Carta Pastoral La Cuaresma De Espana Del Cardenal Goma Sobre El
Chapter 2
Mentemos aún, entre los grandes pecados que nos han acarreado la guerra, la mala prensa y las costumbres corrompidas. La prensa es un gran poder, y cuando se pone el servicio del error y de la mentira, como se ha puesto gran parte de la gran prensa española en los últimos años, puede convertirse en cáncer de la médula de un pueblo. Nos referimos especialmente a la hoja volandera que lleva cada día, y en la forma más apetecible y asimilable, el veneno al alma sencilla de las multitudes. Estas son ignorantes: lo serán siempre con respecto a los problemas fundamentales de la vida social, todos ellos relacionados con los principios de la filosofía, del derecho, de la política, de la religión y moral, y condicionados, en un país y en un momento dado, por factores de historia, de técnica, de economía social. ¿Qué hará el pobre pueblo, para quien la hoja impresa de “su diario” es cátedra de verdad, sino dejarse seducir paulatinamente por doctrinas homogéneas con sus instintos? Sin el control de la doctrina cristiana, que no aprendió u olvidó por completo, con tal predominio del criterio materialista que informa el pensamiento y la vida moderna, las masas deberán ser presa de toda aberración colectiva, hasta ser capaces de todo crimen. No nos dejará mentir nuestra historia nacional del último quinquenio.
Digamos algo de la quiebra de la autoridad social en los últimos años. Nadie más respetuoso con la autoridad que la Iglesia; para ella es algo divino e intangible; es la forma de la sociedad, y los seres son por su forma. El Salmista, para la estabilidad del pueblo de Dios, no le pedía más que juicio para el rey, es decir, el justo criterio del derecho: “Deus judicium tuum regi da”; y la rectitud de su aplicación al hecho de la vida social: “Et justitiam tuam Filio regis” (Ps., 71, 7). Nótese la fuerza de la palabra: “Tu juicio”, “tu justicia”; no el juicio y la justicia del hombre, sino de Dios, autor de toda justicia, de la que la autoridad es intérprete.
A la historia corresponde enjuiciar sobre el “juicio” y la “justicia” de quienes debieron ser sus heraldos en los últimos tiempos. Dura todavía el encono de la llaga, y no sería caritativo tocarla siquiera. Sí que hemos de notar un hecho, para lección de gobernantes. La historia no ha conocido a ningún poderoso que triunfara de Dios: nadie se burla de Él impunemente. Al libro “De mortibus persecutorum”, de Taciano, deberán añadirse tantos capítulos como etapas y personas tenga la manía persecutoria de Dios por la autoridad. El profeta nos le presenta, en bellísimo antropomorfismo, contemplando con indiferencia, la mano en el seno, las maquinaciones de sus enemigos: “Levántate, Señor, le dice, ¿por qué estás dormido?” (Ps., 43, 23). Y Dios se levantó y habló tan recio entre nosotros, que a su voz se desplomó todo el poder de sus adversarios. Pero el estrago que causaron en el pueblo las leyes que dictaron contra Dios, ha arrastrado a ellos y a la nación a la ruina.
Notemos otro hecho sobre la autoridad. Los poderes hijos de la revolución atea suelen ser crueles y débiles: crueles -hasta el exterminio de la ideología del adversario y de todo lo que la representa- abusan de la fuerza con daño del derecho, que es el vínculo de la convivencia social; débiles, porque el desgaste rápido de los recursos del poder los enerva, son suplantados por gente nueva dentro de la misma revolución. Por esto se dice que las revoluciones son como Saturno, que devoran a sus hijos. Pero en las duras refriegas de la autoridad autocrática con los sectores del pueblo vejados u oprimidos; en esta sucesión caleidoscópica de poderes cada vez más desquiciados e impotentes, la sociedad se descompone y, como buque a la deriva, porque falta el timón arriba y porque se encrespan abajo las pasiones populares, sólo espera el choque de una mina que le hunda. ¡Cuántos nombres y hechos se nos vienen a los puntos de la pluma, en la historia del último quinquenio!
Le faltaría a la confesión de nuestros pecados públicos el máximo de ellos si calláramos el de apostasía incurrida oficialmente por la autoridad pública y el de esta otra apostasía de las masas, que pudo justificar la de la autoridad y buscar nueva expansión y fuerza en sus decretos.
“¡Manes de nuestros antepasados si hubiesen visto a su Dios lanzado de España! El Dios de nuestros sabios y guerreros, de nuestros sabios y artistas; el de nuestras leyes e instituciones incomparables; de nuestras Catedrales y bibliotecas; de aquel pueblo teólogo que acudía ávido a los “Autos”, de Calderón; el de nuestros grandes historiadores y poetas; en cuyo santo nombre fueron lanzados de nuestro suelo los hijos de Mahoma, y se inauguraba y se consumaba la conquista de un Nuevo Mundo; el Dios cuya doctrina dulce y lúcida fue guía de nuestra historia, y cuyas santas influencias embalsamaron la familia, la escuela, la vida ciudadana; por cuyo nombre se juró siempre en nuestra tierra y cuya Cruz besó todo español a la hora de la muerte y señaló, en el suelo de nuestras iglesias, a la vera de nuestros caminos, en los campos de batalla, en los Camposantos, el sitio donde cayera el cuerpo exánime de un español!
Esto no es literatura, amados diocesanos, y si lo fuera, es la que brota de la visión admirativa del panorama de nuestra historia. ¡El estado sin Dios, la escuela laica, el matrimonio civil y el cementerio civil; Dios lanzado de nuestros tribunales y de nuestras plazas públicas; sin pan sus ministros, depredados legalmente los tesoros de sus templos, perseguidos hasta en el mismo fondo de las conciencias la persona de su Vicario; lanzados al ostracismo o constreñidos por leyes injustas los que habían profesado los consejos de su Evangelio!
Dios es celoso de su gloria, amados diocesanos, de su gloria y de su poder, “que no quiere jamás entregar a otro” (Is., 42, 8). Por esto debía preparar la caída estrepitosa de quienes conculcaron su nombre sus derechos en España.
Y debía consentir la conmoción profunda, este trastorno de las mismas entrañas de nuestra vida nacional que estamos sufriendo. Porque también el pueblo español ha prevaricado y se ha levantado en parte contra Dios y en parte ha negado a Dios, por conveniencia o por cobardía.
Dios ya no era el Padre y el Señor de nuestro pueblo. No el Padre, porque no florecía entre nosotros ya, como en otros días, esta flor de la piedad filial para con Dios que llamamos religión, que era de pocos, de rutina, sin influencia mayor en nuestra vida. No el Señor, porque se le dejaba por cualquier señor, por la conveniencia, por la política, por una ambición mezquina, por un interés ruin.
Quienes debían ser los heraldos de Dios para meter su nombre, su doctrina y su ley en lo más vivo de la sociedad, han dejado vergonzosamente su oficio primordial de orden espiritual. Padres que no sabían ni querían poner el nombre de Dios en labios de sus hijos. Maestros que iban más allá de las exigencias de la ley, enseñando contra Dios. Políticos que se olvidaban de los derechos de Dios en su sagrado oficio de gobernar al pueblo; que convirtieron la política en arte de escalar puestos y de manejar mesnadas; sin pensar que el primer puesto corresponde a Dios, cuyos derechos han de respetarse en toda jerarquía, y que los pueblos no se levantan sobre ras de tierra, aun siendo brillantes, si no les solicitan las alturas de Dios. Electores cristianos que han votado contra su Dios al hacerlo en favor de sus enemigos. Enorme multitud, en fin, que han vivido sin Dios, que han olvidado su ley, que no han santificado sus fiestas, que le han blasfemado, y que han cerrado voluntariamente sus ojos para no saber que el árbol maestro de toda sociedad es Dios, que no consentirá jamás sino a cambio de la ruina de los pueblos que éstos se sustraigan de las influencias de su pensamiento y voluntad.
Y como cuando no hay Dios en el alma necia del hombre, queda éste abandonado a sus propias abominaciones, en frase tremenda del Profeta, de aquí, de esta apostasía de arriba y de abajo ha venido el desquiciamiento de nuestra vida y nuestras costumbres sociales.
La concupiscencia de la carne, el ansia de gozar, que ha enlodazado el pensamiento, el corazón y las costumbres; que ha corrompido la fuente sagrada de donde brota la familia; que ha deshecho los hogares; que se ha expansionado y se ha nutrido al mismo tiempo en espectáculos de inmoralidad pública, teatros, cines, playas; que se ha vertido en la novela procaz y en la hoja indecente y ha manchado la tersura de las almas inocentes.
La concupiscencia de los ojos, la ambición de tener, que ha producido el desasosiego de las vidas, y ha sacrificado el bienestar de los pobres, y ha materializado la vida y endurecido las entrañas; que ha engendrado injusticias, y ha desequilibrado la vida económica del pueblo, y ha lanzado unas clases contra otras en lucha fratricida.
La soberbia de la vida, el ansia de ser, que ha despoblado nuestros campos y aldeas, y ha descentrado miles de vidas, y ha sacrificado al hermano para encumbrarse sobre su ruina; que ha llevado a los altos sitiales a los ineptos, a los traviesos, a veces a los malvados.
A estos factores de orden moral-social añadimos otros de carácter propiamente político, que difícilmente podríamos eximir de responsabilidad moral. Uno de ellos es el sentido extranjerizante de nuestra política, con orientación doctrinal diametralmente opuesta a nuestro espíritu nacional. Hay en el fondo de la vida española reservas que no tendrán aplicación sino en el sentido de nuestra historia. Traer a la patria el espíritu ajeno es empeñarse en injertar en el árbol patrio brotes de otro clima espiritual, que no pueden producir más que frutos nocivos, si no es que llevan a la entraña nacional el trastorno de sus esencias, como de tóxico que se ha ingerido contrario a la constitución y leyes del organismo. ¿Cómo eximir de responsabilidad a quienes trajeron acá el comunismo, sistema antihumano más que antiespañol? ¿Qué daño no habrán causado a España los que la han empalmado oficialmente con judíos y masones, verdadero representantes de la anti-España que nos han traído a estos momentos gravísimos?
Ni a ciertos regionalismos y nacionalismos podemos eximir de responsabilidad moral. Es este un punto grave de la moral cristiana. Pero aflojar sistemáticamente los vínculos legítimos de patria, a la que en buena doctrina cristiana nos ligan razones de caridad, es siempre en daño de la región y de la nación. Y cuando se buscan alianzas con quienes son incapaces de respetar las esencias espirituales de una y otra, se rebasan los límites de la imprudencia para entrar en el campo de la injusticia histórica y social. Dejamos, haciendo solamente una apelación a los hechos, un punto de derecho político y de moral que no puede ser tratado aquí.
Estas consideraciones podrían pareceros desplazadas en una carta pastoral. No lo están: primero, porque un Obispo, como el Apóstol, puede decir: “Soy ciudadano español” (Act., 22, 26), con deberes mucho más graves que otros; y luego porque en una sociedad cristiana el Obispo es maestro, con derecho y deber de señalar a los pueblos, para su enmienda, las ruinas acumuladas por la inepcia y malicia de sus dirigentes y por la ceguera del pueblo que no ha sabido ver a tiempo el abismo a que debían llevarle sus malos pasos.
Tal es la confesión de España en esta Cuaresma que debe serlo de penitencia gravísima. Del fondo del alma de todos los españoles que creemos en Dios y en su justísima Providencia, debiesen salir las palabras del Profeta: “Hemos pecado, Señor; hemos faltado a tus injusticias: hicimos la iniquidad”: “Peccavimus, injuste, egimus, iniquitatem fecimus…” O las de Tobías al lamentar la catástrofe de su pueblo, desterrado en masa: “Señor, tus juicios son altísimos, porque no nos ajustamos a tus preceptos, ni hemos andado lealmente ante Ti” (3, 5).
La guerra, penitencia de España
La confesión es ya un comienzo de restauración moral de quien pecó. La aceptación de la penitencia es otro paso decisivo, porque en el dolor que causa está un resorte que ayuda a levantarnos. Dios puso el dolor como factor de regeneración. El pecado fue causa del dolor: “In dolore…” (Gen., 3, 10). Pero Dios tomó el dolor como antídoto del pecado. La cruz es el símbolo y el hecho del máximo de los dolores y de la restauración fundamental del mundo.
¡El dolor de España! Podría componerse una elegía que hiciera llorar al mundo contando nuestras desgracias. Los Trenos de Jeremías son la expresión suprema de lo que podríamos llamar “dolor nacional”. Nadie ha superado a este cantor de la catástrofe del pueblo de Dios. Con todo, objetivamente y prescindiendo de la significación simbólica y mística de la ruina, la nuestra la rebasa inmensamente, en magnitud y extensión. Tal vez sea otra causa del dolor nacional de España el que no hayamos sabido ponderar la inmensidad de la catástrofe. Cuando la veamos en toda su magnitud quedaremos aterrados.
Ponderemos, españoles, unos momentos la magnitud de nuestros dolores, para darles un valor cristiano de penitencia. Porque si esto no es una lección divina para que nos remontemos otra vez a las alturas; y si, a pesar de dársenos entre el estruendo y las ruinas de una guerra que no tenía igual en nuestra historia, no sabemos aprenderla, haríamos inútil la guerra misma, porque mañana incurriríamos en los mismos pecados de la ante-guerra. Hacemos la guerra para hacer una nueva España: no había necesidad de pasar sus dolores inmensos si debiésemos quedar igual que antes de hacerla.
¡El dolor de España! Dolor de la sangre de nuestros hermanos, que han sucumbido por millares. El supremo de los dolores es la muerte, porque es la mayor de las pérdidas en el orden físico, la vida, y el mayor de los desgarros, porque es la separación violenta de sus elementos esenciales. ¿Cuántos españoles habrán sucumbido cuando la guerra se acabe? Hay que computar a los unos y a los otros, porque todos somos cristianos y españoles, bien que separados por prácticas y tendencias irreconciliables. Se dice que un millón. Es una amputación tremenda hecha en lo más vivo del cuerpo nacional, porque nada hay más vivo que los que componen la nación. Muertes heroicas muchas de ellas, pero todas trágicas porque nada más trágico que la muerte, y porque entre los rasgos épicos de una guerra nada más trágico que la guerra misma, el mayor de los azotes de la humanidad. ¡Campos y montes y ciudades de España, tintos en sangre de españoles, testigos del supremo dolor de los hijos de España! España la inmortal da sus hijos de un día de su historia para seguir su ruta de siglos; pero no los da sin el dolor que rasga las entrañas de toda madre al perder a sus hijos.
Dolor del tremendo que sufren los deudos de los muertos. Los dieron para la patria, es verdad. Pero ya nadie llenará los huecos de los muertos, en la casa, en el trabajo en el corazón de la madre.
Dolor de heridos y mutilados, que sus valores de hoy deberán añadir tal vez el de la inutilidad de mañana.
Dolor de las piedras calcinadas de nuestros templos, en que había cristalizado la fe y la piedad de nuestros mayores, testigos de sus goces y duelos, de sus fiestas y quebrantos, y en su desamparo parecen eco del alma desolada de los hijos de España, heridos en sus fibras más delicadas.
Dolor del ultraje hecho a lo que debe amar más el hombre, a Dios, perpetrado en las formas más antidivinas, y por lo mismo, más repugnantes a este “animal divino”, como llamó al hombre el filósofo; cometido en la persona de sus sacerdotes, en la profanación de sus templos, en robos horrendos de vasos, reliquias, ornamentos. Porque esta guerra, por parte de los enemigos de nuestro Dios, ha sido un sistema vastísimo de sacrilegios, perpetrados a sangre fría y que culminaron en este sacrilegio sintético que, si no fue el mayor en su aberración teológica, sí que fue el más simbólico y clamoroso: el fusilamiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. ¡Dulce imagen de Jesús bendiciendo a España! Levantado en su centro geográfico, culminando, impotente, con majestad divina, sobre las figuras más representativas del amor divino en pecho humano, cayó, acribillado balazos, de su pedestal el que tiene uno en el corazón de cada buen español. Tocar a Dios, amados diocesanos, es tocar lo más vivo de la vida social. Por esto debiésemos sentir profundamente el dolor del sacrilegio. Dolor de millares de sacerdotes asesinados, con saña inhumana, por el simple hecho de ser representantes de Dios. Eran los intermediarios entre Dios y los hombres, y éstos han querido cortar, matándoles, su comunicación con Dios, el Dios de sus padres, de su pueblo, en cuya religión había sido iniciados por el Bautismo. Nunca en la historia se vio una matanza de sacerdotes como la hemos visto en la España que se gloría de llamarse católica.
Dolor de haber visto a España envuelta en una ola de barbarie como no se da en las tribus de África. El plomo homicida ha destrozado el cerebro del sabio, del político, del literato, del hombre de negocios, sólo porque eran el soporte y la gloria de una civilización que reconoce algo más que la salvaje civilización marxista, que trata de reducirnos a la condición de parias, de reses de un rebaño humano, donde no hubiese más solidaridad que la de un trabajo mecánico sin ley, ni más libertad de la de satisfacer los bajos y distintos de la vida, ni más igualdad que la del hambre y la abyección.
Dolor por la pérdida de nuestra riqueza y de un caudal de arte que nos habían legado el pensamiento y la labor de siglos cristianos, que no tiene igual en el mundo y que ya no nos volverá más.
Dolor de haber podido medir en una semana de locura el nivel bajísimo, intelectual y moral, de millares de españoles, indignos del derecho de ciudadanía fuera de un país bárbaro, con el otro dolor de la afrenta que recae sobre el nombre cristiano. Porque estos hombres, a quienes mejor que San Pablo a los romanos, podríamos llamar “atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a sus padres, irracionales, desgarrados, sin afección, desleales, despiadados” (Rom., I, 29-31), todos habían sido bautizados y educados cristianamente, hasta el punto de que la mayor parte de ellos, al ser por la justicia eliminados de una sociedad que emponzoñaron, se reconciliaron con el Dios que sus madres habían entrañado en su alma.
Dolor por esta sima de odios que separa los españoles en dos bandos que se baten a muerte, que se ahonda a medida que se agranda el mar de sangre, que tardará generaciones en cerrarse.
Dolor de haber visto el territorio nacional mancillado por la presencia de una raza forastera, víctima e instrumento a la vez de esta otra raza que lleva en sus entrañas el odio inmortal a nuestro Señor Jesucristo.
Dolor acerbo, porque nos viene del enemigo doméstico, de que fuera de España corra con vilipendio el nombre y la gesta de quienes luchan para salvarnos, y de que fuera de casa se ignore lo que queda aún acá de sentido de Dios, de civilización cristiana, de esfuerzo generoso en rehabilitarnos ante el mundo. Es el dolor de lo que con razón se ha llamado “la soledad de España”. Cuando la conquista de Abisinia, obra de civilización, la Sociedad de las Naciones se alzaba contra el conquistador; y se inhibe en una pasividad suicida cuando la barbarie se lanza en España a la destrucción de la civilización más gloriosa de la historia. Y cuando el mundo se conmovió por haberse mutilado la Catedral de Reims en la guerra europea, no oímos más que la voz autorizadísima de Roma que lamenta la desolación de casi media España sin templos.
Amadísimos diocesanos: no quedara español, cuando se haya liquidado esta terrible guerra, que no haya sufrido quebranto en ella. Podemos asegurar que no será buen español quien no lo haya sufrido. Muchos millones se habrán visto torturados en sus personas, en sus haciendas, en sus afecciones. San Pablo quiere que todo lo hagamos en nombre de nuestro Señor Jesucristo: suframos en Él y por Él: en Él, incorporando nuestro dolor al suyo para que le dé eficacia cristiana, de perdón y santificación personal y de salvación para España; por Él, para que nos bendiga y triunfe su causa en nuestra patria.
Que España soporte cristianamente su dolor inmenso, españoles. Si vaciamos de sentido cristiano esta guerra no quedarán de ella más que las ruinas que acumule sobre nuestro suelo. De ellas no saldrá la restauración de la España vieja, antes podrían esconderse en ellas gérmenes de nuevas discordias. Sea el dolor de España, profundamente sentido, nuestra penitencia Cuaresmal que nos atraiga las misericordias de Dios.
Se nos dice que hay ciudades alegres a donde no llegan la tristeza y el dolor de la guerra; que hay quien se divierte en estos tristes días, y hasta quien anda en trapicheos e intrigas para sacar provechos de la guerra. No es piadoso, porque los hijos deben sufrir con la madre y los hermanos. No podríamos gozarnos en la exaltación futura de España si no sintiéramos ahora su tribulación.
La oración cuaresmal de la guerra
En la plegaria de la Iglesia toda necesidad tiene su oración especial. La tiene para “el tiempo de guerra. Debemos entrar en el espíritu de la Iglesia; y toda vez que estamos en Cuaresma, tiempo especialmente consagrado a la oración, y hacemos -debemos hacerlo todos, cada cual en su lugar- una guerra en que se ventilan los destinos de España, nos toca orar en esta Cuaresma por la guerra y sus fines.
Oración heroica en los frentes de batalla, cuando el riesgo hace más inmediata y viva la presencia de Dios y más necesario su socorro. Oración que suba de fosos y trincheras, que preceda a los duros combates, que agradezca al Dios de las victorias el triunfo. Oración matinal para pedirle a Dios que dirija las contingencias de la lucha durante el día. Plegaria de la noche, pidiendo al Señor el merecido reposo y que ahuyente toda sorpresa y peligro.
A solas, ante Dios y la propia conciencia, orar por sí, por la familia y por España, cuya suerte está confiada a nuestros soldados. En compañía, que da mayor eficacia a la oración cristiana, para mutuo estímulo y para demostrar que no hay solidaridad más firme, de pensamiento, de propósitos, de acción, que la que se funda en la paternidad del Padre nuestro que está en los cielos. ¡Qué gozo saber que se cuentan por miles los bravos soldados que rezan colectivamente su Rosario!
Oración que quisiéramos de todos, de soldados y milicias, de la más alta jerarquía militar al último de los que solidariamente han cargado sobre sí la tremenda responsabilidad de esta guerra.
No es de almas débiles la oración. Al contrario, en el contacto con Dios y las cosas divinas adquiere el alma su mejor temple. El principal resorte del valor está en la limpieza de conciencia y en la seguridad del divino socorro.
Dos notas se destacan en esta guerra que concretamos en estas dos frases que hemos recogido de labios de muchos combatientes: “Si nuestro enemigo hubiese sido valiente, nos hubiese ya ganado la guerra”: “La Providencia de Dios está con nosotros”; “Nos favorece descaradamente”, decía con gracia un bravo militar-. Es que el enemigo huye porque le falta el resorte divino del valor, que es la plegaria. La divina Providencia se inclina del lado de quien pide con fe humilde. Es mal soldado quien no cree en Dios.