Carta Pastoral La Cuaresma De Espana Del Cardenal Goma Sobre El

Chapter 1

Chapter 14,175 wordsPublic domain

«LA CUARESMA DE ESPAÑA», CARTA PASTORAL SOBRE EL SENTIDO CRISTIANO ESPAÑOL DE LA GUERRA (30 de enero de 1937)

La paz y la guerra

«Ninguna doctrina ni anhelo más reiterados en el cristianismo que el pensamiento y el ansia de la paz. En los grandes vaticinios proféticos aparece el futuro reino de Dios como «Reino de paz, obra de justicia». En un fragmento de subido lirismo, se nos presenta el mundo, bajo el reinado del futuro Mesías, pacificado hasta el punto de que convivan los animales más antagónicos en sus instintos: “El leopardo dormirá con el cabrito...”. Hasta las fieras estarán en paz con los hombres. “El infante meterá su mano en los huecos de las piedras, y el áspid no le morderá” (Is., II, 6-8).

La realidad del cristianismo está impregnada del sentimiento y del voto de la paz. Jesucristo es el “Príncipe de la Paz” (Is., 9, 6).

Cuando viene al mundo, los ángeles cantan: “Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc., 2, 14). El divino Resucitado saluda siempre a sus discípulos con el cristianísimo “Pax vobis”, “la paz sea con vosotros”. En la epigrafía de los sepulcros de las primeras generaciones cristianas predomina la palabra Paz: “Pax”. Y en la Liturgia sagrada, especialmente en la de la misa, se reitera este sentido de paz, que llamaríamos una de las características de la doctrina y de la vida cristiana: “Que la paz sea con vosotros”; “La paz del Señor sea con vosotros siempre”; “Paz a esta casa y a todos los que viven en ella”. Ni son de extrañar la predicciones, el hecho histórico y las fórmulas litúrgicas, porque toda la obra de Dios en la redención del hombre, y la plenitud del fin que Dios le ha señalado no es más que la realización definitiva del más profundo de los anhelos inexterminables del hombre, la paz temporal consigo mismo y con los demás hombres y la paz eterna, fruto de la posesión eterna del Bien eterno, que es el mismo Dios. Hablamos de la “paz paradisíaca”, cuando queremos definir una paz insuperable: es la paz en que vivían en el paraíso nuestros primeros padres y que perdieron por la culpa, y la otra paz del otro paraíso, que no puede perderse porque es la paz sustantiva, participación de la misma paz esencial de Dios. Cuando morimos, el sacerdote católico pronuncia sobre nuestro féretro y nuestra tumba la palabra Paz: “Requiescat in pace”. “Que en paz descanse”, decimos cristianamente al recordar a alguno de nuestros hermanos difuntos, es decir, que haya logrado el profundo anhelo que palpita en la profecía, en la historia y en el fondo inalterable de la conciencia y de la historia.

Y no obstante, amadísimos diocesanos, la dulce y regalada paz, sí no huye como la sombra de las anhelosas manos del hombre, es lo cierto que en el orden individual y en el social sólo podemos alcanzar una paz precaria, porque es inconsistente y porque no es absoluta. La guerra, palabra tremenda que es la antítesis de la paz, nos acecha a cada momento, en todos los órdenes. Jeremías tiene una palabra tremenda, que parece una nueva fórmula del suplicio de Tántalo: “Pax, pax, non erat pax”: “Paz, paz, y no hay paz” (Jer., 6, 14). Alargamos la mano para cogerla, tal vez para ofrecerla a otros, y recibimos la mordedura que nos pone en mayor guerra.

Ya conocéis, amadísimos diocesanos, la teoría de la paz y de la guerra. Creado el hombre para vivir en paz, consigo mismo, con Dios y socialmente, cometió la locura de enemistarse con Dios, centro único y único factor de paz; y este trastorno fundamental de la libertad, de la vida, de las aspiraciones del hombre, produjo toda suerte de guerra. “No hay paz para los impíos” (Is., 57, 21), es decir, que fuera de Dios o contra Dios, sostén esencial del orden en él mundo, de la materia y del espíritu, es imposible el equilibrio del pensamiento y de la voluntad y, por lo mismo, el de la libertad que nace de ambos.

Toda guerra, en todas sus formas, es obra de la libertad desquiciada del hombre.

Lo que equivale a decir que toda guerra es hija del pecado. “Todo el mundo se ha levantado en guerra contra los insensatos” (Sap., 5, 21), dice la Escritura en frase enérgica; porque toda criatura tiene derecho a ponerse en guerra contra el hombre que se ha puesto en guerra con Dios, arrancando su vida espiritual del quicio de la vida divina.

Esta es la filosofía, o mejor, la teología de la paz y de la guerra. Os la exponemos somerísimamente porque sin ella es imposible darnos cuenta de este fenómeno de las luchas del espíritu y de éste con la carne es la guerra con nosotros mismos; de la enemistad con los otros, que es la guerra con nuestros prójimos; y de estos trastornos sociales en que los hombres, dentro los confines de una nación o lanzándose unos reinos y las razas contra otras razas y reinos, luchan entre sí hasta imponer unos a otros la supremacía de la fuerza, lo que constituye este fenómeno histórico y horrendo que llamamos propiamente la guerra.

¡La guerra! Los hombres la temen; si la hacen es para lograr la paz. Y porque la temen, y porque el anhelo natural del hombre es la paz, se ha trabajado lo indecible para eliminarla de la humana historia. No obstante, la guerra es lacra perenne de la humanidad. Nadie ha podido raerla de ella. Como momento excepcional de la Historia, nace el Príncipe de la paz en una hora en que “todo el mundo estaba compuesto en paz”, dice la Liturgia; cuando Roma, como caso único en sus anales, había cerrado las puertas del templo de Jano, símbolo de paz universal. A raíz de la última guerra europea se predicó el exterminio de toda guerra, y la guerra ha seguido haciendo sus estragos en cien lugares del mundo. En estos tiempos de refinado sentido jurídico, más que de anhelo de la verdadera Justicia, se ha formado una Sociedad de Naciones para componer pacíficamente las querellas de los pueblos. Es aspiración nobilísima pero dicen que la Sociedad está en franca bancarrota. ¿No es porque no se habrá inspirado en la teoría cristiana de la paz?

Terminamos este sencillo preámbulo para abordar la materia que en las presentes circunstancias nace espontáneamente de él. La guerra es pugna; es una fuerza que se levanta contra otra y lucha con ella. A veces esta lucha tremenda se entabla en el fondo de la conciencia del hombre: “Veo en mis miembros, decía el Apóstol, una ley que está en pugna con la ley de mi razón” (Rom., 7, 23). La paz espiritual queda rota si triunfa la pasión. Para restaurar la paz del alma, con Dios y consigo misma, hay que detestar y borrar el pecado. La Cuaresma es el tiempo clásico de esta paz. La Iglesia la ha instituido para librar las almas del pecado. En el orden social ocurre algo análogo. También la vida social tiene su “ley de pecado”. Son las fuerzas contrarias a la vida normal de la sociedad. A veces se entabla la lucha en el campo político o propiamente social o económico. A veces estos tres elementos se desequilibran en forma tal, que se recurre a la fuerza de las armas para buscar el equilibrio de la paz por el triunfo del más fuerte. Es el caso de la guerra propiamente dicha.

Y es el caso de España. En su suelo bendito se ha producido este fenómeno social que ningún pueblo ha podido suprimir de su historia. Hace más de veinte años pudimos librarnos de la guerra europea, en cuya torbellino entraron todas las naciones del viejo continente; y ahora la tormenta, terrible, se ha desencadenado sobre nuestro país. En nuestra Carta Pastoral anterior habíamos concretado las características de nuestra guerra, tan mal interpretada fuera de España. En el presente Escrito vamos a dirigirnos principalmente a nuestro país. Averigüemos si en el fondo de la contienda hay alguna desviación moral de carácter social; hagamos, en este caso, la confesión pública de los pecados de España; aceptemos la penitencia que Dios nos impone, que es la guerra misma, y pidámosle, con propósito de enmienda, que ilumine la ruta de nuestra historia futura. La guerra coincide con la santa Cuaresma: indiquemos los medios con que España pueda, en el aspecto nacional santificar su Cuaresma.

Valor moral de la guerra

Insistamos en el concepto providencial y en el valor expiatorio de la guerra, de nuestra guerra, que nos ha tocado vivir en estos momentos históricos La guerra no es, como las tormentas o los eclipses, un fenómeno natural de la convivencia humana. Ella arranca siempre del libre juego de la libertad del hombre. Aceptar la guerra como un hecho fatal, producto de factores humanos que se mueven al azar, y, sobre todo, destrabarla de la vida moral de los pueblos para relegarla a la categoría de un hecho material de orden histórico, fuera del espíritu y sin trascendencia sobre el espíritu, sería, concretándonos al caso de nuestra guerra, una desgracia que sólo tendría su equivalente en la guerra misma.

No: los hombres se agitan y Dios los mueve; y cuando se agitan para organizar y realizar una de estas grandes contiendas en que se conjugan los intereses más altos de una nación, porque, a más de los altísimos intereses de otro orden, se juega en ella el interés soberano de la nación misma, que es la vida de los que la componen, sería necedad no ver en ella la mano de Dios y no saber barruntar siquiera los factores de orden espiritual y moral que han provocado el conflicto. El concepto materialista de la historia es una aberración de orden filosófico y antropológico, al tiempo que son injuria que se hace a Dios, autor del hombre y regulador de la historia.

Hemos sentado la teoría de la guerra en función del pecado: repetimos que la guerra, toda guerra, es efecto de la desviación moral del hombre, de quien la hace o de quien la sufre. Se ha dicho que la guerra es la última de las razones para hacer prevalecer la razón. Es verdad. Es la razón de la fuerza, a veces para lograr el equilibrio de la justicia, otras al servicio de la injusticia. De aquí las guerras justas y las injustas. Pero desde el momento en que la guerra se pone al servicio de la razón o de la sinrazón, se ha puesto al servicio de la justicia o de la injusticia; por ello no hay guerra que no esté vinculada a un orden moral, del que la razón o la falta de ella no puede destrabarse.

Se dirá que las colectividades no pecan, que, por lo mismo, las naciones no pecan. También es verdad. Las naciones no tienen una libertad individual que importe responsabilidad personal. Pero tal vez en este hecho podríamos hallar la razón profunda de los premios y castigos de las naciones, tan públicos a veces y tan clamorosamente providenciales que no es posible cerrar los ojos a la evidente verdad de la intervención de Dios.

Cierto; las naciones no pecan; por ello no hay en el cielo ni en el infierno lugar reservado para las naciones, como no lo hay para las familias y corporaciones. Pero es que una entidad de orden jurídico-moral integrada por multitud de individuos libres, es, hasta cierto punto, una entidad libre, porque la convergencia o agrupación de la libertad individual de los que la componen determina en las mismas unas acciones, aspiraciones o corrientes ajustadas o no a la moral, y como una situación viva de moralidad o inmoralidad.

Las historias de los Libros sagrados, los proféticos en especial, están llenas de increpaciones y elogios, de bienandanzas y castigos que Dios hace o envía a los pueblos como responsables ante Él, suprema ley moral, del bien o mal que han hecho en un momento de su historia. “A este pueblo se le ha vuelto el corazón incrédulo -dice Jeremías- se retiraron y me dejaron… ¿Acaso no deberé visitarle y vengarme de él, dice el Señor?” (Jer., 5, 24-29). “La raza y la nación que no te sirviere -dice Isaías- perecerá” (Is., 60, 2). Es la sanción tremenda de una gran defección moral. Y ¿no ha visto la historia realizarse en Jerusalén el tremendo vaticinio de Jesús por su defección nacional, y no vemos todavía al pueblo judío arrastrar por la haz de la tierra la maldición de la sangre del Justo que colectivamente pidió en un momento de pasión popular?

Cierto, repetimos, las naciones no pecan y por ello no incurren en masa las sanciones eternas; por esto el premio y el castigo que son exigencia del equilibrio de la justicia, lo reciben en la historia, no en la eternidad. Dios es justísimo y no puede consentir que la vida social de un pueblo no halle, tarde o temprano, porque Dios es sapientísimo y eterno, el condigno premio o castigo. “Lege infatigabili”, dice San Agustín, por ley absoluta e inextinguible, Dios da a los individuos, a las familias, a las naciones lo que exige la justicia o la injusticia de sus obras, a cada cual en su plano y forma. Y esta ley inextinguible tiene a su favor el testimonio de la historia y el sentido íntimo y común de la humanidad.

Demos un paso más: la guerra, como el hambre y la peste, como todas las calamidades de orden colectivo, no puede descuajarse de la providencia de Dios ni del orden moral que tiene por ley fundamental el pensamiento y la voluntad de Dios mismo. Desde este momento debemos aceptar que Dios puede enviar a una nación el azote de la guerra como castigo de sus prevaricaciones o estímulo en sus decadencias de orden moral. Nos abstenemos en este punto de enjuiciar el complejísimo fenómeno de nuestra guerra de hoy en el orden de la justicia. No podríamos, sin intervenir presuntuosamente en los inescrutables juicios de Dios, concretar méritos ni responsabilidades. Aceptamos el hecho tremendo de la guerra en toda su magnitud y lo enfocamos tan sólo en el aspecto de la Providencia general de Dios, y como factor de ejemplaridad social.

Bajo este aspecto, nuestra guerra bien pudiera ser el instrumento de la justicia de Dios, con que tratara de purificarnos de nuestra miseria colectiva, de encauzar nuestra energía social en sentido cristiano, de premiar a los buenos sus justicias y dar a los malos su merecido. Optimista con el sano optimismo cristiano, y porque la providencia especialísima de Dios sobre nuestra España es gaje de sus misericordias con nosotros, Nos estamos convencidos de que Dios, que prefiere sacar bienes de los males antes que eliminar los males de la tierra, hará en definitiva que, sobre las ruinas acumuladas por la guerra, si sabemos ser dignos de ella, se levante una España mejor que la que se ha hundido.

Pero para ello debemos ver la mano de Dios en la gran tribulación que pasamos. Si la guerra no es castigo de nuestros pecados, puede serlo: no será la vez primera en la historia en que el mismo Dios ha sancionado los crímenes de los pueblos con este terrible azote. Los profetas delatan con frecuencia en la historia del pueblo de Israel esta relación entre las grandes defecciones morales y la guerra. “Recorred las calles de Jerusalén, dice Jeremías, y ved si encontrais en sus plazas un hombre que haga la justicia y obre fielmente, y yo le perdonaré… Quebraron el yugo, rompieron los vínculos de la ley. He aquí que yo traeré sobre vosotros una nación de lejos, una nación cuya lengua no entenderás… Y comerá tus mieses y tu pan…; quebrantará con su espada tus ciudades fuertes… (5, 1 y sigs.). “Porque ellos abandonaron la ley que les di -dice en otro lugar- y no oyeron mi voz y no anduvieron en ella y se fueron tras la depravación de su corazón, he aquí que yo daré a comer a ese pueblo ajenjos, y les daré a beber agua de hiel… y enviaré detrás de ellos el cuchillo…” (Ibid. 9, 13, sigs). La rudeza de estos acentos parece algo desplazada de nuestro hablar suave, de nuestras costumbres muelles; pero el fondo, el de la malicia moral de los pueblos y la terribilidad de la guerra como castigo con que Dios la sanciona, es el mismo entonces que ahora. ¡Qué tremendas expresiones, qué metáforas apocalípticas hubiesen usado los santos Profetas de Dios si hubiesen conocido, junto con las prevaricaciones específicas de los pueblos modernos, las artes nuevas de nuestras guerras, el estallido de los obuses, los carros de asalto, ante los que eran débil invención los de los Asirios, la fuerza destructora de las máquinas volantes, la estrategia de la ciencia militar de hoy!

Cambian los tiempos, amados diocesanos: lo que no cambia es la eterna justicia de Dios y la incorregible miseria moral del hombre; lo que no cambia es la relación entre las grandes prevaricaciones de los pueblos y la ley infatigable con que la providencia de Dios las castiga. ¿Qué sería de los pueblos, cuando han rodado ya hasta el fondo del abismo y no hay ya fuerza humana para salvarlos, si no fuera la mano divina que los detiene y les hace entrar en sí mismos, dejándoles sentir el peso de sus justicias, y los vuelve otra vez a las alturas, si han sabido aprender la lección y arrepentirse?

La confesión de España

Si la guerra puede ser castigo de los pecados de un pueblo, demos una ojeada al nuestro, en su historia de los últimos años, y si encontramos en la conciencia nacional materia de que acusarnos, reconozcamos que bien podría Dios habernos mandado o haber permitido esta guerra terrible para nuestra enmienda. No nos fijaremos tanto en los pecados de orden moral como en los de orden político, que no dejan de estar profundamente relacionados con la moral, que son como el exponente de la corrupción social y los que acarrean las grandes catástrofes a los pueblos.

Hagamos antes una afirmación que nos permita concretar las causas inmediatas de orden político que nos han acarreado la guerra.

Tal vez no haya pueblo en la historia moderna en que el sentido moral haya sufrido un descenso tan brusco -tan vertical, como se dice ahora- en los últimos años. Han contribuido a ello dos factores, uno de tesis y otro de hecho: la tesis del laicismo y el escándalo que ha venido de las alturas.

Pueblo profundamente religioso el español, pero más por sentimiento atávico que por la convicción que da una fe ilustrada y viva, la declaración oficial del laicismo, la eliminación de Dios de la vida pública en todos sus aspectos, ha sido para muchos, ignorantes o tibios, como la liberación del yugo secular que les oprimía. La fuerza impositiva de la ley, aunque sea obra del capricho del legislador, tiene, por el prestigio de la autoridad y por su fuerza coercitiva, innegable influencia en la formación y dirección de los espíritus. Resisten los fuertes, los conscientes, los valerosos; soslayan los oscilantes y ventajistas; sucumben los débiles y los tímidos.

Roto el molde que, aunque no fuera más que por temor e inercia, ataba la vida social y la canalizaba en el bien, se abrieron las esclusas del mal. “¡Ya no hay Dios!” Estas frases, que oíamos de una pobre aldeana; “¡España ha dejado de ser católica!” Esta otra que pronunciaba solemnemente un gobernante de la nación, dan la medida de esta desvinculación de los espíritus de este “clavo de Dios”, como la llama el Profeta, que fija y clava la vida en el punto del deber: “Confige timore tuo carnes meas…” (Ps. 118, 120).

Esto, que más que un pecado político de los últimos tiempos es como el exponente del descenso del sentido de Dios en una serie de lustros, nos da la razón del desquiciamiento de las fuerzas sociales, que ya no tendrán su apoyo en el fondo inconmovible de una conciencia popular bien formada según Dios, y que actuarán al azar del egoísmo personal o del capricho de las multitudes, mal llevadas por sus agitadores.

Indicada la tesis, concretemos los hechos que han hecho posible la revolución que nos ha llevado a la catástrofe.

En nuestro lenguaje vulgar tiene un valor de apotegma achacar todos los males a la política. De hecho, en la vida social moderna, especialmente en nuestras democracias, en que se han multiplicado terriblemente los llamados “políticos”, tienen éstos gran influencia en el subir y bajar de los pueblos. Sin políticos de carne y hueso que encarnan los principios de la ciencia y del arte de gobernar -que esta es la verdadera política- no es posible a un pueblo seguir por los caminos de la paz y del progreso. Hemos tenido en España políticos de talla durante los últimos lustros, con un ideal de verdadera política cristiana; pero su labor ha sido neutralizada por el esfuerzo de sus contrarios. Cada político ha hecho “su política”, no la política sabia, tenaz, iluminada por los principios cristianos que hubiesen encontrado refuerzo en el fondo del alma popular.

En los últimos años se ha hecho política francamente mala, detestable, totalmente disociada de nuestra tradición e historia. Hasta en pugna con la conciencia nacional, que no necesitaba más que dirección y estímulo en el sentido cristiano que predomina en la nación. Se prefirió el intento absurdo de anular este sentido, por prejuicios personales, por conveniencias de partido, por obediencia a sugestiones forasteras de carácter internacional.

Otros se entretuvieron en fórmulas de transacción con el espíritu revolucionario, que no ha dejado de avanzar un solo día; en escaramuzas que han debilitado la fuerza de resistencia; en pactos de mutua permeabilidad, -que no pueden confundirse con estrategia sagaz del invasor del campo enemigo-, y que han borrado los contornos de una política cristiana de verdad y que, en el hecho del gobierno de la nación, han consentido al adversario la conquista de los más recios baluartes de defensa de la ideología y de la vida cristiana del país.

El rico ha hecho su oficio de enriquecerse con afán, sin saber ser, muchas veces, rico cristiano cortado según el patrón del Evangelio. Nunca nos hemos sumado al coro de detractores sistemáticos de los pudientes de la fortuna. Ha sido un vicio de estos últimos tiempos, que tal vez ha contribuido a la ruina de la paz en el campo económico. Ha habido en nuestro país, más que en otro alguno, oro de ley en los usufructuarios de la riqueza. La generosidad hidalga del español, impregnada de sentido cristiano, muchas veces de profunda piedad cristiana, ha abierto los senos de la riqueza para que se vertiera en el del necesitado, en obra económicas de carácter social, en el fomento de la ciencia y del arte, en grandes empresas que han multiplicado la riqueza del país.

Pero sí que ha habido abusos enormes, que si pudieron justificarse en viejas costumbres y en el sentido de jerarquía y de sobriedad de nuestras masas obreras, debieron cesar cuando las modernas corrientes de bienestar penetraban en todo medio social y, sobre todo, cuando el enemigo, al par que utilizaba la razón poderosas de la quiebra de la justicia y de la equidad social, ofrecía a las masas el paraíso del goce por igual de los bienes de la tierra y forjaba la nueva religión del socialismo y comunismo para ir a su conquista.

Cuanto al pueblo, éste ha sido su gran pecado en la obra de la revolución. Se dejó conquistar por los predicadores de la mentira igualitaria, abandonando la creencia en su Dios, ya harto debilitada por causas múltiples; consintió que arraigara en su alma un odio injusto contra los de mayor fortuna, que le llevó a una historia de reivindicaciones que rebasaron cien veces los lindes de la justicia y ponían en peligro la misma máquina económica que daba el pan para todos; y aprendió el fácil camino unos goces que le brindaba una civilización refinada y que, al absorber el fruto de su trabajo, le dejaban con ansia mayor de lograrlos y con mayor rencor contra los más afortunados.

Toda la legislación social y todas las instituciones de carácter benéfico no han podido crear una zona de convivencia de los dos bandos rivales. El amparo oficial prestado a uno de ellos no hizo más que fomentar locas ambiciones en unos y obligar a los otros a aprestarse a una defensa desesperada de sus intereses. Y es que en estas alternativas de la vida económica de los pueblos, los poderosos se lanzan contra los débiles y viceversa, no ajustándose ninguno de ellos, en estos estados de fiebre colectiva, a los dictados de la justicia y de la caridad cristiana -que obligan a ambas partes-, sino dejándose arrastrar por la furia de la pasión social, que no es más que el producto de las pasiones personales de clase multiplicadas por sí mismas.