Carta Pastoral Catolicismo Y Patria Del Cardenal Isidro Goma Pr

Chapter 4

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Otras veces es la falsificación del concepto de Nación, que puede dar lugar a las aberraciones que denunciaba el actual Pontífice en su Encíclica “Divini illius Magistri” sobre exageraciones de la fuerza física; o de “este nacionalismo inmoderado, germen de injusticias y de numerosas iniquidades”, porque olvidan sus partidarios “no solamente que todos los pueblos, en cuanto son miembros de la gran familia humana universal, están atados entre sí por relaciones de fraternidad y que los demás pueblos tienen derecho a la vida y a la prosperidad, sino que ni es lícito ni útil separar el interés de la honestidad” (Pío XI, “Ubi Arcano”); o de este otro nacionalismo que surge contra el Estado y sacude el yugo común que aunaba en la síntesis de la Patria única a varios pueblos que la Providencia y la historia redujeron a un denominador común.

La doctrina católica, en el orden nacional e internacional, predica a los pueblos la justicia y la caridad, hasta el orden político. Justicia que no consiente conculcar el derecho que todo Estado tiene a vivir, y que halla firme apoyo en la calidad de fraternidad internacional; y justicia y caridad que, dentro de un mismo Estado, impone el respeto a vínculos derivados de los hechos y principios legítimos que forman de varios pueblos una gran Patria.

Y todo ello, amados diocesanos -y este es el bien máximo que la doctrina católica ha hecho a las sociedades políticas- dominado y presidido por el gran principio del Evangelio, ley de la vida terrena de individuos y pueblos: “Unum necessarium”. He aquí el ápice de la vida del individuo y de la sociedad: La única necesidad suprema del hombre es lograr su fin último, que es la visión de Dios en el cielo. La sociedad, la Patria, es un medio para ello; si no lo es, si es obstáculo, no llena su fin. De la sociedad podemos decir, como del individuo, la palabra de Jesucristo. “Qué aprovecha el hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mat. 16, 26). Los grandes imperios, la gloria de las armas, el prestigio de la cultura, el respeto internacional son nada si no son para Dios y para llevar los hombres a Dios. Es más; los pueblos más gloriosos, cuando se han vaciado de Dios, y más si han renegado de Dios, están condenados irremisiblemente a su ruina; la historia nos dice que la decadencia de las naciones empieza en el punto inicial de su apostasía de Dios.

Por esto la Iglesia, el Catolicismo, es el auxiliar político más poderoso de la Patria, hasta para el logro del bien temporal de la sociedad. “El fin de la política, dice Santo Tomás, es el bien humano, es decir, el fin óptimo en las cosas humanas” (Eth. 1, 1, 2) ; no podría oponerse a este fin el otro fin supremo de orden sobrenatural, que es el que persigue la Iglesia.

“A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”: este gran principio regulador de la política humana, desconocido antes de Jesucristo, señala los fines y atribuciones de las dos sociedades y de los dos poderes, espiritual y temporal. Pero la gran suerte para los pueblos es que sus actividades no se desarrollen paralelas y sin contacto, sino que, en mutua comprensión y compenetración, sin salir del ámbito que por ordenación divina les corresponde, la Iglesia, Madre de los pueblos, ayude al Estado a la labor de la felicidad temporal de sus súbditos; y el Estado, dócil a las enseñanzas de la doctrina católica, concurra con la Iglesia a levantar lo que el genio de San Agustín llamaba la Ciudad de Dios, por oposición a la Ciudad del mundo (Bened XV, Disc. al Col. card. 24 Dic. 1919 ).

Sería fácil, amadísimos diocesanos, un recorrido sobre la historia política de España, para demostrar que las crisis de su crecimiento y expansión coinciden con los grandes momentos del Catolicismo patrio. Los Concilios toledanos y la unidad nacional; la Reconquista y la vida cristiana de nuestro pueblo, los grandes nombres de Cisneros, Isabel la Católica y Felipe lI; la conquista y colonización de América, con este gran monumento del pensamiento católico de nuestros juristas que se llama “Leyes de Indias”; la guerra de la Independencia y esta otra guerra contra el bolchevismo, opuesto por diámetro al Catolicismo: todos estos hechos son como la columna vertebral que sostiene la historia patria; su médula es el Catolicismo. Catolicismo y Patria se han dado un abrazo secular en tierras de España.

Conclusión

Por fortuna nuestra, como decía un pensador, “el carácter español, fecundado por la Iglesia y hasta por condiciones nativas especiales, que ella ha sabido desarrollar en el espíritu de nuestra raza, no admite creencias opuestas a la creencia católica; todas se agostan y perecen aquí antes de que puedan arraigar”. ¿Será así en lo sucesivo? Es decir, toda vez que es innegable el retroceso de la Patria querida en la fe y en la vida cristiana; ya que España, aunque acuciada por su Catolicismo tradicional, ha dado un aletazo hacia las alturas de la fe antigua, ha sufrido en gran parte de ella las consecuencias terribles de una descristianización sistemática, radical, ¿podemos esperar una reacción religiosa que dé al Catolicismo el valor de Patria que tuvo otros tiempos?

Nuestro gran Donoso se hacía en sus días la misma pregunta: “¿Es posible una reacción religiosa? Posible lo es, decía, pero ¿es probable?” Y el filósofo respondía que no, porque no había visto ningún pueblo que hubiese perdido la fe y hubiese vuelto a ella. Pero creemos que no es así, y que si el gran orador hubiese visto nuestros días, hubiera tal vez exclamado: “Adhuc fides in Israel”. Hay fe en España todavía; fe viva y profunda, en un gran sector de nuestro pueblo, que puede ser el factor decisivo de nuestra regeneración.

No sólo hay fe, sino, lo que tal vez no había en los días de Donoso, hay el miedo de recaer en nuestra inmensa desgracia actual: hay, por ello, un ansia vehemente de rehabilitación social, en todos los órdenes, aunque muchos no piensen en el Catolicismo como factor de ella; y hay, sobre todo, en millares de españoles, el fuego devorador del apostolado que les hace decir el “¿qué quiero sino que arda?” (Lc. 12, 49). ¿Qué quiero sino que culmine en la patria el pensamiento de Cristo, que arda en su amor el pecho de todo español?

Cierto; nos azora el hecho del golpe rudísimo asestado al Catolicismo en nuestra Patria; nos entristece este otro hecho, innegable, de que tal vez no haya entrado bastante en el alma nacional el agravio hecho a Dios en los últimos anos, y particularmente este secuestro de las cosas divinas que nuestro pueblo ha sufrido en la mitad de la Nación. Nos aturde el pensar que, en estos tiempos de fácil intercambio entre los pueblos, abierto como deberá quedar el nuestro a influencias extrañas, pueda estar sometido a infiltraciones que mixtifiquen este tesoro que hasta ahora hemos guardado casi intacto: la sinceridad y transparencia de nuestra fe, el caudal de venerabilísimas tradiciones que eran su soporte, la severidad de nuestras costumbres, el cristiano respeto a toda jerarquía, esta hidalguía que no han sentido más que los pueblos que durante siglos han respirado una atmosfera saturada del espíritu cristiano.

Pero, contra todo ello, esperamos el resurgimiento del Catolicismo en nuestra Patria. Lo presagia la decidida voluntad del Jefe del Estado, que reiteradamente ha dicho que, por exigencia de nuestra historia y por convicción personal, el Catolicismo ha de ser el nervio de la España futura. Hoy mismo, al derogar la Ley de Confesiones y Congregaciones, dice el Jefe del Estado español: “Es notorio que en nuestra Patria no hay más que una confesión religiosa, que marcaron los siglos con singular relieve, que es la Religión Católica, “inspiradora de su genio y tradición”. No podía en menos palabras comentarse la verdad que hemos querido demostrar en esta Pastoral: El Catolicismo y su valor de Patria. La nuestra, España, es lo que es por el Catolicismo. “Los poderes de los Estados, nos decía pocos meses ha nuestro Santísimo Padre, hacen hoy de los pueblos lo que quieren”. Demos gracias a Dios de que se quiera hacer de España un pueblo católico desde las alturas del poder.

Lo anuncia, además, la nueva legislación del Estado, que en su trayectoria general está informada del espíritu católico. Y confirma nuestra esperanza, amados diocesanos, el innegable resurgir religioso que hemos observado en la parte liberada de nuestra querida Archidiócesis. Tanto nos consuela este hecho, que no cesamos de dar gracia a Dios por ello y os alabamos ante todos, “para que la Iglesia reciba edificación”, como reza nuestro lema. Quiera Dios que en todas partes la prueba tremenda sea estímulo que levante nuestro pueblo a Dios.

Esperamos también que el alma nacional se reconcentrará en sí misma después de la guerra, y verá que no hay más camino para el resurgimiento de la Patria que la restauración de nuestro viejo Catolicismo. Un pueblo es por lo que fue; renuncia a ser el que no quiere vivir de su pasado. Una nación es una serie de generaciones que se dan la mano y se comunican unas a otras el espíritu que las animó; cesa la continuidad cuando cesa la unidad de espíritu. La peor desgracia para la Patria sería creer que podemos sustituir el espíritu del Catolicismo por otro. Si Catolicismo y Patria están como consustanciados en España en los pasados siglos, “para formar su genio y tradición”, sería suicidio declarar el divorcio de ambos.

Y esperamos, amados diocesanos, que cuando sea la hora, las milicias de Acción Católica, obedeciendo a la consigna del Romano Pontífice, íntimamente trabadas con la Jerarquía en cuyo apostolado participan, emprenderán las conquistas pacíficas de la post-guerra, que no pueden ser otras que librar a la Patria de todo mal y hacerla todo bien, en todos los órdenes, difundiendo en ella e intensificando el Reino de nuestro Señor Jesucristo.

Entretanto, para cumplir con los fines de esta Carta, ya que el Catolicismo de la Patria es la resultante del de cada uno, os diré con el Apóstol: “Renovaos en el espíritu de vuestro interior” (Eph. 4, 23). “Despojaos del hombre viejo y vestíos del nuevo, que fue creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Aprovechad este santo tiempo de Cuaresma para hacer examen de vuestra vida y para restaurarla según Cristo en lo que viereis que anda descaminada. Haced Catolicismo en vosotros mismos y en el ambiente en que viváis. Es lo único que puede salvarnos en la gran tribulación que sufrimos. No temáis que sea remedio anacrónico. Es el único, de ayer, de hoy y de todos los siglos. “El sólo, os diré con el mentado filósofo, es el que está en estado de demostrar que posee el índice ordenado de todos los problemas políticos, religiosos y sociales”. Con ello haréis Patria, una, grande, libre, ya que nos place hoy el triple adjetivo. Una, con la unidad católica, razón de toda nuestra historia; grande, con la grandeza del pensamiento y de la virtud de Cristo, que han producido los pueblos más grandes de la historia universal; y libre, “con la libertad con que nos hizo libres Cristo”, porque fuera de Cristo no hay verdadera libertad (Gal. 4, 31).

Y mientras esperamos la paz de las armas, que nos consienta a todos trabajar con toda nuestra fuerza por Dios y por la Patria, imploramos del cielo para vosotros la paz de Cristo, que sobrepuja todo sentido, y de ella recibid gaje con nuestra bendición que os damos en el nombre + del Padre y + del Hijo, y + del Espíritu Santo.

Os escribimos desde Pamplona, a 5 de febrero de 1939.

+ ISIDRO, CARD. GOMÁ Y TOMÁS,

Arzobispo de Toledo.

Fuente: "Por Dios y por España". Pastorales,instrucciones,discursos, etc. 1936-1939, del Excmo sr. D. Isidro Gomá y Tomás, cardenal-arzobispo de Toledo. Barcelona, 1940

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