Carta Pastoral Lecciones De La Guerra Y Deberes De La Paz Del C
Chapter 1
CARTA PASTORAL QUE, CON MOTIVO DE LA TERMINACIÓN DE LA GUERRA, DIRIGE A SUS DIOCESANOS EL EMMO. Y RVDMO. SEÑOR DR. D. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS, CARDENAL-ARZOBISPO DE TOLEDO, PRIMADO DE LAS ESPAÑAS
(AGOSTO,1939)
A nuestros amadísimos diocesanos de Toledo y a los de nuestra Administración Apostólica de Cuenca
En nuestra Alocución “Regina Pacis, ora pro nobis”, del pasado Mayo, os indicábamos el propósito de escribir algo sobre la cruentísima guerra de España que por aquellos días había terminado gloriosamente; y aunque abrumados por la carga pesadísima del gobierno y por la solicitud constante de tantas cosas confiadas a nuestro cuidado, os escribimos esta Carta Pastoral, que empezamos al cumplirse los tres años de nuestro movimiento nacional.
Ha sido durísima, amados diocesanos, la guerra que se daba por terminada el l.º del pasado Abril. La pérdida de más de un millón de españoles, con el desgarro que ello ha producido en el alma nacional; el encono con que se ha llevado la lucha por ambas partes y que se ha traducido ora en momentos de zozobra, ora en días de gloria radiante; la baja de nuestra riqueza nacional; la mutilación tremenda de nuestro patrimonio artístico; el embrollo de las complicaciones internacionales en que nuestra• patria se ha visto envuelta; los problemas de carácter interior que se han creado, de solución nada fácil; la misma duración de la guerra, por nadie prevista, que ha tenido en suspenso la vida normal de la nación: todo hace de nuestra gran contienda civil un episodio capital de nuestra historia.
Ya no podrá prescindirse de su estudio para el conocimiento de la historia patria. Tuvo arraigo profundo en los años que la precedieron, y tendrá una influencia decisiva, cualquiera que sea el rumbo que tome la vida nacional, en los que la sigan. Los espíritus serios, pasado ya el hecho, que nos ha agobiado durante treinta y dos meses con la zozobra de cada día, deberán ahondar en la historia de esta guerra para derivar de ella las lecciones de vida que nos imponga.
¿Cómo debemos enjuiciar este hecho terrible de nuestra historia? El militar, el diplomático, el simple historiador, el economista, el político lo verán cada uno según su faceta y desde sus puntos de mira. A nosotros nos toca ponderarlo bajo el punto de vista de Dios y en el ambiente de eternidad en que debemos vivir los cristianos. “No miremos, os decimos con el Apóstol, lo que aparece por defuera, sino lo que no se ve; porque lo que se ve es temporal, y lo que no se ve es eterno” (2 Cor. 4, 18).
Al fin, amados diocesanos, bien que envueltos en la corteza humana, en las grandes y en las miserables cosas de la vida humana, son los valores espirituales y morales, son las mismas cosas de Dios y del alma y de la civilización cristiana lo que ha entrado en juego y ha corrido sus peligros y ha triunfado definitivamente, a lo menos en los campos de batalla, en la durísima contienda. Por lo que toca a la Iglesia, institución que encarna todo cuanto de divino hay en el mundo, ha sido de tal magnitud este hecho, que no hallaríamos otro de mayor alcance en toda nuestra historia.
No podía menos de ser así. En todas las grandes cuestiones políticas -entendiendo esta palabra en su sentido más profundo- se tropieza con la teología, con Dios y su doctrina, con su culto, sus hombres y sus tradiciones. Y esta revolución, que ha sido profundamente, trascendentalmente política, porque ha llegado a interesar los mismos cimientos de nuestra sociedad, ha debido tocar a Dios, fundamento eterno de todas las cosas.
Por otra parte, los pueblos miran siempre adelante en sus horas graves. Desengañados de lo viejo, y afanosos de vivir una vida nueva, buscan tanteando lo que les parece más apto a su temperamento e historia. Tiene ello sus peligros, porque hay cosas nuevas tan peligrosas como las que causaron la ruina. De aquí la ventaja y el deber de quienes miran las cosas bajo el punto de vista de Dios. Ventaja, porque nadie juzga mejor de lo accidental y pasajero que aquel que se acostumbró a ver las cosas en su aspecto inmutable y en sus raíces más hondas. Deber, porque el hombre de Dios debe decirle al pueblo, como los Profetas, la verdad en aquello que se relaciona con sus grandes preocupaciones y desgracias: «Dirás esto a mi pueblo ..... »
Durante el período turbulentísimo de la historia patria que corre desde el cambio de régimen político en 1931 hasta el estallido de la guerra en 1936, y en las varias incidencias de la estrepitosa contienda, hemos procurado no faltar a los deberes de nuestro magisterio. A cada momento os hemos dado la oportuna lección, tanto en las horas en que el laicismo arremetió desde el Poder contra nuestras instituciones cristianas, como cuando la pugna de las ideas se ha traducido en el furor bélico que ha ensangrentado el suelo patrio. Deber, a veces bien pesado, que imponen de consuno la verdad, la caridad y el patriotismo a quienes puso el Espíritu Santo para regir la Santa Iglesia de Dios.
Al cesar el estrépito de la guerra, cuando todo el mundo se dispone, entre temores y esperanzas, a la reconstrucción de la patria, Nos hemos de seguir el camino empezado y deciros las gravísimas cosas que hay que decir en este momento culminante de nuestra historia. Lo haremos bajo los conceptos del epígrafe de esta carta Pastoral: “Lecciones de la guerra y deberes de la paz”.
I. -LECCIONES DE LA GUERRA. A) EN SUS CAUSAS
La vieja sabiduría concretó en un simple adagio la ley de la experiencia que debe regir la vida de hombres y pueblos: “Non bis in ídem”: “No tropezarás dos veces en lo mismo”. Para no tropezar en lo futuro recordemos las causas de nuestra ruina anteriores a la guerra. Lo hicimos ya en nuestra Pastoral “La Cuaresma de España”. Ahondemos y ensanchemos el tema.
1. La debilitación de la conciencia religiosa del país. -Lo que hizo posible la catástrofe, ya antes de la acometida laicista, fue, ante todo, la debilitación paulatina de la conciencia religiosa del país. Es fácil demostrarlo, aunque por desgracia empiece a cundir la doctrina materialista, derivada en línea recta del protestantismo, de que es la fuerza del Estado la que hace a los pueblos grandes.
No, que es Dios y la religión: «Quien destruye la religión, dice Platón en el libro X de las Leyes, destruye todo fundamento de la sociedad humana»; «Las ciudades y naciones más piadosas son las más duraderas y sabias», ha dicho Plutarco. Y como un capitán romano oyera a un filósofo burlarse de la divinidad, «Plegue a los dioses, le replicó, que nuestros enemigos sigan vuestra doctrina cuando estén en guerra con la República».
La sociedad, amados diocesanos, se basa sobre principios profundos, y de ellos vive. Ellos son los cimientos del edificio, las raíces del árbol, los fundamentos eternos de los montes. De ellos deriva la fuerza y la savia a todo lo que informan. Y de todos los cimientos, en todos los pueblos, el único inconmovible es Jesucristo nuestro Dios: «No puede ponerse otro», ha dicho el Apóstol (1 Cor. 3, 11).
Tanto es así, y ello nos ofrece una demostración histórica de fuerza incontrastable, que Cristianismo y civilización son dos cosas coincidentes desde que el Cristianismo, con sus principios, instituciones y fuerzas empezó a infiltrarse en la sociedad humana. Más todavía: la superficie de la civilización coincide con la de la predicación y arraigo de los principios cristianos; su profundidad corre parejas con la de la asimilación, por la absorción de la idea cristiana; por los órganos sociales.
Dios lo ha querido así, amados diocesanos, y es por ello que envió al mundo a su Hijo. El Evangelio tiene frases terribles para concretar esta voluntad inquebrantable de Dios. «Los suyos no le recibieron», dice San Juan refiriéndose al repudio que los judíos dieron a Jesús: y aquí está el pueblo judío pulverizado hace veinte siglos. “In ruinam et signum”, dice San Lucas (Luc. 2, 34); Jesucristo es ruina y bandera: ruina para quienes le contradicen; bandera para quienes le levantan sobre sus cabezas y le adoran. Jesucristo es piedra angular de toda estructura según Dios; pero ¡ay! de aquel sobre quien esta piedra cayere: “Confringetur”; “Será triturado” (Mt. 21, 44).
Pero ¿qué? diréis: ¿es que España había repudiado a su Dios? Sí y no, os diremos. España tiene regiones donde brillan la fe y la piedad cristianas como en la tierra mejor del mundo; pero las tiene, dilatadísimas, donde la densidad de vida cristiana es sobremanera endeble. Nuestro catolicismo se nutre, hace ya años, de las reservas que nos legaron nuestros cristianísimos antepasados y de la aportación cotidiana del apostolado sacerdotal, de la escuela y del hogar cristiano; pero se han casi secado en millones de españoles las fuentes personales de la vida cristiana y se ha enrarecido nuestro ambiente religioso social. No dudamos en afirmar que el catolicismo hace lustros está en España en franca decadencia. No miremos la explosión circunstancial del momento, sino nuestro corrimiento paulatino hacia la indiferencia, sobre todo de un siglo acá.
Y vino lo que debía venir. Cuando el espíritu religioso nacional fue bastante débil, las fuerzas del ateísmo internacional, aliadas con la inconsciencia y la irreligión de dentro, dieron la batalla al viejo cristianismo español, y estuvimos a punto de sucumbir. “Misericordiae Domini quia non sumus consumpti”: (Thren. 3, 22) “A la misericordia del Señor debemos nuestra salvación”. A ella, y a este nervio vivo del alma nacional que respondió todavía a las voces de angustia de Religión y Patria, amenazados de muerte.
2. Desviación de nuestra cultura. -Causa y efecto a la vez de la anestesia religiosa de nuestro país ha sido la mentalidad de los representantes de nuestra cultura y la gestión desdichada de los dirigentes de nuestra política.
Es innegable la influencia social de los profesionales del saber. De ellos, como del monte a la llanura, vienen las aguas fecundantes o devastadoras. Y es un hecho innegable que en España, en los últimos tiempos, la cátedra y el libro han sido indiferentes u hostiles al pensamiento cristiano. Raros han sido los cultivadores del legítimo pensamiento español, tan embebido de la ideología católica en siglos pasados. En cambio eran legión los repetidores de doctrinas forasteras, el liberalismo, el materialismo, el escepticismo volteriano, el socialismo más o menos panteísta. Maestros y discípulos, cuando a estos les llegaba el turno, desde el periódico o encaramados en la tribuna política, inoculaban el veneno en el alma nacional.
No acusamos a nadie: sólo denunciamos los daños de una corriente oficial o de un estado colectivo, común en todas las naciones de Europa. Por esto, en nuestro país clásico del catolicismo, se ha podido dar el caso reiteradísimo de personas de innegable probidad y talento, hasta de vida cristiana práctica, que han fracasado o han sido estériles en su gestión, por la debilidad de su formación teológico-política.
Igual podemos decir del estado llano de los intelectuales y políticos. Se han achacado nuestros males, incluso en el orden religioso, a los sistemas políticos .que han predominado. Todos son buenos, más o menos, cuando se manejan bien; todo va mal cuando se emplea mal el instrumento, democracias, parlamentarismo, poderes absolutos. Si los católicos hubiesen concurrido al gobierno del Estado, y más si hubiesen concurrido con la integridad de sus principios doctrinales y con la incorruptibilidad de sus intenciones y manejos, no se hubiese llegado a los excesos de las democracias sin Dios; como no se conocerían en algunos países los desórdenes del absolutismo si no se hubiese dado tanto crédito a juristas de mentalidad pagana.
De aquí, sobre todo en los años que precedieron a nuestra guerra, vino el racionalismo oficial y la debilitación de la conciencia católica. “Cuando la ley ha hablado, decía un hombre público, la conciencia se tiene que callar”. Mientras el racionalismo filosófico y político preparaban paulatinamente la forma laica de vivir de nuestro pueblo, la conciencia ciudadana, que protestó primero ruidosamente, fue luego aquietándose hasta quedar adormecida.
Caen los pueblos cuando se destruye en la conciencia de las multitudes lo que es el soporte de todas las cosas humanas, Dios. Lo más cercano a la barbarie es el racionalismo, padre de todos los egoísmos personales y de toda revolución social. El pueblo español se había abajado bastante para que en él se hiciera la experiencia de la acometida bárbara. Gracias a Dios, quedaba en el fondo del alma nacional fibra bastante recia para reaccionar en el sentido de la tradición secular de España.
3. Los errores de nuestros gobernantes. -La loca temeridad de los gobernantes, durante el quinquenio que precedió al estallido de 1936 fue otra de las causas culminantes de la guerra. El Estado español entró en quiebra en 1931; de ahí vino, a no largo plazo, la quiebra de la nación. El Estado es como la forma orgánica de la nación; es la fuerza que ordena sus instituciones y las infunde el sentido de unidad, de coordinación y de fin. Pero ésta, y menos en España, no puede lograrse sin la concordia espiritual en lo que es más sustantivo de la vida del hombre, que es la religión. Contra ella atentaron los hombres del infausto quinquenio. Cuando la crisis de los pueblos de Europa es esencialmente religiosa, nuestros gobernantes la enconaron llevando con leyes disparatadas la inquietud al fondo de las conciencias y a la vida social.
Fue un régimen de alevosía que hirió de un golpe a la Nación y al Estado; porque una civilización no se crea sino por un Estado constituido y por una Religión organizada. Al disolverse el vínculo religioso estallaron las fuerzas disolventes, el socialismo, el comunismo, el nihilismo ruso. Y vino la quiebra de la autoridad estatal. Hay un hecho famoso representativo de la ruina de la sociedad y de la autoridad: el asesinato legal de Calvo Sotelo. Sobre el cadáver de este hombre de estado se abrazaron la anarquía social y la ruina de una autoridad corrompida. Nunca se dio demostración más apodíctica de la tesis sostenida por un estadista contemporáneo, Mussolini: “Quien quiera que rompe o perturba la unidad religiosa de un país, comete un crimen de lesa nación”.
4. La influencia extranjera. -Nadie, por otra parte, desconoce la influencia extranjera en la organización de la revolución en España, particularmente de las sectas secretas. Agentes judíos de Rusia fueron los que por el año 1934, cuando el primer intento de revolución comunista, habían reclutado en España sobre 300.000 adherentes y simpatizantes de los procedimientos revolucionarios que más tarde pudieron ensayarse en gran escala. Dícennos que la recuperación de documentos masónicos arroja un enorme número de millares de afiliados a las logias masónicas. Un periódico inglés denuncia el hecho de que veintidós de los principales periódicos de aquel país nos hayan sido adversos desde antes de la guerra, y sabida es la prepotencia de las sectas secretas sobre la gran prensa. Las cancillerías europeas jugaron a la revolución con los revolucionarios de España; los han amparado en su derrota; han tratado de evitarla con intervenciones vergonzosas que hubiesen sido la definitiva ruina de la España nacional.
5. La falta de unión de los católicos. -A estos males se añadió otro del que siempre hemos adolecido en España: la falta de unión de los católicos para la obtención de los objetivos a conquistar en tiempos de paz. Tal vez tengamos un concepto insuficiente de las exigencias de nuestro catolicismo. San Pablo quiere que estemos llenos “de toda plenitud de Dios” (Ephs. 3, 19) y dice de la predicación de su Evangelio que la hizo “in plenitudine multa”, “con plenitud rebosante” (1 Thes.1, 5), son frases significativas de la exuberancia del pensamiento y de la verdadera vida religiosa, que deben invadir todo ámbito de la vida, en todos los órdenes. Satisfechos con nuestra conducta personal de cristianos, pagados tal vez de nuestra fama nacional de católicos, no hemos comprendido que las corrientes modernas nos emplazaban a unos campos de batalla desconocidos de los antiguos. La política, el trabajo, las costumbres públicas, la enseñanza, las formas de asociación profesional, el concepto de familia, de autoridad, de propiedad, todo se ha descristianizado; y no hemos querido, o no hemos sabido, oponer a estos grandes males sociales la fuerza social católica de nuestra unidad y de nuestra unión, que hubiese tenido un peso preponderante en nuestra vida nacional.
No gana las batallas el número de soldados, sino la unión, la consigna universal que traza el camino y una disciplina inquebrantable. Sería doloroso tener que puntualizar, pero hay que hacer examen de conciencia sobre si anteriormente se observó o no esa conducta. El solo recuerdo de algunos nombres, de algunos periódicos, de algunos partidos políticos, evoca el hecho de campañas nocivas a la caridad y a la verdad, del tiempo desdichadamente perdido, de la fuerza con esto lograda por el adversario.
No es lícito desgarrar la unidad en lo que es fundamental para la defensa y fomento de la vida religioso-social, sacrificándola a mezquinos puntos de vista o a aspectos secundarios de orden inferior. Ni lo es juntarse con gentes de todas las banderías prescindiendo de la religión para hacer la patria grande, porque esta no puede serlo sin la religión; y menos lo es cuando la unidad de doctrina y de vida impone la concordia con los hermanos: “Ut sint unum”. Si no se hubiesen olvidado estos principios elementales de táctica político-religiosa, quizás no hubiéramos llegado a la situación trágica que hizo necesaria la guerra; y desde luego, ya dentro de ella, no se hubiese dado la aberración de unos pactos abominables que nos han costado ríos de sangre y han puesto en peligro nuestro prestigio internacional.
6. El régimen económico en nuestro país. -Aunque se ha exagerado tal vez la gravedad del mal en nuestro país, no podemos menos de señalar nuestro régimen económico de antes de la guerra como una de las causas del malestar nacional que la precedió.
“Las riquezas creadas en tanta abundancia en nuestra época por el industrialismo -decía Pío XI en “Quadragesimo anno”-están mal repartidas y no se aplican como convendría a las necesidades de las distintas clases”. “Toda la vida económica, añadía, ha llegado a ser horriblemente dura, implacable, cruel”. No se había llegado en España a situación tan aflictiva como en otros países. Un suelo generoso y un subsuelo rico, con aire y sol para dar madurez y calidad a los frutos de nuestra tierra, y un mar que nos circunda para ponernos en comunicación con todo el mundo, son elementos bastantes para. el bien vivir de veinticinco millones de españoles. Ponderados todos los factores de vida, quizás era el español de la clase media quien gozaba de un mayor coeficiente de riqueza. Por esto vivimos largos años de paz social.
Duró ésta, mientras la austeridad natural y las virtudes cristianas de nuestro pueblo le contuvieron, sin afanes de concupiscencias nuevas, en el ámbito de su vida sencilla y honesta. Pero la exageración, con fines de proselitismo, de una injusticia social que existía en el fondo; las locas promesas de una felicidad que no es de este mundo y que debía lograrse por la igualdad comunista; y luego el ansia de gozar de placeres y bienandanzas que los medios fáciles de comunicación habían puesto a la vista de todos, descentró los espíritus y los hizo presa fácil de los revolucionarios de profesión. Por un fenómeno histórico que denunciaba Pío XI en la citada Encíclica, el poder público prevaricó: “El, que debía gobernar desde lo alto, como árbitro soberano y supremo, con toda imparcialidad y llevado del único interés de la justicia y del bien común, cayó hasta el rango de esclavo y vino a ser el dócil instrumento de todas las pasiones y de todas las ambiciones del interés”.
Nadie ignora lo que ocurrió. En vez de emprender una reforma que fuese fundamento de la reconciliación de clases, se enconó la lucha. En lugar de restablecer la noción de la fraternidad cristiana, se predicó la lucha hasta el exterminio de las clases favorecidas por la fortuna. En vez de favorecer las asociaciones que fuesen un refuerzo para el orden social, la religión y la patria, se puso el fermento de la revolución en la misma alma del pueblo, trabajándole para separarle de Dios por los mil procedimientos que tiene la impiedad. Y en vez de reforzar los vínculos de patria se entonaba el himno de una nación forastera, se gritaban ¡vivas! a un país totalmente dispar del nuestro y se tenía a oprobio nombrar siquiera el nombre bendito de España.
7. La desestima de la patria. -Porque esta fue otra de las características de nuestro país antes de la guerra; la descotización de la patria querida, la desestima de la nobilísima España en que la tuvieron millones de sus hijos.
Con lo que se cometió un doble pecado, amados diocesanos: uno contra naturaleza, por cuanto ya los filósofos antiguos tuvieron el amor a la patria como el ideal terrestre por excelencia; y otro contra una excelsa virtud cristiana, la caridad, porque la religión de Jesucristo ha hecho del patriotismo una ley, hasta el punto de que todo cristiano perfecto es un perfecto patriota.
Cada nación tiene su manera de ser y de vivir, como cada individuo tiene su temperamento y su historia. España, profundamente trabajada por los principios cristianos, ha logrado con los siglos y con la gracia de Dios un temperamento que refleja la virtud del Evangelio que la informó en todos los órdenes. Más que pueblo alguno de la tierra ha sido España creada, como Israel en otros tiempos, “creans Irael”, por la mano amorosa de Dios, “que quiso hacer de ella un pueblo para sí, para que publicara sus alabanzas” (Is. 43, 21). Era natural que, cuando se imponía a los españoles la ley de los sin-Dios, y cuando se desvinculaban los espíritus de un lazo que secular y sobrenaturalmente les tenía unidos en pueblo de selección, se aflojaran al mismo tiempo los vínculos naturales de patria, y se ofrecieran sus desgraciados restos a la voracidad de las naciones de presa.
Tales son entre otras, no más que indicadas, las causas que nos acarrearon la catástrofe. Cada una de ellas importa una lección que hemos de aprender, so pena de que preparemos con nuestra incorregibilidad mayores ruinas para nuestra patria.
B) EN LA GUERRA MISMA
Cuando estalló la guerra nadie pudo prever su duración, ni su magnitud, ni el espíritu que la informó, ni los complejísimos factores, de dentro y fuera, que han intervenido en ella. Acabada felizmente con el triunfo de la justicia, será útil, bajo el aspecto de la vida cristiana, dar una ojeada de conjunto al gran hecho para deducir las lecciones que queremos daros en este escrito. Hay en nuestra guerra hechos y cosas de un valor excelso, y otros lamentables, como ocurre en todo lo humano.
1. La fuerza indomable del espíritu nacional. -Señalamos entre los primeros la fuerza indomable del espíritu nacional. A pesar de dos siglos de decadencia en nuestra historia, con alternativas de fracasos políticos ruidosos, de amputaciones gravísimas del territorio nacional y de conatos infecundos de restauración del prestigio y de la historia patria, los graves errores políticos cometidos durante el quinquenio que precedió a la guerra tuvieron la virtud de despertar la conciencia nacional, adormecida por viejos y reiterados desengaños. Nadie ignora la tensión espiritual alcanzada por el espíritu español, el legítimo espíritu español, los días que precedieron a la guerra. Un hecho ruidosísimo fue la chispa que produjo el estallido del alma de España.