Carta Pastoral Catolicismo Y Patria Del Cardenal Isidro Goma Pr
Chapter 1
CARTA PASTORAL SOBRE EL VALOR DE PATRIA DEL CATOLICISMO QUE SU EMINENCIA EL CARDENAL ARZOBISPO DIRIGE AL VENERABLE CLERO Y FIELES DE LA ARCHIDIÓCESIS CON OCASIÓN DE LA SANTA CUARESMA
A NUESTROS AMADOS DIOCESANOS:
Cuando la revolución de 1931 conmovió los fundamentos de la Nación española por la sustitución brusca de sus instituciones políticas, y la inesperada acometida del ateísmo legal puso en peligro el pensamiento y la vida religiosa del país, los católicos, obedientes a la voz del Papa, nos replegamos a las posiciones inconmovibles de nuestros principios doctrinales, dispuestos a trabajar con el denuedo de siempre por Dios y por España en el nuevo orden de cosas establecido. Fue entonces cuando escribíamos a nuestros diocesanos de Tarazona las Pastorales «Los deberes cristianos de Patria» y «Los Deberes de la hora presente», y a vosotros, al tomar posesión de nuestra gloriosa Sede toledana, «Horas Graves», en las que exponíamos las exigencias del pensamiento y de la vida cristiana ante las grandes cuestiones que se rozan con las instituciones civiles y políticas y que se planteaban en toda su gravedad por aquellos días: Religión, Estado, autoridad y libertad, patria, democracia, familia, propiedad y trabajo, deberes ciudadanos, etc.
Desde entonces hemos pasado unos años de angustia mortal: la de la lucha a brazo partido, en el orden de principios, con las fuerzas de orden político que se empeñaron en dejar nuestra sociedad huérfana de Dios; y luego la de esta lucha cruentísima, que ensangrienta aún el suelo patrio y que sería una catástrofe sin igual en nuestra historia si no presagiara el resurgimiento de los valores del espíritu que la revolución impía trato de aniquilar.
Y vamos a insistir en estos temas vivos que han sido en todos los siglos y en todos los pueblos germen y fin a un tiempo de sus evoluciones o revoluciones. Como en el juego de ajedrez, el tablero humano es siempre igual, sobre todo en las civilizaciones ya definidas; sólo cambian el juego y las figuras, que se mueven y sitúan según la fuerza ciega de los hechos o el querer de los hombres, todo bajo la acción próvida y soberana de Dios. En estas horas en que avizoramos ya, gracias a Él, el fin de la terrible contienda, y se está elaborando, entre temores y esperanzas, el porvenir de la Patria grande, os hablaremos de nuevo del tema eterno de las relaciones entre Religión y Patria –“Arae et foci”: “Altares y hogares”- escribiéndoos esta nueva Carta, “CATOLICISMO Y PATRIA”, en la que nos proponemos daros las lecciones que reclaman las circunstancias del momento.
Nos mueven a ello, por una parte, el anhelo de que la prueba terrible de la guerra tenga su equivalente de resurgimiento religioso en el futuro de España, y el miedo de que pueda frustrarse, por falta de orientaciones de orden espiritual, el sacrificio en que hemos puesto todos algo de nuestra vida; y por otra, las voces, aisladas si se quiere, que se han levantado de los dos bandos combatientes sobre el tema vivo de la religión en orden a los postulados de Patria. Porque leíamos hace poco en un periódico de la zona roja estas palabras de amenaza: “Que nadie se imagine que el Catolicismo pueda recobrar el puesto que aquí ocupó con anterioridad a la guerra. Quien se arriesgue a laborar por este fin, deberá ser inmediatamente encarcelado como provocador y agente del fascismo”. Y en un libro publicado en la España Nacional hallamos frases como éstas: “La empresa de edificar... un plan de resurgimiento histórico ... es algo que puede realizarse sin apelar al signo católico de los españoles”... “Es una empresa que la Iglesia católica misma ni intenta, ni debe, ni se le permitiría emprender”. “España necesita patriotas que no le pongan apellidos”. “El patriotismo al calor de las Iglesias se adultera, debilita y carcome”.
Es decir, que aun teniendo nuestra guerra, en alguno de sus aspectos, todos los caracteres de una Cruzada, tanto por lo menos como algunas guerras de religión que registra la historia, mucho más de lo que se nos ha concedido en ciertos medios católicos del extranjero, se intenta separar el hecho de la guerra y sus consecuencias del catolicismo patrio, empeñándose algunos espíritus mezquinos en levantar una España nueva poco menos que sobre un materialismo o un racionalismo estúpido, o sobre un espíritu colectivo de heroísmo vacío de Dios que quedaría, en la mejor hipótesis, relegado al fondo de las conciencias o a la soledad de los templos. Es confirmación de que en toda contienda política se toca el problema de la religión, y de que hasta en el estrépito de las batallas y en las grandes convulsiones de los pueblos, son Dios y sus derechos la preocupación de los hombres.
Gradas a Dios, la voz autorizadísima de nuestros gobernantes ha asegurado reiteradamente que la España futura se asentará sobre los principios católicos que la hicieron grande en otros tiempos. No lo seria si así no fuese.
Catolicismo y Patriotismo
Empezaremos por definir los términos.
Catolicismo y Patriotismo son dos palabras que expresan la proyección social de dos grandes conceptos: Dios y Patria, Para nosotros, españoles, Dios es el Dios Trino y Uno que confesamos en el Credo; y es, en su manifestación temporal y humana, el Enviado del Padre, su Hijo Jesucristo, Fundador de la religión católica, con su doctrina, su ley, su culto y su organización social. Y la Patria es España, tierra de nuestros padres, “terra patrum”, con su territorio, sus instituciones y su historia, con su vida específica que la distingue de todos los pueblos, con los hermanos que son, fueron y serán, y que hace su camino a lo largo de los siglos.
Catolicismo es, pues, sinónimo de religión católica, no sólo en cuanto es un sistema religioso peculiar de una institución fundada por el Hijo de Dios, la Iglesia católica; sino en cuanto es la profesión de la doctrina, la práctica de la ley y el ejercicio del culto que la Iglesia católica impone a sus adeptos. Y Patriotismo es el complejo de las virtudes que se condensan en et amor y servicio de la Patria.
La filosofía y el sentido popular de todos los pueblos civilizados unieron siempre en lazo sagrado los nombres de Dios y Patria. Sólo los sin-Dios y sin-Patria han podido romperlo. La razón es profunda y simple, como todos los grandes hechos de orden universal. Dios es el Autor del hombre, su Hacedor. Sin Dios no hay hombre. Desde el momento en que el hombre tiene conciencia de sí, habrá de reconocer el lazo profundo que le une al Ser que le dio la vida. Es la relación de la obra con su autor, con los vínculos de amor, de dependencia, de servicio que exige la creación en un ser moral, y que vienen comprendidos en la palabra santa de “religión”, expresión de la “religadura” que el acto creador implica entre la criatura racional y su Criador.
Pero Dios no nos ha manifestado directamente su pensamiento y su voluntad con respecto a nosotros. Somos, por exigencia de nuestra naturaleza, seres enseñados y educados. Ni ha querido darnos personalmente la totalidad del ser y la perfección del ser. Somos hijos de nuestros padres, en nuestro ser orgánico y en nuestra educación. Y somos hijos de la Patria, que no es más que una prolongación y una ampliación del hogar paterno, donde recibimos la plenitud de nuestra vida natural. Ser social como es el hombre por naturaleza, aparece en el seno de una sociedad determinada que es su Patria, que labra la nueva vida en colaboración con Dios y con los padres, con todos los recursos de una pedagogía más o menos perfecta según sea su civilización.
Así el hombre, por exigencia de su misma naturaleza, está atado con triple vínculo: a Dios, a sus padres y a la Patria; y este triple vínculo, que es de criatura racional y por lo mismo de pensamiento y de voluntad, implica una triple religión o “religadura”, con su expresión que es el “culto” o servicio, de pensamiento, de libertad, de acción: el que debemos a Dios, que es propiamente la religión, función sagrada que tiene por objeto al Dios santísimo; el culto a los padres, que se dice por analogía del que debemos a Dios, y que se traduce en los servicios de amor y obediencia reverente; y el culto de la Patria, con sus exigencias de amor y servicio, hasta de la vida en ciertos casos.
Dios, los padres, la Patria. Son tres paternidades a cuyas influencias ningún hombre se sustrae. Dios Padre, “de quien viene toda paternidad en los cielos y en la tierra»” (Eph. 3, 15); nuestros padres según la carne, que nos engendran y educan dentro de ciertos límites; y la Patria, que recibe la obra de Dios y de los padres al nacer un nuevo ciudadano y en cuyo seno, prolongación del de la familia, como esta es prolongación espiritual del útero materno en frase de Santo Tomás, el hombre logrará la plenitud de su desarrollo: fuerza, amplitud y trascendencia para su pensamiento; energía y eficacia para su voluntad, formación de su sentido estético, satisfacción plena de las necesidades materiales, el goce, en fin, de la vida perfecta en el orden natural, que es el fin de la sociedad para los hombres que la integran.
A la luz de estas sencillas reflexiones aparece claro el sentido de estas palabras: Catolicismo y Patriotismo. Prescindiendo, para nuestro objeto, del pequeño coto de la familia, “seminario” de la sociedad, sagrado reducto de las virtudes domésticas que dan su fuerza íntima al hombre y que tienen su expansión en la vida social, queda la doble paternidad, de Dios y Patria: Dios, que reclama para sí toda la actividad de la vida humana, como último fin que es de ella; y la Patria, que exige, salvando la dignidad de la persona humana y las exigencias de otras instituciones, todo el servicio que puedan prestarla los ciudadanos para la formación de esta obra maravillosa, la sociedad humana, la más excelsa de las manos de Dios en el orden natural.
Catolicismo, que es nuestra Religión. Hijos del Padre Jesús y de la Madre Iglesia, que salió de su costado abierto por la lanza en la Cruz, nos llamamos “cristianos”, de Cristo nuestro Padre, y “católicos”, porque es católica nuestra Madre la Iglesia; y nuestra profesión religiosa, esta ligadura que nos ata al Soberano Señor de Cielos y tierra, es la religión católica o Catolicismo. Religión sobrenatural, porque Dios, por Jesucristo, ha querido darnos una participación de su misma naturaleza (2 Petr. 1, 4) y, por último destino, la visión de su propia esencia en un cielo eterno. Y Patriotismo, el culto de la Patria de la tierra, España para nosotros, que reclama el abnegado esfuerzo de todos para su grandeza, ayudándonos ella en cambio al logro de nuestros destinos temporales y eternos.
Así Catolicismo y Patriotismo representan para nosotros a un tiempo los factores máximos de nuestra grandeza y el doble altar en que ofrezcamos los mayores sacrificios. Lo primero, porque todo en el hombre tiene su aspecto social, en orden a la Patria de la tierra y a la del cielo. Lo segundo, porque los sacrificios responden al favor de nuestros bienhechores, y no hay otro superior al que nos hace Dios al hacernos hijos suyos, y el que le sigue en orden, que es el que nos hace la Patria al acabar en nosotros, en el orden natural, la obra de Dios y de nuestros padres.
Ya veis, amados diocesanos, cómo el doble concepto de Dios y Patria, que tiene su expresión social en el Catolicismo y Patriotismo, están profundamente vinculados, en el orden objetivo y en el de nuestros afectos; y que difícilmente puede sufrir quebranto uno de los dos amores sin que de rechazo sufra el otro, en el tesoro de nuestros sentimientos o en su manifestación externa y social.
Patria, Nación, Estado
Pero la Patria es algo indefinido. Con razón se ha dicho que es uno de los conceptos más difíciles de concretar. Desde el: “Ubi bene ibi Patria”, del escéptico, “Donde vivo bien allí es mi Patria”; hasta el internacionalismo de los sin-Patria, hasta el “Dulce et decorum est pro Patria mori”, del que sabe morir con gozo y gloria por ella, hay variadísima gama de matices, de idea y de sentimiento con respecto a la Patria. El Patriotismo va al compás de la idea de Patria y del amor que la sigue. Por ello, y sólo para el fin moral y espiritual de esta Carta, aclararemos estos conceptos, de orden natural y político, para mejor comprensión de sus lecciones.
La Patria no es sólo la tierra en que nacimos, o el conjunto de familias y ciudades que la pueblan, aun concibiéndolas organizadas para las necesidades de la vida material. Es más bien una asociación de orden espiritual y moral que por ley natural y bajo la providencia de Dios se ha formado, bajo la fuerza unitiva de unos mismos lazos, de historia, de cultura, de aspiraciones, de religión y raza, de tierra y lengua. La Patria, como la familia, es obra del instinto en su expresión más concreta y robusta. Podríamos comparar la Patria a una gran casa solariega, a cuya construcción, en la “terra patria”, han contribuido una serie de generaciones, con la aportación de todo recurso humano, ciencia y virtud, trabajo y arte, autoridad y obediencia, leyes y costumbres, aptitudes y tradiciones, empresas e ideales, sacrificios y triunfos, que han llegado a formar, por dentro, una conciencia colectiva de unidad, que es el soporte y el aglutinante de toda fuerza conservadora de la entidad; y, por fuera, le han dado una fisonomía peculiar que la distingue de toda otra Patria.
A todo este cúmulo de grandes cosas humanas llamamos: “La madre Patria”. Lo es, porque nacimos en ella -nuestros padres formaron parte de ella- y porque, como toda madre, ha impreso en nosotros, al formamos con los recursos de su pedagogía, una fisonomía peculiar que nos distingue ante el mundo. Los “padres de la Patria” se llaman así, no tanto porque fomentan sus intereses, cuanto porque, representantes suyos legítimos y depositarios del patrimonio de todos, deben aplicarlo a la valorización y a la perfección de todos.
Por esto es universal el amor de Patria; porque es la manifestación más profunda y rica del instinto social y porque, después del Sumo Bien, es el bien máximo de todo hombre. Amor que impone el sacrificio de la vida cuando se trata de salvar la unidad, la independencia soberana, la incorruptibilidad de la Patria; y que llevó al paganismo a conceder a la Patria los mismos honores que a la divinidad, cuando en Roma se consideró crimen de lesa Patria negar un puñado de incienso para el altar del genio del Imperio.
El Catolicismo ha sublimado el amor de Patria. No hay poema comparable al que forman los libros históricos y proféticos del Viejo Testamento cantando las glorias de Israel o lamentando sus defecciones, y que la Iglesia ha hecho suyos. Ni habrá jamás para ninguna Patria amor patrio como el de Jesucristo, ora exultante, ora de predilección, ora de conduelo para su país. Inspirándose en el de Cristo decía hace poco su Vicario en la tierra, refiriéndose a su Patria, Italia: “Hemos ofrecido Nuestra ya vieja vida por la paz y prosperidad de los pueblos; la ofrecemos de nuevo para que persevere invulnerada la paz interna, la paz interna y de las almas y la floreciente prosperidad de esta Italia, que a Nos es carísima entre los pueblos a Nos todos caros, como particularmente querida era su Patria a Jesús, el Cual se entregaba a Sí mismo a la pasión y muerte por el género humano” (“Al Colegio Cardenalicio con motivo de Navidades de 1938”).
Añadamos unas palabras sobre los conceptos de Nación y Estado, para derivar de todo ello algunas lecciones de vida cristiana, que se concretarán más en los puntos siguientes.
La Nación es como la sustancia humana del Estado; y éste es la Nación políticamente organizada.
La Nación es el pueblo, en su concepto de permanencia a través del espacio o territorio y particularmente en el de duración a lo largo del tiempo; el Estado es el poder público que concreta los elementos de la nación y hace posible la unidad de vida orgánica y la regularidad de la marcha de un pueblo a sus destinos. La Nación aporta las generaciones humanas, familias que se unen a familias, pueblos a pueblos, con sus caracteres etnográficos, con sus tradiciones técnicas, estéticas, morales, religiosas, con su lengua y costumbres: el Estado es todo ello políticamente organizado por un poder que tiende a la supervalorización de la vida de la Nación en una unidad en la que convergen todas sus fuerzas y hacia la que se encauzan todas las energías vitales con el vencimiento de toda resistencia de los egoísmos particularistas, pero con el respeto máximo a lo que la persona humana y las instituciones, naturales o sobrenaturales, tienen de intangible e imprescriptible, aunque con aprovechamiento y colaboración de toda fuerza que pueda acrecer el valor de la comunidad organizada, Todo ello ordenado a un bien común, que es la vocación del Estado y que León XIII definió con plenitud magnífica: “Suppeditare vitae sufficientiam perfectam” (“Immortale Dei”, 5). “Dar la perfecta suficiencia de la vida” de los ciudadanos; y este bien común, que es el fin de todos los Estados, ordenado a la consecución de los altos destinos que la historia y la Providencia han señalado a cada pueblo.
Si a ello añadimos un territorio definido en el que la Nación vive y se desarrolla y sigue la ruta de sus destinos, porque el hombre es animal racional y está por su cuerpo atado a la tierra, tendremos todo el contenido de Nación, Patria y Estado, nombres que concretan distintos aspectos de una misma gran realidad. España es nuestra Nación, porque Dios ha querido que “naciéramos” de ella y entroncáramos con las generaciones que la forman, en el espacio y en el tiempo; es nuestro Estado, por cuanto nos hallamos sometidos al poder y a la autoridad que sostienen nuestra Nación organizada y la conducen a sus destinos; y es nuestra Patria querida, porque Nación y Estado han hecho de España una gran familia, una entidad espiritual y moral que debe ser como una inmensa entraña en la que, con los lazos de una especial fraternidad, recibimos ambiente cálido y recursos para la total perfección natural de nuestro ser.
Amemos a nuestra Patria, españoles. Es un impío quien niega a Dios el tributo de su amor; es un desnaturalizado quien lo hace con sus padres; es un ingrato, indigno de la sociedad que le recibió en su seno, el que no sabe amar a su Patria. Y amémosla, no como amara a la suya un pagano, griego o romano, sino en católico, es decir, con amor de caridad cristiana. Esta exalta y sobrenaturaliza todos los amores naturales, el de esposos y padres, el de hijos y hermanos, el de esta “fraternidad en caridad” de que con tanta emoción nos habla el Apóstol (Rom, 12, 10). Nunca el amor de Patria logró fuerza mayor que cuando se unió al de Religión; pero jamás fue más fuerte y puro, y por lo mismo más abnegado y fecundo, que cuando se abrevó en la fuente de la caridad cristiana. Es entonces cuando se vive y se lucha por ella, como hemos visto en nuestros días en España, con el doble empuje que comunica el pensamiento sobrenatural de Dios y Patria y cuando se muere besando en caridad la bandera, símbolo de la Patria, y la Cruz, síntesis de nuestra Religión Divina.
Lo que el catolicismo avalora en la Patria: la persona humana
El hecho que acabamos de indicar y que brilla con fulgores de epopeya ante el mundo, a saber, lo que el pensamiento y la fuerza del Catolicismo han hecho en nuestra Patria en nuestros mismos días, podría tener la fuerza de un argumento apodíctico en pro de nuestra Religión como factor de Patria. Pero, mejor que cantar nuestra gloriosa gesta y la fuerza del factor religioso que la informó, lo que dejamos para la historia, estimamos oportuno desentrañar algunos conceptos que responden a los valores fundamentales de Patria e indicar lo que el Catolicismo ha hecho y puede hacer para avalorarlos. Y lo primero de todo es el valor que da el Catolicismo a la persona humana, base fundamental de la Patria.
Todo el valor de una Nación o Estado estriba en el de los seres humanos que lo forman. Las almas de buena calidad son la mejor riqueza de la Patria. Ser esencialmente social como es el hombre, aporta a la colectividad el tributo de su ser, de sus cualidades, de su actividad; en cambio, recibe de la sociedad las influencias del bien acumulado por la aportación de todos. “El bien o el mal que cada uno se hace a sí con sus obras refluye sobre la comunidad”, dice Santo Tomás (1ª, 2ª, q. 21 a. 3 ad 3) ). Y la comunidad, a su vez, hace recaer sobre los individuos el bien y el mal que representa la síntesis de todos. Y de esta comunicación recíproca nacen los pueblos gloriosos.
Bajo este aspecto no hay doctrina alguna, filosófica o religiosa, que favorezca a la Patria como el Catolicismo, con todos sus recursos inmensos de valorización y formación de la persona humana. “Verdadero microcosmos, que vale por sí solo más que el universo inanimado”, dice Pio XI (“Mit brennender Sorge”) el hombre es, para la filosofía y la teología católicas, el más preciado joyel del mundo visible.
Para nuestra filosofía, “persona significa lo que es perfectísimo en toda la naturaleza” (Summ. Theol. 1ª, 2ª, 9, 3). La persona es espíritu, no máquina ni materia pura, y como tal es inteligencia inmortal, capaz de remontarse a las más altas especulaciones, de escudriñar las sustancias y las leyes, de disponer libremente de sus destinos. Nuestra filosofía, cierto, hace al hombre dependiente de Dios, siervo de Dios; pero esta dependencia es la garantía única de su grandeza, dice San Agustín: “Sólo es grande el hombre cuando es vasallo de Dios; porque sólo cuando es vasallo de Dios domina al mundo” (“Sermo Dom. in monte” c. 2).
Pero, sobre todo, ¡cuán bella y fecunda es, amados diocesanos, la doctrina de la fe sobre nuestro ser y nuestros destinos! Porque Dios “nos ha hecho a su imagen y semejanza” (Gén. 1, 26), con un alma libre e inmortal y con destinos de gloria eterna. Cuando la caída primera deshizo en nosotros la obra de Dios, Él nos tomó de su mano y nos condujo a través de los siglos, “como madre que lleva a su hijo a sus pechos” (Is. 60, 12), hasta llegar a los tiempos de nuestra redención, que fue obrada por la inmolación personal del mismo Hijo de Dios. Somos el reino de Dios en el mundo, dice el Apocalipsis (5, 16); patria de los santos en la tierra, que tendrá su expansión en la patria inmortal de los cielos.
“Un alma que se eleva levanta al mundo”, se ha dicho; y nosotros hemos sido elevados a la categoría de “hijos de Dios» (1 Jo. 3, 1), para constituir la “raza escogida” ( 1 Petr. 2, 9). Somos dioses todos, ha dicho el profeta, e hijos del Excelso (Ps. 81, 6). “Para que el hombre fuera elevado a la categoría de Dios, dice San Agustín, se hizo hombre Dios” (“Sermo 13. De Tempore”). Incorporados a Jesucristo, formamos con El, Hijo de Dios, “un cuerpo compacto e íntimamente trabado, corriendo por todo él la misma vida divina” (Eph. 4, 16), con “vocación de libertad de hijos de Dios” (Rom. 8, 21), con destino de “crecimiento continuo en Cristo, que es nuestra Cabeza” (Eph. 4, 15), cuya virtud “nos transforma de claridad en claridad” (2 Cor. 3, 10), y nos dispone paulatinamente a la visión de la Luz eterna (Ps. 35, 10), donde Dios nos anegará “en el mismo torrente de su beatitud” (Ps. 35, 9). Tal es la síntesis de nuestro ser, de nuestra ruta, de nuestro fin.