Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C
Chapter 3
Donde hay caridad y amor, amados diocesanos, allí está Dios. Cuando se expulsa a Dios, son los egoísmos personales los que ocupan su sitio, con el séquito de todas las pasiones insaciables, sin el calor de fraternidad que equilibra las necesidades de la vida. Lección durísima para los de abajo y los de arriba. Para estos, que en una organización sabia de la sociedad deberán hacer por fuerza y sin mérito lo que no les sacó el deber de justicia y caridad; para los de abajo, que han visto disiparse bruscamente los ensueños de paraíso al hacer el primer ensayo de doctrinas anticristianas.
9. La falsificación de la verdad sobre España. -Indiquemos, por fin, otro hecho de carácter internacional: es la falsificación increíble de la verdad sobre España. Para el mundo, hasta para inteligencias conspicuas y para los predicadores de la doctrina y de la vida pura, los defensores de la España nacional hemos sido facciosos, fascistas, desconocedores del derecho de gentes, adversarios de la libertad, de la democracia, hasta de Dios. Los otros han sido los defensores del pueblo, los vindicadores de los derechos sustanciales del hombre.
Es una demostración más, amados diocesanos, de que son las fuerzas secretas las que gobiernan el mundo. No es la conciencia de los pueblos la que ha prevalecido en la estimación de las cosas de España en este período, sino los manejos subterráneos de las sectas, de la política, de la diplomacia, de intelectuales descaminados; todos ellos han dado el tono que ha seguido mansamente el vulgo de la tierra. Y en esta defección del espíritu de justicia y rectitud, que nos ha causado enormes daños, han sido arrastradas naciones que por la afinidad de problemas y comunidad de destinos, o por su tradición de sensatez y cordura debían sostener nuestra razón, que no fue otra que la de no querer sucumbir al empuje de los bárbaros modernos.
Nos lo decía hace pocos meses con palabras vibrantes un Príncipe de la Iglesia, extranjero: “Los judíos, decía, jamás perdonarán a España su expulsión del país y el arraigo de su fe cristiana; los masones obran al dictado de los judíos; los protestantes no olvidarán nunca a Felipe II y a los inquisidores españoles que les cerraron el paso; los malos españoles, dueños del tesoro nacional los sobornan a todos y son a su vez sobornados por ellos, y todos juntos se han adueñado de los órganos de opinión mundial para producir esta prevaricación internacional contra la verdad de España”.
Derivamos de aquí una doble lección, amados diocesanos; es la primera, que en el fondo de las grandes cuestiones internacionales se debaten los principios básicos que deben regular la vida de los pueblos; la hegemonía de unos sobre otros o, lo que es más frecuente, si es Roma o Moscú, Cristo o el Anticristo el que ha de imponer la ley a las naciones; es la segunda, la delicada prudencia con que debemos formar juicio sobre problemas graves y universales cuyos factores no suelen estar a nuestro alcance.
II. -DEBERES DE LA PAZ: A) PARA EL PRESENTE
Gracias a Dios llegó la paz; y llegó cuando estábamos fatigados por cinco años de lucha espiritual, en los que nos vimos obligados a defender la ciudad de Dios en el terreno social y legal, a los que siguió la tormenta espantosa de la guerra. Tres años, o casi, en que España y el mundo han estado pendientes de los azares de la lucha épica, y en que hemos visto peligrar cada hora, con nuestras vidas, los valores sustantivos de nuestra sociedad y el porvenir de la Patria.
1. Dar gracias a Dios. - ¡¡Gracias a Dios!! Este es el primer deber que la paz lograda nos impone. Deber que no puede cancelarse con una simple plegaria o con la asistencia a un solemne Te Deum, sino que debe ser como una ofrenda de toda la vida al Dios que nos ha librado de tantos males y nos ha concedido tantos bienes.
Porque la paz, amados diocesanos, no es cosa pasajera: es, en estas horas gravísimas, la tranquilidad restablecida del orden profundamente perturbado; y en este simple enunciado se encierra todo bien que pueda apetecer la sociedad humana.
Mejor que no se hubiese perturbado la paz, y que ésta, en frase de San Agustín, se hubiese consolidado por el ejercicio de ella misma, no por recurso a las armas: “Acquirere pacem pace, non bello”. Pero ha debido hacerse la guerra para lograr la paz, y hemos ganado la guerra. Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria y con ella se ha podido restablecer una paz justa. Porque la paz, amados diocesanos, es todo el bien que pueda apetecer una sociedad condensado en la síntesis de esta brevísima palabra: Paz. “Tan gran bien es el bien de la paz, dice San Agustín, que entre las cosas creadas nada puede expresarse más grato, nada se puede desear más deleitable, nada puede poseerse más útil” (De Civ. Dei, 5). La paz es convergencia de pensamientos, sincronismo de corazones, concordia de •voluntades. Es lo más humano la paz; para una paz perpetua creó Dios al hombre, que la perdió al ponerse en guerra con Dios por el pecado: entonces descendió el hombre al rango de las fieras que se destrozan entre sí. “La alba paz, dijo el poeta, conviene a los hombres, la ira terrible a las fieras”. Sólo la reintegración de la justicia y del derecho pueden justificar la guerra, que no puede hacerse sino para restablecer la paz.
Gracias a Dios, amados diocesanos; que nos ha devuelto la paz. Porque ella es pródiga en frutos de la tierra: “Pacis alumna Ceres”, la llamó el poeta; ella es alegría de la ciudad, seguridad de las familias, la propulsora de las ciencias y de las artes; ella la obradora de toda civilización digna de este nombre; ella la madre de la virtud.
“La guerra por la guerra” es frase anticristiana y antihumana. El Cristianismo puro, no el adulterado por las doctrinas luteranas de la fuerza, es todo un sistema para lograr la paz y el mejor poema que se la pueda cantar “Et in terrapax”: “Y en la tierra paz”. Así nació el Cristianismo al nacer Cristo. «Buscad la paz de la ciudad», decía Jeremías (Jer.29, 7) bienaventurados los pacíficos, predicaba Jesús en el sermón del monte (Mt. 5, 9). “Vivid en paz»; “Buscad la paz con todos”; “Trabajemos por las cosas de la paz”, dice el Apóstol en sus cartas. La paz debe ser la suprema aspiración del cristiano, en la tierra y para el cielo, visión de paz.
Cuando se concertó la paz después de la gran guerra, el hombre que tuvo en ella la parte preponderante dijo: “El Cristianismo ha fracasado en su obra y yo espero salir a flote en su lugar por medio de la Sociedad de las Naciones”. Es una insensatez, hija del orgullo. Veinte años de historia han demostrado la inutilidad del instrumento, repudiado hoy por sufragio casi universal de las naciones. Quiere ello decir, amados diocesanos, que debemos reconocer nuestra paz como venida de Dios; que no la hay sin Él, y desaparece donde Él no está con la influencia de su pensamiento, con el aglutinante de su amor, con la eficacia de su ley. ¡Gracias a Dios! No sólo de palabra, sino con el holocausto de una vida que será la primera beneficiaria de la paz lograda.
2. El perdón de los enemigos. -Pero la paz no será durable ni verdadera si cada español, si todos los españoles no abrimos nuestros brazos de hermano para estrechar contra nuestro pecho a todos nuestros hermanos. Y lo somos todos; amados diocesanos, los de uno y otro bando. Quiere ello decir que tenemos el deber de perdonar y de amar a los que han sido nuestros enemigos. El precepto podrá parecer duro y sobre las fuerzas humanas; pero es clara y terminante doctrina de nuestro Señor Jesucristo: “Amad a vuestros enemigos; haced bien a quienes os odian” (Mt. 5, 44). “Porque si amamos no más a nuestros amigos, ¿qué mérito tenemos en ello? ¿No hacen esto los paganos?” Jesucristo, clavado en Cruz, perdonó a quienes le pusieron en ella, y desde ella abrió el cielo al ladrón, que probablemente le había antes injuriado, y trocó la vida del Centurión.
Insistimos en ello, amados diocesanos, porque nos consta, por conductos autorizados y múltiples, hasta por nuestras conversaciones con vosotros, que se mantiene vivo el odio en muchos corazones por el recuerdo de los lamentabilísimos hechos pasados. “Ellos, nos decía ingenuamente un paisano, se cansan de dos meses de intranquilidad, y nosotros hemos tenido que soportar ocho años de persecución: hay que sojuzgarlos”. Sabemos que se mantiene vivo el espíritu de desquite entre los bandos de algunas localidades y que en otras los agraviados se han tomado la justicia por su mano.
Esto, si queréis, es natural, pero, fijaos en ello, no tiene nada de sobrenatural. Es decir, que la voz de la sangre halló siempre en el corazón del hombre un eco terrible de venganza antes de Jesucristo. Los mismos libros sagrados tienen episodios en que “el hombre viejo”, el de la naturaleza, se lanza ciego a la vindicta del crimen. Pero esto era cuando, en frase del Apóstol, “los hombres estaban sin Cristo, extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”: “Spem non habentes et sine Deo in hoc mundo” (Ephes. 2, 12). Pero hoy, cuando la sangre de Jesucristo nos ha sellado con la marca de una nueva fraternidad, no podemos odiarnos sin profanarla y hacerla inútil en nosotros.
Os insinuamos, a mayor abundamiento, otras razones. Fuera de Jesucristo no ha habido espíritu de dulzura y mansedumbre en el mundo: los pueblos cristianos se han barbarizado de nuevo, valga la palabra, en la misma medida en que se han separado de Él: es una razón histórica que consentiría amplísimo e interesante desarrollo. Nuestro nombre de católicos, de que nos gloriamos, y nuestras ansias de verdadera cultura, que es la del espíritu, nos obligan en estos momentos, cuando la barbarie ha querido eliminar a Jesucristo de entre nosotros, a hacerle más presente y más vivo practicando la caridad de fraternidad.
Más: somos españoles; queremos todos la grandeza de la patria; pero ésta no se logrará sino en la medida en que se logre el espíritu de concordia y el sentido de unidad. Los rencores entre los ciudadanos son el mayor corrosivo del patriotismo. Por esto ha podido decir San Agustín que la Iglesia, con su doctrina de la caridad, es la que ha creado la verdadera unidad de patria.
Y si queréis una razón que os toque al alma, os diremos: Amados diocesanos, los deudos a quienes lloráis y cuya pérdida ha engendrado en vuestros pechos el rencor, murieron, gran parte de ellos, perdonando a sus matadores, sin que se les ocurriera dejaros una herencia ele venganza por la suma injuria que se les infirió al quitárseles la vida. Al imitarles no hacéis más que cumplir su cristianísima voluntad.
En este punto, nos place consignar ejemplos de verdadero heroísmo que hemos podido admirar entre vosotros: de perdón generoso y espléndido; de renuncia a los derechos que os daba la justicia, hasta de solidaridad con quienes trabajaban por trocarla en misericordia para los asesinos de vuestros deudos. Es la cumbre de la perfección cristiana, porque es el ejercicio de la reina de las virtudes en lo que tiene de más difícil. Ni se logra sin un amor profundo a nuestro Señor Jesucristo.
3. Deberes para con nuestros muertos. -Aún nos queda otro deber que cumplir: el de perpetuar la memoria de los que sucumbieron por Dios y por la Patria. Todos los pueblos civilizados, hasta los paganos, han cumplido con esta deuda que los vivos contraen con los muertos. Dieron ellos sus vidas por los dos grandes ideales que son el soporte de toda sociedad bien constituí da: Dios y Patria, que seguirán siéndolo por su abnegación hasta la muerte. Es un tributo que han pagado los pueblos al valor de los que fueron ciudadanos, a la inmortalidad del alma, al anhelo de continuidad nacional en la historia.
Pero hay formas de traducir este pensamiento y este hecho universal que tal vez desdigan del pensamiento cristiano sobre Dios y patria, y hasta de la idea cristiana del heroísmo y de la muerte. Una llama que arde continuamente en un sitio público, ante la tumba convencional del “soldado desconocido”, nos parece una cosa bella, pero pagana. Es símbolo de la inmortalidad, de la gratitud inextinguible, de un ideal representado por la llama que sube, pero sin expresión de una idea sobrenatural. Un poema ditirámbico que se canta en loor de los “caídos”, con pupilas de estrellas y séquito de luceros, es bellísima ficción poética, que no pasa de la categoría literaria: ¿Por qué no hablar el clásico lenguaje de la fe, que es a un tiempo el clásico lenguaje español?
Más cristiano es lo que hemos visto en las parroquias de Francia, en las que se ha esculpido en mármol el nombre de los feligreses que sucumbieron en la gran guerra, con los símbolos y fórmulas tradicionales de la plegaria cristiana por los difuntos: es una forma de “memento” que al par que fomenta el espíritu de parroquia, recuerda a la feligresía el heroísmo cristiano de sus muertos y el deber de dedicarles oraciones y sufragios. No lo es menos el ansia que nos han expuesto muchos pueblos de nuestra Archidiócesis de que en el templo parroquial se dé sepultura a los parroquianos víctimas de la revolución. Y lo es más, el proyecto de una dama de dedicar una fuertísima suma de dinero a la celebración de misas para todos los muertos de la guerra: en este caso se juntan al valor máximo de oración y de expiación de la santa Misa, las ideas de una patria cristiana y el ejercicio de una caridad que no conoce acepción de personas.
Por nuestra parte, amados diocesanos, y por lo que atañe a nuestra Diócesis, nos proponemos hacer el esfuerzo máximo para que se recuerde a perpetuidad y cristianamente la memoria de nuestros héroes. Se grabarán los nombres de los trescientos y pico de sacerdotes sacrificados en odio a la fe en sitio visible de nuestra Catedral, iglesia matriz de la Archidiócesis, que ostentará con gloria, entre las preseas de los pasados siglos, la lista espantosa y fúlgida a un tiempo, de los ministros de Dios, que fueron ornamento de su Casa o que llevaron la virtud de su Evangelio hasta las regiones más apartadas de nuestra jurisdicción.
Se instituirá en la misma Catedral una misa solemne perpetua, que tendrá a un tiempo el carácter de sufragio para cuantos sufrieron el martirio glorioso «lavando sus almas en la sangre del Cordero», y el de acción de gracias por el honor y el altísimo ejemplo que de sus virtudes han derivado a la Archidiócesis. Cosa análoga podrá hacerse en cada una de las parroquias.
Se publicará, así que cese el actual agobio, una monografía diocesana de las persecuciones y triunfos de la Iglesia toledana, para lo que contamos ya con material copioso. Es obra obligada de apología, porque todavía se trata de aturdirnos con una literatura insultante que viene del extranjero, con el fin de demostrar al mundo que nosotros, víctimas del odio y de la perfidia, hemos sido los causantes de la ruina de nuestra Iglesia y de nuestra Patria. Así, al tiempo que digamos la verdad al mundo, podremos aprender las magníficas lecciones que derivan de este período trágico de nuestra historia.
Y en un orden más general haríamos más si pudiéramos: Dios sabe que hasta ahora no se perdió por falta de iniciativas o por debilidad de esfuerzo por nuestra parte. La obra de la Iglesia en España durante la tremenda guerra es gigantesca, en lo que ha sufrido y en las gestas heroicas de millares de sus hijos. Un deber de patriotismo, una exigencia de la conciencia católica piden que se haga el recuento de todo: ruinas, héroes en los campos de batalla o en los del martirio, el anecdotario épico, el sacrificio inmenso de nuestro arte religioso, la labor maravillosa de los católicos en estas nuevas Catacumbas que fueron nuestras ciudades bajo el dominio marxista, la caridad exquisita que en mil formas ataba a los católicos de aquende y allende las trincheras rojas; todo ello ha sido de un peso tal, de religión y patriotismo, que no dudamos en afirmar el derecho y el deber que tenemos todos a una valorización justa que nos dé en la historia el sitio que nos corresponde.
Y ello sin mengua ni desdoro para nadie. Hagan igual los demás estamentos y en santa y patriótica emulación aportemos todos al acervo de las glorias nacionales nuestros merecimientos. Tenemos a la vista el “Libro de oro” del clero y congregaciones francesas que tomaron parte en la gran guerra europea. Es justificación y apología. Es un hecho jurídico cuya fuerza inmensa nadie puede desconocer. Y, cuando el patriotismo se cotiza tan alto, es prueba fulminante de que el catolicismo es el primer factor de patria y que a la testera de las instituciones y textos de formación patriótica han de colocarse la Iglesia y el santo Evangelio.
4. Las lacras de la guerra. -Al recuento de las gestas heroicas de nuestra guerra debiera seguir el estudio de las lacras que nos ha dejado. No nos referimos ya sólo al cúmulo inmenso de los daños materiales, sino al profundo quebranto de la moral y hasta de la honestísima ideología que fue guía espiritual de nuestro pueblo. Repetimos que la guerra es mala maestra de moral; pero cuando en el fondo de ella se debaten, como en la nuestra, las ideas fundamentales de nuestra civilización cristiana, y cuando los errores y los crímenes más absurdos han llegado a triunfar por espacio de tres años en gran parte del territorio nacional, el daño inferido al pensamiento y a las costumbres del pueblo español habrá sido inmenso.
Hemos leído que, como consecuencia de la guerra europea, aumentó en forma espantosa el número de divorcios; sólo en Berlín y en el año 1919 se interpusieron más de 30.000 demandas. Igual ocurrió en Francia. Lo mismo en Inglaterra, sobre todo entre las clases elevadas. De España son desoladoras las noticias, sólo por este capítulo de las uniones ilícitas. Añádase la horrenda facilidad con que se cometieron los crímenes más inhumanos; la falta de escrúpulo con que se ha invadido la propiedad ajena; el hábito de vivir sin Dios y sin religión; la colaboración de no pocos católicos, aunque fuese por miedo, en la obra de destrucción de las pertenencias de nuestros templos; y, como atmósfera en que se ha incubado tanto mal, una predicación, tenaz e inteligente, ejercida por todo procedimiento de publicidad, y unas instituciones legales que fomentaron las más bajas pasiones y las doctrinas más demoledoras, sin más protesta que la que se levantaba en el fondo de las conciencias de quienes no habían perdido aún el sentido humano y el santo temor de Dios.
Disimular el mal o cerrar los ojos para no verlo sería funesto, amados diocesanos. En la vida individual, cuando se ha llegado a cierto punto de frialdad o relajación, aconsejamos un fuerte reactivo para evitar mayores caídas: una predicación, unos ejercicios que centren otra vez el espíritu en el cauce del deber. Igual hemos de hacer en el orden social. Pero para ello es preciso darnos cuenta del estrago causado en nuestras costumbres por la guerra, aplicar los oportunos remedios para atajarlo y no dejar que se corra a la nueva etapa de la restauración nacional que ha de seguir a la obra de la paz.
5. Obediencia a las autoridades. -Gracias a Dios, las autoridades del Estado no sólo hacen gala de sus sentimientos católicos, sino que vienen desarrollando paulatinamente una labor legal que podrá ser uno de los grandes factores de la restauración cristiana de nuestro país.
Y ello nos impone, hoy más que nunca, otro deber imperioso: el de nuestra unión y colaboración con las autoridades en cuanto se refiera a la reconstrucción de la patria en sentido cristiano.
No creemos inútil en estos momentos recordaros la actitud del ciudadano católico ante los poderes constituidos. Son muchos los españoles que habrán militado en el campo de una ideología adversa a la que sostienen hoy las autoridades nacionales. De los mismos que militaron siempre en nuestro campo no serán pocos los que anhelen otra forma de gobierno o distinta orientación política de la cosa pública. Ante la necesidad suprema de una unidad fundamental que sea consecutiva a esta otra unidad que nos ha llevado a la victoria y que nos conduzca a ganar lo que con razón se ha llamado «la guerra de la paz», sentamos, como línea de vuestra conducta, los siguientes principios.
La autoridad es elemento esencial de la sociedad, porque ésta necesita un poder inteligente que encauce las voluntades de todos en el sentido del bien común. Por lo mismo, un deber elemental de ciudadanía impone el respeto y la obediencia a la autoridad; mejor que se lleve hasta la veneración y el amor. Por esto es tan categórica la moral ciudadana del cristianismo en este punto: toda ella se reduce a esta palabra: “Obedite praepositis vestris”: “Obedeced a vuestros jefes...“
Para un católico toda autoridad viene de Dios. Si no fuera así, perdería a los ojos de los ciudadanos su carácter más augusto y degeneraría en una soberanía artificial de base inestable como la voluntad de los hombres de quienes se la haría derivar. Ella la imprime un carácter sagrado y ennoblece los deberes y la sumisión de los ciudadanos. Y ya no obedecernos servilmente a hombres, en frase del Apóstol, sino a Dios por su ministerio (Cor. 7, 23). Ello será un refuerzo, necesario a la sociedad, cuando la autoridad sea ejercida por hombres menos aptos o menos dignos.
En política, más que en otros órdenes, dice León XIII, se producen cambios imprevistos. Estos cambios distan mucho de ser siempre legítimos en su origen. No obstante, el criterio supremo del bien común y de la tranquilidad pública impone la aceptación de estos gobiernos nuevos, establecidos de hecho, en lugar de los gobiernos anteriores que, de hecho, ya no existen.
En las cuestiones puramente políticas la Iglesia deja a cada ciudadano la justa libertad, dice Pío XI, es decir, una libertad conforme a justicia, que deje sano y salvo el bien común. Por lo mismo, en el orden especulativo, los católicos, como todo ciudadano, tienen plena libertad de preferir una forma de gobierno a otra. Y en el orden práctico es facultativo a cada ciudadano sostener el triunfo de uno u otro ideal político, con tal se sirva de medios legales y honestos y reconozca la autoridad constituida.
Creemos, amados diocesanos, que con estos principios, entresacados así a la letra de las enseñanzas pontificias, puede resolverse toda la casuística que, en cualquiera de los planos de la ideología política, pueda producirse. Unión, obediencia, colaboración con nuestros gobernantes que, como lo hicieron en la guerra, en frase de Pío XI, así se han impuesto en la paz la dura tarea de salvar la patria, empobrecida y lacerada. Esperanza ilimitada en la Providencia de Dios que, si lo merecemos con nuestra conducta, encauzará las energías nacionales en el sentido que mejor convenga a nuestra historia pasada y a nuestro futuro progreso. Y hacernos cada uno de nosotros cada día mejores, para que el peso de la virtud colectiva haga más fácil e intensa la labor de conquista del bien común bajo la égida de una autoridad suave y justiciera, austera y próvida.
Y si un día sufriéramos una desviación, porque nunca son perfectas las obras de los hombres, porque el exceso del mal llevara a tolerancias indebidas, porque un equivocado concepto político del Estado cohíba o tuerza la vida colectiva o amenace deformar nuestra fisonomía histórica, siempre quedará a los católicos, que no deberán ceder a nadie en las avanzadas del patriotismo, el derecho de unirse para la defensa de los que derivan de nuestra religión y hacerlos presentes con todo respeto a las autoridades del Estado, que no quieren más por hoy que gobernar según las exigencias de la Religión y de la Patria.
B) PARA EL FUTURO