Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C

Chapter 2

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Pero Nos, amados diocesanos, no podemos separar este hecho de la lección que envuelve. ¿Quién, a pesar de siglos de desgracia, mantuvo vivo el nervio de la nación? Fue nuestra vieja fe cristiana; fue la conciencia tradicional de esta misma fe; fue la austeridad de vida moral que esta misma fe forjó en nuestro pueblo. Tenemos, amados diocesanos, una conciencia nacional católica, porque España, en su unidad, en su reciedumbre, en su expansión se ha forjado en la fragua de los principios cristianos. Los Concilios de Toledo dan la pauta político-religiosa que seguirá España en los siglos futuros; la Reconquista es el yunque en que durante ocho siglos se endurece y modela el alma de nuestro pueblo; en el siglo XVI, cuando sucumben las naciones de Europa al error protestante, que liquida vergonzosamente la magnífica cristiandad medieval, España se reafirma en sus añejas creencias y cierra el paso a la herejía; y cuando la francesada irrumpe como riada en nuestro territorio, trayendo acá una civilización que no se aviene con la nuestra cristianísima, surge nuestra paisanía, poderosa con su fe más que con sus armas, y vence al poder invasor. Las mismas guerras civiles del pasado siglo no son más que una lucha épica entre el rancio espíritu cristiano y los principios de una democracia que, nacida de Calvino y amparada por el filósofo de Ginebra, nada tenía de común con la fe católica, eje de nuestra nacionalidad.

Esta fe, sostenida durante quince siglos, por convicción racional y por luchas seculares contra terribles adversarios, es la que ha formado una tradición que es el peso del alma nacional; y esta misma fe secular, llevada a la vida individual y colectiva, es la que ha labrado el alma española y las almas de los españoles en la forma cristianísima de la austeridad, de la rigidez de costumbres, de la sobriedad de vida, de una cierta ingenuidad que desconoce el cálculo, pero que sabe recoger todos los valores, del fondo del espíritu y de la vida social, para lanzarlos contra lo que represente un peligro para la esencia de la patria, que es la esencia de su fe.

Esta es la razón de un fenómeno que ha sorprendido y ha asombrado al mundo; que ha desconcertado la conciencia internacional, que no supo enjuiciar la naturaleza de nuestro movimiento porque desconocía la entraña que lo engendró.

Esto explica que con medios insignificantes se emprendiera una guerra que en su desarrollo ha llegado a tener vuelos de contienda internacional.

Y esto explica el hecho de que, aun contando con el desamparo de la opinión mundial, y con la hostilidad implacable de la política y de la diplomacia forasteras, y con la ayuda abrumadora de propaganda, recursos y armamentos que a España confluyeron para apoyar al adversario, se mantuvo alto el pensamiento y tensa la voluntad que nos llevó a la victoria.

¿Que no todo ha sido oro puro en el movimiento nacional? ¿Qué cosa humana no tiene sus escorias? Pero nadie -y menos los que hemos sido testigos del alzamiento en alguna región de España-, podrá negar que el deus ex machina de esta guerra ha sido el mismo Dios, su religión, sus fueros, su ley, su existencia y su influencia atávica en nuestra historia. El zarpazo brutal con que en el infausto quinquenio se le quiso arrancar de España, hirió la conciencia nacional, toda embebida de Dios, y estalló la lucha en los campos de batalla. Ello deja lugar todavía al juego de la conciencia individual, como una conciencia bien formada no suprime las claudicaciones de la libertad.

Quiera Dios, este buen Dios que nos formó para sí, conservarnos como pueblo en la unidad de su fe y en la santidad de vida cristiana; y haga El, que «es dueño hasta de las voluntades rebeldes», como dice la Liturgia, y “sabe meter en el camino recto a los corazones vacilantes”, -“nutantia corda tu dirige”-que lo que tal vez es en muchos puro sentimiento o estado de subconciencia irreflexiva, se convierta en luz clara de inteligencia y en fuerza de voluntad que nos haga a todos dignos de la tradición de nuestros mayores.

2. El valor invicto de nuestros soldados. -Hablando de las lecciones de la guerra no podemos callar los ejemplos de valor indómito que al mundo han dado nuestros soldados. Vuestro Prelado, amados diocesanos, es pacífico por convicción y temperamento, aunque en otra forma le hayan pintado los enemigos de España. Quisiéramos, imitando una frase de la Escritura, que en todas partes “las espadas se convirtieran en rejas de arado y las lanzas en hoces; que no alzara espada gente contra gente, ni se ensayara nadie más para la guerra” (Is. 2, 4). Pero los Libros Sagrados están llenos de elogios a las virtudes castrenses y a los hombres que, luchando por los fueros de Dios y de la justicia, supieron dar buena cuenta de sus enemigos. Si la justicia puede exigir una guerra -a veces el mismo Dios la impuso en el Viejo Testamento-, a mayor bravura en llevarla responderá mejor servicio a la justicia.

Con ello está hecho el elogio de los soldados de España en la pasada contienda. Los fuertes se convirtieron en héroes; los débiles pudieron decir con el Profeta: “Quia fortis ego sum”; “También yo soy valiente” (Joel, 3. 10). Miles de ellos se han nimbado de gloria. Hay gestas y lugares que han pasado definitivamente a la inmortalidad. El mundo ha enmudecido de pasmo y ha llamado a los de España los mejores soldados del orbe. Cuando la guerra nos ha dejado exangües y abatidos, se inclinan las naciones extranjeras ante España, reconocen en ella un valor antes ignorado y le sopesan y calculan para el futuro juego de la política internacional.

Demos gracias a Dios, porque es fuerza reconocer que de Él nos ha venido la fuerza. No sólo de su protección, sino de su espíritu, que ha dado su temple al de nuestros soldados. Los altos ideales engendran los altos valores. Dios y Patria han sido siempre los fuertes resortes de todo ejército. Dios antes que la Patria y por encima de ella. Y cuando Dios es nuestro Dios; y cuando Dios es no sólo el ideal colectivo, sino que es el Autor, por su gracia, de las vidas justas y puras, entonces se entrega la vida generosamente por Dios. Es el valor de mayores quilates, porque es el que responde al más profundo de los amores. Se dice de un político de la República que al saber que se lanzaban a la guerra los mozos de cierta región, dijo: “Hemos perdido la guerra”. “Es invencible, decía el mismo, un soldado recién confesado y comulgado”. Este es el secreto de las gestas del Alcázar de Toledo, de Santa María de la Cabeza, de tantas otras menos clamorosas que no tienen explicación humana sino en la divina fuerza del pensamiento religioso.

Donde éste no fue el sostén del espíritu militar se debilitó la virtud guerrera. Nos referimos al ejército contrario. Como de soldados españoles, rayó cien veces su valor a gran altura, pero fue siempre, o casi siempre, superado por el adversario. Las ventajas de orden militar, de número, de armamento, de situación no equilibraron la inestimable ventaja del ideal religioso. A un ejército de sin-Dios le faltará siempre la cohesión y la bravura que da la victoria en los momentos supremos. Las batallas se juegan con las armas, el triunfo es obra del espíritu. Con los soldados de la España nacional, como en el Salado y Clavijo, en las Navas o en el Bruch, luchaba y vencía la vieja tradición amasada de Religión y Patria, aprendida en templos y hogares, nutrida del aire sano de la pura historia nacional, robustecida por la fuerza de corriente secular, como de torrente que se despeña de las alturas.

3. Heroísmo de nuestros mártires. -Fuera de los campos de batalla -es esta otra lección altísima que sacamos de la guerra- la fuerza religiosa del espíritu español lograba otros triunfos que han hecho reverdecer en nuestra tierra bendita las glorias de los tiempos heroicos de la santa Iglesia. Nos referimos al volumen imponderable del número, del heroísmo, de las formas inverosímiles de tormento, de paciencia invicta que nos ofrece el martirio de millares de españoles sacrificados por su profesión cristiana.

Ignoramos el veredicto de la historia sobre los hechos capitales de esta cruentísima guerra: nuestra convicción es que el fenómeno más espantoso y brillante a un tiempo; el hecho más glorioso y puro en medio de la iniquidad que lo produjo; el ejemplo más alto que de virtud cristiana se ha dado desde los primeros siglos del cristianismo; tal vez, Dios así lo quiera, lo que definitivamente dé su eficacia al movimiento nacional, ha sido el martirio que sufrió por Jesucristo gran número de millares de católicos españoles.

Ante el cúmulo enorme de víctimas del odio a Dios; en presencia de sus cuerpos exánimes, ora con el simple taladro de un proyectil, ora mutilados o quemados horriblemente; al hacer el recuento de nuestros deudos o de aquellos cuyo trato frecuentamos y que hacen más viva la memoria del martirio; al oír los edificantísimos relatos de su muerte, una exclamación brota espontáneamente de los labios: ”¡Qué extensión y qué densidad profunda la de la fe de España, que ha podido ser testificada por decenas de miles de sus hijos creyentes!” Porque un mártir es un testigo; y bien que lo es de su propio pensar y vivir personal, pero cuando los mártires, como ha ocurrido en España, pueden escogerse por centenares en cada localidad, son prueba invicta del arraigo de la fe colectiva de todo un pueblo.

“¡Coro de los mártires, dice en hermosa deprecación la Liturgia, alabad al Señor de los cielos!” Vosotros sois los que definitivamente habéis ganado la guerra. Nos referimos a vuestra victoria personal, y a vuestra intercesión en favor de España desde el cielo donde estáis. “A los ojos de los insensatos que os infirieron la muerte, pudo parecer que triunfaban de vosotros; pero vosotros gozáis de la paz eterna”. “Sois óptima raza de vencedores”, dice la Liturgia: “victorum genus optimum”. “El mundo loco os aborreció; pero vosotros despreciasteis al mundo, árido de flores y vacío de frutos”; y “con la síntesis de vuestra santa muerte lograsteis la vida bienaventurada”. Son pensamientos del Oficio de Mártires que no dudamos aplicar a los nuestros.

Amadísimos diocesanos: nuestra gloriosa Archidiócesis ha sido probadísima en su fe: a sus glorias añejas, a sus seculares prestigios, ha querido Dios añadir el que le viene a la madre de millares de palmas que a su rededor cimbrean sus hijos triunfadores y de coronas con que ciñen su frente. Bien regada quedó esta tierra con la sangre de Eugenio I, de Leocadia invicta y de tantos otros, que tales y tan copiosos frutos ha producido después de tantas centurias.

Hemos hecho el recuento de nuestros hermanos mártires: más de 600 en Toledo; más de 500 en Mora; 128 en Sonseca; en Consuegra 152; en Guadamur 45; 29 en Polán; y así, en esta proporción terrible, en la mayor parte de la Diócesis. De 600 sacerdotes no llegan a 280 los que sobreviven; ¡cerca del 60 por 100 de mártires entre los ungidos del Señor! ¡Qué prueba mejor ni mayor queremos del carácter religioso de esta guerra!

Y hemos llorado con vosotros, amados diocesanos. Los lamentos de huérfanos y viudas -¡una de ellas, a más del marido, con nueve hermanos asesinados!- nos han llegado al corazón, y hemos procurado en la medida de nuestras fuerzas prodigaros nuestros consuelos y cuidados. Pero, sobre todo os encarecemos lo que hemos dicho a muchos de vosotros: Perdonad. Cuando no fuera por otra razón, hay la de vuestra fe y de vuestro patriotismo: vuestra fe que os dice que la mala acción de los verdugos abrió a vuestros deudos el cielo; y vuestro patriotismo, que os ha exigido el sacrificio costosísimo para lograr el rescate de la Patria en peligro. Y que la fe invicta de nuestros mártires despierte la adormecida conciencia de los tibios y estimule las virtudes de todos.

4. La actitud de la Iglesia. -Nota destacadísima de nuestra guerra, de gran ejemplaridad para el mundo, ha sido la actitud de la Iglesia en España en orden al conflicto. Nuestras Iglesias• han sido las primeras víctimas de la guerra; sobre ellas se ha desencadenado la furia de gentes sin Dios ni conciencia. Su consigna era anonadarnos, aniquilar a los sacerdotes, suprimir el culto de Dios, destruir sus templos. Aquí están los restos gloriosos de doce Obispos, de millares de sacerdotes y religiosos, el horror de nuestras Iglesias destruidas o profanadas, la cantidad inmensa de alhajas fundidas, de obras de arte perdidas para siempre. Sus casas de formación, asilos y palacios episcopales han sido ocupados por los ejércitos, destruidos muchos de ellos.

Y en medio de sus grandes necesidades, agravadas terriblemente por la guerra, la Iglesia en España ha dado altísimos ejemplos, de caridad, de soberana independencia en la predicación de la verdad, de acendrado patriotismo, de generosidad sin límites, en el orden material y moral. No ha cesado de pedir a Dios el fin del conflicto horrendo, y ha puesto todo el peso de su inmensa fuerza moral al servicio de la justicia.

Desconoce la Iglesia las luchas e intrigas de los partidos, amados diocesanos. Todos sois testigos de la absoluta inhibición de la Iglesia en las luchas políticas que precedieron al actual conflicto: su voz se oyó solamente en el terreno doctrinal para condenar el error y señalar la línea inflexible de la verdad y del bien. Pero cuando España ha quedado partida en dos bandos irreconciliables, y cuando el mundo ha contemplado atónito la lucha fratricida y ha falseado la naturaleza de los factores morales que la han determinado y sostenido, la Iglesia, que tiene por derecho nativo el de dar su voto en la vida pública, sin abandonar su terreno propio, que es el de la verdad y de la caridad, ha dicho sin rebozo a la faz de las naciones, sin miedo a un enemigo insidioso, de qué parte estaban la razón, la justicia y el bien de la Patria. Aquí están los escritos pastorales del venerable Episcopado español, que han sido luz del mundo y quedarán como testimonio perenne de la ciencia serena, del ardiente patriotismo, de la caridad inagotable para todos, de la libérrima independencia con que, en nombre de la Iglesia, han enjuiciado hechos y doctrinas.

Y como “la caridad es benigna y paciente”, la Iglesia, terminado el conflicto en los campos de batalla, se ocupa en curar las heridas morales de millares de sus hijos, apacigua los ánimos, exhorta al perdón y trabaja para que todos los españoles se ocupen en la restauración de la Patria en el campo único y dilatado de la caridad. Y todo ello, porque “la caridad no busca su propio provecho”, con el desprendimiento espiritual de una madre pobre, que olvida la terrible estrechez en que vive para dar a sus hijos, ya que no otro que no tiene, a lo menos el pan del consuelo en la tribulación y el de la fe y de la esperanza que son el sostén de esta pobre vida.

5. La Santa Sede y España. -Más alta que el Episcopado español -y ello ha sido la consagración oficial y pública de su conducta en el actual conflicto- está la Santa Sede, que durante él ha dado reiteradas pruebas de su profundo sentido de justicia y de amor a nuestra Patria querida. La Alocución de Pío XI en Castelgandolfo a los peregrinos españoles, dos meses después de estallar la guerra; la alusión a nuestra España en la gran Encíclica sobre el comunismo; las reiteradas pruebas de afecto que en el terreno oficioso ha dado la Santa Sede a las altas autoridades del Estado español; el Mensaje radiofónico de Su Santidad Pío XII “Con inmenso gozo”, de 16 de Abril último; y las elocuentísimas frases que ha tenido el mismo Papa para nuestro ejército y para España en su discurso a los legionarios el día 11 del pasado Junio, son prueba copiosa de que la Iglesia, en su representación suprema, aun a trueque de contrariar una voluminosa opinión internacional que nos era adversa, ha tomado la decisión libérrima de dar su voto en favor del derecho y la justicia representados por el ejército español triunfador del ateísmo comunista.

“Bienvenidos seáis, jefes, oficiales y soldados de la España católica -les decía Pío XII a los legionarios- que habéis proporcionado a vuestro Padre un consuelo inmenso. Nos sentimos dichoso de ver en vosotros a los defensores aguerridos, valientes y leales de la fe y de la cultura de vuestra patria.... Recordamos los días de amargura en los que «la sombra de la patria vacilante -“Patriae trepidantis imago”, como dice Lucano, el poeta cordobés- nos ha hecho comprender que España sin hogares cristianos y sin templos coronados con la Cruz de Jesucristo no sería la España grande, siempre valerosa; más que valerosa, caballeresca; más que caballeresca, cristiana. Y Dios ha querido que este magnífico pensamiento haya hecho brotar de vuestros corazones dos grandes amores: el amor de la religión, que os asegura la eterna felicidad del alma, y el amor de la Patria, que os procura el honesto bien vivir de la vida presente. Son estos dos amores los que han encendido en vosotros el fuego del entusiasmo, lo han sostenido ardiente en las horas del sacrificio y finalmente han asegurado el triunfo brillante del ideal cristiano y de la victoria” (“Osserv. Rom.”, 12-13 Jun). ¿No veis en estas elocuentísimas palabras, amados diocesanos, el pensamiento y el corazón del Padre que se ha identificado con las congojas y con las glorias de su hija España?

6. La providencia de Dios.-Y por encima de todas las cosas humanas, ved otra lección que hemos recibido durante la guerra: nos referimos a la Providencia especialísima de Dios demostrada en innumerables episodios de ella.

Dios, amados diocesanos, lo gobierna todo con amorosa y poderosa sabiduría, así el mundo físico como los destinos de los pueblos. Las disposiciones de su providencia no fallan jamás. Y ora la divina Providencia queda como oculta en la trama de los hechos, ora manifiesta claramente su intervención en las humanas cosas. Podríamos decir que la Providencia de Dios se manifiesta en tres formas: por la vía ordinaria del orden y concierto que aparecen en el mundo, y en este sentido la llamó el filósofo a la Providencia “mens mundi” (Cicerón, De Nat. Deor. 2,58), “la inteligencia del mundo”, porque todo en él aparece ordenado; por la forma sobrenatural del milagro, y así se hizo patente en numerosos episodios de la historia de Israel, las plagas de Egipto, los prodigios del desierto, las maravillas realizadas en su nombre por los Profetas; y en esta forma de protección o de repudio que, en la historia personal o nacional, nos obliga a exclamar: “Ha sido cosa de Dios”; “La mano de Dios está aquí”; así levantaba Dios a Jerusalén sobre todas las ciudades y confundía a Babilonia con su maldición: “Filia Babylonis misera...” Es lo que llamaríamos Providencia extraordinaria de Dios en el cuidado y régimen de sus criaturas.

“Guerra de milagro” ha sido llamada nuestra contienda terrible por testigos de mayor excepción. Es hipérbole, amados diocesanos, porque no ha habido en ella, que sepamos, ningún hecho insólito que se haya realizado fuera o contra las leyes naturales que rigen el universo. Pero es una frase-como la de un defensor de nuestro Alcázar que decía que Dios, durante los días de asedio, “les había protegido descaradamente” que concreta un doble hecho: el de una asistencia particular, en su persistencia y en las formas de prestarla, con que Dios ha demostrado su predilección en favor de la España nacional; y el otro hecho, nacido del anterior, de la convicción de gran número de combatientes, particularmente de los altos directores de la guerra, de que en ella ha mediado una intervención especialísima de Dios. Mil veces lo hemos oído de labios de sencillos soldados y de altos jefes del ejército.

Nos fijamos en este hecho por su gravedad objetiva, por cuanto esta Providencia extraordinaria es una presunción de la justicia de la causa nacional y una demostración de que sigue siendo nuestra Nación querida predilecta de Dios; y por la gravedad de las responsabilidades que implica por nuestra parte; porque si Dios nos ha conducido con amorosa providencia a la victoria, esta debe ser el índice que nos señale en lo futuro nuestros deberes para con El. “Dios ha sido nuestra piedra, nuestra fuerza, nuestro Salvador», podemos decir con David (2 Reg. 22,2 un deber elemental de correspondencia agradecida nos obliga a no dejar los caminos de Dios, a hacer de Él el eje de la vida personal y social, a ponernos en sus manos para que nos rija. Nada nos faltaría, según el Salmista, si nos dejáramos gobernar por El: “El Señor me gobierna, nada me faltará” (Ps. 22, 1).

7. Relajación moral en campo contrario al nuestro. -No cerramos esta primera parte de nuestra Carta sin señalaros unos hechos gravísimos que se han producido durante la guerra y que nos exigirán una rápida reacción.

Denunciamos el hecho del rebajamiento moral y de la quiebra del sentido religioso del país en las regiones ocupadas por los ejércitos marxistas. Hace años que, hablando de la revolución bolchevique en Rusia, decía en el Parlamento un diputado francés: “Aquello es la explosión abominable de las más bajas pasiones de la más baja humanidad”. Cosa análoga ha causado la infiltración bolchevique en España. Tenemos sobre este punto datos abrumadores. En el orden moral no ha sido sólo la relajación de costumbres, sino la quiebra oficial y pública de todo criterio de moralidad. El latrocinio organizado desde arriba; el despilfarro en la pública administración; el infanticidio regulado por la ley y puesto al amparo de la ciencia; la religión proscrita como función social; la escuela convertida en foco de ateísmo y antro de depravación moral. Los estragos causados en nuestro pueblo son espantosos, y costará años de esfuerzo raer la mala hierba que ha crecido en nuestro campo en tres años de destrucción espiritual en todos los aspectos de la vida humana.

Y ¿por qué no indicar aquí que en la España nacional no se ha visto la reacción moral y religiosa que era de esperar de la naturaleza del movimiento y de la prueba tremenda a que nos ha sometido la justicia de Dios? Sin duda ha habido una reacción de lo divino, más de sentimiento que de convicción, más de carácter social que de reforma interior de vida. Es efecto del ataque brutal contra nuestro Dios y hasta del sobrecogimiento causado por la catástrofe; pero, en general, las guerras rebajan los valores del espíritu. Por algo se ha dicho que “los dos grandes mutilados de la gran guerra europea fueron el sexto y el séptimo mandamientos de la ley de Dios”. En medio de nuestra desgracia hemos visto ciudades alegres y confiadas en que se acumulaban los pecados de siempre; la frivolidad de la vida, el descoco en el vestir, las vidas muelles, los espectáculos reprobables, en contraste con el cuerpo sangrante de la madre patria.

8. Quiebra de las doctrinas marxistas. -Otro hecho que deberán tener presente las generaciones futuras es la quiebra total de las teorías marxistas y comunistas. Nunca se dio una explosión tal de egoísmos como la que se vio en la España roja. La intervención oficial en negocios e industrias lo ha arruinado todo sin beneficio para nadie. Los administradores del común han hecho gran acopio de bienes en beneficio propio. Joyas, metales preciosos en lingotes, obras de arte han caído en gran cantidad en manos de dirigentes aprovechados, para alargar las columnas de sus cuentas corrientes en la banca extranjera. Pingües predios que bastaban otros tiempos para el sostén de numerosos colonos, han parado en la esterilidad y ruina por la voracidad singular de cada uno de ellos.