Carta Acerca Del Origen De La Imagen De Nuestra Senora De Guada
Chapter 4
Años después y en tiempos ya diversos, sólo porque Bartolache publicó en la Gaceta el anuncio de su “Manifiesto Satisfactorio”, no faltó quien le dirigiese un anónimo tratándole de judío y conminándole con castigos dignos de su pecado, en esta o en la otra vida. Y el caritativo conde y Oquendo desea “que no se atizasen las llamas del purgatorio de ningún incrédulo” (Bartolache que lo fué sólo á medias); cuando acabase de caer á pedazos la copia colocada en la capilla del Pocito. Así es que Cabrera explicó lo mejor que pudo con virtiéndolos en primores, los defectos de arte que notan en la pintura, y huyó el cuerpo al más aparente, cual es que las figuras doradas de la túnica y de las estrellas del manto estén colocadas como en una superficie plana en vez de seguir los pliegues de los paños. Bartolache hizo practicar tercer examen de pintores el 25 de enero de 1787 en presencia del Sr. Abad y un canónigo de la Colegiata. Las declaraciones de estos facultativos discrepan ya bastante de lo que habían asentado los antiguos.
El tosco ayate de maguey se convirtió en una fina manta de la palma iczotl: aseguraron que tenía aparejo, negaron algunas particularidades notadas por Cabrera, y en fin: preguntados si supuestas las reglas de su facultad, y prescindiendo de toda pasión o empeño, tienen por milagrosamente pintada esta santa imagen, respondieron “que sí, en cuanto á lo sustancial y primitivo que consideran en nuestra santa imagen; pero no, en cuanto á ciertos retoques y rasgos que sin dejar duda demuestran haber sido ejecutados posteriormente por manos atrevidas”. La gravedad del caso exigía que hubiesen especificado qué era lo añadido por esas manos atrevidas. Grande es la distancia entre el entusiasmo de Cabrera y las frías reticencias de los pintores de Bartolache. No imagino que aquel obrara de mala fe.
Los colores de los indios eran muy diversos de los nuestros, y por eso no es extraño que causasen confusión á los pintores de los siglos XVII y XVIII, hasta hacerles imaginar que en un solo lienzo se reunían cuatro géneros de pintura, diversos y aún opuestos entre Si: ellos no conocían ya aquella especie de pintura. Esto, las ideas preconcebidas, y el respeto que infunde un concurso de personas graves, explican bien los dictámenes de los peritos antiguos. Como algunas de estas circunstancias no obraban ya con igual fuerza en los de Bartolache, respondieron de otra manera.
Punto 59
Vengamos á la tradición, que es el arma más poderosa de los apologistas, y tanto, que Sánchez se habría atrevido á escribir con sólo ella, aunque todo lo demás le faltase. “Traditio est, nihil amplius quaeras”, repiten todos. Sea enhorabuena, aunque no estoy del todo conforme con el sentido que da á proposición tan absoluta. Pero hay que saber primeramente si la tradición existe y por todo lo que va ya apuntado se advierte que en nuestro caso no la hubo.
Tradición es “quod ubique, quod semper, quod ab omnibus traditum est”. Para que fuera quod semper sería preciso que viniese sin interrupción desde los días del milagro hasta la fecha del libro del Padre Sánchez (1648): en adelante ya no hubo tradición, pues el suceso se refirió en escritos. Precisamente 78 en aquel periodo crítico es donde nos falta. No la había en 1556 cuando el Padre Bustamante predicó su sermón, por que si ya la hubiera, él no dijera lo que dijo o si lo dijera se habría levantado un clamar general contra el atrevido que atribuía al pincel de un judío la imagen celestial. No la había el 1575 cuando el Virrey Enríquez escribía su carta pues no logró saber el origen de aquel culto; ni en 1622 al predicar su sermón el Padre Zepeda.
No la había en el año de 1646 porque los capellanes mismos del santuario o ermita la habían ignorado e ignoraban, hasta que el libro del Padre Sánchez vino á abrirles los ojos. ¿Dónde, entre quienes andaba, pues, la tradición Tampoco es quod ab omnibus porque ninguno de los distinguidos escritores de ese período la conocían, o á lo menos ninguno la creyó digna de aprecio.
No fué aquella una época remotísima y tenebrosa con diez siglos de edad media encima; no vino después ninguna invasión de bárbaros que acabase con todo. Imprentas hubo que multiplicaron los escritos del argumento negativo; no se halló una que diera uno de los documentos positivos que ahora se alegan. Si en uno o dos escritores siquiera, de los más inmediatos al suceso, poco fidedignos que en lo demás fueran, encontrara yo alusiones á la tradición, ya creería yo por lo menos que corría entre el vulgo y que valía la pena de aquilataría.
Mas no sé cómo dar nombres de tradición auténtica, jurídica y eclesiástica á esa que en ninguna parte se halla, que el Sr. Montúfar y los capellanes de la ermita ignoran; que no encuentra cabida en ningún escrito; que tiene más bien pruebas en contra y que al cabo de más de un siglo de silencio, parece por primera vez con asombro general en las páginas de Sánchez, para levantarse luego grande, universal, no interrumpida en las declaraciones de los ancianos de 1666, que hasta entonces habían callado como muertos y dejado perder hasta el culto de la imagen aparecida. Si esto debe entenderse por tradición, no habrá fábula que no pueda con ella.
Punto 60
No quiero detenerme á examinar los autores posteriores al libro de Sánchez: todos bebieron en esa fuente, añadiendo, desfilando, ponderando y exagerando más y más. Son autores de segunda mano, que no publicaron documento nuevo. Entre ellos se distingue el Padre Florencia por la multitud de pormenores que refiere, sacados nadie sabe de dónde, y algunos tan inverosímiles como el de la castidad que guardó Juan Diego en su matrimonio, por haber oído un sermón de Fray Toribio de Motolinía. ¿Cómo pudo averiguar cosas tan íntimas el autor de la relación que Florencia dice haber visto, si no confesó á Juan Diego?
El fecundo jesuita empleó la mayor parte de su larga vida en escribir historias maravillosas de Nra. Sra, de Guadalupe, de Ntra. Sra. de los Remedios, de Ntra. Sra. de Loreto, del Santo Cristo de Chalma, del de Santa Teresa, de San Miguel de Tlaxcala, y de los Santuarios de la Nueva Galicia. Era el representante genuino de la época y tenía sed de milagros. En sus manos todo es maravilloso, y cerró su carrera dejando inédito el “Zodiaco Mariano”, que el Padre Oviedo, del mismo instituto, refundió y aumentó para darlo á la prensa. Libro detestable, que merecía más que otros estar en el Índice, por la multitud de consejas, milagros falsos y ridículos de que está atestado, con no poca irreverencia de Dios y de su Santísima Madre.
Punto 61
Algún reparo merecen las inverosimilitudes de la historia de la Aparición, según la trae Becerra Tanco, que pasa por ser el autor más fidedigno.
62.-Juan Diego era un indio recién convertido: así lo dice Tanco, y lo confirman otras circunstancias. En los primeros años sólo á los párvulos se administró el sacramento del Bautismo, y rara vez á los adultos, cuando daban señales extraordinarias de su fe, o se hallaban en artículo de muerte.
Verdad es que lo reciente de la conversión del indio no era en si un obstáculo para que recibiese un señalado favor del cielo; más parece que su instrucción religiosa era escasa. Luego que vió el resplandor y oyó el concierto de pajarillos en el cerro le ocurre una exclamación gentílica: “¿Por ventura he sido trasladado al paraíso de deleites que llaman nuestros mayores origen de nuestra carne, jardín de flores o tierra celestial, oculta á los ojos de los hombres?” Y á poco para no encontrarse con la Virgen y evitar una reconvención, toma otro camino: esto no es candidez sino ignorancia absoluta de la religión que había abrazado.
¿Qué idea tenía de la Sma. Virgen el buen Juan Diego, cuando con esta pueril estratagema pensaba excusarse de ser visto por la Soberana Señora?, La falta cometida consistía en no haber acudido á la cita que ella le dio el día anterior, porque fué á Tlatelolco para pedir que se administrasen á su tío Juan Bernardino los sacramentos de la Penitencia y Extrema unción. Nadie ignora, pues Mendieta lo dice, que “a los principios en muchos años no se dio á los indios la Extrema unción”. La penitencia se les escaseaba.
Punto 63
Cuando el indio quiso entrar á la presencia del Sr. Obispo, se lo estorbaron los familiares y le hicieron aguardar largo tiempo: Quisiera yo saber qué familiares tenía el Sr. Zumárraga en 1531; y cómo era que los indios encontraban dificultades para acercarse á un prelado que siempre andaba entre ellos, al extremo de que algunos españoles se lo tenían á mal.
Punto 64
La última vez que Juan Diego se presentó al Sr. Obispo llevó las credenciales de su embajada, que eran las rosas solamente, según unos, y esas y otras flores según otros. Ciertamente que la seña no era para creída. Se hace consistir lo maravilloso del caso en que el indio hallara las flores en la estación del invierno y que estuviera en la cumbre de un cerro estéril. Lo primero nada tenía de particular, porque los indios eran muy aficionados á las flores y las cogían en todo tiempo. Vemos hoy que no hay mes del año en que no se vendan en México ramilletes de flores á precio ínfimo. La segunda circunstancia no le constaba al Sr. Zumárraga; no sabía en qué lugar se habían cortado aquellas flores, que bien podían provenir de una chinampa. Así es que ninguna sorpresa podía causarles que cayesen al suelo flores cuando el indio descogió la manta, ni aquella seña servía para acreditar la embajada.
Punto 65
Pero al tiempo mismo de caer las flores apareció pintada en la manta la Santísima Virgen, “y habiéndola venerado (el Sr. Obispo) como cosa celestial, le desató al indio el nudo de la manta, y la llevó á su oratorio”. Según eso, ligero en creer era el Sr. Zumárraga, y no puede atribuírsele cualidad más ajena á su carácter, escrupuloso y severísimo como era en materia de milagros. Disertan mucho los autores Guadalupanos sobre cuándo se pintó la imagen; aunque todos concuerdan en que al soltar Juan Diego la tilma ya apareció pintada.
Este fué el gran prodigio; pero tampoco le constaba al Sr. Zumárraga. Si se le dijese que por un momento, al descogerla, estuvo blanca la manta y en seguida apareció en ella la Santa Imagen, el prodigio habría sido evidente, y como obrado á su vista no podía ponerlo en duda el Sr. Zumárraga. Para Juan Diego lo sería pues habiendo salido de casa con su manta blanca, la veía repentinamente pintada sin intervención humana: mas no para el Sr. Obispo. Este debía dudar, y con muy buenos fundamentos, del origen de la pintura. El indio se había ofrecido animosamente á traerle la seña que le pidiese y venía saliendo con unas flores que nada significaban: si hubiera obrado en presencia del Sr. Obispo alguna maravilla, como Moisés delante de Faraón, ya sería otra cosa.
En seguida muestra una imagen pintada en su tilma. Sólo por luz especial del cielo podía haber conocido instantáneamente el Sr. Zumárraga que aquella pintura era celestial: sin eso, lo natural era pensar que aquel indio no había hecho más que procurarse de alguno modo la imagen para dar fuerza con ello á la pobre credencial de las flores. Aunque no sepamos. de cierto que ya para esa fecha hubiese en México pintores, tampoco nos consta lo contrario; y en todo caso, bien valía la pena de que en negocio tan grave el cauto Sr. Zumárraga hubiese averiguado muy detenidamente de dónde venía la pintura, en vez de arrodillarse ante ella tan pronto como la vió, quitarla desde luego de los hombros del indio con sus propias manos y exponerla inmediatamente al culto público en su oratorio.
Ningún Obispo procedía tan ligero y menos un varón tan grave. Otra circunstancia debió aumentar su justa desconfianza: la de que la imagen está pintada en una manta fina de palma, y no en un grosero ayate de maguey, que era la materia de que usaban sus tilmas los macehuales o plebeyos, como Juan Diego. ¿De dónde le había venido esa capa tan ajena de su humilde condición?
Punto 66
El nombre de Guadalupe que la Santísima Virgen se dio á sí misma cuando apareció á Juan Bernardino, ha atormentado á los autores y apologistas. “El motivo que tuvo la Virgen para que su imagen se llamase de Guadalupe (escribe Becerra Tanco), no lo dijo: y así no se sabe, hasta que Dios sea servido de declarar este misterio.” Realmente es extraordinario que la Virgen, cuando se aparecía á un indio para anunciarle que favorecía especialmente á los de su raza, eligiese el nombre ya famoso, de un Santuario de España: nombre que ninguno de sus favorecidos podía pronunciar, por carecer de las letras D y G el alfabeto mexicano.
Así es que fué preciso dar tormento al nombre, para traer por los cabellos otro que en la lengua mexicana se le pareciese y atribuir luego á las ordinarias corrupciones de los españoles la transformación en Guadalupe. De ahí que Becerra Tanco conjetura que la Sma. Virgen dijo Tecuatlanopeuh, esto es, “la que tuvo origen de la cumbre de las peñas” o Tecuantlaxopeuh, “la que ahuyentó o apartó á los que nos comían”. Notable diferencia hay, á mi ver, entre estas voces y la de Guadalupe: no es necesario inventar dislates. Entre los conquistadores había muchos andaluces y extremeñas, grandes devotos del santuario español, que está en la provincia de Extremadura.
Ya antes habían puesto los descubridores el nombre de Guadalupe, que todavía conserva, aunque ya no es española, á una de las Antillas menores; y como dice Fray Gabriel de Talavera (que imprimió en 1597 su Historia del Santuario de España), “arraigóse de esta suerte la devoción y respeto del santuario en aquellos moradores (de ambas Indias) de forma que comenzaron luego á dar prendas del buen ánimo con que habían recibido la doctrina, levantando iglesias y santuarios de mucha devoción con titulo de Ntra. Sra. de Guadalupe, especial en la Ciudad de México de Nueva España”.
Aquí tenemos ya declarado sencillamente el origen del nombre, por un autor que escribía en el siglo mismo de la Aparición, y la ignoraba Los que emigran á lejanas tierras tienen propensión á repetir en ellas los nombres de las suyas, y á encontrar semejanzas, aunque no existan entre lo que hay en su nueva patria y lo que dejaron en la antigua. Así México recibió el nombre de Nueva España, porque dijeron que se parecía á la antigua; y los extensos territorios descubiertos y conquistados por Nuño de Guzmán se llamaron la Nueva Galicia, por una soñada semejanza con aquella pequeña provincia de España. Los españoles creyeron advertir que la imagen de la Madre de Dios venerada en el Tepeyac se parecía en algo á la del coro del santuario de Extremadura, y eso bastó para que le dieran el mismo nombre. Así lo dice el Virrey Enríquez.
Punto 67
Pero si la historia de la Aparición no tiene fundamento histórico, ¿de dónde vino? ¿La inventó por completo Sánchez? No lo creo. Algo halló que le diera pie para su libro. Tal vez llegó á sus manos una relación mexicana, á que añadiría nuevas circunstancias como acostumbraban los escritores gerundianos, casi sin apercibirse de ello, sino llevados por aquel prurito de ponderar y exornar cuantos asuntos les caían en las manos. A ese gremio pertenecía Sánchez y de ello da buen testimonio su insufrible libro, que quizá por eso nunca se ha vuelto á imprimir, siendo la pieza capital del proceso, y habiendo sudado tanto las prensas con las historias de Ntra. Sra. de Guadalupe. Lo que puede saberse o por documentos históricos y rastrearse por conjeturas, es lo siguiente:
Punto 68
Los primeros religiosos levantaron luego de llegados, muchas capillas y ermitas en diversos lugares, con deseo de destruir la idolatría, prefirieron para colocar esas pequeñas iglesias aquellos sitios en que antes se tributaba mayor culto á los ídolos, y aún les dieron títulos análogos. Si en eso hicieron bien o mal, no es esta ocasión de averiguarlo: bástenos saber que así pasó, y que una de esas ermitas fué la del Tepeyac, con el título de la Madre de Dios, sin advocación particular, como lo indica Sahagún, lo declara el bachiller Salazar en la información de 1556, y era natural que fuese para corresponder al nombre Tonantzin o Nuestra Señora Madre, que tenía el ídolo adorado allí.
No sabemos en qué año se labró la ermita, ni qué imagen se puso en ella: tal vez ninguna, por ser entonces muy escasas. Poco después los indios se dieron á hacerlas, para lo cual se contaba ya con los discípulos de la escuela de Fray Pedro de Gante, “y así es (dice Torquemada) cosa muy ordinaria remanecer en cada convento de cuando en cuando imágenes que mandan hacer de los misterios de nuestra Redención, o figuras de santos en que más devoción tienen”. Sin duda una de estas fué la de Guadalupe, y hallándola bastante bien pintada, devota y atractiva como realmente lo es la enviaron los religiosos á la ermita, llevando á otra parte la que allí estaba, si alguna había: y cuando los españoles la vieron le dieron ese nombre por lo que antes he dicho.
Hacia los años de 1555 y 1556 comenzó á encenderse la devoción con motivo de la curación milagrosa que refería el ganadero, y se contó también la aparición simple (a ese o á otro indio) de que hablan Juana Martín y Suárez de Peralta. Estaban entonces en boga y continuaron mucho después las representaciones sacras de autos o misterios, á que los indios eran aficionadísimos. D. Antonio Valeriano, indio ilustrado, catedrático en el colegio de Tlatelolco, tenía capacidad suficiente para esta clase de composiciones. Él u otro aprovecharon la relación de los milagros de Ntra. Sra. de Guadalupe, y tomando por base la Aparición que se refería, añadieron circunstancias que dieron forma y animación á la pieza, sin intención de hacerlas pasar por verdaderas, como suelen hacer todavía los autores dramáticos.
La historia de la Aparición tiene una contextura dramática que á primera vista se advierte. Los diálogos entre la Virgen y Juan Diego; las embajadas al Obispo; las repulsas de este; el episodio de la enfermedad de Juan Bernardino; la huida de Juan Diego por otro camino; las flores nacidas milagrosamente en el cerro, y por último, el desenlace con la aparición de la pintura milagrosa ante el señor Obispo, forman una acción dramática. Esta sería la pieza o relación mexicana que cayó en manos de Sánchez, quien la tomó al pie de la letra y la dio por historia verdadera.
Hizo lo demás el espíritu de la época, propenso á aceptar sin examen, como obra meritoria todo lo milagroso. Se había contado la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe á un pastor, y la sabrían por sus antepasados los testigos indios de las informaciones de 1666, fácilmente le acomodaron las circunstancias. que corrían ya con general aceptación. Haber puesto el suceso en el día 12 de diciembre provino sin duda de que en igual día de 1527 fué presentado el Sr. Zumárraga al Obispado, lo que en aquellos tiempos equivalía á un nombramiento en forma. Lo que no acierto á explicarme satisfactoriamente es por qué se puso el suceso en el año de 1531.
Hay que notar, sin embargo, una rara coincidencia. Refiere Sahagún (libro 8, capítulo 2) que D. Martín Ecatl fué el segundo gobernador de Tlatelolco después de la conquista: que gobernó tres años “y en tiempos de ese, el diablo en figura de mujer andaba y aparecía de día y de noche, y se llamaba Cioacoatl”. Haciendo el cómputo de tiempo en que gobernó dicho D. Martín ―según los datos que ofrece Sahagún en el propio capítulo―, resulta que fueron los de 1528 á 1531; y por otro pasaje del mismo autor (libro 1, capítulo 6) sabemos que la diosa Cioacoatl se llamaba también Tonantzin. Aquí tenemos que por aquellos años se hablaba entre los indios de apariciones de la Tonantzin, nombre con que ellos conocían á Ntra. Sra. de Guadalupe, según el propio Padre Sahagún.
Punto 69
He concluido, Ilmo. Sr., con el examen de la historia de la Aparición bajo el aspecto histórico. No he querido hacer una disertación, sino unos apuntes para facilitar á V. S. I. el camino si gustase, de examinar por sí mismo este grave negocio. En el argumento teológico no me es permitido entrar, V. S. I. sabrá si los milagros están debidamente comprobados, si en caso de estarlo prueban la Aparición; si la Santa Sede hace declaraciones sobre hechos; si la concesión del oficio y patronato es una aprobación explícita; si no se han corregido muchas veces los breviarios, y si alguna no se ha prohibido, después de mejor examen, una misa ya concedida de mucho tiempo atrás.
Punto 70
Católico soy; aunque no bueno, Ilmo. Sr., y devoto en cuanto puedo, de la Santísima Virgen; á nadie querría quitar esta devoción: la imagen de Guadalupe será siempre la más antigua, devota y respetable de México. Si contra mi intención, por pura ignorancia, se me hubiese escapado alguna palabra o frase mal sonante, desde ahora la doy por no escrita. Por supuesto, que no niego la posibilidad y realidad de los milagros: el que estableció las leyes, bien puede suspenderías o derogarlas; pero la Omnipotencia Divina no es una cantidad matemática susceptible de aumento o disminución, y nada le añade o le quita un milagro más o menos.
De todo corazón quisiera yo que uno tan honorífico para nuestra patria fuera cierto, pero no lo encuentro así; y si estamos obligados á creer y pregonar los milagros verdaderos, también nos está prohibido divulgar y sostener los falsos. Cuando no se admita que el de la Aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe (como se cuenta), es de estos últimos, á lo menos, no podrá negarse que está sujeto á gravísimas objeciones. Si estas no se destruyen (lo cual hasta ahora no se ha hecho), las apologías producirán efecto contrario.
En mi juventud creí, como todos los mexicanos, en la verdad del milagro: no recuerdo de dónde me vinieron las dudas, y para quitármelas acudí á las apologías: éstas convirtieron mis dudas en certeza de la falsedad del hecho. Y no he sido el único. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia. Si he escrito aquí acerca de ella, ha sido por obedecer el precepto repetido de V. S. I. Le ruego, por lo mismo, con todo el encarecimiento que puedo, que este escrito, hijo de la obediencia, no se presente á otros ojos ni pase á otras manos: así me lo ha prometido V. S. I.
Me repito de V. S. I. afectísimo amigo y obediente servidor, que su pastoral anillo besa.
Joaquín García Icazbalceta