Carta Pastoral La Cuaresma De Espana Del Cardenal Goma Sobre El

Chapter 3

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Que no olviden nuestros soldados que la victoria está, como dicen los Libros sagrados, “no en la copiosa multitud de un ejército, sino en la voluntad de Dios que la da” (Mach., 3, 19). La ciencia militar, el armamento, la copia de soldados, su bravura, son los grandes factores de la guerra; pero definitivamente es Dios quien los conjuga. No podría racionalmente sustraerse de su Providencia una función humana de la que depende la suerte de un pueblo.

La Cuaresma es tiempo de examen y reforma de la vida. Llevadla, en los frentes de combate, digna de la causa que defendéis. Hacedla más intensamente cristiana durante este tiempo sagrado. Ocupad vuestros ocios de campaña en alguna lectura edificante; oíd, si podéis, la santa Misa; que suplan vuestros capellanes al predicador cuaresmal de vuestros pueblos. Que no suelten vuestros labios una palabra menos digna de un soldado cristiano. Hemos visto fotografías de comuniones generales en el frente; que no os falte a lo menos la confesión y comunión de Cuaresma.

Oración silenciosa o pública de retaguardia. Estamos en ella cuantos no nos hallamos en los frentes, porque la nación debe ser hoy toda ella un ejército. Tal vez nos acucie demasiado la curiosidad de la guerra; la explica la humana psicología, que siempre siguió con pasión las vicisitudes de toda lucha, y la misma naturaleza de la que se sostiene en nuestros campos de batalla, tan íntimamente trabada con nuestras conveniencias personales, con nuestros más caros sentimientos y con nuestra historia nacional. En medio de las incidencias de la lucha, que mantienen anhelante nuestro espíritu, sepamos ver el fondo inmortal de las cosas, la corriente subterránea de ideas y hechos persistentes y especialmente la mano próvida de Dios, Señor de la libertad de los hombres y Rector de los pueblos, que no deja nunca el mal sin sanciones.

Oremos por la guerra. amados diocesanos: cada cristiano debe ser un soldado de la oración, arma invencible. ¡Qué campo se ofrece a la caridad de nuestra plegaria! Los combatientes, los pobres heridos, las ciudades angustiadas o devastadas por el tremendo azote, los gravísimos intereses que están en juego, las familias desechas por los azares de la guerra, los presos, los hambrientos y desamparados por su causa, los destinos de la patria. Y, porque la caridad nos manda hacer bien a nuestros enemigos, hagámoslo, arrancando de nuestro pecho todo rencor y pidiendo a Dios que si la confusión y derrota de ellos ha de ser condición del triunfo de la causa de España, les abra antes los ojos y los convierta y no consienta que se pierda uno sólo de ellos.

La vida cristiana bien llamada es ya de sí una plegaria, porque toda ella va dirigida a Dios. Juntemos a ella el pensamiento de las necesidades de la guerra, desde el ofrecimiento de obras hasta la noche, y que de todo pecho y de toda vida suba a Dios el incienso agradable de la oración. ¡Quién sabe si Dios se nos hará propicio por ella! El sacerdote en sus rezos y ministerios; el religioso con su observancia y sus penitencias; el simple fiel en su trabajo, en sus preocupaciones, en sus negocios: todos hemos de sentir la emoción espiritual de la guerra y poner por ella nuestra vida entera en manos de Dios, para que acabe pronto y bien.

“Cosa buena es la oración con el ayuno” (Tob., 12, 8). Juntemos la penitencia a la oración. Los mismos sacrificios que por la guerra nos impongamos pueden tener un valor de penitencia cristiana.

Y que resuene en nuestros templos y en nuestras calles y plazas, con la discreción que las circunstancias imponen, el clamor de las multitudes pidiendo a Dios el rápido triunfo de su causa, la suya, la que en sus juicios haya de redundar en su mayor gloria y bien de las almas. Españoles: no olvidemos que buena parte del territorio de España está sin templos, sin culto, sin una Hostia que se levante en medio de pueblos y ciudades desiertas de Dios. Que Dios pueda indemnizarse -si vale la palabra- con la redoblada plegaria de las regiones que tienen la suerte de tenerle públicamente por Padre y Señor.

¡Qué ajustada a nuestra desgracia la oración de Jeremías en sus Trenos: “Señor! Te has irritado terriblemente contra nosotros: míranos propicio, Señor. Nuestros bienes han pasado a los extraños. Ha huido de nuestro corazón la alegría; nuestros cantos se han tornado llanto. Ha perdido nuestro pueblo lo más precioso que nos habían legado los antiguos tiempos. De en medio de nosotros se nos han quitado los selectos. El enemigo ha metido mano en lo que teníamos de más precioso. Los hijos de nuestro pueblo han perecido a manos del enemigo. Los sacerdotes y honorables del pueblo han sucumbido. ¡Señor! Te hemos provocado, por esto te muestras inexorable. ¡Señor! Mira que levantamos a Ti nuestros corazones y nuestras manos: renueva los días gloriosos de nuestros pasados siglos”. (Jer. Thren. passim).

La enmienda

Hemos hecho nuestra confesión, recibido la penitencia y rogado a Dios que se apiade de España y la levante. Pero en todo resurgimiento moral hay dos factores fundamentales: Dios y la libertad del hombre. “Sin Mí nada podéis hacer”, dice Jesús (Jo., 15, 5); y san Agustín añade que “Quien nos ha hecho sin nosotros no nos rehará sin nosotros”. Cuanto más profunda es la caída, más tenaz y enérgica debe ser la reacción de la voluntad.

Las civilizaciones no se defienden solas, ha dicho un conocido escritor. No hay que creer que lo que se alcanzó una vez lo fue para siempre. La civilización es un estado heroico, una lucha de todos los instantes contra la eterna barbarie. Si queremos sostenernos en ella y salvaguardar nuestra dignidad de hombres libres y los derechos de nuestro pensamiento -el que informa nuestra civilización española- habremos de aceptar el combate y permanecer en constante y avisada centinela ante el enemigo. La guerra actual señala un momento de esta lucha; cuando acabe, aún deberemos quedar arma al brazo para la construcción y defensa de la España nueva.

¿Propósitos a cumplir? ¿Rutas nuevas por donde andar? Es más fácil proponer que ejecutar: “El milano se guía por las señales del cielo, y la golondrina y la cigüeña sigue sus rutas en su tiempo -dice Jeremías-, y mi pueblo desconoce los juicios de Dios” (Jer. 8, 7). Es el juego tremendo de la libertad, que nos hace obrar mal aun pensando bien.

Reformemos ante todo nuestro espíritu, que en él se ha incubado la catástrofe. Todas las revoluciones -la “nuestra” no debía ser una excepción- son una explosión externa de un trastorno espiritual, y son tanto más terribles cuanto es mayor el choque que las almas han sufrido. El Cristianismo, “óptima revolución”, si cabe llamarla así, transformó la faz del mundo; es que antes había removido los viejos cimientos del espíritu. Y aquí hemos de acudir al fondo del alma nacional, para centrarla en sus viejos quicios y equilibrar de nuevo la vida social.

Nosotros, los que pretendemos encarnar el espíritu cristiano y español y la continuidad de nuestra tradición y de nuestra historia, no hicimos la revolución; antes al contrario, vejados en todo orden, lanzados por leyes injustas fuera de nuestra ley, porque la ley de la vida es la conciencia fundada en Dios, hemos sido sus víctimas. Por ello nosotros seguimos siendo la España, y no es nuestro espíritu el que ha de ser absorbido por el de la revolución, sino que ella debe imponerse. Es decir, hablando vulgarmente, que no hemos de volver a las andadas. Es el primer paso de la enmienda verdadera.

Y nuestro espíritu nacional debe estar injertado en Dios.

Notemos un fenómeno que no tiene precedentes en la historia. La revolución ha querido arrancar a Dios del alma nacional. Por algo se llaman los “sin Dios” y “contra Dios” los que la han dirigido, hace ya cinco años. Dios es lo más profundo del alma humana; por esto la revolución externa, como ocurre en los derrumbamientos tectónicos de la corteza terrestre, ha tenido los caracteres de un verdadero terremoto social.

Poner a Dios en su sitio debe ser el primer propósito y la ley máxima de la antirrevolución. Y esta es obra de todos, porque todos, con nuestra desidia, con la colaboración o la tolerancia, con la inconsciencia o el respeto humano, con la necia confianza que nos hacía creer que Dios era inexpugnable en España, hemos contribuido a que Dios dejara de ser la piedra fundamental de nuestro espíritu y el primer ciudadano de la patria. Y Dios ha permitido que se cuarteara el edificio nacional. ¿Quién edificará la casa si Él no la edifica? (Ps., 126, 1)

A la intención y a la acción de los “sin Dios” debemos responder metiendo a Dios y sus cosas en todo, como nuestros mayores lo hicieron: en las leyes, en la casa, en las instituciones, en la inteligencia, en el corazón, en la vida privada y pública. En todo y en todos, sin que haya nadie que pueda esconderse del calor y de la luz de Dios. Y por todos, sacerdotes, legisladores, maestros, padres, por la comunicación mutua de un ciudadano a otro. Y por todo procedimiento, de palabra y por escrito, por la hoja y el libro, por el espectáculo y el gráfico, por todo procedimiento de efusión y difusión del pensamiento humano, tocando todos los resortes del alma humana ¿No lo han hecho así los “sin Dios” para eliminarle?

Pero nuestro Dios no es Buda, ni el de los teístas. Es Jesucristo, el Dios de la Cruz, en cuyo nombre se han consumado todas las gestas de nuestra historia gloriosa. Es Jesucristo, que tiene su prolongación histórica y redentora en la Iglesia, Esposa divina que le salió del costado. Y no cualquier Iglesia, protestante o cismática, sino la Iglesia Católica, que tiene su cabeza en el Papa de Roma, Vicario de Jesucristo. Este es el Dios de nuestros padres y no otro. Por esto la gran lucha moderna, de la que la guerra de España es un terrible episodio, se ha concretado en estas palabras: “Roma o Moscú”. Dios o sin Dios. Por esto aplaudimos, de corazón de sacerdote, la palabra recientemente dicha por el Jefe del Estado español: “Nosotros queremos una España católica”. España católica de hecho, hasta su entraña viva: en la conciencia, en las instituciones y leyes, en la familia y en la escuela, en la ciencia y el trabajo, con la imagen de nuestro buen Dios, Jesucristo, en el templo, en el hogar y en la tumba.

Dogma y moral cristianos. He aquí el lema del apostolado de Dios. La decadencia de Dios entre nosotros obedece a una tisis o consunción del pensamiento divino, consiéntasenos el grafismo de la metáfora. La conciencia religiosa del pueblo español es débil, mal formada, a veces deformada. Le falta luz, clara e intensa. Por esto hemos perdido los caminos de Dios, porque la conciencia es el guía de la vida.

Sin buena doctrina no hay buena vida. La falta de luz espiritual es causa del descenso moral. A lo menos lo hace irreparable. Si Dios no brilla arriba en el pensamiento y no baja a la conciencia en forma de precepto, la vida de hombres y pueblos cae por todo despeñadero. La ley humana es impotente para curar a un pueblo de la podredumbre cuando se ha arrancado a Dios del alma colectiva. Y cuando lo ha arrancado la misma ley, es una sinrazón querer una sociedad honesta porque sólo Dios está sobre la libertad del hombre.

Por esto, por el bien de España, hay que decir a los que la rigen: ¡Gobernantes! Haced catolicismo a velas desplegadas si queréis hacer la patria grande. Fuimos el primer pueblo del mundo cuando nuestro catolicismo vibró en su diapasón más alto; nuestra decadencia coincide con la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes de nuestro Dios. Ni una ley, ni una cátedra, ni una institución, ni un periódico fuera o contra Dios y su Iglesia en España.

Con el espíritu, hay que rehacer la autoridad. No la hemos tenido en mucho tiempo en sus características de autoridad cristiana, justa y suave, paternal y severa, para todo y para todos. Los que la ejercían se han entretenido en desmontar la escuela de autoridad, que es la Iglesia y su doctrina, y así nos fue a todos, a ellos y a nosotros. Los viejos filósofos decían que la forma da el ser a las cosas: la autoridad es la forma de la sociedad; por esto ha venido su derrumbamiento.

Corrosivos de la autoridad son la indisciplina y el sovietismo. La primera podrá curarse con la selección de jerarquías y las debidas sanciones. Para el segundo no puede haber en España sino guerra hasta el exterminio, de ideas y procedimientos. “Defensa contra la anarquía y el terrorismo bolchevique”, ha dicho el Generalísimo.

Con el espíritu y la autoridad, la justicia, que es la que eleva a las naciones. La justicia es madre de la paz. Justicia personal, con el lema eterno del “cuique suum”: “A cada cual lo que le toca”. Cesen los compadrazgos, las sinecuras, los cacicatos, las tutelas a cargo de la nación. Y justicia social, informada por la caridad de Jesucristo, sin la que la justicia no puede salvar los puntos muertos de la vida colectiva. Sólo así se podrá realizar el ideal de que “no haya en España hogar sin lumbre ni mesa sin pan.”

Todo ello, espíritu, autoridad y justicia sostenido y reforzado por el sentido y la realización de la unidad. Que acabe la atomización de nuestros hombres y de nuestras fuerzas, por sobra de egoísmos y falta de grandes ideales. Un ideal, la España una y grande en Dios y por Dios, y un esfuerzo unánime de pensamiento, de corazón y de vida para lograrlo.

Lo demás, que sale del terreno de la religión y moral, no cabe en una Carta cuaresmal de un Obispo. Política y economía tienen sus maestros; a ellos toca lo que sólo toca a la tierra. La Iglesia tendrá siempre luz y bendiciones para darles orientación y fuerza; porque hasta las cosas de la tierra tienen todas un lado por donde miran al cielo.

Augurios

Al cerrar esta Carta os invitamos a que abráis el pecho a la esperanza. Podemos tenerla, primero, porque Dios nos ha dado evidentes pruebas de que está con nosotros. Nadie podrá atravesarse en nuestra ruta de penitencia y rehabilitación si nosotros no nos hacemos indignos de la protección de Dios. Le hemos dejado, cierto, a lo menos no le hemos tenido en la estima de nuestros mayores; pero Dios no desdeña nunca un corazón contrito y humillado.

Pero es, además, que España tiene un destino providencial en esta vieja Europa; y estará de Dios que no se frustren sus designios. Los grandes rotativos del mundo han dicho poco ha que España desempeña un papel providencial en nuestros días: el de salvar la civilización cristina de la acción destructora y antisocial del marxismo, como otros tiempos la salvó de los horrores de la Media Luna y de la desviación de la Reforma… Mas: Un periodista extranjero ha dicho que sólo España podía emprender esta lucha titánica contra el marxismo, por su profunda fe religiosa y por la raigambre del pensamiento cristiano y de la tradición, formada en la fragua de la vida cristiana.

Y es que España -y es ésta otra razón de nuestra esperanza- tiene un fondo inagotable de reservas de donde sacar energía que reponga nuestras pérdidas de unos lustros y que nos deje rehacer el camino de nuestra historia. Dios hizo sanables a los pueblos; y no los deshace sino cuando por su agotamiento espiritual son inservibles para los fines de su Providencia. Y España tiene aún la entraña viva. Lo que sufrimos no es mal de consunción, sino de herida alevosa. Hace lustros que seguía España bajando la pendiente de nuestras decadencias hasta que, como el viandante del Evangelio, ha caído en manos de maleantes que la han dejado semimuerta. Los cuidados de un buen samaritano -debemos serlo todos- la harán convalecer en pocos lustros.

Malqueridos o desconocidos en estos últimos tiempos, y por ello tal vez descotizados ante el mundo, aun hemos sacado aliento para hacer lo que hacemos, trocándose paulatinamente en admiración el escepticismo de grandes sectores de opinantes de fuera. Porque en esta epopeya que el espíritu nacional escribe con la profesión valiente de su fe y con el valor de sus armas, hay páginas dignas de los tiempos heroicos, que no desdirían en una antología universal de hechos famosos. Citamos en el orden militar, nuestro Alcázar, y en el religioso el heroísmo de millares de mártires, cuyas gestas no tienen equivalentes sino en el Martirologio Romano. Y un pueblo así tiene derecho a vivir, como el árbol de rica savia que sólo tiene seca la corteza.

En el ejemplo de nuestros héroes y en la sangre de nuestros mártires fundamos otro motivo de nuestras esperanzas. Se dice que los muertos mandan. Mandan cuando bajan a la tumba cargados con el peso de la vida de su raza; cuando precisamente han muerto por no verse obligado a vivir una vida de vilipendio. Así lo decía, poco antes de estallar la revolución, la primera de sus víctimas. Entonces, como semilla que cae en tierra buena, porque tierra buena los produjo, dan nuevo empuje a la vida de la raza que se la había dado. Es la “renovata juventus” de los organismos de privilegio, la juventud remozada de los fuertes.

Y Nos, amados diocesanos, que no podemos prescindir del carácter sobrenatural de nuestro magisterio, añadimos que la sangre de millares de españoles que la han derramado por su Dios y por su fe, cuyo grito postrero ha sido un vítor a Cristo Rey, cuya muerte ha sido tan acrisolada como su vida de cristianos, es una plegaria viva por España, que sube al cielo desde la tierra que se empapó de ella, y que tiene una voz que no desoirá el Corazón de Aquél por quien murieron. La sangre de los primeros mártires fue semilla de cristianos, y ¿no sería semilla de una nueva España, católica, robusta, la que dieron por ella y su Dios tantos católicos españoles?

Quiéralo Dios así. La barbarie marxista, que no merece otro nombre la actuación de los ejércitos heterogéneos que luchan contra la España cristiana, nos ha restado inestimables valores en todo orden de nuestra civilización: virtud, ciencia, apostolado, letras y artes que han sufrido rudísimo golpe. Nos reharemos, españoles, con la ayuda de Dios. De la gleba fecunda del espíritu español, sazonada con la sangre de los electos de la patria, Dios hará que brote una generación nueva, que no ceda en inteligencia y corazón a las que labraron otros tiempos de nuestra grandeza.

“Exurge, Christe, adjuva nos; “Levántate y ayúdanos, oh Cristo”. Te lo pedimos por tus méritos y hasta por los nuestros, como pueblo, ante Ti; porque ninguna nación ha hecho por tu nombre y religión lo que España: “Libera nos propter nomen tuum”: “Líbranos, sálvanos, levántanos por tu nombre”.

Os escribimos desde nuestro retiro de Pamplona, y os enviamos nuestra Bendición Pastoral, que os damos en el nombre + del Padre, y + del Hijo, y + del Espíritu Santo, a 30 de enero de 1937.

+ ISIDRO, CARD GOMÁ Y TOMÁS

Fuente: "Por Dios y por España". Pastorales,instrucciones, discursos, etc. 1936-1939, del Excmo sr. D. Isidro Gomá y Tomás, cardenal-arzobispo de Toledo. Barcelona, 1940

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