre de Dios que le reparta el pan de la palabra y de la gracia, consuelo y esperanza de esta vida, alma de nuestra civilización y medio único de lograr los eternos destinos!
10. Nuestros deberes sacerdotales.-Ello nos mueve a terminar esta Carta, ya demasiado extensa, con una cálida exhortación a nuestros sacerdotes y al laicato de nuestras Diócesis.
Sacerdotes carísimos: Quisiéramos que os convencierais de que nos hallarnos en un momento culminante de nuestra vida sacerdotal y de la vida religiosa de nuestro país. Cuanto a éste, nos aterra el pensar que nuestro pueblo pueda acostumbrarse a vivir sin sacerdote, que a la larga lleva el vivir sin Dios. El miedo del sacerdote asesinado, que acosa a nuestros pueblos con el estímulo de un crimen social que quiere purgarse; la emulación por la suerte de los pueblos vecinos que gozan del servicio directo del sacerdote; la reacción en el sentido de Dios que ha producido la catástrofe de la guerra; el ansia natural de las almas buenas, que con la falta de cura sienten como una mutilación profunda de su vida: todo ello son factores que sostienen el hambre de sacerdote en nuestras parroquias. Si no vienen sacerdotes a ayudarnos en la ruda tarea; y aun viniendo, si no multiplicamos nuestro esfuerzo, Nos temernos fundadamente que el sentido religioso del país sufra un colapso que difícilmente tendría remedio si el mal se prolonga algunos lustros.
No olvidemos que los tres años de ocupación marxista han barrenado la fe y las costumbres cristianas del país y que, pocos como somos, debemos trabajar en campo más árido y lleno de espinas que antes de la guerra. Apena ver que el cumplimiento de los santos mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia no es lo que era de esperar después de la tremenda lección recibida. Hay parroquias donde apenas el cinco por ciento de los hombres y no más del veinte por ciento de las mujeres cumplen con el precepto de la Santa Misa; ni es mucho mayor el porcentaje respecto al precepto de la confesión y comunión pascual.
Hagámonos dignos de nuestros hermanos mártires, queridos sacerdotes. Nos han conquistado con su sangre un prestigio que no podríamos malograr sin hacernos reos de gravísima culpa ante Dios y los hombres. Nos confiamos que la sangre sacerdotal, tan pródiga, tan heroicamente derramada en nuestra Archidiócesis, no sólo será semilla de nuevos sacerdotes, sino que vigorizará la actuación de los sobrevivientes. Vindiquemos el precio de esta sangre haciendo con nuestro esfuerzo que caiga en caridad, como lluvia fecunda, sobre la tierra ingrata que un día malhadado no pudo soportar su presencia. Ellos desde el cielo, como Jesús desde el monte: y nosotros remando en el mar de la vida, llevemos a Dios las almas; las que cuidaron ellos quedan desde ahora a nuestros cuidados.
La Iglesia ha aportado todo el peso de su prestigio, puesto al servicio de la verdad y de la justicia, para el triunfo de la causa nacional. Esta causa no está liquidada con el triunfo de las armas, que no han hecho más que restablecer la justicia pública por medio de la fuerza. Ningún español será digno de su nombre si no trabaja con todo su esfuerzo, en el orden y grado social que le corresponda, para el triunfo definitivo de lo que llamaríamos justicia fundamental de la patria, que es la del espíritu. Menos lo seríamos nosotros, porque España se ha batido en la gran contienda por los principios religiosos, de que somos heraldos; y más aún porque no sería posible la reconstrucción de nuestro país sin la base religiosa que descansa sobre la acción sacerdotal.
Dijo Gibbons que el edificio de Europa ha sido construido por los Obispos, es decir, por el sacerdocio católico. Más que de ninguna nación puede decirse ello de España, cuya alma hemos trabajado con tenacidad heroica durante siglos. Seamos fieles a nuestra misión. No perdamos el espíritu de conquista, ni consintamos caiga el cetro de nuestro poder espiritual en manos de los enemigos de Dios y de España, el socialismo y el comunismo, que casi se adueñaron de lo que costó siglos de esfuerzo. En nuestros tiempos de actividad febril no es lícito quedar parados o en retraso. El enemigo -lo vemos apuntar por muchos sitios- ni se da por vencido ni ceja en su empeño de triunfar de Dios y de nuestra España.
Seamos sacerdotes "usquequaque", de cabo a cabo: más sacerdotes que nunca; con el pensamiento lleno de verdad, sobre todo sacerdotal; con el alma encendida por el celo; «fundados y radicados en la caridad de Cristo», de quien somos coadjutores y que nos ha confiado el fruto de su Sangre bendita en la tierra y en el tiempo en que vivimos.
Tengamos presente que somos los responsables de la salvación de la Iglesia y de la sociedad: de la Iglesia, que ha puesto en nuestras manos todos los recursos de su vida y la continuación de su obra específica, que es la aplicación de la Redención de Cristo; de la sociedad, que si no vive de nuestro espíritu morirá sin remedio, porque en el orden social, como en el personal, «sin Cristo no se puede hacer nada» en orden a los destinos eternos. Hasta la felicidad temporal de los pueblos ha querido Dios vincular a la acción sacerdotal, que es la que mantiene los sarmientos de los pueblos unidos a la vid, Cristo.
Vigilad todas las encrucijadas de la vida, en el coto donde ejerzáis vuestros ministerios, para verter en ella, en todas sus articulaciones, la sangre salvadora de Jesús, en esa transfusión de la vida divina al mundo que nos ha confiado la Iglesia.
Haced parroquia, venerables curas. De nadie podrá decirse mejor que de vosotros la frase del Samaritano al hospedero al entregarle el cuerpo maltrecho del pobre viajero: Curam illius habe. El Samaritano es Jesús, o es el Obispo que ha sido puesto por su Espíritu para regir la Iglesia; vosotros sois los rectores de esta hospedería en la que se figura la Iglesia; y los pobres enfermos -¡hay tantos en todas partes, víctimas de toda dolencia!- son las almas de vuestros feligreses, que están bajo vuestra responsabilidad pastoral. Curadlas, haciendo vuestro oficio de «curas». Jesucristo os pagará con el doble denario del gozo del deber cumplido y del peso ingente de gloria que tiene reservada a quienes administran bien su verdad y su gracia.
Hagamos Seminario, todos. Lo tenemos maltrecho, en su fábrica; en el cuadro de sus profesores, catorce de los cuales, flor de la Diócesis, fueron vilmente asesinados; en el número de sus alumnos mayores, que ha sufrido gran merma por los azares de la guerra; la misma disciplina ha de resentirse forzosamente del desconcierto material en que han quedado los edificios. En un momento hemos visto desvanecidas las ilusiones que pudimos forjarnos a raíz de nuestra Semana pro Seminario. Queremos que persista su espíritu y el pensamiento que la informó. Para ello volveremos sobre este punto así que lo aconsejen las circunstancias. Entre tanto, pensad que el Seminario es el corazón de la Diócesis, la pupila de nuestros ojos, la esperanza más firme de la vida religiosa en el país. La responsabilidad del Seminario pesa sobre todos.
Seamos los predicadores de la verdad -"cooperatores veritatis"- de toda la verdad, a todos los hombres, en todas las formas que nos brinden nuestros complejos ministerios. Predicad el Evangelio, enseñad el catecismo, revalorizad los conceptos de la Liturgia, inmenso tesoro de verdad que no hemos sabido interpretar a nuestro pueblo cristiano. Y ello en el púlpito, en los escaños de la parroquia; en el confesonario, a la cabecera del enfermo, en estas horas de dulce contacto con las familias, cuando pasan gozos o penas.
Más, queridos sacerdotes: no os será difícil hacer penetrar en el pensamiento y en la práctica de la vida social, con la inteligente prudencia que os dictará vuestro celo, los principios de un civismo católico que, derivando espontáneamente de la doctrina cristiana, lleven su savia hasta la médula de la vida colectiva. Sin hacer política, que no es nuestro oficio, pero impregnándolo todo del espíritu cristiano. Familia, enseñanza, trabajo, asociaciones, prensa, todo ha sido o puede ser manejado por la política y todo puede orientarse contra nosotros; tal vez hayamos estado ausentes en el terreno doctrinal de estos y otros temas, que hoy son vulgares y de manejo diario, y ha prevalecido sobre ellos un criterio contrario a los intereses del espíritu cristiano. Más que la prensa y el libro y la tribuna, nosotros, en contacto íntimo con el pueblo, debiésemos ser los forjadores de la legítima opinión sobre estas grandes cuestiones. Insistiremos sobre estos puntos del magisterio sacerdotal, dando nueva vida a nuestra cara institución del Magisterio eclesiástico. La política más alta es la del celo sacerdotal, porque es la única que pone el pensamiento del hombre en contacto con Dios, que ilumina con plenitud todos los problemas de la vida: es el lema del Apóstol: «Enseñamos a todo hombre toda doctrina, para que el hombre sea perfecto en Cristo Jesús» (Col. l, 28).