Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C

Chapter 4

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1. Nuestra reforma personal.-El primero de los deberes que deriva del hecho mismo de la paz es nuestra reforma personal. La perfección de cada uno de nosotros es una exigencia de la Redención, por cuanto el fin primordial de Jesucristo al venir al mundo, dice San Clemente, es “mejorar las almas”: “Animas meliores reddere”. Y es una exigencia de nuestro mismo ser libre y de nuestra profesión de vida cristiana: “Sed perfectos”. Pero cuando, como en los días trágicos que hemos atravesado, podemos justamente achacar los males sufridos a un olvido general de nuestros deberes, es preciso que entremos en nosotros mismos para rectificar lo torcido y aportar al acervo común de la sociedad nuestras vidas reformadas. A la justicia colectiva reintegrada por la victoria debe seguir esta otra justicia individual que haga imposible el retorno a un estado de desequilibrio social.

La guerra eleva y embrutece a la vez; por ello es preciso que al llegar la paz nos purguemos de todo lo bajo e incorporemos los elementos nobles a nuestro esfuerzo personal de perfección. En la guerra entran dos factores: la inteligencia que dirige y la fuerza bruta que domina en los campos de batalla; la explosión de las virtudes patrióticas y religiosas y el desencadenamiento de las fuerzas bajas de la vida. En la paz debemos, cada cual por nuestra parte, purificar el ambiente malsano de la guerra en lo que tiene de depresivo de la dignidad humana; y valorizar cuanto contribuya a una mayor dignidad humana y cristiana.

Y esto es obra particularísima, amados diocesanos, que gravita, con toda su responsabilidad, sobre la conciencia de cada uno de nosotros. En ello se funda nuestra trascendencia personal en orden a la regeneración social. La sociedad no es una persona ni una libertad, sino una multitud de personas, cada una de ellas con su propia libertad. Ni se ejercita la sociedad en la virtud si no lo hacen sus miembros; ni es buena si son malos sus componentes. Cuando Pío X hablaba de restaurar todas las cosas en Cristo, añadía que ello no será si antes Cristo no lo ha restaurado todo en cada uno de nosotros.

Hincamos en este punto para preveniros contra unos errores filosóficos modernos: el de los fisiócratas de la sociedad, para quienes el interés individual se identifica con el colectivo; de donde infieren que en una sociedad racionalmente organizada el problema moral se resuelve por el simple hecho de la organización social.

Y el otro error de un estatismo moderno exagerado, que hace del Estado a un tiempo regla de moral y pedagogo de las multitudes.

No es así, sino en un plano muy secundario. La acción del Estado será siempre externa y limitada: lo primero, porque no le es dado al Estado franquear siquiera los umbrales de la conciencia, donde se fragua el bien moral del individuo; lo segundo, porque la sociedad, sobre la que trabaja el Estado, ofrece un límite a la acción legisladora y coercitiva de la autoridad social, por la misma composición de sus elementos, heterogénea en el orden moral.

Santo Tomás tiene una frase gráfica para señalar el límite educador y moralizador del Estado: “Qui nimium emungit-dice el Doctor Angélico- elicit sanguinem”: “Quien suena demasiado recio, suelta sangre”. No se puede en nombre de la ley exigir a la multitud lo que a cada individuo exige el imperativo de su conciencia personal.

Tiene sin duda el Estado un área inmensa en que ejerza su acción formadora de las multitudes, como pueden sus desviaciones ser un gran factor de corrupción social. ¿Quién es capaz de medir los daños que a la sociedad pueden inferirse por la prensa, los espectáculos, escuelas, una indebida organización del trabajo, etc., todo ello sujeto al poder legislativo del Estado? Este, como la familia, como el ambiente social, es un gran auxiliar de la virtud personal; pero, en último término, cuando se trata de resolver entre el bien y el mal, queda siempre el hombre abandonado al esfuerzo de su libertad personal, la única que, con la gracia de Dios, puede empujarle por los caminos de la virtud. El plan mejor concebido para hacer un hombre bueno puede fracasar ante la desviación o la protervia de su voluntad.

Formaos una buena conciencia, amados diocesanos, y ella será la que promulgue dentro de vosotros mismos la ley a que debáis obedecer en cada caso singular. Gracias a Dios, tenemos la ventaja del “sentido cristiano”, de que habla el Apóstol –“Nos autem sensum Christi habemus” (Cor. 2, 6)- formado a fuerza de siglos de vida y tradición social cristianas, y no nos será difícil discernir entre lo que nos toca hacer y lo que debemos evitar. Y aplicando este sentido a los actuales momentos de desquiciamiento moral producido por la guerra, y a estos tanteos de ordenación nueva, en los que se busca la forma definitiva de la nueva vida nacional, no nos será difícil tomar nuestro partido haciendo el bien que nos impone nuestra condición de cristianos. Esta denominación, la de cristianos, con los deberes que importa, es la que debe prevalecer a través de todos los nombres y de todas las corrientes sociales. Sólo al precio de un gran esfuerzo de la libertad personal, que se adapte a las leyes de Dios y de la Iglesia y a la condición de nuestro estado, podrá lograrse la mejora de la masa social de la que formamos parte. Y sólo a esta condición podremos alejar la posibilidad de otro azote como el que nos ha diezmado en todo orden y en el que debernos ver el castigo de nuestras indolencias y de nuestros pecados.

2. A Dios lo que se le debe. -Pero miremos el aspecto social de la persona humana, con los deberes que de ello derivan en estos momentos culminantes de nuestra historia.

Somos personas singulares, amados diocesanos, con el atributo esencial de nuestra voluntad libre: “Homines sunt voluntates”, decían los antiguos; pero somos esencialmente sociales, nacidos para convivir con otras voluntades, y colaborar con ellas en la gran obra de la vida social. ¿Qué deberes nos importa la paz en este orden? Los reducimos a un concepto: el cultivo de las virtudes sociales opuestas a los grandes vicios que nos acarrearon la guerra. Ponemos a la cabeza de todas el sentido social de Dios, como Señor de todo y de todos y como regulador de toda nuestra actividad social.

No es una ley física la que gobierna las humanas sociedades, como pretende una doctrina política moderna; ni es el puro sentimiento o la fuerza que aglutinen ciegamente las actividades del común para llevarlas a unos fines mezquinos que no trascienden sobre esta tierra de miseria. Las sociedades humanas se asientan sobre la metafísica de Dios, que las ha impuesto su ley y las ha señalado su rumbo. Añadimos nosotros cristianos, que nuestra sociedad se asienta sobre la política de Jesucristo, que ha querido inocularnos su virtud divina y que nos ha señalado fines desconocidos de las sociedades paganas.

De aquí deriva nuestro deber fundamental en estos tiempos de la postguerra. Hemos de restituir a Dios en el sitio que le corresponde en el orden social y que El reclama sin cesar, como Señor que no quiere renunciar a su señorío. Cinco años de repudio de Dios en las altas esferas de la autoridad social y tres años, los de la guerra, en que se ha visto la persecución de Dios más encarnizada que ha visto la historia, deben ser lección bastante para convencernos de que ningún pueblo -menos que todos el nuestro, tan profundamente enraizado en Dios desde siglos- puede subsistir sin Dios; y deben serlo para obligarnos a rendirle socialmente los honores que le son debidos.

Dios nos quiere, amados diocesanos: nos quiere mucho porque nos ha castigado mucho cuando le hemos vuelto las espaldas; nos quiere, porque en medio del castigo hemos sentido su presencia amorosa; y porque en el mismo sitio en que se produjo el vacío de Dios, el alma nacional, El ha producido el estímulo y el hambre de Dios.

“Amarás a Dios sobre todas las cosas”; con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, dice el Evangelio. Esta ley fundamental de la vida personal lo es de la vida social. Y como nunca el hombre halló más reposo ni rayó a perfección mayor que cuando se unió a Dios de pensamiento, amor y vida, así nunca fueron las sociedades más perfectas que cuando vivieron, en frase de la Escritura, sumergidas en Dios: “In ipso vivimus, movemur et sumus”.

Búscanse hoy en la historia patria las grandes virtudes de raza para restaurarlas y seguir viviendo días de gloria nacional. Ninguna virtud más trascendente que este sentido social de Dios de que está impregnada nuestra historia. Se habla ahora del vértice y de la verticalidad, en principios y procedimientos, como se habla de totalitarismos. Las palabras son nuevas, aunque se apliquen a otro orden; no lo son los hechos; porque en España Dios estaba en el vértice de todo -legislación, ciencia, poesía, cultura nacional y costumbres populares- y desde su vértice divino bajaba al llano de las cosas humanas para saturarlas de su divina esencia y envolverlas en un totalitarismo divino, del que sólo podían escapar las inevitables claudicaciones de la libertad individual.

3. Santificación de las fiestas. -Para volver a Dios en la sociedad el sitio que le corresponde, santifíquense sus fiestas del modo debido. No queda ya ni sombra, amados diocesanos, de la forma con que nuestros antepasados respetaron el día del Señor. La asistencia colectiva de las familias a los divinos oficios, la práctica de las obras de piedad y misericordia, el absoluto descanso de todo trabajo físico, un honesto esparcimiento eran las notas características de los días de precepto, de los que salían los buenos cristianos con alma y cuerpo remozados para emprender de nuevo la ruta fatigosa de la vida. El solo hecho de la observancia social del descanso y del cumplimiento de los deberes religiosos, daban a la presencia de Dios en las sociedades un relieve y eficacia extraordinarias. A más de que Dios bendice colectivamente a los pueblos que saben cumplir con este su gravísimo mandamiento.

Hoy no es así, todos lo sabéis. Las fiestas, para muchos cristianos, ya no son cristianas. Viajes, deportes, espectáculos, se llevan la mejor parte. Una misa, más espectacular que devota, es a veces el único acto religioso de grandes concentraciones en que, por desgracia, no puede complacerse el Señor, que quiso para sí «su día», no para fines totalmente ajenos a su gloria y al honor del nombre cristiano. Otras veces, no pocas, se ocupa la mañana del día festivo en el trabajo cotidiano para dedicar la tarde a vaguear por calles y casinos. Fiestas que no restauran, sino que agravan el espíritu, que enervan la vida, que se convierten a veces en puntos de referencia de una semana totalmente pagana, que tal vez absorban, con grave daño para la economía individual y social, los fatigosos ahorros de los seis días de labor que las precedieron.

La fiesta es de institución divina, amados diocesanos. Tal como están distribuidas a lo largo de nuestro calendario, son la obra sapientísima y secular de nuestra Madre la Iglesia. Cuando el pueblo cristiano las celebraba en la forma debida, eran reposo santo para el cuerpo, refección del espíritu, lección periódica de las virtudes de Jesucristo, la Virgen y los Santos, fomento del espíritu de piedad y beneficencia, contacto de todas las clases del pueblo, que se sentían como unificadas y envueltas en la atmósfera de Dios, Padre de todos, y por todo ello eran un gran elemento de perfección personal y de ponderación social. No volverán nuestros años tranquilos y prósperos a la vez si no damos de nuevo a Dios y a sus obras los días que quiso reservarse para gloria de su nombre.

4. Deberes de fraternidad: Justicia y caridad.-Y cuando Dios ocupe su sitio en la vida de nuestro pueblo, florecerán en él todas las virtudes sociales, que responden a otros tantos deberes de orden colectivo. Son fundamentales la justicia social y la caridad, que no se llenarán debidamente si no se da a Dios lo que es suyo.

«Secundum autem simile est huic», dice el Evangelio. Cuando Jesucristo hubo puesto, a requerimientos de un escriba, la condición primordial para la salvación eterna, que es el amor de Dios, añadió en seguida: «El segundo mandato es semejante al primero»: «Amarás al prójimo como a tí mismo»; y luego, para aclarar su pensamiento, propuso la sublime lección del Samaritano, que encierra más enjundia sociológica que todas las elucubraciones de los filósofos. «¿Quién es el prójimo? El que hizo misericordia con el desvalido». El que curó y vendó sus heridas, le llevó en su jumento a la hospedería y le dio al dueño de la posada cuanto fue preciso para la cura total del herido.

«La justicia consumada es conocer a Dios», dice el Sabio (Sap. 15, 3). «La justicia levanta las naciones»; y en ello «está la inmortalidad de hombres y pueblos». De esta suerte nos enseña la Escritura divina que quien cumple con Dios sabe cumplir con el prójimo; y que, como en estos dos preceptos se encierra toda la ley y los profetas, así se compendia en ellos la felicidad de los pueblos.

¡Justicia social! Nos llenamos hoy la boca con esta palabra. Es justo anhelo que responde a una exigencia profunda del orden social. Sin esta justicia no hay sociedad posible. Ella obliga a dar a cada ciudadano lo que le es debido y a dejarle en el libre uso de sus legítimos derechos. Sin ello se cae indefectiblemente en el régimen antisocial de los egoísmos sin freno. Y viene la disolución social en la misma medida en que se ha faltado a la justicia.

Pero no olvidéis jamás, amados diocesanos, que esta justicia no la hallarán nunca los pueblos fuera de Dios, que es en definitiva la fuente de toda justicia y de todo derecho. Las organizaciones políticas más sabias y mejor intencionadas no pueden ser más que auxiliares de esta ley, religiosa y moral a un tiempo, que nos manda dar a cada uno lo suyo. El egoísmo, padre de toda concupiscencia, hallará siempre forma de burlar los artificios de las leyes humanas promulgadas para amparar la justicia colectiva.

“Suum cuique”: «A cada uno lo suyo». A Dios, todo servicio y honor y todo amor; le corresponde por título de señorío y de paternidad. Pero luego, al hermano ciudadano que, como no puede vivir sin deberes así no se concibe sin derechos, darle también lo suyo según su medida. Del equilibrio y del respeto de los derechos de todos nace la fuerza y la gloria de las sociedades. En lo económico, en lo político, en lo social no pueden agraviarse los derechos de nadie sin que se infiera al mismo tiempo un agravio y un daño a la sociedad. Porque no se reconoció así a su tiempo hemos pasado la prueba terrible de la guerra.

Ni basta la justicia, en una sociedad cristiana, para la paz y la bienandanza social. Es precisa la caridad, el más íntimo de los lazos sociales y verdadero coronamiento de la ley de justicia social. Ella debe ser la primera virtud de nuestra época, ha dicho León XIII, porque es la que se opone diametralmente al primero de los vicios de nuestros tiempos, el egoísmo. Mientras escribimos estas líneas, recibimos otras en que se enjuicia duramente la situación del momento. Se habla en ellas de un espíritu conservador que se aferra a viejas posiciones y de un comunismo larvado que espera la hora del desquite. Habrá exageración en el juicio; si no lo fuera, es fácil predecir que los mismos pecados sociales engendran las mismas catástrofes.

«El amor de Dios no debe ser separado del amor del prójimo, os decimos con León XIII; porque todos los hombres han sido hechos partícipes de la infinita bondad de Dios y todos llevan en sí mismos el sello de su imagen y la semejanza de su ser. Hemos recibido de Dios este mandato: Que el que ama a Dios ame a su hermano. «Si alguien dijere: Yo amo a Dios, y al mismo tiempo odia a su hermano, miente» (Jn. 4, 20-21).

Hablando el mismo Papa a unos obreros franceses ponderaba los oficios sociales de la caridad, que fue en otros tiempos la que con la justicia resolvió el problema social, cuando el amor de Dios se traducía en una verdadera efusión de beneficencia pública. «Era preciso, decía el gran Papa, acercar las dos clases y establecer entre ellas un lazo religioso e indisoluble. Tal fue el oficio de la caridad. Ella creó un lazo social y le dio una fuerza y una dulzura desconocidas hasta entonces. Ella inventó, multiplicándose a sí misma, un remedio a todos los males, un consuelo a todos los dolores, y supo, por sus innumerables obras e instituciones, suscitar una noble emulación de celo, de generosidad, de abnegación. Tal fue la única solución que, en la inevitable desigualdad de las condiciones humanas, podía procurar a cada uno una situación soportable.»

No ignoramos que los Estados modernos se esfuerzan en buscar sucedáneos a la caridad cristiana. No hallarán ninguno que la supla en la amplitud y profundidad de la obra de beneficencia social; porque sólo el amor a Dios y al prójimo por Dios tienen la inventiva, la abnegación y el espíritu inmortal de continuidad que se requiere para adaptarse a la infinidad de formas que a través de la historia revistan las necesidades y miserias sociales.

5. Reforma de las costumbres públicas. Otro de los deberes de la postguerra es la reforma de las costumbres públicas. Está íntimamente relacionado con el sentido social de Dios de que os hablábamos y con el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad social. Las épocas de mayor relajación social han sido siempre aquellas en que los hombres han prescindido de Dios, relegándolo a su cielo, y en que se han reconcentrado en su egoísmo, buscando con frenesí los bienes de la tierra, aun con daño de la justicia y caridad, para apacentar su vida en los campos de todo placer.

Tal vez podamos acusar una mejoría en punto a costumbres públicas. Ha sido demasiado rudo el golpe de la guerra, que nos ha aturdido a todos con el peso de alguna desgracia, para que no reaccionáramos socialmente en el sentido de una mayor rectitud de vida. La escasez, consecutiva a toda guerra, impone la reducción en los gastos superfluos: y los placeres son caros. La autoridad, al llenar con celo la función social de la vigilancia en cuestión de honestidad pública, ha contribuido también a la depuración de costumbres. Prensa diaria y libros perversos, sometidos a laudable censura en este punto, han dejado por hoy de ser pasto de las pasiones desenfrenadas.

Con todo, no nos hacemos grandes ilusiones en este particular. Tememos fundadamente que cuando volvamos al cauce de la vida normal reviva con toda su fuerza el hecho terrible de la pública depravación, sobre el cual decía Pío X que no cabe en las sociedades modernas ilusión posible. La razón la daba el mismo Papa: no está bastante arraigado en el corazón de las multitudes el espíritu de fe ni el amor a las costumbres verdaderamente cristianas. Y estas no se imponen por fuera, sino que brotan, como flor de árbol sano, de una conciencia formada individual y colectivamente en la Santa ley de Dios.

Fijaos en un fenómeno, amados diocesanos: los espectáculos baratos, y entre ellos contamos el cine y la playa -que ha llegado a la categoría de tal- sufren la misma relajación de los tiempos anteriores a la guerra. La misma escasez se ha convertido en pretexto para que se generalizaran unas modas de vestir que avergonzarían a nuestros antepasados. El ridículo maquillaje de nuestras elegantes, hasta de las pueblerinas, contrasta con las ruinas imponentes de la guerra y con la gravedad de la hora en que vivimos. ¿Qué ocurrirá cuando se aleje el recuerdo de las cosas terribles que hemos vivido y se normalicen con la economía general las condiciones del vivir? ¿No es de temer que, faltando el freno de las conciencias bien formadas, perdida la estima de los bienes del espíritu, metamos otra vez en honor, en la vida privada y pública -en frase de Pío X- lo que fue la vergüenza de la antigüedad pagana?

Tenemos pruebas copiosas del celo desplegado por individuos y entidades en la denuncia de gravísimas desviaciones de la pública moral. Nos permitimos excitar el de todos: sacerdotes, autoridades, padres de familia, asociaciones piadosas, y particularmente el de los organismos de Acción Católica, para que no sólo pongan freno en la medida de sus atribuciones a la pública inmoralidad, sino que trabajen en la formación de la conciencia cristiana en este punto. Harán obra de dignificación cristiana y nacional, contribuirán a la intensificación del reinado de Jesucristo entre nosotros y conservarán el tono de gravedad colectiva que corresponde al golpe rudísimo que hemos recibido y a la memoria de millares de hermanos muertos para la regeneración de nuestra querida patria.

6. Nuestros deberes políticos.-Os hemos hablado un momento de los deberes de religión, de justicia social y de caridad. Precisamente en ellos se funda el derecho y el deber, que quisiéramos inculcaros a todos, de intervenir en cuanto se refiere al bien común o a la cosa pública. En su expresión más clara -que no hemos querido usar por el descrédito de la palabra «política»-, lo decía Pío XI en un discurso a la Federación de hombres Católicos de Italia: «No podéis desinteresaros de la política, cuando política quiere decir el conjunto de los bienes comunes, por oposición a los bienes singulares y particulares». «No querer tomar parte en los negocios públicos, había dicho ya León XIII en Immortale Dei, es tan reprensible como no aportar ni cuidados ni concurso a la utilidad del común».

No digáis que la política divide; que ella fue la que partió España en dos bandos irreconciliables y que nos acarreó la guerra. Es un sofisma. La buena política no divide jamás, porque es la concurrencia de todos al bien común, aunque sea por caminos distintos. Si divide, es la división entre el bien y el mal; es la «espada» que vino Jesucristo a traer a la tierra; y esta división no importa, porque «si por miedo a ella nos abstuviéramos, las riendas del gobierno pasarían sin duda a manos de aquellos cuyas opiniones no ofrecen ciertamente grande esperanza de salvación por el Estado» (Pío XI, Litt. Peculiari). Si hubiese prevalecido en nuestro campo, siempre, el sentido de unión en lo fundamental del bien común, no hubiésemos descendido paulatinamente al campo de todas las discordias, que han tenido por remate la suprema discordia de una cruentísima guerra civil. No es hora de calificar hechos, sino de deducir deberes, «cuyo cumplimiento haría que las instituciones y leyes se conformaran a las reglas de la justicia, mientras que el espíritu y la acción bienhechora de la religión penetraría todo el edificio político» (León XIII, al Arz. de Bogotá).

«Así sucedió en los primeros tiempos de la Iglesia. De una fidelidad ejemplar para con los príncipes y de una obediencia a las leyes del Estado tan perfecta como les permitía la conciencia, los cristianos difundían por todas partes un resplandor de santidad, esforzándose en ser útiles a sus hermanos y a atraer a los demás a la sabiduría de Cristo, dispuestos, no obstante, a ceder su puesto y a morir valerosamente si no hubiesen podido, sin daño de su conciencia, conservar los honores, las magistraturas y los cargos militares. De esta manera introdujeron rápidamente las instituciones cristianas.» (León XIII, Immortale Dei).

Ni han faltado entre nosotros magníficos ejemplos de esta colaboración.

7. La conciencia católica y la acción ciudadana. -Pero para ello se requiere una condición que falla en la mayoría de los ciudadanos y que importa hoy otro deber imperioso: el de la formación de la conciencia católica en punto a la acción ciudadana.