Carta Pastoral Catolicismo Y Patria Del Cardenal Isidro Goma Pr
Chapter 2
Ya no extraña, al tenor de esta doctrina católica, que la política cristiana haya hecho a la persona humana centro y objetivo de todo el mecanismo del Estado. Ya no somos parias o esclavos, como en las viejas sociedades paganas; ni meros individuos que se computan por números, como en Rusia. Somos para la sociedad, amados diocesanos; pero la sociedad es para nosotros. Se proclama hoy un principio que es incompatible con nuestra doctrina: “Todo para el Estado, nada contra ni fuera del Estado”. No; la persona humana tiene derechos inalienables que el Estado no puede desconocer. Hablando con Santo Tomás, “la persona humana se ordena a la sociedad política, pero no en su totalidad ni en todas sus cosas”. El santuario de la conciencia, las altas cumbres de su pensamiento, la libre tendencia a sus destinos según la ley suprema de Dios, son cosas inaccesibles al poder del Estado. Por esto ha podido decir Pio XI que “la sociedad es hecha para el hombre, no el hombre para la sociedad… Sólo el hombre, sólo la persona humana y no la colectividad en sí, está dotada de razón y de voluntad moralmente libre” (Enc. “Divini Redemptoris”). De tal manera, añade León XIII, que “si los individuos, si las familias al entrar en la sociedad encontrasen en ella, en vez de sostén un obstáculo, en lugar de protección una disminución de sus derechos, debiéramos huir, más que buscar, la sociedad” (Enc. “Rerum Novarum”).
Por esto no hay personalidad más recia, ni caracteres más robustos que los que labra el catolicismo. Ninguna doctrina, vieja o nueva, ha exaltado más la dignidad del hombre. No hay poder humano que haya podido someter a su arbitrio a un cristiano digno de este nombre. En este sentido la historia hablará muy alto de muchos católicos españoles de nuestros días. Obediente a la autoridad, abnegado para todo cuanto sea el fomento del bien común, jamás se inclinó un católico ante las exigencias de una tiranía que atentara contra su conciencia. Nuestros mártires y nuestros santos forman un ejército de “personas humanas” tan profundamente definidas que ninguna religión ni organismo político pueden ofrecerlas iguales.
A la luz de la doctrina católica siguieron los grandes pueblos de Europa sus rutas gloriosas; y al empuje de la divina fuerza que de Jesucristo derivó a hombres y pueblos, lograron éstos los más altos ápices de nuestra civilización, la más llena y florida de la historia. Ciencia, arte, literatura, instituciones políticas, costumbres públicas, el respeto individual y las formas maravillosas del orden social; todo logró un esplendor desconocido de los antiguos. Y el germen de toda grandeza estaba en el elemento hombre, en el cultivo de la persona humana, en la claridad de su pensamiento iluminado por la verdad divina, en la energía de su voluntad que informaba la ley de Dios, en la expansión de todo elemento personal al contacto con el fermento que la doctrina católica puso en el fondo del espíritu y del sentimiento humano, en este optimismo del hombre que se siente llamado a grandes destinos. Era Dios mismo que disponía de la masa humana, que la dignificaba al ser servido por ella y la vestía con un destello de su propia gloria.
Pero vino la revolución, o mejor, vinieron las sucesivas revoluciones que paulatinamente, en poco más de tres siglos, han aventado el patrimonio espiritual de la civilización europea. “Nemo repente fit summus”, decían los antiguos: “Nadie se hace súbitamente bueno o malo”, ni individuos ni pueblos. Y los de Europa han venido a parar al estado de pulverización actual por las sucesivas acometidas del espíritu laicista, de independencia con respecto a Dios, que tuvo sus comienzos en el Protestantismo y que, a través de la Enciclopedia y la Revolución francesa, ha llegado a las etapas del liberalismo, del socialismo y del comunismo nihilista.
La Revolución, expresada en sus metamorfosis históricas por estos nombres, cada uno de los cuales representa una forma de la independencia del hombre con respecto a Dios, ha dejado al hombre ciego e inerme: ciego, porque ha sufrido de insuficiencia mental para resolver los grandes problemas cuya llave está en la doctrina trascendental de la revelación divina; e inerme, porque está escrito que “si Dios no edifica la ciudad, en vano se esfuerzan los que trabajan en levantarla” (Ps. 126, 1).
Es la situación terrible que describía el Apóstol a los fieles de Tesalónica: “Porque no recibieron el amor de la verdad que debía salvarles, -“Eo quod charitatem veritatis non receperunt ut salvi fierent-, Dios les enviará el artificio del error, con que crean a la mentira, para que caigan bajo su juicio todos aquellos que han rehusado su fe a la verdad y han consentido en la iniquidad” (2 Thes. 2, 10-11).
Sobre esta gran desgracia de nuestros tiempos llamaba la atención el actual Pontífice en su primera Encíclica: “Sentimos, decía, una especie de terror –“terrebat nos quam maxime”-, a la consideración de las condiciones funestas de la humanidad en la hora presente”.
“¿Puede desconocerse la enfermedad, tan profunda y grave, que sufre, en estos momentos más que en pasados tiempos, la sociedad humana, y que agravándose de día en día y corroyéndola hasta la médula la lleva a la ruina? Esta dolencia, bien la conocéis, es, con respecto a Dios, el abandono y la apostasía; y nada hay sin duda que acarree más seguramente la ruina, según la palabra del Profeta: “He aquí que los que se alejen de Ti perecerán” (Ps. 72, 27). Cuál será el resultado de esta lucha que pobres mortales han declarado a Dios, ningún espíritu sensato podrá ponerlo en duda. Cierto, es fácil al hombre que quiere abusar de su libertad violar los derechos de la autoridad suprema del Criador; pero el Criador tiene siempre segura la victoria. Más todavía: la ruina amenaza de más cerca al hombre justamente cuando con mayor audacia se levanta éste con la esperanza del triunfo” (Enc. “E supremi apostolatus”).
Pero la revolución, amados diocesanos, no hubiese prendido en el alma moderna si los hombres, los individuos, no se hubiesen hecho revolucionarios. Esto podrá parecer una perogrullada; pero lo expresamos en esta forma para sacar de ella una lección directa para cada uno de vosotros.
La sociedad, hemos dicho, se forma de personas. El valor social depende del de sus componentes. Si éstos hubiesen resistido al encantamiento de los maestros de la mentira; si no hubiéramos sido, uno a uno, como las nubes de que nos habla el apóstol, “que son arrastradas de aquí para allá por los vientos” (Jud. 12), si hubiésemos resistido al empuje de la mentira, arraigando el pensamiento en la fe añeja de nuestros padres y de nuestro Dios, la revolución, como dardo que da en la roca, hubiese perdido su fuerza de penetración en la masa social.
De aquí derivamos una lección de vida cristiana, que formulamos con la palabra elocuentísima de San León: “Agnosce, christiane, dignitatem tuam”: “Reconoce, cristiano, tu dignidad”. Somos nada, amados diocesanos; el gran mérito del cristiano está en fundar los cimientos de su grandeza, en frase de San Agustín, en el hoyo profundo de nuestra nada. Pero, si con el filósofo podemos decir que, en el orden natural, es el hombre “una caña que piensa”, en el orden sobrenatural nos ha hecho “poco inferiores a los ángeles” (Ps. 8, 6), ha llenado nuestra frente de barro de verdades del cielo; ha hecho de nuestro corazón vaso de oro de la caridad divina que nos hace semejantes a Él; ha robustecido toda nuestra vida con la coraza de la gracia; con ella nos ha hecho capaces de toda virtud: “Omnia possum…” (Phil. 4, 13); nos ha puesto bajo la custodia de un ángel del cielo que nos guíe en esta tierra de miseria; y nos tiene en el cielo reservado un trono mil veces más brillante que el de las majestades del mundo.
iQué base ancha y profunda, la del Catolicismo para hacer una gran Patria! San Agustín argüía contra los paganos de su tiempo desafiándoles a que buscaran ciudadanos más probos, magistrados más incorruptibles, soldados más valientes, industriales y mercaderes más justos que los católicos. Es que el católico que lo es de veras sabe que ha de traducir en su vida de cada día las grandezas del pensamiento y de la ley de Dios, únicas que pueden hacerle grande; que su misión en el mundo es hacer de sí un “hombre perfecto, como el Padre celestial es perfecto” (Mat. 5, 48); que su integridad personal es, por lo que a él toca, garantía de la incorruptibilidad social; que su honor y su virtud son parte integrante del patrimonio espiritual de su pueblo; y que la gloria de una nación, de la Patria, es la resultante del bien y de la gloria de todos los hermanos, que se multiplican por el contacto y por las influencias mutuas de todos ellos.
En nuestro pueblo español se ha dado un verdadero estallido de patriotismo desde el levantamiento nacional. Diríamos que ha sido una compensación del período de anestesia del sentimiento patrio en que gran parte de nuestro pueblo había vivido durante años. Si no hubiese sido nuestro vigor espiritual hubiésemos sucumbido. Y este vigor nos ha venido de algo sobrehumano, aun dando su parte a los factores puramente terrestres. Ni la raza, ni la historia, ni el puro sentido de Patria hubiesen producido la tensión tremenda del espíritu nacional. En el fondo estaba Dios y la fuerza que Él comunica a los adalides de su causa. El número incontable de “verdaderos mártires”, como les ha llamado el Papa, que sucumbieron por conservar su fe, por no mancillar sus almas con la apostasía, por amor a su Dios; y el de tantos miles de hombres que salieron a defender, ante todo y sobre todo, sus ideales religiosos, es la demostración de que Dios es todavía el “vigor tenaz” –“tenax vigor”- de gran número de españoles. Nunca tiene tanto relieve la persona humana, ni llega a tan alto valor social como cuando la informan el pensamiento y la ley y la vida de Dios.
“Manteneos firmes, amados diocesanos, os diré con el Apóstol, y no caigáis de nuevo en servidumbre” (Gal. 5, 1). Os hemos de prevenir contra un peligro que ha surgido en nuestros tiempos por reacción natural contra la revolución llamada liberal y democrática. Tal vez apunte, en algunos pueblos de Europa, una nueva forma de atentar contra la persona humana, tal como la quiere la doctrina cristiana Nos referimos a la tendencia de algunos Estados a absorber toda actividad social. El liberalismo fue el ácido corrosivo que deshizo la contextura social cristiana por la pulverización de sus elementos al separarlos de Dios. Los lemas de libertad, igualdad y fraternidad y la proclamación de los Derechos del Hombre fueron el señuelo que engañó a los hombres haciéndoles creer la fábula de su soberanía; y los pueblos se convirtieron, desgajados de Dios, en masas de individuos sin relieve, en rebaños humanos explotados por sus conductores.
Tan temible es la reducción de los valores humanos, la disminución de la personalidad humana, hecha desde abajo como desde arriba; y sería lamentable que, en vez de buscar la fuerza social y la grandeza de la Patria en la dignificación espiritual del ciudadano y en la trabazón armónica y natural de todos los elementos que integran un pueblo, se formara un artificio de fuerza, más o menos brillante, que regulara, en cuadrícula inflexible, el pensamiento y las actividades de todos. Busquemos todos y cada uno el reino de Dios dentro de nosotros –“intra vos est”- para que obtengamos el dominio sobre cuanto nos es inferior; pongámoslo en el acervo común de la Patria; que los poderes humanos que moderan la actividad de la Nación lo hagan según el orden establecido por Dios; y lo demás se nos dará por añadidura: la paz, el orden, el bienestar social y el esplendor de la gloria patria.
Patria, Catolicismo y Familia
Pero la Patria no es grande sólo por la grandeza personal de sus miembros: lo es por la fuerza de sus instituciones, y la primera de todas es la familia. Por ella entra el hombre a formar parte de la Patria. Creemos útil indicar unas ideas sobre el Catolicismo en función de la familia.
Ella, dice Pio XI, “es una institución de orden moral y jurídico para encauzar los instintos, combatir el desbordamiento de las pasiones y hacer servir como se debe las inclinaciones y atractivos sensibles al bien de la propagación de la especie y al desarrollo de una vida verdaderamente humana” (Enc. “Casti Connubii”).
Es la familia la más natural de todas las sociedades: porque la reclama más imperiosamente que a toda otra la existencia de la especie humana; porque su constitución y funciones son indicadas por la naturaleza mejor que las de otras sociedades; porque preside el origen de la vida humana, es cuna de la sociedad civil y base necesaria de todo el edificio social.
La familia es nuestra pequeña patria, amados diocesanos; precisamente la gran Patria se llama así por lo que tiene de familia, porque no es más que el desarrollo, copioso y magnífico, de la célula inicial de la familia.
No sólo es nuestra pequeña patria la familia, sino que es el exponente de la fuerza y de la gloria de la Patria grande. La familia es el germen de la Ciudad, que es poderosa o débil según sea el vigor de la semilla de la familia. No es necesario insistir en un punto que ha demostrado la historia de todos los pueblos. El Catolicismo ha dado todo su vigor a la familia en nuestra civilización cristiana. Antes de él la familia había llegado a todos los rebajamientos: el matrimonio corroído por sus grandes lacras, divorcio y poligamia; el padre convertido en déspota de la casa, o mutilado en su autoridad por el Estado; la madre sin dignidad ni libertad; los hijos, o sometidos de por vida a la autoridad tiránica del padre, o entregados a la máquina del Estado para la pública utilidad. Fuera de él, la familia ha caído en las mismas aberraciones del paganismo: el divorcio, la desvinculación de padres e hijos, la desnatalidad, los hogares deshechos por el mutuo desamor, o debilitados por la intromisión del Estado.
Todo ha sido restaurado en la familia por el Catolicismo. Él ha asentado la institución doméstica sobre la moral natural, al tiempo que la ha sobrenaturalizado en su ser y en sus oficios, llevándola al más alto grado de pureza y colocándola bajo la garantía positiva de Dios.
Contra la doctrina naturalista que pretende que el matrimonio no es más que una variedad de la especie de contratos y que puede disolverse legítimamente por la voluntad de los contrayentes, la doctrina católica defiende la indisolubilidad y la unidad del contrato conyugal, que ha sido elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento. Ya, pues, “lo que Dios ha unido no podrá separarlo el hombre”, y la familia tendrá en derecho y en su misma base la firmeza de las cosas de Dios.
El marido es jefe de la familia y cabeza de la mujer. Esta es el corazón de la casa y ocupa el segundo lugar en la jerarquía de la autoridad y del amor. La caridad divina debe estar presente siempre para regular los mutuos deberes de los cónyuges. El sitio preferente de la esposa es la santidad del hogar cristiano, del que debe hacer un cielo en la tierra con su abnegación y las exquisiteces de amor que Dios puso en su corazón. “Y si más allá del hogar, que se hundiría si dejase en él de ser la reina, las costumbres y las leyes abren cada vez más en nuestros días las anchas esferas de la cultura intelectual, de la acción social y de la vida cívica, tendrá por ello un título especial para utilizar estos nuevos medios de influencia para promover en todas partes el respeto de la vida doméstica, el cuidado por la formación cristiana de los hijos, la enérgica protección de la moral pública” (Card. Gasparri a M. Duthoit, 1927).
Los hijos son de los padres, con anterioridad a todo derecho y a toda concesión del Estado, y sobre ellos tienen el derecho de instrucción y educación. El fin primordial del matrimonio es la procreación y la educación de los hijos. El bien del hijo no termina con el beneficio de la procreación; es preciso que se añada otro, contenido en su buena educación. La grandeza de los padres, la fuente primera de perfección y santidad en su unión, es que tengan la noble responsabilidad de la educación de sus hijos en la tierra, y hasta, con la Iglesia, para la vida ultramundana; que tengan ellos el deber de vivir ellos mismos según la ley doméstica que haga posible esta educación.
La gloria de la familia es su fecundidad: “Creced y multiplicaos…” Las familias numerosas son gloria de la Patria. Gloria y fuerza, porque “es un hecho de observación diaria, dice un moralista, que los pocos hijos hacen a los padres débiles, y que los padres débiles hacen siempre los hijos impertinentes y caprichosos”.
“Cuando más poblada está una nación, más se la juzga gloriosa”, dice Santo Tomás (“De Reg. Princ”. 1, 4, c. 11). “La gloria del Rey y su dignidad está en la multitud de su pueblo”, dice Bossuet. Y el salmista canta la gloria de los padres, sentados a la mesa y rodeados de copiosos hijos, “como de retoños de olivo” (Ps. 127, 3). Los períodos de gran prosperidad para los pueblos son los períodos de crecimiento y de saturación de población: así fue por la antigua Grecia y por Roma; así para los pueblos europeos de los siglos medios. Y este crecimiento depende de la familia cristianamente constituida.
Todas estas indicaciones sobre la familia, tomadas de la Escritura, de las Encíclicas Pontificias o de concienzudas observaciones históricas, demuestran paladinamente una doble verdad, a saber, que la grandeza de la Patria es inseparable de la grandeza de la familia y que sólo por el Catolicismo ha logrado la familia el máximo de su consistencia, de la fecundidad y de la eficacia para la debida formación de los hijos que serán los ciudadanos de mañana. Y cada vez que han surgido doctrinas atentatorias contra esta sagrada institución de la familia, ora en nombre de la religión, como lo hicieron los montanistas y albigenses; o de la economía, como Malthus y los protestantes partidarios del “Birth Control”; o de la política, como el socialismo y el comunismo; o de la ciencia, como los eugenistas, la Iglesia católica ha dibujado de nuevo, como al buril, los trazos irreformables de la familia tal como Dios la quiere, o ha tenido anatemas terribles contra los deformadores de esta institución fundamental de todo pueblo que no quiera morir. Aquí están, entre los documentos pontificios modernos, las grandes Encíclicas “Arcanum”, de León XIII, y “Casti Connubii” y “Divini illius Magistri”, del gran Pontífice reinante.
Patria, Catolicismo y familia: no hay Patria gloriosa sin familia fuerte; y no hay robustez de la familia fuera o contra el Catolicismo. Este y el Patriotismo se dan la mano en las familias cristianas de verdad. El Catolicismo está en la familia fuerte como el autor en su obra; la Patria está también allí; porque allí tiene asegurada la vena inextinguible de su vida; para recibir de ella los hijos bien formados y ayudar a completar su formación; abriendo sus senos para que se vierta en ellos el puro amor patrio que brota de las familias bien formadas; para buscar, en estas horas de vibración nacional, cuando amenaza el peligro o se quieren acometer grandes empresas, las sublimes abnegaciones hasta el sacrificio de la vida, este tributo de caridad social, y porque los valores de familia son solidarios de los de Patria.
Conservad, amados diocesanos, las santas tradiciones de la familia española. Como toda fuerza que se abreva en nuestra religión, parecía embotado el vigor de nuestras familias; y hoy, en la tremenda tribulación de la Patria, las hemos visto vibrar ante el peligro, y dar sus bienes, y sus hijos, y sus actividades para la salvación de la madre común, España. Nuestras virtudes raciales, labradas a fuerza de siglos por el Catolicismo, se han condensado en la virtud magnífica del Patriotismo. España se ha salvado porque no había dejado de ser católica; y lo era, contra el querer del Estado, porque sus hijos habían sido hechos católicos en el regazo de sus madres y en el ambiente cristianísimo de la mayoría de las familias.
“Hermanos, os diré con el Apóstol, estad firmes y mantened las tradiciones que habéis aprendido” (2 Thes. 2, 14). La fidelidad en los deberes y en el mutuo amor, la constancia en el trabajo, la conservación del patrimonio material y moral que leguéis a vuestros hijos, el celo en formarlos para Dios y la Patria, las prácticas de religión y piedad que habían tenido fervoroso culto en nuestros hogares, la asistencia colectiva a la parroquia, el respeto a toda jerarquía y la caridad con todos; conservadlo todo y seréis grandes patriotas, más que muchos voceros del Patriotismo, porque sobre tales familias se asienta la grandeza de vuestra Patria.
Catolicismo y orden social
Pero ni la persona humana con su dignidad, ni la familia con sus encantos y con la plenitud de su amor fecundo se bastan a sí mismos. “Hay en el hombre, por su naturaleza, el germen de la vida civil; porque no pudiendo llegar por sí solo a todos los cuidados necesarios a su vida, ni al desarrollo total de sus capacidades intelectuales y de sus anhelos del bien, la Providencia le ha hecho nacer para la unión y la sociedad, no sólo la doméstica, sino la civil, única que puede procurar la perfecta suficiencia de la vida” (Enc. “Immortale Dei”).
Demos por constituida tal como está nuestra sociedad, la Patria en que nacimos, prescindiendo de las razones geográficas, históricas o etnográficas de su formación. Nuestra sociedad es la Nación o Estado español. Nuestro primer deber es sentimos orgullosos de tal sociedad y de tal Patria.
De lo que no podemos prescindir, al tratar del orden social y concretarlo a España, es del Catolicismo, tan profundamente enraizado en la conciencia nacional y en la historia Patria. No podemos hacer estas sencillas reflexiones sobre el orden social en pura teoría, porque no nos ocupamos de sociología o de historia, sino de la formación religiosa y moral de vuestras conciencias.
Porque nosotros, amados diocesanos, prescindiendo de la sociedad doméstica en cuyo seno nacimos, formamos parte de dos grandes sociedades: la temporal, que es nuestra Nación, y la espiritual o sobrenatural, que es la Iglesia católica. Por nuestros padres, según la carne, hemos entrado a formar parte de la Patria de la tierra; por el bautismo, que hemos recibido en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hemos sido admitidos a la unión intima con Dios, “para que nuestra sociedad sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Joh. 1, 4). Desde este momento, ni en nuestro ser, ni en nuestras actividades de orden particular o social, ni en la orientación de nuestra vida podremos prescindir de ninguna de las dos sociedades. Ni ellas, tratándose de un Estado que se llama oficialmente católico, podrán ser indiferentes una a otra, antes deberán trabajar mancomunadamente para el bien temporal y eterno de sus asociados.
Estas dos palabras, lo temporal y lo eterno, nos dan la fórmula de conjunción y colaboración de las dos sociedades, al tiempo que señalan nuestros deberes y nuestra posición ante cada una de ellas. Y son, al mismo tiempo, las que concretan el orden social en un país católico como el nuestro. La Iglesia, que tiene por objeto la constitución del reino de Dios en la tierra, es decir, una sociedad sobrenatural de hombres, que atados por los vínculos de la fe y de la caridad trabajan para conformar su vida con la de Jesucristo, Modelo soberano de todos, para con ello lograr su destino definitivo, que es la visión de Dios en el Cielo; y el Estado, cuyo fin es procurar el máximo bien temporal a los ciudadanos en el orden material, intelectual y moral.