Carta De Pedro De Valdivia Al Emperador Carlos V 15 De Octubre
Chapter 2
«Sabed, capitán, que Aldanica y Ulloa negocian la muerte de Pedro de Valdivia, por gobernar, en gran secreto; y quiérense favorescer de la amistad que tiene el Gobernador, mi señor, a Pedro de Valdivia, por sacar la gente, porque saben que, si por Valdivia no, por otra persona en esta coyuntura no dejaría salir un hombre de la tierra para favorescer a su mismo padre que estoviese donde Valdivia está; y convieneos callar, porque tienen mucho favor, y si lo descobrís para poner remedio, no seréis creído y os matarán y podrían desta manera salir con su intención; y siendo avisado Valdivia, yo le conozco por tan hombre que se sabrá dar maña contra personas que toviesen colmillos, cuanto más contra estos conejos desollados, y si vos no os guardáis para ello, no sé cómo le irá; por tanto, tomad el co nsejo que os quiero dar, por amor de Valdivia y vuestro, porque os tengo por hombre de verdad y callado: ios luego adonde está el Gobernador Pizarro, mi señor, que yo os daré licencia; y como el capitán Valdivia sirvió al Marqués Pizarro, su hermano, le quiere bien, y vos fuisteis también criado viejo suyo, hará por vos lo que pidierdes, con que no sea llevarle gente ni armas de la tierra, porque las ha menester, porque hasta la que llevará Ulloa con el favor que le dan sus primos, no por amor de Valdivia, sino por su interese; y pues sois cuerdo, no os digo más: trabajad con el favor de una buena licencia para poderos ir sólo con los marineros que pudiéredes y una nao, dando a entender que Aldana y Ulloa son amigos de Pedro de Valdivia, diciendo a Ulloa que iréis por su capitán, contentándole con los dineros que pudiéredes y con palabras, hasta que salgáis a la mar; y allá haced lo que viéredes convenir a quien os envió, no fiándoos de Ulloa, porque no os mate como cobarde, debajo de estar vos descuidado, con lo que mostrará quereros.» Y así se partió a Quito a verse con Gonzalo Pizarro, y cuando él iba por la costa, venía a los Reyes Ulloa por la sierra. Llegado a Quito, pidió la licencia, y mandósela dar, y luego dio la vuelta a los Reyes. Díjole Pizarro que, por tenerme por amigo me enviaba socorro por mar e tierra con Ulloa, que me encaresciese lo mucho que hacía por mí en consentir sacar gente en tal coyuntura, diciendo que con Hernando Pizarro, su hermano, que estoviera acá, no dispensara, e comigo sí, por lo que me quería y estimaba mi persona. Y a la verdad, él dio licencia a los que tenía por sospechosos, que eran de la gente que se había hallado con el Visorrey, aunque el Ulloa trajo por sus oficiales y capitanes diez o doce de los muy apizarrados y escandalosos, y que habían cometido en aquella tierra grandes maldades y venían acá a sembrar aquella simiente, y persuadió al capitán Juan Bautista que fuese amigo e compañero del Ulloa.
Respondióle que no haría más de lo que le mandase, de lo que se holgó en extremo, y con esto dio luego la vuelta a los Reyes. Y como el Ulloa tenía por muy entendido al capitán Bautista, no fiándose dél, le tomó el navío y puso capitán de su mano en él y en otro que estaba cargado de hacienda de mercaderes y de diez o doce casados con sus mujeres que tenían licencia para venir acá por salir del fuego de aquella tierra; y despachólos ambos para que subiesen hasta el puerto de Tarapacá, que es doscientas leguas arriba de los Reyes, y le esperasen allí, en tanto que llegaba él con la gente por tierra.
Como llegó el capitán Juan Bautista a los Reyes con la licencia de Pizarro y se vido sin navío y que se lo tomaron de hecho, presentála al Aldana y Ulloa, pidiendo que se lo volviesen; y como la vieron, no osaron contradecirla, demás de que le dijeron que él se podía ir cuando quisiese, pues lo mandaba el Gobernador Pizarro, su señor; pero quel navío no se lo podían dar, porque iba el viaje con las cosas que convenían para la jornada. Y sólo se lo quitaron por nescesitarle, creyendo, según estaba alcanzado, no hallaría con qué comprar otro; y en tanto que lo buscaba, pensaba el Ulloa llegar acá a efectuar su ruindad.
Como sintió el capitán Juan Bautista por do se guiaba, acordó de asegurarlos con hacer una compañía con Ulloa en hacienda y gastar con él los dineros que tenía, diciéndole que era muy bien fuesen delante aquellos dos navíos, porque llegados ellos acá, él compraría otro y vernía con alguna mercaduría para que se ayudasen y aprovechasen. Y con esto se despidió el Ulloa, aunque no muy contento de la licencia que tenía el Juan Bautista, segund se supo después, y con alguna sospecha que, segund su diligencia, se daría maña para pasarlo adelante, aunque le dejaba atrás y sin dineros ni navío, ni aún quien se los prestase, a su parescer, por llevar confianza que Aldana había de estorbar en este caso, como lo hizo, todo lo que pudiese.
Diose tan buena maña el capitán Juan Bautista con el crédito que tenía de su persona en aquella tierra del tiempo que sirvió al Marqués, que halló quien le vendiese un navío en mill e tantos pesos, porque pagase yo acá siete mill en oro, y con otros dos mill que halló al mismo precio, se proveyó de algúnd matalotaje y refresco para el viaje, y con hasta treinta hombres, entre soldados e marineros que tenían licencia, se hizo a la vela. Tardó en llegar hasta el paraje de Arica y Tarapacá seis meses; en este tiempo el Ulloa y sus dos navíos estaban entre Tarapacá y Atacama.
Allí tovo aviso el capitán Juan Bautista cómo se había declarado el Ulloa con aquellos sus oficiales y consejeros, en mucho secreto, cómo me venía a matar, y enviaba los dos navíos adelante para que me toviesen engañado cuando él llegase; porque, muerto yo, repartiría los indios todos entre aquellos ocho o diez, y la tierra daría a Gonzalo Pizarro. Y que por esta cabsa, si el capitán Bautista viniera con él, le matara, por ser cierto que no le pudiera hacer de su parte. Y con esta remuneración que les prometió y dar la tierra a Pizarro, quedaron todos contentos y muy obligados a seguir su voluntad.
Estando en esto el Ulloa, paresció el capitán Bautista a vista de sus dos navíos, con el suyo; tornó acordar con sus amigos de procurar de matarlo con algúnd engaño, y así le envió a saludar y congratularse con él, dándole la enhorabuena de su venida, fingiendo holgarse mucho, y rogándole que saliese a verse con él para tal día, porque quería que se llevase los otros dos navíos consigo. No faltó quien se aventuró en una balsa y vino a darle aviso de la voluntad de Ulloa y engaño que le quería hacer, aunque él estaba bien avisado.
Como el capitán Bautista respondió al mensajero que no podía salir de su nao sino seguir su viaje y supo el Ulloa la respuesta, comenzó a le amenazar, y echó toda la ropa e mujeres en aquella costa, que es sin agua y arenales, donde se perdió casi todo, y embarcóse con cincuenta arcabuceros para acometer la nao del capitán y matarle, si pudiese, o echarla a fondo. Quiso Dios que, aunque se vieron a vista, no pudieron llegar a barloventear, por la ventaja que tenía en el saber navegar el capitán Bautista al que gobernaba el navío de Ulloa, y así pasó adelante, dejando al otro atrás, hasta que lo perdieron de vista.
Díjome más el dicho capitán en su relación, cómo, después de dada la batalla al Visorrey, e muértole, se alzó Gonzalo Pizarro con la tierra, diciendo y jurando que si V. M. no se la daba, que él se la tenía y defendería; y que también tenía usurpado al Nombre de Dios y Panamá con una gruesa armada, capitanes e gente. Parecíame tan feo e abominable esto, que atapé los oídos... y me temblaron las carnes, que un tan suez hombrecillo y poco vasallo hobiese, no dicho, pero imaginado, cuanto más intentado, tan abominable traición contra el poder de un tanto y tan católico monarca, rey e señor natural suyo. Sentílo en ta nta manera, que echando atrás todas las pérdidas e intereses y trabajos que se me podían recrecer, no estimando cosa más que el servicio de V. M., me determiné a la hora, de ir al Perú, por tener confianza en Dios y en la ventura de V. M., que con sola la fe de la fidelidad y obligación que tengo a su cesáreo y real servicio, había de ser instrumento para le abajar de aquella presumptuosa frenesí, causada de enfermedad y falta de juicio y superba luciferina.
Estaba con pena cuando me daba esta relación el capitán Juan Bautista, porque el navío en que vino no era llegado al puerto de Valparaíso, que lo dejó doce leguas abajo que no pudiendo venir con los grandes sures, saltó allí con ocho o diez hombres por me venir a dar las nuevas, temiendo quel Ulloa, habiéndole visto pasar adelante, no hobiese caminado con alguna gente a la ligera por efectuar su mala intención, o a lo menos hobiese puesto alteración de malas voluntades en los que acá estaban, para que nos perdiéramos todos e la tierra, e por esperar allegar al puerto con la nao se tardase algo más y hobiese su largo trabajo sido en balde.
Estando en esto, llegaron por tierra a la ciudad de Santiago ocho cristianos, y entre ellos un criado mío, que había enviado al Perú en el barco que llevó el Juan Dávalos. Venían tales que parescían salir del otro mundo, en sendas yeguas bien flacas. Éstos me dieron nuevas del Ulloa, que se apartaron dél en Atacama, e me dijeron que como no pudo llegar a barloar con la nao del capitán Bautista, echó los soldados fuera de la suya y tornó a meter las mujeres que había sacado, y a ambos navíos los tornó a enviar a los Reyes, que no los consintió venir acá, aunque lo deseaban los que venían en ellos, metiendo en ellos capitanes de aquellos sus aliados, y él dio la vuelta a los Charcas, porque le envió a decir el capitán Alonso de Mendoza que en ellas estaba por Pizarro, como está dicho, que se fuese a él con toda la gente, porque así se lo había escrito Gonzalo Pizarro que se lo escrebiese de su parte, porque tenía necesidad de sus amigos y era tiempo que le favoresciesen, porque tenía nueva que había llegado a Panamá un caballero que venía de parte de S. M. y que le habían sus capitanes entregado el armada, aunque no lo creía; e que de cualquier manera que fuese, determinaba de no lo dejar entrar a él ni a otro ninguno que viniese en la tierra, y quél estaba confiado que no haría otra cosa. Y así se fue, y que no pudo holgarse con cosa más porque ya temía la venida de acá, porque sabía que no se me podía escapar si pasaba el despoblado.
Al tiempo de su partida, por ruego de aquellos sus amigos, dejó en Atacama hasta veinte hombres que deseaban venir acá, y entre ellos quedaron tres o cuatro personas que traían sesenta yeguas, que era la mejor hacienda y más provechosa y nescesaria que en esta tierra podía entrar; e, por no hacer el Ulloa cosa bien hecha, ya que les dio licencia para que quedasen, les quitó los caballos que traían buenos, cotas e lanzas, que fue prencipio de su perdición.
Viéndose tan poca gente en Atacama y los indios bellicosos y ellos tan envolumados de yeguas e con poco servicio, se metieron al despoblado, con esperanza de se reformar en el valle de Copiapó. E como los indios dél supieron de los de Atacama haberse vuelto el capitán y no ir más de veinte cristianos y sin armas, y revuelto el Perú, en entrando en el valle dieron en ellos y mataron los doce y los otros se escaparon, bien heridos, en sendas yeguas cerriles. Como vino la noche, e se salieron del valle e se vinieron hacia la ciudad de La Serena, y dejaron toda su ropa, yeguas, negros, servicio y cinco o seis hijos pequeños. E la cabsa de no matarlos a todos fue que tovieron nueva los indios del valle de otros que vinieron a dar mandado, que salían cristianos de La Serena, e por esto no fueron tras ellos; e así llegaron a la ciudad sin figura de hombres, del trabajo e hambre que habían pasado y de las heridas. Destas cosas y otras muy peores fue cabsa el Ulloa que digo, y Solís, su primo, en favorescerle, y Aldana en consejarle.
Primero de diciembre del añ o de quinientos cuarenta y siete llegó el navío y surgió en el puerto de Valparaíso, y a los diez del estaba embarcado, con diez hijosdalgo que llevé en mi compañía para ir a servir a las provincias del Perú, contra la rebelión de Gonzalo Pizarro, a la persona que venía de parte de V. M. y con su abtoridad a ponerlas bajo de su cesárea y real obediencia.
Allí proveí al capitán Francisco de Villagra, mi maestre de campo, porque le tenía por verdadero servidor y vasallo de V. M. y celoso de su cesáreo servicio, por mi lugarteniente general, para que atendiese a la guardia, pacificación e sustentación de las ciudades de Santiago y La Serena y los vasallos de V. M. y de toda esta tierra y conservación de los naturales della, como yo siempre lo había hecho, en tanto que iba a servir al Perú en lo dicho y daba la vuelta, con el ayuda de Dios, a esta tierra dejándole para ello la instrución que me paresció convenía al buen gobierno y sustentación de todo. Y le despaché luego a la ciudad a que presentase en el cabild o la provisión o le rescibiesen, e yo esperé en el navío aquel día hasta que le hobiesen rescebido y se le pregonase en la plaza de la cibdad. Tove aviso al tercer día por la mañana cómo la habían obedescido y cumplido los del cabildo, e me enviaron sus cartas, declarando en ellas a V. M. como le iba a servir y a procurar el bien de todos y la perpetuación destas provincias.
Luego que vi la respuesta del Cabildo pedí a Johan de Cárdenas, escribano mayor en el juzgado destas provincias de la Nueva Extremadura, que estaba allí presente e iba en mi compañía, que me diese por fe y testimonio para que paresciese en todo tiempo ante V. M. y los señores de su Real Consejo, Chancillerías y Audiencias de España e Indias, o ante cualquier caballero que viniese con su real comisión a las provincias del Perú, cómo dejaba en estas provincias de la Nueva Extremadura el mejor recabdo que podía para que la sustentasen en servicio de V. M. y me hacía a la vela en aquel navío, llamado «Santiago» para ir a las del Perú a servir a V. M. y al tal caballero contra Gonzalo Pizarro y los que le seguían y estaban revelados de su cesáreo servicio y contra todas las personas que lo tal presumiesen e intentasen, y hacerles a todos, en general y particular, con las armas en la mano la guerra a fuego e a sangre, hasta que depusiesen las suyas y viniesen por fuerza o de grado a la obediencia, subjectión e vasallaje de V. M. y fuesen justificados todos conforme a sus deméritos con la verga de justicia. E pedí a las personas que iban en mi compañía y a otros diez o doce caballeros e hijosdalgo vecinos de la dicha cibdad de Santiago, que allí estaban para se despedir de mí y volverse a sus casas, que me fuesen testigos, y que así lo declaraba, para que se supiese en todo tiempo que yo era servid or y leal súbdito y vasallo de V. M. sin cabtela, sino a las derechas. Y con esto salieron las personas que habían de ir a tierra en la harca, y vuelta al navío y metida dentro, mandé disferir velas a los trece del dicho mes, llevando delante la buena ventura de V. M. y con voluntad de emplear la persona, vida e honra, con cient mill castellanos que llevaba de acá, e los demás que pudiese hallar en el Perú empeñándome, los sesenta mill míos y de amigos que me los habían dado de buena voluntad, y los cuarenta mill que tomé prestados a otros diez o doce particulares, a uno mill y a otro mill e quinientos, dejando orden para que se los fuesen pagando poco a poco de lo que sacasen de las minas mis cuadrillas, que serían cada año, libres de gasto, doce o quince mill pesos; y gastarlo todo y perderlo, juntamente con la vida, en su cesáreo servicio, o con ello y ella destruir a todos sus deservidores y sueces vasallos.
Llegué en dos días de navegación a la ciudad de La Serena, que tenía fundada a la lengua del agua, salté en tierra y no me detove más de un día; di orden al teniente y cabildo de lo que habían de hacer y cómo se habían de guardar de los naturales y obedescer en todo a mi teniente general, diciéndoles cómo iba a servir a V. M. contra la rebelión de Gonzalo Pizarro, y voluntad que llevaba, y tornéme a embarcar a los quince del dicho mes, y seguí mi viaje. En alzando velas, mandé a los marineros que me echasen a la mar una infinidad de plantas que llevaban destas partes a los Reyes, porque no me gastasen el agua, diciéndoles que no había de parar hasta me ver con la persona que venía, por parte de V. M., y así se echaron.
Víspera de Navidad, echo ancla en el puerto de Tarapacá, que es en las provincias del Perú, ochenta leguas de la ciudad de Arequipa y doscientas de la de los Reyes; hice echar la harca con media docena de gentiles hombres, que quedasen a la guarda della dentro en la mar, y saltase uno sólo a tomar lengua de indios de lo que había en la tierra, o de algún cristiano. Halló el que saltó, que todos estábamos a la vista, dos españoles, que le dijeron cómo había quince días que Gonzalo Pizarro, treinta leguas de allí, la tierra adentro en el Collao, había desbaratado con quinientos hombres, que no le seguían más, al capitán Diego Centeno que traía contra él mill e doscientos, y estaba más poderoso que nunca en el Cuzco, y toda la tierra por suya.
Preguntados qué nuevas había de España, dijeron que se decía que en Panamá estaba un Presidente que se decía Licenciado de la Gasca, y que los capitanes de Gonzalo Pizarro le habían entregado el armada; pero que no tenía gente ni quien le siguiese, y que seguro podía estar que no entraría en la tierra, y que, si entrase, le matarían a él y a los que trujese, porque había jurado Gonzalo Pizarro por Santa María, que la Candelaria había de estar en la ciudad de los Reyes contra él.
Habida esta relación, la misma noche mandé alzar vela y meter velas, y llegué en dieciocho días al paraje de la ciudad de los Reyes, y supe cómo el Presidente había tomado allí tierra e iba la vuelta del Cuzco con la gente que tenía contra el Gonzalo Pizarro. Torné puerto y fuime a la ciudad con todos los gentiles hombres que llevaba; dejé el navío con el armada de V. M. para que sirviese como los demás; despaché al Presidente en toda diligencia, haciéndole saber mi llegada e la intención que traía de servirle en nombre de V. M., que le suplicaba me fuese esperando, porque no me deternía en los Reyes sino ocho o diez días para comprar aderezos de la guerra. Y así lo hice, que no me detove más y compré armas e caballos y otras cosas necesarias para mi persona y para los gentiles hombres de mi compañía; y esto y en dar socorro a otros gentiles hombres para que fuesen a servir a V. M., gasté, en los diez días sesenta mill castellanos en oro; e así me partí con todos en seguimiento del Presidente, andando en un día la jornada quél hacía en tres, y desta manera le alcancé y al campo de V. M. en el valle que se dice de Andaguaylas, cincuenta leguas del Cuzco.
Como el Presidente me vio, se holgó mucho comigo y rescibió muy bien, teniéndome de parte de V. M. en muy gran servicio la jornada que había hecho y trabajo que había tomado en venir a tal coyuntura; y dijo público que estimaba más mi persona que a los mejores ochocientos hombres de guerra que le pudieran venir aquella hora, y yo le rendí las gracias teniéndoselo en muy señalada merced. Luego me dio el abtoridad toda que traía de parte de V. M. para en los casos tocantes a la guerra, y me encargó todo el ejército y le puso bajo mi mano, rogando y pidiendo por merced de su parte a todos aquellos caballeros, capitanes y gentes de guerra, y de la de V. M. mandándoles me obedesciesen en todo lo que les mandase acerca de la guerra y cumpliesen mis madamientos como los suyos, porque desto se servía V. M.; e así todo el ejército respondió que lo haría, y a mí me dijo que me encargaba la honra de V. M. Yo me humillé e le besé la mano en su cesáreo nombre y le respondí que yo tomaba su cesárea y real abtoridad sobre mi persona y la emplearía en servicio de V. M. y en defensa de su fedelísimo ejército con toda la diligencia y prudencia y experiencia que a mí se me alcanzase en las cosas de la guerra, y con él y ellas tenía esperanza en Dios y en la buena ventura de V. M. de restaurarle la tierra y ponerla bajo de su obediencia y vasallaje y destruir a Gonzalo Pizarro y a los que le seguían, para que fuesen justificados conforme a sus delitos, o quedaría sin ánima en el campo. Y así el ejército todo se holgó y regocijó mucho comigo y yo con él. Aquí mostré el requerimiento que hice en el puerto de Valparaíso ante el escribano mayor del juzgado y testimonio que me dio de cómo venía a buscarle y servirle en nombre de V. M., de que rescibió en extremo grandísimo contento paresciéndole conjungía bien la elección e confianza tan grande que de mi persona había fecho, con la fidelidad de voluntad y obras mías en el servicio e vasallaje que debía a V. M. Y lo tomó y dijo que él lo quería tener para enviar a V. M., y así se le quedó.
A la hora recorrí las compañías, así de caballo como de pie, y hice la de los arcabuceros por sí y ordené los escuadrones, poniéndolos en aquella orden que era menester y convenía a la jornada, mandándolos proveer de pólvora y mecha y de picas y lanzas e de todas aquellas armas que había, para que se aprovechase cada uno en su tiempo dellas, poniendo el artillería donde había de ir, dándole orden de lo que había de hacer cada día viniendo siempre con el ejército cuando marchaba; el general Pedro de Hinojosa y el mariscal Alonso de Alvara do e yo delante con la gente que me parescía, íbamos corriendo el campo a hacer el alojamiento donde convenía. De aquí escrebí a V. M.: fue mi carta con los despachos que envió el Presidente a doce de marzo de 1548.
Desta manera y con tan buena orden caminaba el ejército de V. M. cada día la jornada que me parescía era menester, a las veces grandes, por el pasar de las nieves, donde pudiera rescibir detrimento por el frío y faltas de comida, otras pequeñas porque se rehiciesen las personas y caballos; e así llegamos a un río grande, que se dice de Aporima, que es doce leguas del Cuzco.